jueves, 27 de junio de 2013

Miss Lunatic

Existe un personaje muy peculiar, traído de los cabellos y traído de la tinta de las letras: se llama Miss Lunatic, una señora de aproximadamente 140 años, atemporal, rejuvenecida, que se pavonea por las calles de la gran manzana como una iconoclasta, una contrariadora de la autoridad. Esta señora tiene similar edad que la estatua de la libertad; dicha estatua fue esculpida y traída a América por los lados de 1880; para ese entonces miss Lunatic ya era adolescente: la imagino yo con algún lunar seductor en la mejilla, cejas un poco gruesas, y mocasines morados.

Resulta que ella, Miss Lunatic, sirvió de inspiración al escultor Fréderic Auguste Bartholdi, para plasmar en el cobre la cara de la estatua: ella es una francesa que también llegó a Estados Unidos para quedarse, y debe andar ahora deambulando por ahí en algún bistró.

Ella es un personaje de un libro que estoy leyendo, se llama “Caperucita en Manhattan”, de Carmen Martín Gaite, una escritora española. Es un cuento fresco, sin pretensiones, que naturalmente emplea paralelismos con la historia de los hermanos Grimm; bueno, paralelismos y comparaciones vemos en todo lado en nuestros medios de comunicación. Yo me centraré en ella solamente. Una viejita, un clásico, una gocetas.

Estableciendo amistades con niñas de 10 años y capucha roja, con policías y con muchachas de vida sórdida. “hay que actualizarse, sino todos nos pierden el respeto” decía ella, o tal vez lo sigue diciendo en la puerta de algún edificio viejo, gris y al lado de un bote oloroso de basura. Viste una gabardina gigante, larga, sonriente y medias de malla en poliamida.

Miss Lunatic camina por toda la ciudad, y se impregna del olor a calle, a especias, a perro caliente, a bagel, a gente. Me ha gustado mucho la forma en la cual ella imprime optimismo, cómo aborda a la gente, cómo defiende su intimidad, argumentando que ésta no se compra ni con dos cocteles de champán ni un batido de chocolate.

Una anciana, de muchos años a su haber, que te mira con los ojos vidriosos, un poco brillantes y cansados. Es inevitable que la mirada sea nostálgica, es que no puede ser de otro modo ¡! La vejez, por muy alegre que sea, siempre tendrá en sus letras y aromas el halo de la nostalgia, de los sitios conocidos, de las experiencias vividas (y vívidas), de los besos, oh tantos besos entregados, ya sea en contacto físico, tirados al aire o producidos en la imaginación. Pero así mismo es una mirada dulce, mirada de miel y de amor. Todo eso transmite la mirada de ella, representación de todas las divinas ancianas, las idas y las presentes.

Arrugas, fragilidad y enseñanza. Miss Lunatic seguía ahí caminando, y daba a todos sus conocidos píldoras de vida. Reza que las prohibiciones, esas que son inventadas por los humanos (como casi todo) no tienen fundamento; cuando le querían contar alguna historia, por muy larga que fuera, siempre decía que lo que vale la pena siempre es largo de contar. Cuando se sentía cansada, ese cansancio natural que llega al cuerpo, su cabeza toma el timón del barco y manda una señal a su esmirriado esqueleto para enderezarlo; y tenía para su vida dos pilares fundamentales: la curiosidad y la compasión.

Heráclito, 500 años antes de Cristo, decía que todo fluye y que la vida se reemplaza, que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río; es cierto, unos que nacen otros morirán. Nunca volveremos, pero aparentemente este personaje es inmortal. Alguna vez la vi. Era ella, la musa de la estatua de la libertad, libre como el viento y lenta como las gotas de rocío. Como Heráclito, ella siempre pensaba en la transformación incesante de las personas. Me había transformado a mí.

La llamada Tercera Edad. Yo la llamaría Primera Edad. La edad de las musas de estatuas, la edad del talante de piedra. Todos llegaremos a esa primera edad cuando seamos grandes, o cuando seamos chicos, y ahí sí podremos sentarnos donde queramos, coger la tierra, jugar con ella, ir al parque a ver el viento, a hablar con él. En esa edad seremos lo suficientemente maduros, octogenarios y curtidos para volver a ser niños. O permítanme este postulado: podemos empezar a ser niños, o ancianos de nuevo, mientras el corazón palpite y el alma lo permita. O sea ya.

Miss Lunatic sigue por ahí. Ya le cogí cariño, en mi corazón está, junto a sus coetáneas de dedos tristes, párpados prominentes y recuerdos felices.

Leí en el periódico que Vargas Llosa decía lo siguiente: “los clásicos nos ayudan a comprender de dónde venimos y hacia dónde vamos”, refiriéndose a los libros como la Celestina o la Gitanilla. Y así mismo, los humanos de la tercera (o primera) edad, los verdaderos clásicos, son esenciales al momento de ayudarnos a comprender lo mismo. Transmiten respeto y cariño. Ellos, como miss Lunatic y como los niños, son los únicos que saben lo que quieren. 

jueves, 20 de junio de 2013

6 minutos...

Existe siempre el momento en la semana en el cual llega el jueves; nos aproximamos a ésta, una fecha de entrega tácita de algo que me gusta hacer; y pasa que quiero desarrollar una idea y no hay en el momento un postulado que quiera defender; por ahora mientras degusto una hamburguesa de queso Brie, veo que el tiempo se detiene. Es verdad, se detuvo a las 2:23 pm pero no fue el tiempo el que se detuvo, fue el reloj, esa tortura con agujas que nos apremia siempre. Me quedé pensando porqué estas pilas son tan chinas, tan malas. Y el tiempo, después de un ajuste manual en las manecillas, siguió corriendo y la gente siguió caminando.

El locutor narra a esta hora por la televisión un encuentro futbolístico; veo que con ímpetu expresa de manera verbal quién lleva el balón, quién es el zaguero, y quién es el catalán que anota el gol. Lo ignoro, y se silencia en mi mente. La cajera rubia con moño rojo amarrado a su cabeza me recuerda a Lucile Ball, la comediante estadounidense de 5 décadas atrás, o a la esposa de Lorenzo: Pepita!. Divina. Tiene sombra azul en sus ojos que combina interesantemente con su boca Russian Red. Su uniforme es de camisa de hombre blanca con pantalón granate. Ella está a aproximadamente 5 metros de mí, y anuncia su producto. Yo aquí soy el vocero que les anuncia a ustedes, y de un momento a otro me convertí en partícipe de un programa de los años 50s. Hoy el momento es para el twist, para Paul Anka. Olvidémonos de Oasis por hoy.

Posteriormente esa cajera, con un delantal de rayas blancas y rojas, me guiñó el ojo, dejó cuadrado su negocio, dejó las platas, los débitos,  los pedidos y los asientos contables; todo esto para subirse a la baranda donde se anuncian las malteadas, las tocinetas y las promociones, y vino hacia mí. Resulta que yo la cogí de la cintura, la elevé y le dí tres vueltas en el aire, oyendo “Diana”. Y no se imaginan quién tocaba la guitarra: era Michael J. Fox, muy a lo Back to the future. No se imaginan la ropa circundante en el recinto de hamburguesas. Majestuosa. Estaba Twiggy caminando por ahí, con su cabello rubio, corto y de lado. También bailé con ella. Estaba muy seria Twiggy, pero es que ella es así.

Esta atmósfera de fuentes de soda, twist, Chevys y gel moldeador de peinados estrafalarios estaba siendo plasmada en mi mente; y fue plasmada en la vida real hace tantas décadas. Servía de atmósfera para el surgimiento de muchos géneros musicales y muchas tendencias en ropa que vendrían después. También esa década sirvió de caldo de cultivo para la adolescencia de primas retro activas de ojos color miel. Empezamos a bailar ahí, en pleno centro de la ciudad, en medio de humo, de sonidos de buses y de gente guache, ahí estábamos un grupo de gente bailando Jive Bunny and the mastermixers y tomando malteada de fresa. Hay una canción de Fun que dice “Tonight we are Young, so let’s set the world on fire”. Eso estuve haciendo ahí.

El desenfado en el recinto era tal, que no había pelea, no había fútbol, y en esos tantos minutos que duró el zafarrancho, se nos olvidó quién era el presidente y los ministros; así de sencillo, todo quedó olvidado, a medida que una brunette hermosa, con falda vaporosa y balaca roja puso un acetato de The Shirelles, ese cuarteto de féminas de raza negra que le preguntaban a su amante si las amaría mañana. Qué hermosas. Qué buena fiesta. No existía la alta fidelidad en el sonido, pero sí la alta fidelidad en las creencias. Qué buenos años, no era la belle époque, pero sí que era una bella época.

Estaba bailando con Twiggy, repito, muy seria ella, y sonó un toc toc leve en la ventana. Miré quién estaría interrumpiendo tal evento tan magnánimo (incluso el disco saltó y un gato salió por la azotea) : era Holly Golightly. Tenía puesto su célebre vestido negro, y llevaba un broche Camélia de Chanel. Me preguntó con su absurdamente asfixiante y encantador acento británico-belga si podía entrar un rato. Ella estaba en el museo viendo cuadros de Andrés de Santa María, el impresionista colombiano, andaba dando una vuelta en medio de edificios blancos, y de gente gris, de repente vio un local pequeño que estaba enchapado en diamantes, y  mientras comía un algodón de azúcar me vio por la ventana. Le dije “claro, Holly, pasa un rato”. Ella me dijo que no tenía mucho tiempo. Que el tiempo era una aguja que la apremiaba y no podía darse el lujo de quedarse ahí ad infinitum.

Eso es el tiempo. Finito. No podemos darnos el lujo de hacer absolutamente todo lo que queramos, y con la holgura que quisiéramos. Esto motiva a aprovechar cada momento al máximo, cada sensación gris que vemos en la calle debe ser tergiversada para poder volverla de color; a cada persona que circunde nuestro planeta debemos brindarle una sonrisa; gracias a la imaginación por existir. Y gracias, Holly, por asistir. 

La fiesta continuó unos minutos más, no recuerdo cuántos. Wallis Simpson estaba ahí; el rey Eduardo abdicó al trono por ella, y ahora ella quería abdicar por mí; Vi salir por la puerta trasera a Marlene Dietrich un poco indispuesta. Yo seguí bailando ahí las tonalidades de Glen Miller, junto a las damas que ya he mencionado. Mucha gente me dirá que no son 100% consecuentes en tiempo y espacio las unas con las otras, pero son consecuentes en música y alma dentro de mí. Luego sonó un pito muy fuerte. Era mi mente. Eran las 2:28 pm, tan solo 6 minutos más tarde de cuando arreglé las manecillas.

Tan solo 360 segundos habían transcurrido, y para mí fue la fiesta más glamurosa a la que había asistido. Miré a mi alrededor y Twiggy, Marlene, Holly, Ava Gardner y hasta Wallis ya se habían marchado. Estaban de nuevo en el pasado, en los libros, en las cintas de VHS, en donde deben estar.

6 minutos no son nada, dirán algunos. Es un lapso de tiempo muy pequeño, dirán otros. Es toda una eternidad, dirán los atletas. Pregúntenme a mí, para mí fueron 55 años y algunos meses más.


jueves, 13 de junio de 2013

Lecturas cultas

La mejor nutrición, el mejor alimento, siempre será la gente. De lo que uno oye por ahí, en las conversaciones, en los saludos y en los comentarios se pueden sacar ideas y teorías; son materia prima para azorarse, para excitarse, para sonreír o para pensar e imaginar qué ocurre en la mente de ciertos personajes cuando sueltan algún improperio. Múltiples voces merodean mis oídos, con todos los timbres y acentos imaginables: gente de la costa, del interior, sopranos, gangosos, cavernícolas y extraterrestres.

Estaba en esta terapia tan deliciosa de oír al prójimo, mirando hacia el infinito, y tomándome un té rojo amargo en una tasa amarilla de arcilla esmaltada cuando llegaron unas ondas provenientes de la mesa contigua; éstas llevaban un mensaje; alcancé a percibirlo, se refería a que las lecturas se podrían clasificar en dos categorías: cultas e incultas. El vociferador de estos sonidos era un aparente humano que llevaba un bigote estilo Stalin, botas militares beige, pantalón de dril y camisa de cuadros; él argumentaba que existe literatura y puede, dada su complejidad,  pertenecer a estas dos categorías; continuando la tesis, las lecturas cultas serían las de los clásicos, las difíciles de conseguir, las de los filósofos raros, las especializadas; y las incultas serían las de las revistas, las que se consiguen en almacenes de cadena, los periódicos, y los comics. Él promulgaba denuestos y yo le oía.

Sorbí un poco de té, ya no tan caliente como antes, mordí el biscuit de arándano que estaba en el plato y dije para mis adentros, como quien piensa en otra cosa, “vea pues”. El caballero se paró, soltó una risotada, le pegó al acompañante en la espalda de manera estentórea y se marchó del recinto.

Lecturas cultas e incultas. Hago una pausa. Cuál es el umbral que las separa? Para mí todo involucra cultura, incluso la incultura. Será que le digo algo? Mejor no.

Hay pocas actividades tan agradables como leer; las lecturas; y al decir leer me refiero a gozar con un conjunto de letras, largas o breves; diría yo que en todos los casos esos conjuntos de letras te llevan a algo. Pienso que tal vez ese señor se fue a su casa o a su trabajo, con su argumento de que es más culto el que lee a Kirkegaard que el que lee a Calvin y Hobbes o a Amanda Hocking. Puedo suponer qué música oye y cuáles serán sus ídolos, fácil adivinarlos.

La lectura es una pasión, una actividad que te genera sentimientos; te hará sentir mal o bien, pero no pasa indiferente; te hace sentir. Las letras están en todas partes, no hay que ir a buscarlas en el último anaquel empolvado de una biblioteca del centro de la ciudad, ni necesariamente están en algún libro de algún ruso decimonónico, antipático y seguramente poco aseado; Están más bien en el menú de un restaurante: algo más delicioso que leer la descripción de un Steak Tartare, o un terrine de foie gras, o simplemente un delicioso tamal? Eso es literatura.

Todo te deja algo, todo sirve. Y todo por ende vuelve más culto. No importa qué sea. Desde la revista Tú hasta Ulises. Desde las reseñas sobre cine y restaurantes en una red social, hasta Orgullo y Prejuicio. Todo es cultura. Para mí será un inculto de siete suelas alguien que sepa la teoría enterita del existencialismo, con sus vericuetos y excepciones, y que no sepa quién es Gárgamel, o quién es Magneto, o dónde comerse un buen carpaccio. Para mí no hay lecturas incultas, todas llevan algo, un aprendizaje, una nueva palabra, una rabieta, o incluso conllevan un error, y al verlo aprendemos también; aprendemos a no cometerlo. Ninguna lectura es en vano.

La existencia se mueve en un mar de letras, algunas light, algunas complicadas, algunas alambicadas, algunas aburridoras, algunas informativas. Y otras tantas letras soñadoras y románticas. Ayyy, las románticas. Como la vida, así es la literatura, con lados oscuros y lados rosa. Está en las revistas que amo tanto, en los periódicos, en la publicidad, en el volante del corrientazo que me entregan por la mañana, y claro, en los libros. Qué placer. Aquí no defiendo a los libros; estos ya tienen bastantes defensores; resalto más bien los otros medios que también representan literatura y, por ende, sentimiento;  todo lo que conlleve sentimiento, merece ser resaltado, ole!! No sólo de pan vive el hombre,  así mismo no sólo de libros vive el ímpetu literario.

Si una hija le escribe a uno “cómprame unas tijeras”, para mí eso es un poema, es una obra maestra, comparable en calidad con las angustias de Emily Dickinson en su encierro y aislamiento; Ver un pasquín de hace 100 años que anuncia la Aureolina Onirem para el cabello seco es una delicia, por lo mismo comparable con algo tan literariamente respetado como el capítulo de Ulises en el que Leopoldo Bloom se solaza, se le infla la nariz, mientras fisgonea una damisela bañándose, supongo yo  muy coqueta y rolliza. Si tienes el sentido adecuado, la chispa de Dios que llaman, todo alrededor se volverá magia, toda letra será un poema, y todo será una explosión de cultura, incluso lo aparentemente más básico.


Bueno, ahí en la calle y en todo lado hay un mercado de letras esperando a ser consumido; uno digiere lo que quiere, con su belleza o fealdad intrínseca; en últimas la idea es sentir, vinimos aquí a sentir. Cultos o incultos según criterios arbitrarios, qué más da? Desde el primer día que nacemos aprendemos a leer: leemos los labios de mamá y papá; de ahí lo satisfactorio de practicarlo y recordarlo diariamente. Eso trato de hacer siempre.

jueves, 6 de junio de 2013

Caminatas

En este mundo, debido a las cosas que hacemos, donde estudiamos, donde trabajamos y donde vivimos, nos enfrentamos a lo que llaman rutina; donde confluye gente que va deprimida porque peleó con su cónyuge, gente que va azarada por alguna entrega que debe hacer, gente que sale a pelear el pan con el sudor o con el frío de su frente, y gente que queda congelada en el Transmilenio por comentarios que hace sobre películas o sobre algún tema álgido.

Siempre salgo de mi casa ataviado, a la espera de buenas sensaciones, esas que son gratis, con la compañía de mi bufanda imbuida en loción. Con el sol, o con el frío, ahí estamos los soldados, esperando transporte, puros adultos con bigote y corbata, a veces bendecidos por la presencia de un niño preguntándole algo a su acompañante; si eso ocurre, el día se vuelve más maravilloso: no hay energía más positiva y diáfana que un niño a las siete de la mañana en el transporte masivo. Voy con mis artefactos, cargado de ímpetu. Ímpetu para observar.

En la observación que se produce en el trayecto hacia mi laburo veo personajes con los cuales se puede hacer una película, de la vida diaria, con multitud de problemas encima, multitud de sonrisas algunos, y multitud de voces peculiares otros. Salgo del enorme bus rojo, entre jóvenes y señoras, alguna que otra señorita conectada de lleno con su mensajería instantánea, e instantáneamente recibo de una señora cabeza de familia el periódico gratuito; una señora vociferando su publicación, su trabajo, con el frío de su frente. Fíjense que ella se me parece a Máxima Zorreguieta. Otra señora, también cabeza de hogar, me da  otro diario, competencia del primero. Son dos señoras que me saludan, son lindas, son humanas. La primera caminata de la mañana.

En el trayecto pedestre veo otra señora vendiendo yogur con cereales; la he filmado, le he grabado la voz, es toda una vendedora de productos light que ayudan al tránsito lento, en una calle con tránsito rápido. Me gustaría saludarla y decirle que la admiro, así como la otra vez homenajeé a una pareja que se cuchicheaba tiernamente mientras el robot anunciaba las próximas paradas; sí, los ví y me quedé dudando unos segundos, después les dije “hacen bonita pareja”; ellos sonrieron, yo sonreí, me puse un poco nervioso y lo único que pude hacer fue llevarme la mano a la frente y despedírme moviéndola firme como saludan los soldados.  A esa señora la voy a felicitar la próxima vez que la vea.

Son las caminatas. Así se llama un ensayo de Robert Louis Stevenson. Él hace una oda a esta práctica de ir solo, de percibir los olores, de ver a la gente, de ir a su propio ritmo. Debemos ser como el humo de la pipa a merced del viento; buena analogía, yendo por el ambiente libre y anodinos, tranquilos, mezclándonos con el olor a comida, a perfume, a paisaje; así se mezcla uno, en medio de la albórbola de la ciudad. Todo esto puede hacerse en silencio, o con música de fondo; si existe música de fondo en mi cerebro, corro el riesgo de hacer coincidir los beats con algún sonido citadino, convirtiéndome en el protagonista de algún video musical; la otra vez protagonicé un sentido capítulo de Les Misérables a medida que pateaba una piedra y tomaba capuchino; la otra vez protagonicé un video de progressive house mientras iba enlatado entre sardinas; ahí iba yo. Y siempre está mi mente volando por ahí.

Aquí no para todo. La hora del almuerzo es también llena de sensaciones, éstas ya mezcladas con el apetito de la tarde, del segundo golpe, donde igualmente se juntan seres humanos buscando saciarlo; mientras voy viendo música y leyendo olores por las calles, veo a un señor de bigote anunciando un producto otrora útil, tal vez ya no tanto, para guardar los CDs: este anuncio del estuche que le guarda los CDs, pronunciado muchas veces a una velocidad digna de Flash, no da cabida a la posibilidad de pasarlo por alto. Vendiendo su producto a 45 revoluciones por minuto. Pero lo destacable de él es que de acuerdo a la coyuntura, palabra tan económica, y para cuidar él su economía, se ajusta al producto que sea menester: sombrillas, la vaca lechera del mercado callejero, o el curso de Excel, o el libro de moda, o incluso unos códigos necesarios, el civil y el de procedimiento penal. Todo en un bolsillo, todo para llenar su bolsillo y suplir sus necesidades.

Estaba hablando del almuerzo. La segunda caminata. Hay un recinto atendido primordialmente por damas, señoras cabeza de familia. Venden almuerzo, jugos naturales y un té digno del Rey Pirro. Y se preguntarán porqué siempre digo que estas señoras protagonistas de la vida son cabezas de familia: no sé si tienen hijos ni siquiera, pero la mujer siempre será la cabeza de la familia. La mujer, de 20 ó 60 años, ella lo es. El bastón.

Lo curioso del asunto es que siempre encuentro gente parecida a alguien conocido: he visto a Edith Piaf, frágil y preocupadiza, preguntando una dirección, he visto a Valentino y a Liam Gallagher, por mencionar unos pocos, pero en el restaurante me encuentro con Lizarazo. Sí, con Alfonso Lizarazo, el original. Él va allá, y come carne con arroz, paga su cuenta, toma café, como cualquier mortal. Años atrás, los sábados con mis papás, él promulgaba la idea de llevar una escuelita en su corazón. Y si el adagio popular de que a barriga llena corazón contento es cierto (y sí que lo es), pues digamos que esas escuelitas están albergadas en una contenta morada. Eso me pone contento.

Todo esto pasa muchas veces. Yo lo observo; la gente del diario vivir. La gente que entrega diarios, la gente que vive y hace mis caminatas tan amenas. Decía Virgina Woolf que rígido, el esqueleto del hábito soporta la forma humana. Esa habitualidad hace a mi persona, y por el solo amor a la gente hace que cada día, aparentemente igual, sea mágico y diferente.


Finalmente, ni qué decir de la caminata, la tercera, hacia el hogar: es la llegada al paraíso, donde están las tres reinas cabezas de familia. Pero eso merece un capítulo aparte.