si no les abre aquí va:
Buscando a Luis Donoso
Me fui a Caldas a buscarlo.
Agarré mi maleta de cuero y metí tres mudas de ropa cómoda, con sus correspondientes pantalones, camiseta, zapatos y una tricota por si el frío empezaba a apremiar con su viento conocido en terrenos desconocidos.
La cerré muy bien para estar seguro que los componentes, previamente amarrados con la útil y pequeña correa, quedaran firmes y no fueran a formar un galimatías al ser abierta nuevamente. Allá a Caldas me fui a buscarlo. Debía solucionar algunas dudas.
Llegué a la terminal de transportes y pregunté por el próximo bus que partiera para Manizales. Entre los aproximadamente cuatrocientos mil habitantes seguro debería haber alguien, alguna señora o algún señor, que me pudiera dar datos sobre él. Mi plan consistía en llegar y coger un taxi a la plaza principal, lugar donde confluyen el empresario, el embolador de zapatos, el muchacho que vende mangos y la lotera. Ahí alguien me podría dar razón. Estaba seguro de ello.
Quería llegar ya, y en el trayecto durante el que surqué la cordillera, con un clima que me huele a ancestros y que es apacible al vivirlo, pensaba qué sería de la vida de este señor. Al pensar en una palabra para describirlo, caigo en cuenta de que cualquiera se queda corta. Él no era solamente algo, él podía ser lo que quisiera: cronista, periodista, escritor de prosa y humorista. Claro, también su condición de poeta debía ser agregada en su hoja de vida.
A medida que iba llegando al destino final, a la Ciudad de las puertas abiertas, saqué un libro de un maletín de mano que llevaba en mi regazo. Esculcando entre audífonos, revistas, lapiceros y otros libros, lo hallé al cabo de unos segundos. El libro que saqué de mi maletín me fue enviado vía correo aéreo por una amiga, María Luz: un volumen inédito de “Charlas tomo II”, escrito por un señor llamado Roberto Londoño Villegas, popularmente conocido como Luis Donoso. Era a él a quien iba a buscar. Debía lograr mi cometido.
Curvas en terrenos empinados era lo que había, era el escenario que el bus me estaba mostrando en ese momento. A veces miraba la ventana y a veces leía apartes del libro.
En especial lo abrí en la página dedicada a un personaje que habita estas tierras: el escrito tenía por nombre “La apología del paisa”. Lo volví a leer y fue inevitable que, en medio de este contexto de curvas y algo de mareo y cansancio, se dibujara en mí rostro una leve sonrisa.
“Dentro de una terrígena ufanía no hay racial atributo que no quepa o que pugne a su recia anatomía, pues en el paisa de sonora cepa se confunden en plena trilogía,la mazamorra, el fríjol y la arepa”.
Al leer esto, aparte de la inevitabilidad en la risa, fue sumada la inevitabilidad en el antojo de degustar así fuera uno de los manjares descritos en la trilogía. Veía venir un suculento plato para saciar mi hambre. Ojalá. En algún momento debería llegar.
Todo viaje por tortuoso y eterno llega siempre a su fin. Abrí mis ojos luego de un fugaz estado de duermevela y por fin vi la ciudad, claro que sí, con sus puertas abiertas.
Me acomodé, verifiqué que estuviera todo en su lugar, el dinero, el teléfono celular y demás artículos necesarios, esperé que todos se fueran bajando, y en unos cuantos minutos estaba finalmente abajo, ya no en el bus sino percibiendo el aroma de Manizales con toda su quietud.
Efectivamente cogí un taxi y llegué a la plaza central. Es importante recalcar que sacié mis antojos no solo con un miembro de esa trilogía gastronómica, sino con los tres. Quería averiguar sobre él, sobre el talentoso Luis Donoso, hacedor de versos locuaces, como el que transcribí anteriormente; hacedor de escritos sobre la vida diaria, sobre las sonsacadoras de sirvientas, sobre los que se ufanan sin razón tendiendo a ser ya charlatanes, sobre las señoras chismosas, sobre los amantes de agraria anatomía, sobre las esquelas y sobre los mostachos, por poner tan solo unos cuantos ejemplos.
Luego de varios intentos fallidos en la consecución de la información, di con alguien que se acordaba de él. Esta persona a quien me encontré en medio de la plaza me suministró muchos datos sobre su vida, sus hábitos, sus estudios, muchas fechas y muchos elementos biográficos. Quería conocer más de él y me di cuenta que no era necesario.
Luis Donoso murió hace poco más de cincuenta años y es considerado una pluma mágica con un ingenio desbordante. Existen algunos libros escritos por él, por ahí se pueden encontrar si bien se hace la labor de preguntar. Al ella decirme tanta cifra y especificación, se me vino a la mente la conclusión de lo que venía a hacer a esta ciudad, lo que pude concluir luego de la reflexión en el viaje.
Pude darme cuenta que ya no hacía falta datos, no me importa dónde haya estudiado.
En sus versos y poemas está todo lo necesario para conocerlo, para conocer a alguien, ahí es donde se plasman sus pesares, sus goces, sus ganas de expresar, mis ganas de expresar. Sentí que ya lo conocía, que el viaje fue algo hermoso turísticamente hablando pero el propósito de buscarle a él ya había sido cumplido. A él ya lo conocía hace rato, para mí sigue vivo. Que siga descansando en paz y que nos siga molestando a nosotros con sus letras y su ingenio.
Luego me devolví, muy tranquilo. Lo había saludado, dejaba una ciudad pequeña a mis espaldas. Me fui quedando dormido lentamente mientras leía otro pequeño verso.
Había saludado a don Luis Donoso. Sonreí.