viernes, 5 de septiembre de 2014

Palabras Importadas

Les comparto aquí mi columna en Pulzo, llamada "palabras importadas".....

http://www.pulzo.com/opinion/204311-palabras-importadas

Si no les abre, igual aquí la pongo:








Palabras importadas

Hace unos cuantos meses me inscribí en un concurso de ortografía, junto a algunos colegas y compañeros.

Pintura original de Francisco Cano
La dinámica consistía en pararse frente a un tablero con un marcador, y un experto en la materia leía la definición de una palabra para posteriormente dictarla, con una excelente pronunciación. Debíamos escribirla como debe ser y quien dicta estos límites es la Real Academia de la Lengua.

Es un condicional inicial que quien concursa debe sentir cierta afinidad y gusto por la buena escritura de las palabras, y lo que uno lea en algún momento, si bien no todo se graba, deja algún conocimiento en la cabeza.

Había palabras más o menos conocidas y otras no tanto. Había clásicos de la ortografía, como “quehacer”, “vitualla”, “procesión” y palabras que pueden de alguna manera causar problemas al ser escritas. Es fácil cambiar la C por la S en el último ejemplo que puse: procesión. Se pueden colar letras H o Z donde no las han llamado, es normal. Está claro que estamos en una competencia, y saber escribir este tipo de palabras generará cierta ventaja frente al competidor. 
Son palabras del español y existen hace bastante tiempo, además que los nervios al estar parado indefenso frente a un grupo de personas incrementan un poco la dificultad.

Luego el moderador erudito, quien estaba a cargo del concurso, pronunció con bastante vehemencia lo siguiente: “Pan en forma de cuerno cuyo origen es francés”. No me acuerdo exactamente pero la definición era así, o tal vez en forma de media luna. Estábamos en un concurso de ortografía del idioma español, recordemos, y precisamente días atrás había leído la correcta escritura de lo que vendría a continuación. El señor, luego de la definición, pronunció la palabra “cruasán”. Claro, el famoso pan cacho, yo había leído un día casualmente que su correcta escritura era “cruasán”, tal y como suena, qué afortunado yo, y así lo escribí en el tablero. Cruasán. Punto a favor mío.

El concurso siguió y luego de su terminación, me quedé pensando en el caso anterior. Cruasán. A mí me suena más bonito y más original croissant, así sea con letra cursiva o letra normal, pero bueno, eso es algo personal. Este es un ejemplo de galicismo, o palabras que vienen del idioma francés. También están los anglicismos, que vienen del idioma inglés. De cada idioma que hay en el mundo podemos traer lo que queramos e incorporarlo en nuestro castellano. En nuestro castellano tan hermoso, con tantas posibilidades y tan prolífico.

Me quedé pensando en algunas sugerencias de la Real Academia. Es cierto, debe haber reglas para la buena escritura del español pero estamos en un mundo cada vez más interrelacionado e hispanizar todas las palabras que vienen de otras lenguas con el objetivo de cuidar a nuestro romántico y delicioso idioma me parece tal vez innecesario. La importación de palabras de otros lares es un hecho, y no sé hasta qué punto deba importarnos.

Me parece que mi castellano se cuida solito y tiene la suficiente fuerza para no dejarse morir ni amedrentar. Seguí averiguando y cito algunos ejemplos: al famoso tenis de mesa, con su tablero verde que exuda diversión y camaradería entre alumnos y docentes en ciertas universidades, si vamos a hispanizar su nombre original, debemos decirle “pimpón” en vez de “ping-pong”.

Existe un plato práctico a la hora de hacerle frente al almuerzo y cortar de plano el hambre tan apremiante de la 1 de la tarde; para eso ponemos entre dos panes varias tajadas de jamón, queso, lechuga, tomate y, ya dependerá de nuestra dieta, mayonesa o ají. Es el sandwich, palabra que al hispanizarla quedó como sándwich, con tilde, o sánduche.

Como tercer ejemplo, existe un término médico. No sé bien los detalles, pero hace alusión a un conducto alternativo por el que se desvía la sangre en una operación; yo siempre había visto que era “bypass” o incluso “by-pass”. Ahora para ser fiel al español, en el que prácticamente todo se pronuncia como se escribe, la Real Academia recomienda escribirlo “baipás”. Y así hay más casos.

Estamos hablando de recomendaciones solamente. Todo radica en la necesidad de cuidar el idioma, en evitar mezclas que atenten contra la individualidad, y eso me parece muy bien. Pero sí, produce algo de extrañeza leer en versión hispanizada las palabras que antes leíamos en su idioma original. Es posible que, en un futuro cercano, deba escribirse “feisbuq” en vez de su original Facebook.

Será con “q”, supongo, siguiendo la línea de que es correcto “Iraq” y no “Irak”. Lo bueno es que la única forma en que podrán ser sancionados o evaluados, queridos lectores y escritores –en masculino y en femenino-, es si van a algún concurso de ortografía. Tranquilos. Ahí, solamente ahí, el moderador experto será implacable al castigarles su mala escritura. En el resto de sitios, bien sea físicos o virtuales, se permite todavía escribir croissants y donuts, en vez de cruasanes y donas. Y sí, en cada argot y campo específico del conocimiento, seguirán existiendo palabras extranjerizadas. En el etéreo tema de la moda y los fashionistas, en las ciencias exactas, en la vida en finanzas y en el mundo del entretenimiento.

Palabras importadas que importan. Ya dependerá del criterio de cada quien esforzarse en escribirlo bien o mal. Original o hispanizado.
Good bye, o más bien, gudbai.


sábado, 16 de agosto de 2014

Buscando a Luis Donoso

http://www.pulzo.com/opinion/193526-buscando-luis-donoso


si no les abre aquí va:



Buscando a Luis Donoso

Me fui a Caldas a buscarlo.

www.metrocuadrado.com


Agarré mi maleta de cuero y metí tres mudas de ropa cómoda, con sus correspondientes pantalones, camiseta, zapatos y una tricota por si el frío empezaba a apremiar con su viento conocido en terrenos desconocidos.
La cerré muy bien para estar seguro que los componentes, previamente amarrados con la útil y pequeña correa, quedaran firmes y no fueran a formar un galimatías al ser abierta nuevamente. Allá a Caldas me fui a buscarlo. Debía solucionar algunas dudas.
Llegué a la terminal de transportes y pregunté por el próximo bus que partiera para Manizales. Entre los aproximadamente cuatrocientos mil habitantes seguro debería haber alguien, alguna señora o algún señor, que me pudiera dar datos sobre él. Mi plan consistía en llegar y coger un taxi a la plaza principal, lugar donde confluyen el empresario, el embolador de zapatos, el muchacho que vende mangos y la lotera. Ahí alguien me podría dar razón. Estaba seguro de ello.
Quería llegar ya, y en el trayecto durante el que surqué la cordillera, con un clima que me huele a ancestros y que es apacible al vivirlo, pensaba qué sería de la vida de este señor. Al pensar en una palabra para describirlo, caigo en cuenta de que cualquiera se queda corta. Él no era solamente algo, él podía ser lo que quisiera: cronista, periodista, escritor de prosa y humorista. Claro, también su condición de poeta debía ser agregada en su hoja de vida.
A medida que iba llegando al destino final, a la Ciudad de las puertas abiertas, saqué un libro de un maletín de mano que llevaba en mi regazo. Esculcando entre audífonos, revistas, lapiceros y otros libros, lo hallé al cabo de unos segundos. El libro que saqué de mi maletín me fue enviado vía correo aéreo por una amiga, María Luz: un volumen inédito de “Charlas tomo II”, escrito por un señor llamado Roberto Londoño Villegas, popularmente conocido como Luis Donoso. Era a él a quien iba a buscar. Debía lograr mi cometido.
Curvas en terrenos empinados era lo que había, era el escenario que el bus me estaba mostrando en ese momento. A veces miraba la ventana y a veces leía apartes del libro.
En especial lo abrí en la página dedicada a un personaje que habita estas tierras: el escrito tenía por nombre “La apología del paisa”. Lo volví a leer y fue inevitable que, en medio de este contexto de curvas y algo de mareo y cansancio, se dibujara en mí rostro una leve sonrisa. 
“Dentro de una terrígena ufanía no hay racial atributo que no quepa o que pugne a su recia anatomía, pues en el paisa de sonora cepa se confunden en plena trilogía,la mazamorra, el fríjol y la arepa”.
Al leer esto, aparte de la inevitabilidad en la risa, fue sumada la inevitabilidad en el antojo de degustar así fuera uno de los manjares descritos en la trilogía. Veía venir un suculento plato para saciar mi hambre. Ojalá. En algún momento debería llegar.
Todo viaje por tortuoso y eterno llega siempre a su fin. Abrí mis ojos luego de un fugaz estado de duermevela y por fin vi la ciudad, claro que sí, con sus puertas abiertas.
Me acomodé, verifiqué que estuviera todo en su lugar, el dinero, el teléfono celular y demás artículos necesarios, esperé que todos se fueran bajando, y en unos cuantos minutos estaba finalmente abajo, ya no en el bus sino percibiendo el aroma de Manizales con toda su quietud.
Efectivamente cogí un taxi y llegué a la plaza central. Es importante recalcar que sacié mis antojos no solo con un miembro de esa trilogía gastronómica, sino con los tres. Quería averiguar sobre él, sobre el talentoso Luis Donoso, hacedor de versos locuaces, como el que transcribí anteriormente; hacedor de escritos sobre la vida diaria, sobre las sonsacadoras de sirvientas, sobre los que se ufanan sin razón tendiendo a ser ya charlatanes, sobre las señoras chismosas, sobre los amantes de agraria anatomía, sobre las esquelas y sobre los mostachos, por poner tan solo unos cuantos ejemplos.
Luego de varios intentos fallidos en la consecución de la información, di con alguien que se acordaba de él. Esta persona a quien me encontré en medio de la plaza me suministró muchos datos sobre su vida, sus hábitos, sus estudios, muchas fechas y muchos elementos biográficos. Quería conocer más de él y me di cuenta que no era necesario.
Luis Donoso murió hace poco más de cincuenta años y es considerado una pluma mágica con un ingenio desbordante. Existen algunos libros escritos por él, por ahí se pueden encontrar si bien se hace la labor de preguntar. Al ella decirme tanta cifra y especificación, se me vino a la mente la conclusión de lo que venía a hacer a esta ciudad, lo que pude concluir luego de la reflexión en el viaje.
Pude darme cuenta que ya no hacía falta datos, no me importa dónde haya estudiado.
En sus versos y poemas está todo lo necesario para conocerlo, para conocer a alguien, ahí es donde se plasman sus pesares, sus goces, sus ganas de expresar, mis ganas de expresar. Sentí que ya lo conocía, que el viaje fue algo hermoso turísticamente hablando pero el propósito de buscarle a él ya había sido cumplido. A él ya lo conocía hace rato, para mí sigue vivo. Que siga descansando en paz y que nos siga molestando a nosotros con sus letras y su ingenio.
Luego me devolví, muy tranquilo. Lo había saludado, dejaba una ciudad pequeña a mis espaldas. Me fui quedando dormido lentamente mientras leía otro pequeño verso.
Había saludado a don Luis Donoso. Sonreí.

lunes, 28 de julio de 2014

Haciendo fila

Llegué hace pocos días a un almacén en búsqueda de un producto; al pararme ahí y analizar, vi un grupo de gente que se aglutinaba, algunos tranquilos y otros impacientes. Siendo así me hice al final. A los pocos segundos veo a alguien detrás de mí, y caigo en cuenta de que soy partícipe de un fenómeno de la modernidad, soy miembro de un grupo efímero que espera un servicio o un producto: es decir, estoy en una fila.

Miré en retrospectiva lo vivido y pensaba en cuántas filas ha hecho uno en toda su existencia. Pero antes de recordarlo oigo a la persona de atrás que me comenta, a manera de complicidad y de crítica, sobre qué tan malo es este servicio, cómo es que uno se presta para ello y cómo es posible rebajarse de tal manera; me dice también que ojalá no llueva y ojalá el sol, aquí en este clima impredecible, no vaya a estar tan bravo y que no nos vaya a quemar con sus rayos en estos minutos de espera. –Claro, señor, tiene toda la razón, ojalá no vaya a llover, sí, está complicado esto, claro, hay que tener paciencia-. El tiempo transcurría y hablar era inevitable. ¿Qué sería de las conversaciones en las filas si no existiera la posibilidad de hablar del clima?

Vuelvo a lo que pensaba, y rememoro las filas y su historia en mi vida. Llegué a la conclusión de que hay dos clases de filas: las obligatorias y las voluntarias, así como en los fondos de pensiones. Vamos con las obligatorias.

Cambiar un cheque en el banco de mi ciudad un fin de mes, pagar un servicio en la fila especial del supermercado un domingo por la noche, cambiar de plan de celular siendo yo el titular y sin posibilidad de delegar dicha labor a alguien más, pedir la visa pegándome la madrugada del siglo, matricularme en la universidad. Todas estas son obligatorias. Vueltas necesarias de la vida, con más demandantes que oferentes. Las filas están ahí y las define un sabio de los crucigramas como la medida más exacta de ineficiencia. Estas hacen parte de trámites adultos, de trámites contemporáneos y de trámites de adultos contemporáneos. La característica más importante de las obligatorias es que no generan polémica: nadie dirá que tan ridículos estos personajes haciendo fila para refrendar una cédula, o algo así.

Vamos ahora con las voluntarias. En este término y definición, si nos vamos al purismo, diríamos que todas lo son, nadie nos obliga a hacerlas; Pero con las obligatorias ocurre que, nada qué hacer, son vueltas y si no las hacemos no podemos acceder a los servicios del Estado y demás. Las voluntarias sí las hacemos porque queremos, porque queremos estar ahí de primeros, o de primeras, y porque tememos que alguien nos arrebate la experiencia primero.

Así que, entrando en este amplio conjunto, vemos que hay filas para entrar a un concierto, con toda la emoción que ello implica y para el que podrían ser hasta necesarias, ya que le agrega algo de expectativas y dificultad al objetivo final: ver al grupo musical que hace palpitar nuestros corazones.

Estas filas las vemos en todos los países, no solamente aquí en Colombia. El qué tan absurdo o innecesario sea hacerlas dependerá solamente del criterio de cada cuál. En otros países el día del estreno de alguna película muy exitosa, pongamos el ejemplo de Los Vengadores, hace que hasta el más clásico de los fans se anime a fabricarse un vestido para sí, relativo a los superhéroes en mención, que por lo menos lleve el martillo de Thor, y siendo así, con cascos y vestidos brillantes van y hacen fila por varias horas, algunos madrugan a su teatro de confianza y esperan. En otros países, repito, es algo normal. Hace pocos años intenté recrear el frenesí de estreno cinematográfico yendo a ver los Pitufos con mi hija y mi papá, pintados todos de azul. Los resultados fueron diferentes: acá, más que ímpetu, suscitamos carcajadas. Son formas de ver las cosas (o de ver las películas, más bien).

Otra fila memorable: la que se forma en la entrada de algunos restaurantes. Debo sacar de plano los días de la madre o del Amor y Amistad, fechas para las cuales no hay nada qué hacer, hay fila en todo lado, ahí sí no hay teoría que valga. En algunos restaurantes, cuya calidad no pongo en duda y que son deliciosos, la gente decide agolparse, esperar con la saliva saliendo poco a poco, con calor o con frío, con niños ya altivos y padres que ven en cualquier bobada el detonante de una guerra mundial. Lo paradójico es que puede haber sitios abiertos con no tanta gente a metros de distancia. Pero la gente decide ir al sitio lleno en comensales, en vez de ir al lado. Pasa siempre. Aquí nos vamos dando cuenta que las filas voluntarias generan polémicas, porque son subjetivas.

Una razón es la fanaticada por algún grupo musical o una película, otra es las ganas de comer rico. Pero va otra razón para hacer el aglutinamiento, una que no logro comprender del todo, y es la referente a los lanzamientos de adminículos portátiles. Supongamos que van a lanzar un nuevo teléfono celular, versión 13.1.3, que viene con actualizaciones y mejoras, es un poco más pequeño que el 13.1.2 y gasta menos pila que el 13.1.1. Es el acabose, la gente llega como si el mundo fuera a explotar al otro día (bueno, ahí entrarían los Vengadores, no me preocupo) y quieren comprarlo a primera hora, es imprescindible, no da espera. Como digo, son filas, todas respetables, a veces inentendibles. Inentendibles para mí, entendibles para otros.

Siempre preferiré las filas de personas a las de carros, y para aplacarlas siempre hay métodos: un dispositivo con buena música (para el que no es necesario madrugar para tenerlo de primero, tranquilos), un buen libro o una buena revista. Lo visual y lo audible, armas que morigeran todo sentimiento negativo.

Lo polémico que sea ver gente haciendo fila para comprar un café espresso o un capuchino, habiendo otras opciones nacionales, no va más allá de la curiosidad y el gusto del ser humano por algo.  En todo caso ese producto o servicio tan esperado, bien sea una hamburguesa, un crepe, una sopa o un café ristretto, generará algún tipo de placer, y eso está bien.


Así como dicen que lo peor de la rosca es no estar en ella, también lo peor de una fila es estar en ella. Por lo tanto, si no están ahí y ven el toro desde la barrera, es entonces aconsejable permitir, y más que eso tolerar, que cada quien haga la fila que quiera hacer. Disfrazados de pitufos, o como sea.

jueves, 2 de enero de 2014

Blue Veronica

Era un momento en el que ya no importaban los lujos, ya toda la pomposidad vivida en otras épocas pasaba a un segundo plano. En ese momento quedaban solamente los recuerdos, de una fama que fue enorme, de un reconocimiento en la calle que crecientemente es satisfactorio hasta que en cierto punto, como en las gráficas matemáticas, se logra el máximo y de ahí en adelante va decayendo. Una fama excesiva que hizo que lo otrora construido empezara a ser derrumbado. En ese momento murió, ya nada importaba.

Nació en 1922 y murió en 1973. Fue una actriz famosa. Veronica Lake. Conocerla en un filme viejo y en recortes de revistas fue mi placer. Y precisamente esa fama que se desvanece, y ahora no es tan palpable, debido a que no es tan ícono del glamur como otras, precisamente por no haber sido un ejemplo de vida y haber vivido una ruleta rusa, me motivó a investigar más. A ver qué enigma guarda ella en sus ojos. Las pesquisas siguieron, el computador y el acceso a redes sin duda sirve como ayudante incondicional. Veo fotos de ella. Me embebo en su belleza y me compadezco por su tristeza.

Mujer neoyorquina que tuvo un pasado triste y, como la mayoría de eventos en la existencia, recibió un toque en la espalda de parte de la Suerte, un toque que se pudo aprovechar, o también se pudo desaprovechar, no sé. Pero el hecho es que se pudo vivir.

No hay una cabellera más perfecta que la que ella tuvo la oportunidad de lucir frente a fotógrafos, frente a ese lente que dejó inmutable esa expresión. Actuó en más de veinte películas, personificando varias facetas. Y si miramos la superficie podemos creer al verla en revistas de moda, que su talante daba para aparentar perfección. Nada más falso. Le diagnosticaron esquizofrenia. Esa hermosa cabellera, absolutamente rubia, con sus bucles, sus tirabuzones y su peinado de lado cubriendo un ojo (expresión capilar que sería emulada años después) colindaba con un cerebro que, angustioso, clamaba paz y sufría.

Mientras la fama desfilaba en la alfombra roja, el cerebro estaba encerrado en un cuarto, sin ganas de salir, sin ganas de ver a nadie. Esas son las cosas. Este equilibrio no podría permanecer por siempre, esta dualidad, este esquema bitono cuerpo-alma algún día tendría que halar para algún extremo, para la oscuridad o para la luz.

Como se puede prever, la historia se encarga de darnos la respuesta. Murió alcoholizada. No hubo un cabello más perfecto, no hubo mejor mezcla de rudeza, ternura y femineidad. Y no la hay.

Esta dualidad entre el día y la noche, entre el infierno y el cielo, entre la fama y el desprestigio lo palpé también en una historia de cine cuya protagonista, Jasmine, vivió como una reina y terminó como una cenicienta.

Blue Jasmine, juego de palabras basado en una hermosa canción de jazz, blue moon, y la protagonista, Jasmine. Ella vivió un esplendor de vida entre la más exigente élite de Estados Unidos, viajando por las mejores costas, vistiendo los mejores trajes. Zapatos Jimmy Choo usaba para asistir a un sinnúmero de eventos. No tenía necesidad de pensar en nada, la vida le sonreía, puesto que tenía un esposo aparentemente honesto que impulsaba ardides y estafas y que luego terminó dando fin a su vida de manera voluntaria.

Al ver ella derrumbarse y reconstruirse todo su mundo, y al ver aparecer los estragos, las cuentas de cobro y la vida que se presentaba con muchos amigos y que terminó teniendo solo una hermana como apoyo, ahí aterrizó, ahí la curva que iba en ascendente tuvo su punto de inflexión y cambió su pendiente hacia la baja. Como Veronica, actriz del séptimo arte, como Jasmine, personaje del  séptimo arte. Todo dio un vuelco y cambió, esta vez para mal.

Es increíble haberla conocido y con poca diferencia de días haber también visto la película, con contextos diferentes pero con características similares. Todo lo que uno capta es una ficha de un rompecabezas que de uno dependerá cómo quiere armar. Ahí quedaron estas dos vivencias. En su declive, cuentan las anécdotas que andaba Veronica trabajando de mesera en un restaurante, puesto que no tenía de otra y necesitaba el dinero; se le acercó alguien que la conocía, la saludó, e inmediatamente ella dijo que no trabajaba ahí, que era una cliente y se sentó en una mesa aleatoriamente, con su ropa astrosa y su alma pordebajeada. Supongo yo que fue despedida.

También en la película Blue Jasmine, hay una escena conmovedora en la que ella conoce al hombre de sus sueños, ya habiendo enviudado, ya habiendo dejado todo atrás. Al él preguntarle qué era de su vida, armó una historia en cuestión de segundos, y a medida que más mentiras echaba al caldo de su ficción, más se enaltecía, más se emocionaba. Pero ya sabemos que esto no puede durar, todo se devela en algún momento.


Son estas dos personas, una real y la otra virtual, ambas aferradas al pasado pero peleando con él, no dejándolo ir. Su collar drapeado de rubíes reposa en la estantería, presto a ser usado y a seguir recreando algo que no existe. A Jasmine le tocó bajar la cabeza y aceptar la realidad. A Veronica el rostro le cambió muy rápidamente; ya no era la musa de aquella época dorada. Todos cambiamos, eso es cierto e inexorable, pero ella lo hizo a una mayor velocidad. Se la llevó el viento, ese mismo viento que le derrumbó el castillo de naipes a Jasmine. La realidad.