Existe siempre el momento en la
semana en el cual llega el jueves; nos aproximamos a ésta, una fecha de entrega
tácita de algo que me gusta hacer; y pasa que quiero desarrollar una idea y no
hay en el momento un postulado que quiera defender; por ahora mientras degusto
una hamburguesa de queso Brie, veo que el tiempo se detiene. Es verdad, se
detuvo a las 2:23 pm pero no fue el tiempo el que se detuvo, fue el reloj, esa
tortura con agujas que nos apremia siempre. Me quedé pensando porqué estas
pilas son tan chinas, tan malas. Y el tiempo, después de un ajuste manual en
las manecillas, siguió corriendo y la gente siguió caminando.
El locutor narra a esta hora por
la televisión un encuentro futbolístico; veo que con ímpetu expresa de manera
verbal quién lleva el balón, quién es el zaguero, y quién es el catalán que
anota el gol. Lo ignoro, y se silencia en mi mente. La cajera rubia con moño
rojo amarrado a su cabeza me recuerda a Lucile Ball, la comediante
estadounidense de 5 décadas atrás, o a la esposa de Lorenzo: Pepita!. Divina.
Tiene sombra azul en sus ojos que combina interesantemente con su boca Russian
Red. Su uniforme es de camisa de hombre blanca con pantalón granate. Ella está
a aproximadamente 5 metros de mí, y anuncia su producto. Yo aquí soy el vocero
que les anuncia a ustedes, y de un momento a otro me convertí en partícipe de
un programa de los años 50s. Hoy el momento es para el twist, para Paul Anka.
Olvidémonos de Oasis por hoy.
Posteriormente esa cajera, con un
delantal de rayas blancas y rojas, me guiñó el ojo, dejó cuadrado su negocio,
dejó las platas, los débitos, los
pedidos y los asientos contables; todo esto para subirse a la baranda donde se
anuncian las malteadas, las tocinetas y las promociones, y vino hacia mí.
Resulta que yo la cogí de la cintura, la elevé y le dí tres vueltas en el aire,
oyendo “Diana”. Y no se imaginan quién tocaba la guitarra: era Michael J. Fox,
muy a lo Back to the future. No se imaginan la ropa circundante en el recinto
de hamburguesas. Majestuosa. Estaba Twiggy caminando por ahí, con su cabello
rubio, corto y de lado. También bailé con ella. Estaba muy seria Twiggy, pero
es que ella es así.
Esta atmósfera de fuentes de
soda, twist, Chevys y gel moldeador de peinados estrafalarios estaba siendo
plasmada en mi mente; y fue plasmada en la vida real hace tantas décadas.
Servía de atmósfera para el surgimiento de muchos géneros musicales y muchas
tendencias en ropa que vendrían después. También esa década sirvió de caldo de
cultivo para la adolescencia de primas retro activas de ojos color miel. Empezamos
a bailar ahí, en pleno centro de la ciudad, en medio de humo, de sonidos de
buses y de gente guache, ahí estábamos un grupo de gente bailando Jive Bunny
and the mastermixers y tomando malteada de fresa. Hay una canción de Fun que
dice “Tonight we are Young, so let’s set the world on fire”. Eso estuve
haciendo ahí.
El desenfado en el recinto era
tal, que no había pelea, no había fútbol, y en esos tantos minutos que duró el
zafarrancho, se nos olvidó quién era el presidente y los ministros; así de
sencillo, todo quedó olvidado, a medida que una brunette hermosa, con falda
vaporosa y balaca roja puso un acetato de The Shirelles, ese cuarteto de
féminas de raza negra que le preguntaban a su amante si las amaría mañana. Qué
hermosas. Qué buena fiesta. No existía la alta fidelidad en el sonido, pero sí
la alta fidelidad en las creencias. Qué buenos años, no era la belle époque,
pero sí que era una bella época.
Estaba bailando con Twiggy,
repito, muy seria ella, y sonó un toc toc leve en la ventana. Miré quién
estaría interrumpiendo tal evento tan magnánimo (incluso el disco saltó y un
gato salió por la azotea) : era Holly Golightly. Tenía puesto su célebre
vestido negro, y llevaba un broche Camélia de Chanel. Me preguntó con su
absurdamente asfixiante y encantador acento británico-belga si podía entrar un
rato. Ella estaba en el museo viendo cuadros de Andrés de Santa María, el
impresionista colombiano, andaba dando una vuelta en medio de edificios blancos,
y de gente gris, de repente vio un local pequeño que estaba enchapado en
diamantes, y mientras comía un algodón
de azúcar me vio por la ventana. Le dije “claro, Holly, pasa un rato”. Ella me
dijo que no tenía mucho tiempo. Que el tiempo era una aguja que la apremiaba y
no podía darse el lujo de quedarse ahí ad infinitum.
Eso es el tiempo. Finito. No
podemos darnos el lujo de hacer absolutamente todo lo que queramos, y con la
holgura que quisiéramos. Esto motiva a aprovechar cada momento al máximo, cada
sensación gris que vemos en la calle debe ser tergiversada para poder volverla
de color; a cada persona que circunde nuestro planeta debemos brindarle una
sonrisa; gracias a la imaginación por existir. Y gracias, Holly, por asistir.
La fiesta continuó unos minutos
más, no recuerdo cuántos. Wallis Simpson estaba ahí; el rey Eduardo abdicó al
trono por ella, y ahora ella quería abdicar por mí; Vi salir por la puerta
trasera a Marlene Dietrich un poco indispuesta. Yo seguí bailando ahí las
tonalidades de Glen Miller, junto a las damas que ya he mencionado. Mucha gente me dirá que no son 100% consecuentes en tiempo y espacio las unas con las otras, pero son consecuentes en música y alma dentro de mí. Luego sonó un pito muy fuerte. Era mi mente. Eran las 2:28 pm, tan solo 6 minutos más
tarde de cuando arreglé las manecillas.
Tan solo 360 segundos habían
transcurrido, y para mí fue la fiesta más glamurosa a la que había asistido.
Miré a mi alrededor y Twiggy, Marlene, Holly, Ava Gardner y hasta Wallis ya se
habían marchado. Estaban de nuevo en el pasado, en los libros, en las cintas de
VHS, en donde deben estar.
6 minutos no son nada, dirán
algunos. Es un lapso de tiempo muy pequeño, dirán otros. Es toda una eternidad,
dirán los atletas. Pregúntenme a mí, para mí fueron 55 años y algunos meses
más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario