jueves, 4 de julio de 2013

Fantasmas

Hay una casa encantada; sobre ella salen unos fantasmas que la vigilan y merodean. Ellos andan por ahí, transportándose bajo un estado indescriptible, ni gaseoso ni sólido, y van cuarto por cuarto; ahí ven a los habitantes actuales del recinto, hacen comentarios al respecto, bajan a la cocina, van a un baño, van a las habitaciones, y analizan cómo es la vida ahora en ese presente vacío y sin ellos; lo comparan con el pasado en el que ellos en teoría habitaban. Surgen recuerdos, surge melancolía, tal vez surge remordimiento, y se generan discrepancias. El pasado nunca es infructuoso.

Supongo que estos espíritus mirando todo desde la barrera, analizan las cosas, examinan a los bellos durmientes y buscan su dicha oculta. Pienso yo que no hay que temerles, están ahí cohabitando con nosotros en otra dimensión, y los quiero imaginar felices, también viviendo sus problemas, también buscando su felicidad. Eso lo quiero pensar, es mi acto de fe.

“Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios”, le decía un fantasma al otro, como queriéndole pedir que admirara a esa pareja de humanos, durmiendo, juntos, enamorados, con sus dos cuerpos, uno encima del otro, con piyama o sin ella, bien sea de frente o de espaldas, pero sumidos en el placer, en el movimiento ocular rápido, en los suspiros, en los ronquidos; qué afortunados son los fantasmas al ver a sus humanos amados de esa forma: desde afuera, como si el alma se desdoblara, tres metros más cerca de las estrellas.

Para mí esos fantasmas están ahí. No quiero utilizar la palabra Duende, ya que evocará automáticamente al muñeco caricaturesco gordo, muy de esas leyendas como Narnia y demás, un muñeco narizón que le quitaría solemnidad a lo que quiero plantear. Los fantasmas están ahí, pero son nada más que los sentimientos. En otras palabras, los sentimientos son fantasmas que habitan con nosotros, respiran junto a nosotros, y actúan en el momento en que nuestra mente lo pide, a medida que los estímulos llegan. Nos acechan.

Vagando por la casa, abriendo ventanas, así están ellos. Los imagino de colores, enjutos, merodeando su estadía alrededor de los metros cuadrados del inmueble; la niña está jugando a las muñecas, con su pelo ensortijado, su sudadera y su fantasía; tiene en toda su habitación perfectamente organizados sus soldaditos, sus ilusiones, y mientras juega van ocurriéndosele ideas, problemas, frustraciones, reflejo de lo que vive ella en su vida real; a medida que va ocurriendo el juego, es probable que le dé rabia u ofuscación por algo, por ejemplo, algún juguete que se rompe. Entra ahí el fantasma que andaba en esa dimensión tan desconocida, el fantasma de la rabia, y se inmiscuye en el ser de la niña, en su sistema neurológico. Y la niña llora. Este sentimiento afloró de un momento a otro. Se oye un grito.

Así van actuando los sentimientos. Los imagino en una sala de espera, en esa dimensión ya tan mencionada, ya tan desconocida. En ese limbo, esperando a que se produzcan sensaciones, podrían estar comiéndose las uñas, también esperando el amor. Todos lo esperamos, algunos lo encontramos. El amor es otro fantasma. Y cuando llega, ese ser ni líquido, ni gaseoso, atemporal y vago, recibe el llamado de la situación que se está presentando allá abajo en el mundo real, en el mundo de los carros, el tráfico y el humo. Y baja hacia nosotros, baja el Amor.

Así es: cuando una pareja está en el lecho nupcial, ella absolutamente sensual con su vestido de novia, y él muy varonil con su frac, y empieza el juego del afrancesado coquetry, se empieza a hacer sublime esa profusión de cucamonas, y allá arriba, más cerca de las estrellas, o tal vez en las mismas estrellas, suena una alarma, le llega un mail, le jalan la camisa al Amor; éste se pone la camiseta, se mete en el cuento, y baja, impregna el oído, la lengua, el pecho, la mente y el corazón. Actúa. Los sentimientos actúan y nos hacen actuar, nos hacen trascender. Al escribir esto ya lo siento. Actúa el amor, y suena un gemido, se percibe un suspiro.

Así como vemos la rabia en una niña, está también el amor en una pareja. Romanticismo eterno, encajes, y fragancias. Nada mejor que eso, nada mejor que Le petit Robe noir. Nada mejor que erizarse y usar los cinco sentidos.

Sentimientos, sin embargo, también se producen de manera invernal y de soledad; La nostalgia también está allá, leyendo y tomando té a la espera de que acá en este mundo, tan real y tan monocromático, se produzca algo que la llame: una pérdida, una muerte, un diente caído, una cana, una graduación, un hijo que crece, un hijo que ya no es un bebé, ver la sonrisa de un hijo columpiándose a medida que uno está sentado comiendo helado. Vuela el mensajero hacia ese mundo mágico y le dice a la Nostalgia que baje, que deje esa paz allá arriba y que entre en el ser nostálgico. Corre una lágrima en el parque, al ver el hijo creciendo. Actuó el sentimiento.

No quiero dejar de estar produciendo sensaciones y de captar imágenes que me hagan evocar tal mundo, la tierra de esos fantasmas, la tierra de los sentimientos. Estos nos hacen humanos, nos hacen soñar y son tan elevados que nos hacen aterrizar.

Prefiero estar montado en los vagones de la montaña Rusa emocional, que ir por un afecto plano, muy plano como carretera austral sin curvas; prefiero todo el mareo de esas vueltas a nunca sentirlo. Mucha gente siente las cosas tan mecánicamente que no se percata de ello. Yo los respiro, soy sentimental, y voy ahí en la vida, en esa montaña rusa, encantada como la casa del cuento y encantadora como la mirada de una niña.


Yo me percato todos los segundos; observo, pasa la mujer, huelo, oigo, llevo un bocado a mi boca, lo degusto, oigo llorar a una dama, y lo que es mejor, me percato del momento sensorial, río, lloro, hago múltiples llamados a la sala de espera donde están los seres, allá expectantes, y éstos me visitan siempre, me ven dormir, ven la búsqueda de mi felicidad; les esbozo una sonrisa porque sé que me están viendo, a esos sentimientos les escribo; ellos también me leen.

1 comentario:

  1. Muy agradable y romántica cuota de Kemyescribe.

    Resalto especialmente la sutileza con que se abordó el aspecto de pareja, volviéndolo romántico más que erótico.

    Sin embargo, como fiel fanático de C. S. Lewis y de su obra (que por su hermosa simplicidad siempre se ve absurdamente opacada por la engorrosa, aunque también digna de toda admiración, complejidad de la de Tolkien) tengo que anotar, mi entrañable amigo, que Narnia no es una leyenda. Es todo un mundo!! Completito. Fantástico sí, pero mundo al fin y al cabo, en el cual ambientó su saga de siete novelas (no estoy seguro si las últimas tres que llegaron a los anaqueles de las librerías también se desarrollan en Narnia; de ser así, serían diez). Incluso me atrevo a decir que en esos textos hay más de un mundo, pues el principio de la historia no sucede en Narnia. Pero no se trata de otro país o de otro planeta, sino de otro universo. De otro plano. Así las cosas, es precisamente ese carácter de fantasía lo que distingue a Narnia de una leyenda. Le falta el elemento real o verdadero para serlo. Carece del desarrollo dentro de nuestra historia folclórica. O dentro de la inglesa, para ser más exacto, pues es enteramente una creación de la imaginación del autor.

    Un abrazo old friend.

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