Merodeaba por ahí Maria Antonia
Josefa Johanna de Habsburgo, la célebre María Antonieta, en la Francia de
1700s. Tenía aproximadamente 30 años en ese entonces, iba con su cochero,
paseando por París, y se consternó al ver a un pordiosero que estaba tirado en
la calle, triste y mueco como Fantine, sucio como Jean Valjean, como describió
Víctor Hugo la tan triste clase social de esa época, en Les misérables.
Supongo que el harapiento se le
tiró a la carroza de Maria Antonieta, tan llena de lujo y piedras preciosas,
implorándole vestido y comida; al ver el desespero del miserable hombre, ella
le preguntó al cochero “qué pasa, porqué él está así de mal y así de
desesperado?”; a lo que el cochero le respondió “madame, no hay pan, la mala
cosecha de 1789 hizo que su precio subiera demasiado, esta pobre gente no tiene
para comprarlo, no tiene pan qué comer”; ella automáticamente, sin ningún problema,
respondió “si no tienen pan, que coman pasteles!”. Fue algo triste y modulado
inconscientemente, con mucha frialdad.
Por otras latitudes, existió una
infanta inglesa que estaba en su fiesta de cumpleaños y con todo el poder al que
ella tiene acceso contrata a un enano muy hábil que empieza a divertir a todo
el público, con un sinnúmero de muecas, piruetas y carantoñas. Resulta que el
enano, pobre enano, se enamora de ella, pobre ella, y muere de amor, literalmente
se le rompe el corazón, ya que ella no le hace caso, sólo le causa gracia y
algo de cariño; al él morir, ella, con cierto grado de indiferencia, al igual
que María Antonieta, dice que la próxima vez que le lleven un enano, o alguna
diversión, que por favor por favor no tenga corazón, so pena de tener que
asumir una situación así nuevamente.
Vemos plasmados dos casos de
historias en las cuales son niñas, no importa de qué edad, si de treinta o de
doce o de cinco; son niñas, expuestas a un poder, a una elegancia y a unas
ínfulas para los cuales ellas no están hechas, no están diseñadas. Así como un
niño etíope de abdomen inflado que suplica un plato de avena no tiene la culpa
de nacer donde nació, así mismo una niña que es coronada reina a los trece
tampoco la tiene; a esa edad se debería ocupar de nada, de vivir, de leer, hoy
de chatear, hace cien años de escribir poemas, de ir al parque, de saltar y de
pintar, no de mandar. Critican su cinismo y su inconciencia pero ignoran su
condición.
Pasó también en La Reina Infiel;
hermosa película ambientada en Dinamarca, en la misma época de doña María Antonieta,
pero con Carolina Matilde, princesa de Inglaterra que se casa con el rey danés
Cristian VII; ella de 15 años, él de 17, y además con problemas mentales.
Extraño, no? Es un capítulo de la historia que nadie podría creer; un país
nórdico dominado por un culicagado loco de diecisiete años? Absurdo.
Se puede observar a los señores
eruditos, gordos, aburridores, pomposos y ortodoxos, los que sí estaban
preparados para gobernar, mirándolo con una ceja levantada, los pies
entrecruzados por debajo de la mesa, rascándose la cabeza, denotando
incomodidad en su curul, y no sabiendo cómo actuar cuando al rey se le ocurrían
caprichos, como por ejemplo el de instaurar carrozas que recogieran a los
borrachos (sí, a los borrachos extremos) de las calles y los llevaran a sus
humildes moradas, sin ningún problema legal; claro, a la casa llegan y ahí sí
estaría la esposa con su pelo recogido, o no sé si en esa época ya había rulos,
esperando al odre para propinarle una retahíla decimonónica. Que la ropa sucia
se lave en casa, no en las barricadas.
Paradójicamente el rey gozaba de
aceptación, era la época de la Ilustración y había un “love is in the air”, una
especie de renacimiento intelectual; él ayudó con eso, pero posteriormente su
avanzado estado de esquizofrenia le impediría seguir con su imaginario de
decretos, algunos traídos de los cabellos y otros imprácticos por decir lo
menos. Como digo, gente que no está preparada, gente mal juzgada.
Supongamos que esto ocurriera en
esta época. Va el chofer conduciendo la limusina y atrás va el poderoso dueño,
millonario de 17 años, bien plantado, tomándose un Jack Daniel’s en las rocas,
con un traje Prada, y oyendo free jazz; van muy tranquilos por alguna calle
llena de tráfico, bien sea de Manhattan como en Cosmópolis, o de algún otro
lado cualquiera. Después llega el pordiosero, y él lanzará algún denuesto como
“tan vago, porqué no trabaja?”, o “de malas, no tengo la culpa”; o como diría
una niña de cinco años, “que vaya al cajero, ahí se consigue la plata”. Sí,
inconsciencias, pero inconsciencias de gente que no está preparada.
Así fue la película “el diario de
una princesa”. La niña no sabía que era la elegida y que tenía sangre real,
sino hasta que su abuela se lo hizo saber; de ahí en adelante vendría un
aprendizaje y un comportamiento típico de su edad que fue formando y la hizo
reina del país imaginario; triunfó por sus cualidades humanas, pero dio muchos
tropiezos.
Estas inconsciencias de los no
preparados para gobernar, como la realeza, los niños de veinte años, los
madurados biches, la infanta, los herederos, el rey loco Cristian y María
Antonieta pueden generar toda la rabia del pueblo, todas las alzadas de ceja y
negaciones que quieran. A mí me genera más rabia las inconsciencias de los
preparados.
Sí, los preparados para gobernar,
los que están metidos en política y los adoradores de caudillos. No diré mucho
de eso, ya que me incomoda un poco, por decir algo suave. Personas ortodoxas,
jurisprudentes, cultas, preparadas, absolutamente aburridoras, que hablan de
impuestos, vehículos y decretos. Punto. Me debo detener. Esas personas
preparadas para gobernar son las que están dejando el mundo ingobernable, y
además aburrido, adulto. Viven al lado de nosotros, creen estar por encima de
nosotros y creería que la justicia divina los tiene por debajo de nosotros.
Volvamos aquí, volvamos a nuestro
mundo, a este lado de la acera que se maravilla con el colibrí y los collage de
revistas de papel Bond. Si hay algo de inconsciencia, será una inconsciencia
inocente por lo menos, una inconsciencia feliz. Tal vez esa pueda ser una forma
de gobernar la vida y el corazón.