Existe un personaje muy peculiar,
traído de los cabellos y traído de la tinta de las letras: se llama Miss
Lunatic, una señora de aproximadamente 140 años, atemporal, rejuvenecida, que
se pavonea por las calles de la gran manzana como una iconoclasta, una
contrariadora de la autoridad. Esta señora tiene similar edad que la estatua de
la libertad; dicha estatua fue esculpida y traída a América por los lados de
1880; para ese entonces miss Lunatic ya era adolescente: la imagino yo con
algún lunar seductor en la mejilla, cejas un poco gruesas, y mocasines morados.
Resulta que ella, Miss Lunatic,
sirvió de inspiración al escultor Fréderic Auguste Bartholdi, para plasmar en
el cobre la cara de la estatua: ella es una francesa que también llegó a Estados
Unidos para quedarse, y debe andar ahora deambulando por ahí en algún bistró.
Ella es un personaje de un libro
que estoy leyendo, se llama “Caperucita en Manhattan”, de Carmen Martín Gaite,
una escritora española. Es un cuento fresco, sin pretensiones, que naturalmente
emplea paralelismos con la historia de los hermanos Grimm; bueno, paralelismos
y comparaciones vemos en todo lado en nuestros medios de comunicación. Yo me
centraré en ella solamente. Una viejita, un clásico, una gocetas.
Estableciendo amistades con niñas
de 10 años y capucha roja, con policías y con muchachas de vida sórdida. “hay
que actualizarse, sino todos nos pierden el respeto” decía ella, o tal vez lo
sigue diciendo en la puerta de algún edificio viejo, gris y al lado de un bote
oloroso de basura. Viste una gabardina gigante, larga, sonriente y medias de
malla en poliamida.
Miss Lunatic camina por toda la
ciudad, y se impregna del olor a calle, a especias, a perro caliente, a bagel,
a gente. Me ha gustado mucho la forma en la cual ella imprime optimismo, cómo
aborda a la gente, cómo defiende su intimidad, argumentando que ésta no se
compra ni con dos cocteles de champán ni un batido de chocolate.
Una anciana, de muchos años a su
haber, que te mira con los ojos vidriosos, un poco brillantes y cansados. Es
inevitable que la mirada sea nostálgica, es que no puede ser de otro modo ¡! La
vejez, por muy alegre que sea, siempre tendrá en sus letras y aromas el halo de
la nostalgia, de los sitios conocidos, de las experiencias vividas (y vívidas),
de los besos, oh tantos besos entregados, ya sea en contacto físico, tirados al
aire o producidos en la imaginación. Pero así mismo es una mirada dulce, mirada
de miel y de amor. Todo eso transmite la mirada de ella, representación de todas
las divinas ancianas, las idas y las presentes.
Arrugas, fragilidad y enseñanza.
Miss Lunatic seguía ahí caminando, y daba a todos sus conocidos píldoras de
vida. Reza que las prohibiciones, esas que son inventadas por los humanos (como
casi todo) no tienen fundamento; cuando le querían contar alguna historia, por
muy larga que fuera, siempre decía que lo que vale la pena siempre es largo de
contar. Cuando se sentía cansada, ese cansancio natural que llega al cuerpo, su
cabeza toma el timón del barco y manda una señal a su esmirriado esqueleto para
enderezarlo; y tenía para su vida dos pilares fundamentales: la curiosidad y la
compasión.
Heráclito, 500 años antes de
Cristo, decía que todo fluye y que la vida se reemplaza, que no podemos
bañarnos dos veces en el mismo río; es cierto, unos que nacen otros morirán.
Nunca volveremos, pero aparentemente este personaje es inmortal. Alguna vez la
vi. Era ella, la musa de la estatua de la libertad, libre como el viento y
lenta como las gotas de rocío. Como Heráclito, ella siempre pensaba en la
transformación incesante de las personas. Me había transformado a mí.
La llamada Tercera Edad. Yo la
llamaría Primera Edad. La edad de las musas de estatuas, la edad del talante de
piedra. Todos llegaremos a esa primera edad cuando seamos grandes, o cuando
seamos chicos, y ahí sí podremos sentarnos donde queramos, coger la tierra,
jugar con ella, ir al parque a ver el viento, a hablar con él. En esa edad
seremos lo suficientemente maduros, octogenarios y curtidos para volver a ser niños.
O permítanme este postulado: podemos empezar a ser niños, o ancianos de nuevo,
mientras el corazón palpite y el alma lo permita. O sea ya.
Miss Lunatic sigue por ahí. Ya le
cogí cariño, en mi corazón está, junto a sus coetáneas de dedos tristes,
párpados prominentes y recuerdos felices.
Leí en el periódico que Vargas
Llosa decía lo siguiente: “los clásicos nos ayudan a comprender de dónde
venimos y hacia dónde vamos”, refiriéndose a los libros como la Celestina o la
Gitanilla. Y así mismo, los humanos de la tercera (o primera) edad, los
verdaderos clásicos, son esenciales al momento de ayudarnos a comprender lo
mismo. Transmiten respeto y cariño. Ellos, como miss Lunatic y como los niños,
son los únicos que saben lo que quieren.