jueves, 25 de julio de 2013

Pasteles en vez de pan

Merodeaba por ahí Maria Antonia Josefa Johanna de Habsburgo, la célebre María Antonieta, en la Francia de 1700s. Tenía aproximadamente 30 años en ese entonces, iba con su cochero, paseando por París, y se consternó al ver a un pordiosero que estaba tirado en la calle, triste y mueco como Fantine, sucio como Jean Valjean, como describió Víctor Hugo la tan triste clase social de esa época, en Les misérables.

Supongo que el harapiento se le tiró a la carroza de Maria Antonieta, tan llena de lujo y piedras preciosas, implorándole vestido y comida; al ver el desespero del miserable hombre, ella le preguntó al cochero “qué pasa, porqué él está así de mal y así de desesperado?”; a lo que el cochero le respondió “madame, no hay pan, la mala cosecha de 1789 hizo que su precio subiera demasiado, esta pobre gente no tiene para comprarlo, no tiene pan qué comer”; ella automáticamente, sin ningún problema, respondió “si no tienen pan, que coman pasteles!”. Fue algo triste y modulado inconscientemente, con mucha frialdad.

Por otras latitudes, existió una infanta inglesa que estaba en su fiesta de cumpleaños y con todo el poder al que ella tiene acceso contrata a un enano muy hábil que empieza a divertir a todo el público, con un sinnúmero de muecas, piruetas y carantoñas. Resulta que el enano, pobre enano, se enamora de ella, pobre ella, y muere de amor, literalmente se le rompe el corazón, ya que ella no le hace caso, sólo le causa gracia y algo de cariño; al él morir, ella, con cierto grado de indiferencia, al igual que María Antonieta, dice que la próxima vez que le lleven un enano, o alguna diversión, que por favor por favor no tenga corazón, so pena de tener que asumir una situación así nuevamente.

Vemos plasmados dos casos de historias en las cuales son niñas, no importa de qué edad, si de treinta o de doce o de cinco; son niñas, expuestas a un poder, a una elegancia y a unas ínfulas para los cuales ellas no están hechas, no están diseñadas. Así como un niño etíope de abdomen inflado que suplica un plato de avena no tiene la culpa de nacer donde nació, así mismo una niña que es coronada reina a los trece tampoco la tiene; a esa edad se debería ocupar de nada, de vivir, de leer, hoy de chatear, hace cien años de escribir poemas, de ir al parque, de saltar y de pintar, no de mandar. Critican su cinismo y su inconciencia pero ignoran su condición.

Pasó también en La Reina Infiel; hermosa película ambientada en Dinamarca, en la misma época de doña María Antonieta, pero con Carolina Matilde, princesa de Inglaterra que se casa con el rey danés Cristian VII; ella de 15 años, él de 17, y además con problemas mentales. Extraño, no? Es un capítulo de la historia que nadie podría creer; un país nórdico dominado por un culicagado loco de diecisiete años? Absurdo.

Se puede observar a los señores eruditos, gordos, aburridores, pomposos y ortodoxos, los que sí estaban preparados para gobernar, mirándolo con una ceja levantada, los pies entrecruzados por debajo de la mesa, rascándose la cabeza, denotando incomodidad en su curul, y no sabiendo cómo actuar cuando al rey se le ocurrían caprichos, como por ejemplo el de instaurar carrozas que recogieran a los borrachos (sí, a los borrachos extremos) de las calles y los llevaran a sus humildes moradas, sin ningún problema legal; claro, a la casa llegan y ahí sí estaría la esposa con su pelo recogido, o no sé si en esa época ya había rulos, esperando al odre para propinarle una retahíla decimonónica. Que la ropa sucia se lave en casa, no en las barricadas.

Paradójicamente el rey gozaba de aceptación, era la época de la Ilustración y había un “love is in the air”, una especie de renacimiento intelectual; él ayudó con eso, pero posteriormente su avanzado estado de esquizofrenia le impediría seguir con su imaginario de decretos, algunos traídos de los cabellos y otros imprácticos por decir lo menos. Como digo, gente que no está preparada, gente mal juzgada.

Supongamos que esto ocurriera en esta época. Va el chofer conduciendo la limusina y atrás va el poderoso dueño, millonario de 17 años, bien plantado, tomándose un Jack Daniel’s en las rocas, con un traje Prada, y oyendo free jazz; van muy tranquilos por alguna calle llena de tráfico, bien sea de Manhattan como en Cosmópolis, o de algún otro lado cualquiera. Después llega el pordiosero, y él lanzará algún denuesto como “tan vago, porqué no trabaja?”, o “de malas, no tengo la culpa”; o como diría una niña de cinco años, “que vaya al cajero, ahí se consigue la plata”. Sí, inconsciencias, pero inconsciencias de gente que no está preparada.

Así fue la película “el diario de una princesa”. La niña no sabía que era la elegida y que tenía sangre real, sino hasta que su abuela se lo hizo saber; de ahí en adelante vendría un aprendizaje y un comportamiento típico de su edad que fue formando y la hizo reina del país imaginario; triunfó por sus cualidades humanas, pero dio muchos tropiezos.

Estas inconsciencias de los no preparados para gobernar, como la realeza, los niños de veinte años, los madurados biches, la infanta, los herederos, el rey loco Cristian y María Antonieta pueden generar toda la rabia del pueblo, todas las alzadas de ceja y negaciones que quieran. A mí me genera más rabia las inconsciencias de los preparados.

Sí, los preparados para gobernar, los que están metidos en política y los adoradores de caudillos. No diré mucho de eso, ya que me incomoda un poco, por decir algo suave. Personas ortodoxas, jurisprudentes, cultas, preparadas, absolutamente aburridoras, que hablan de impuestos, vehículos y decretos. Punto. Me debo detener. Esas personas preparadas para gobernar son las que están dejando el mundo ingobernable, y además aburrido, adulto. Viven al lado de nosotros, creen estar por encima de nosotros y creería que la justicia divina los tiene por debajo de nosotros.


Volvamos aquí, volvamos a nuestro mundo, a este lado de la acera que se maravilla con el colibrí y los collage de revistas de papel Bond. Si hay algo de inconsciencia, será una inconsciencia inocente por lo menos, una inconsciencia feliz. Tal vez esa pueda ser una forma de gobernar la vida y el corazón. 

jueves, 11 de julio de 2013

La muñeca perdida

Cuenta la historia que hace aproximadamente 100 años un escritor europeo iba caminando por un parque, muy bien vestido, sereno, bajo un clima oscuro y un poco de llovizna, cogido de la mano de su novia, otra persona también muy serena, con cejas gruesas como todas las señoras antiguas, con guantes y vestido largo de color morado, de 30 botones desde el cuello hasta donde termina la espalda, y botas de cuero largas y negras. Como les digo, iban caminando a medida que oían el trinar de los pájaros, sí, hace 100 años, antes que existieran los trinos de ahora.

El sonido de los animales del viento, de una fuente de agua que había cerca, y el olor a tierra mojada que evoca a las fincas y a los abuelos, de repente fueron interrumpidos por el llanto de una niña. Con zapatos azul turquí de hebilla, sin cordones, medias blancas, y vestido clásico de cuadros, llevando sus dos trenzas y sus cachetes prominentes, estaba llorando porque había perdido su muñeca. De esas muñecas de porcelana con mirada perdida, dignas de película de terror, con alabastro encima, labios rojos y nostalgia apabullante.

El señor se acercó a la niña y le preguntó cuál era el problema. Después de decir que la muñequita se le había perdido y que era de un color blanco marfil, lanzó esta frase de manera entrecortada: “es que es mi mejor amiga”. Algo más qué decir? La amistad tan fuerte entre la niña y la muñeca había sido segada por algún descuido del adulto, bien sea el tutor, la niñera, o la madre, que por andar pensando en la vida real o en alguna guerra o en algún trámite jurídico la había botado.

Y habiendo dicho esto, el escritor tuvo la rapidez en su cerebro de codificar en un milisegundo la importancia de esa amistad, de lo sublime de la mente de los niños, de que ellos son los únicos que saben lo que quieren, e inmediatamente le dijo “no, niña, cómo se te ocurre? Ella no se ha perdido, ella se fue de paseo, ella me escribió una carta”. Al otro día se la entregaría. La niña fue a dormir esa noche con mil expectativas en la cabeza, desahogándose con su almohada de plumas de ganso mientras se tomaba su leche caliente. Cayó dormida pensando en qué país estaría, con quién hablaría, y eso le dibujó una sonrisa en su corazón. Mientras la niña estuviese soñando, este señor estaría tomándose cuatro tintos cargados, con el pelo de punta, caminando con las manos atrás inventándose la carta, avergonzado con su amante de cejas gruesas  por haberle cancelado una invitación que le había hecho a una ópera de Wagner, en el teatro del pueblo. Qué pena con la novia, esta labor lucía mucho más importante.

El le siguió escribiendo varias veces más. Le pintó un mundo hermoso donde vivía la muñeca, lleno de rosas, de nenúfares, de dulces, de diversión y de amor; le contaba que allá habitaba una tribu de seres que jugaban, que compartían todo y que eran amables. Le prometió algún día darle la dirección para que le fuera a visitar. Así siguió la correspondencia, digamos unas 20 cartas más, las cuales curaron el corazón triste de la niña. Posteriormente ella creció y no se supo más, ni siquiera su identidad. En ningún sistema de información aparece si esta niña ahora es anciana o está en el cielo, o si la muñeca volvió a sus brazos. Hasta aquí llegó el bastón del cual nos podemos apoyar.

La vida da muchas vueltas, siempre pueden ocurrir cosas inesperadas; hace unos años iba, sereno, montando bicicleta y vi una anciana, de pelo largo y blanco, gordita, pletórica y de ojos azul claro. Me detuve. Pasar de lado e ignorarle era imposible para mí, tal vez era posible para muchos. Cuando me arrodillé a hablarle me di cuenta que los ojos azules tan claros era porque carecía del sentido de la vista; Carecía del sentido que permite ver los encajes y las curvas.

Le cogí la mano, era áspera, sus uñas eran largas, su mirada estaba proyectada al infinito, y me sonrió. Tenía trenzas en su pelo largo y blanco, una sudadera vieja y una ruana negra que olía a tristeza; ese olor ella sí lo podía ver, era lo único que ella podía ver, lastimosamente.

Fui a comprarle una bolsa de leche y unos panes, con la boca para abajo y el sentimiento para arriba. Se los entregué, me sonrió; tengo el recuerdo vívido. Quise preguntarle algo de su vida, algún amor furtivo, alguna dirección de un sobrino, algún recuerdo de su adolescencia, pero algo me frenó. No hablaba mucho. Me fui en mi bicicleta; Volví a la realidad donde todos iban mirando el presente, dejando atrás la realidad de la anciana que quedó mirando al pasado. Si estuviera esperando al amor de su vida que la dejó hace treinta años, le inventaría una carta en la cual él vuelve y le jura amor eterno; si estuviera anhelando a algún hijo que se fue, le inventaría que el hijo le manda fotos desde París, que está feliz y que la ama; y así sucesivamente. La realidad es la que uno se forma en la mente; esa sí es real.

Dormí plácidamente ese día. Desperté pensando en esa mirada azul cielo, en qué tanto podría haber pasado en esos 80 años de vida; había mucha tela por cortar, había muchas historias por contar. Cogí mi bicicleta, y empecé a recorrer las calles de la ciudad. Cuando di la curva anterior al sitio donde ella yacía, pensaba yo en muchas cosas para preguntarle. Había escrito tres cartas hipotéticas, alguna de las cuales entregaría de acuerdo a lo que me fuera contando de sus experiencias pasadas.

Llegué ahí y ya no había nadie. La calle estaba vacía, sólo había una tienda de víveres, atendida por un muchacho, al cual le pregunté si sabía algo. Me contó que en la madrugada había llegado una ambulancia, y al comprobar que la anciana había fallecido, la persignaron, la cubrieron con un manto celestial y  se la llevaron. La viejita, mi viejita linda se había ido. No pude evitar llorar. Le agradecí al muchacho y di vuelta atrás.

Cuando llevaba recorridos cuatro pasos, próximo a llegar a la esquina, el mismo muchacho que vendía víveres me agarró del hombro. “oiga señor, la señora dejó esto tirado en la calle, y puesto que nadie ha preguntado por ella excepto usted, tal vez deba dársela”. Me dio una bolsa de papel. Le agradecí al muchacho de nuevo y le di un abrazo muy fuerte.


Al ver lo que él me entregó, mi corazón se arrugó. La mezcla de sentimientos era tal que yo lloraba y sonreía al mismo tiempo. La señora estaba esperándome para compartir con ella su pasado, su imaginación y su realidad. En la bolsa había un manojo de cartas escritas a mano y una muñeca; sí, de esas que existieron hace 100 años, de esas de porcelana con mirada perdida.

jueves, 4 de julio de 2013

Fantasmas

Hay una casa encantada; sobre ella salen unos fantasmas que la vigilan y merodean. Ellos andan por ahí, transportándose bajo un estado indescriptible, ni gaseoso ni sólido, y van cuarto por cuarto; ahí ven a los habitantes actuales del recinto, hacen comentarios al respecto, bajan a la cocina, van a un baño, van a las habitaciones, y analizan cómo es la vida ahora en ese presente vacío y sin ellos; lo comparan con el pasado en el que ellos en teoría habitaban. Surgen recuerdos, surge melancolía, tal vez surge remordimiento, y se generan discrepancias. El pasado nunca es infructuoso.

Supongo que estos espíritus mirando todo desde la barrera, analizan las cosas, examinan a los bellos durmientes y buscan su dicha oculta. Pienso yo que no hay que temerles, están ahí cohabitando con nosotros en otra dimensión, y los quiero imaginar felices, también viviendo sus problemas, también buscando su felicidad. Eso lo quiero pensar, es mi acto de fe.

“Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios”, le decía un fantasma al otro, como queriéndole pedir que admirara a esa pareja de humanos, durmiendo, juntos, enamorados, con sus dos cuerpos, uno encima del otro, con piyama o sin ella, bien sea de frente o de espaldas, pero sumidos en el placer, en el movimiento ocular rápido, en los suspiros, en los ronquidos; qué afortunados son los fantasmas al ver a sus humanos amados de esa forma: desde afuera, como si el alma se desdoblara, tres metros más cerca de las estrellas.

Para mí esos fantasmas están ahí. No quiero utilizar la palabra Duende, ya que evocará automáticamente al muñeco caricaturesco gordo, muy de esas leyendas como Narnia y demás, un muñeco narizón que le quitaría solemnidad a lo que quiero plantear. Los fantasmas están ahí, pero son nada más que los sentimientos. En otras palabras, los sentimientos son fantasmas que habitan con nosotros, respiran junto a nosotros, y actúan en el momento en que nuestra mente lo pide, a medida que los estímulos llegan. Nos acechan.

Vagando por la casa, abriendo ventanas, así están ellos. Los imagino de colores, enjutos, merodeando su estadía alrededor de los metros cuadrados del inmueble; la niña está jugando a las muñecas, con su pelo ensortijado, su sudadera y su fantasía; tiene en toda su habitación perfectamente organizados sus soldaditos, sus ilusiones, y mientras juega van ocurriéndosele ideas, problemas, frustraciones, reflejo de lo que vive ella en su vida real; a medida que va ocurriendo el juego, es probable que le dé rabia u ofuscación por algo, por ejemplo, algún juguete que se rompe. Entra ahí el fantasma que andaba en esa dimensión tan desconocida, el fantasma de la rabia, y se inmiscuye en el ser de la niña, en su sistema neurológico. Y la niña llora. Este sentimiento afloró de un momento a otro. Se oye un grito.

Así van actuando los sentimientos. Los imagino en una sala de espera, en esa dimensión ya tan mencionada, ya tan desconocida. En ese limbo, esperando a que se produzcan sensaciones, podrían estar comiéndose las uñas, también esperando el amor. Todos lo esperamos, algunos lo encontramos. El amor es otro fantasma. Y cuando llega, ese ser ni líquido, ni gaseoso, atemporal y vago, recibe el llamado de la situación que se está presentando allá abajo en el mundo real, en el mundo de los carros, el tráfico y el humo. Y baja hacia nosotros, baja el Amor.

Así es: cuando una pareja está en el lecho nupcial, ella absolutamente sensual con su vestido de novia, y él muy varonil con su frac, y empieza el juego del afrancesado coquetry, se empieza a hacer sublime esa profusión de cucamonas, y allá arriba, más cerca de las estrellas, o tal vez en las mismas estrellas, suena una alarma, le llega un mail, le jalan la camisa al Amor; éste se pone la camiseta, se mete en el cuento, y baja, impregna el oído, la lengua, el pecho, la mente y el corazón. Actúa. Los sentimientos actúan y nos hacen actuar, nos hacen trascender. Al escribir esto ya lo siento. Actúa el amor, y suena un gemido, se percibe un suspiro.

Así como vemos la rabia en una niña, está también el amor en una pareja. Romanticismo eterno, encajes, y fragancias. Nada mejor que eso, nada mejor que Le petit Robe noir. Nada mejor que erizarse y usar los cinco sentidos.

Sentimientos, sin embargo, también se producen de manera invernal y de soledad; La nostalgia también está allá, leyendo y tomando té a la espera de que acá en este mundo, tan real y tan monocromático, se produzca algo que la llame: una pérdida, una muerte, un diente caído, una cana, una graduación, un hijo que crece, un hijo que ya no es un bebé, ver la sonrisa de un hijo columpiándose a medida que uno está sentado comiendo helado. Vuela el mensajero hacia ese mundo mágico y le dice a la Nostalgia que baje, que deje esa paz allá arriba y que entre en el ser nostálgico. Corre una lágrima en el parque, al ver el hijo creciendo. Actuó el sentimiento.

No quiero dejar de estar produciendo sensaciones y de captar imágenes que me hagan evocar tal mundo, la tierra de esos fantasmas, la tierra de los sentimientos. Estos nos hacen humanos, nos hacen soñar y son tan elevados que nos hacen aterrizar.

Prefiero estar montado en los vagones de la montaña Rusa emocional, que ir por un afecto plano, muy plano como carretera austral sin curvas; prefiero todo el mareo de esas vueltas a nunca sentirlo. Mucha gente siente las cosas tan mecánicamente que no se percata de ello. Yo los respiro, soy sentimental, y voy ahí en la vida, en esa montaña rusa, encantada como la casa del cuento y encantadora como la mirada de una niña.


Yo me percato todos los segundos; observo, pasa la mujer, huelo, oigo, llevo un bocado a mi boca, lo degusto, oigo llorar a una dama, y lo que es mejor, me percato del momento sensorial, río, lloro, hago múltiples llamados a la sala de espera donde están los seres, allá expectantes, y éstos me visitan siempre, me ven dormir, ven la búsqueda de mi felicidad; les esbozo una sonrisa porque sé que me están viendo, a esos sentimientos les escribo; ellos también me leen.