Cuenta la historia que hace
aproximadamente 100 años un escritor europeo iba caminando por un parque, muy
bien vestido, sereno, bajo un clima oscuro y un poco de llovizna, cogido de la
mano de su novia, otra persona también muy serena, con cejas gruesas como todas
las señoras antiguas, con guantes y vestido largo de color morado, de 30
botones desde el cuello hasta donde termina la espalda, y botas de cuero largas
y negras. Como les digo, iban caminando a medida que oían el trinar de los
pájaros, sí, hace 100 años, antes que existieran los trinos de ahora.
El sonido de los animales del
viento, de una fuente de agua que había cerca, y el olor a tierra mojada que
evoca a las fincas y a los abuelos, de repente fueron interrumpidos por el llanto de una niña. Con zapatos azul turquí de hebilla, sin cordones, medias
blancas, y vestido clásico de cuadros, llevando sus dos trenzas y sus cachetes
prominentes, estaba llorando porque había perdido su muñeca. De esas muñecas de
porcelana con mirada perdida, dignas de película de terror, con alabastro
encima, labios rojos y nostalgia apabullante.
El señor se acercó a la niña y le
preguntó cuál era el problema. Después de decir que la muñequita se le había
perdido y que era de un color blanco marfil, lanzó esta frase de manera
entrecortada: “es que es mi mejor amiga”. Algo más qué decir? La amistad tan
fuerte entre la niña y la muñeca había sido segada por algún descuido del
adulto, bien sea el tutor, la niñera, o la madre, que por andar pensando en la
vida real o en alguna guerra o en algún trámite jurídico la había botado.
Y habiendo dicho esto, el
escritor tuvo la rapidez en su cerebro de codificar en un milisegundo la
importancia de esa amistad, de lo sublime de la mente de los niños, de que
ellos son los únicos que saben lo que quieren, e inmediatamente le dijo “no,
niña, cómo se te ocurre? Ella no se ha perdido, ella se fue de paseo, ella me
escribió una carta”. Al otro día se la entregaría. La niña fue a dormir esa
noche con mil expectativas en la cabeza, desahogándose con su almohada de
plumas de ganso mientras se tomaba su leche caliente. Cayó dormida pensando en
qué país estaría, con quién hablaría, y eso le dibujó una sonrisa en su corazón.
Mientras la niña estuviese soñando, este señor estaría tomándose cuatro tintos
cargados, con el pelo de punta, caminando con las manos atrás inventándose la
carta, avergonzado con su amante de cejas gruesas por haberle cancelado una invitación que le
había hecho a una ópera de Wagner, en el teatro del pueblo. Qué pena con la
novia, esta labor lucía mucho más importante.
El le siguió escribiendo varias veces
más. Le pintó un mundo hermoso donde vivía la muñeca, lleno de rosas, de
nenúfares, de dulces, de diversión y de amor; le contaba que allá habitaba una
tribu de seres que jugaban, que compartían todo y que eran amables. Le prometió
algún día darle la dirección para que le fuera a visitar. Así siguió la
correspondencia, digamos unas 20 cartas más, las cuales curaron el corazón
triste de la niña. Posteriormente ella creció y no se supo más, ni siquiera su
identidad. En ningún sistema de información aparece si esta niña ahora es
anciana o está en el cielo, o si la muñeca volvió a sus brazos. Hasta aquí llegó
el bastón del cual nos podemos apoyar.
La vida da muchas vueltas,
siempre pueden ocurrir cosas inesperadas; hace unos años iba, sereno, montando
bicicleta y vi una anciana, de pelo largo y blanco, gordita, pletórica y de ojos
azul claro. Me detuve. Pasar de lado e ignorarle era imposible para mí, tal vez
era posible para muchos. Cuando me arrodillé a hablarle me di cuenta que los
ojos azules tan claros era porque carecía del sentido de la vista; Carecía del
sentido que permite ver los encajes y las curvas.
Le cogí la mano, era áspera, sus
uñas eran largas, su mirada estaba proyectada al infinito, y me sonrió. Tenía
trenzas en su pelo largo y blanco, una sudadera vieja y una ruana negra que
olía a tristeza; ese olor ella sí lo podía ver, era lo único que ella podía ver,
lastimosamente.
Fui a comprarle una bolsa de
leche y unos panes, con la boca para abajo y el sentimiento para arriba. Se los
entregué, me sonrió; tengo el recuerdo vívido. Quise preguntarle algo de su
vida, algún amor furtivo, alguna dirección de un sobrino, algún recuerdo de su
adolescencia, pero algo me frenó. No hablaba mucho. Me fui en mi bicicleta;
Volví a la realidad donde todos iban mirando el presente, dejando atrás la
realidad de la anciana que quedó mirando al pasado. Si estuviera esperando al
amor de su vida que la dejó hace treinta años, le inventaría una carta en la
cual él vuelve y le jura amor eterno; si estuviera anhelando a algún hijo
que se fue, le inventaría que el hijo le manda fotos desde París, que está
feliz y que la ama; y así sucesivamente. La realidad es la que uno se forma en
la mente; esa sí es real.
Dormí plácidamente ese día.
Desperté pensando en esa mirada azul cielo, en qué tanto podría haber pasado en
esos 80 años de vida; había mucha tela por cortar, había muchas historias por
contar. Cogí mi bicicleta, y empecé a recorrer las calles de la ciudad. Cuando
di la curva anterior al sitio donde ella yacía, pensaba yo en muchas cosas para
preguntarle. Había escrito tres cartas hipotéticas, alguna de las cuales entregaría
de acuerdo a lo que me fuera contando de sus experiencias pasadas.
Llegué ahí y ya no había
nadie. La calle estaba vacía, sólo había una tienda de víveres, atendida por un
muchacho, al cual le pregunté si sabía algo. Me contó que en la madrugada había
llegado una ambulancia, y al comprobar que la anciana había fallecido, la
persignaron, la cubrieron con un manto celestial y se la llevaron. La viejita, mi viejita linda se
había ido. No pude evitar llorar. Le agradecí al muchacho y di vuelta atrás.
Cuando llevaba recorridos cuatro
pasos, próximo a llegar a la esquina, el mismo muchacho que vendía víveres me
agarró del hombro. “oiga señor, la señora dejó esto tirado en la calle, y
puesto que nadie ha preguntado por ella excepto usted, tal vez deba dársela”. Me
dio una bolsa de papel. Le agradecí al muchacho de nuevo y le di un abrazo muy fuerte.
Al ver lo que él me entregó,
mi corazón se arrugó. La mezcla de sentimientos era tal que yo lloraba y sonreía
al mismo tiempo. La señora estaba esperándome para compartir con ella su pasado,
su imaginación y su realidad. En la bolsa había un manojo de cartas escritas a
mano y una muñeca; sí, de esas que existieron hace 100 años, de esas de porcelana
con mirada perdida.
Y si el anterior fue bueno, creo que con éste te has superado!!
ResponderEliminarAdemás, tengo la fortuna de conocer la parte verdadera de la historia (que es casi toda, desde luego). Fue una vivencia muy conmovedora que tuve el placer de oírte contar hace ya unos años, aunque nunca de manera tan sentida como ahora.
Gracias, carlillos!!! sí fue conmovedora, esas viejitas son conmovedoras, hermosas....
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