lunes, 28 de julio de 2014

Haciendo fila

Llegué hace pocos días a un almacén en búsqueda de un producto; al pararme ahí y analizar, vi un grupo de gente que se aglutinaba, algunos tranquilos y otros impacientes. Siendo así me hice al final. A los pocos segundos veo a alguien detrás de mí, y caigo en cuenta de que soy partícipe de un fenómeno de la modernidad, soy miembro de un grupo efímero que espera un servicio o un producto: es decir, estoy en una fila.

Miré en retrospectiva lo vivido y pensaba en cuántas filas ha hecho uno en toda su existencia. Pero antes de recordarlo oigo a la persona de atrás que me comenta, a manera de complicidad y de crítica, sobre qué tan malo es este servicio, cómo es que uno se presta para ello y cómo es posible rebajarse de tal manera; me dice también que ojalá no llueva y ojalá el sol, aquí en este clima impredecible, no vaya a estar tan bravo y que no nos vaya a quemar con sus rayos en estos minutos de espera. –Claro, señor, tiene toda la razón, ojalá no vaya a llover, sí, está complicado esto, claro, hay que tener paciencia-. El tiempo transcurría y hablar era inevitable. ¿Qué sería de las conversaciones en las filas si no existiera la posibilidad de hablar del clima?

Vuelvo a lo que pensaba, y rememoro las filas y su historia en mi vida. Llegué a la conclusión de que hay dos clases de filas: las obligatorias y las voluntarias, así como en los fondos de pensiones. Vamos con las obligatorias.

Cambiar un cheque en el banco de mi ciudad un fin de mes, pagar un servicio en la fila especial del supermercado un domingo por la noche, cambiar de plan de celular siendo yo el titular y sin posibilidad de delegar dicha labor a alguien más, pedir la visa pegándome la madrugada del siglo, matricularme en la universidad. Todas estas son obligatorias. Vueltas necesarias de la vida, con más demandantes que oferentes. Las filas están ahí y las define un sabio de los crucigramas como la medida más exacta de ineficiencia. Estas hacen parte de trámites adultos, de trámites contemporáneos y de trámites de adultos contemporáneos. La característica más importante de las obligatorias es que no generan polémica: nadie dirá que tan ridículos estos personajes haciendo fila para refrendar una cédula, o algo así.

Vamos ahora con las voluntarias. En este término y definición, si nos vamos al purismo, diríamos que todas lo son, nadie nos obliga a hacerlas; Pero con las obligatorias ocurre que, nada qué hacer, son vueltas y si no las hacemos no podemos acceder a los servicios del Estado y demás. Las voluntarias sí las hacemos porque queremos, porque queremos estar ahí de primeros, o de primeras, y porque tememos que alguien nos arrebate la experiencia primero.

Así que, entrando en este amplio conjunto, vemos que hay filas para entrar a un concierto, con toda la emoción que ello implica y para el que podrían ser hasta necesarias, ya que le agrega algo de expectativas y dificultad al objetivo final: ver al grupo musical que hace palpitar nuestros corazones.

Estas filas las vemos en todos los países, no solamente aquí en Colombia. El qué tan absurdo o innecesario sea hacerlas dependerá solamente del criterio de cada cuál. En otros países el día del estreno de alguna película muy exitosa, pongamos el ejemplo de Los Vengadores, hace que hasta el más clásico de los fans se anime a fabricarse un vestido para sí, relativo a los superhéroes en mención, que por lo menos lleve el martillo de Thor, y siendo así, con cascos y vestidos brillantes van y hacen fila por varias horas, algunos madrugan a su teatro de confianza y esperan. En otros países, repito, es algo normal. Hace pocos años intenté recrear el frenesí de estreno cinematográfico yendo a ver los Pitufos con mi hija y mi papá, pintados todos de azul. Los resultados fueron diferentes: acá, más que ímpetu, suscitamos carcajadas. Son formas de ver las cosas (o de ver las películas, más bien).

Otra fila memorable: la que se forma en la entrada de algunos restaurantes. Debo sacar de plano los días de la madre o del Amor y Amistad, fechas para las cuales no hay nada qué hacer, hay fila en todo lado, ahí sí no hay teoría que valga. En algunos restaurantes, cuya calidad no pongo en duda y que son deliciosos, la gente decide agolparse, esperar con la saliva saliendo poco a poco, con calor o con frío, con niños ya altivos y padres que ven en cualquier bobada el detonante de una guerra mundial. Lo paradójico es que puede haber sitios abiertos con no tanta gente a metros de distancia. Pero la gente decide ir al sitio lleno en comensales, en vez de ir al lado. Pasa siempre. Aquí nos vamos dando cuenta que las filas voluntarias generan polémicas, porque son subjetivas.

Una razón es la fanaticada por algún grupo musical o una película, otra es las ganas de comer rico. Pero va otra razón para hacer el aglutinamiento, una que no logro comprender del todo, y es la referente a los lanzamientos de adminículos portátiles. Supongamos que van a lanzar un nuevo teléfono celular, versión 13.1.3, que viene con actualizaciones y mejoras, es un poco más pequeño que el 13.1.2 y gasta menos pila que el 13.1.1. Es el acabose, la gente llega como si el mundo fuera a explotar al otro día (bueno, ahí entrarían los Vengadores, no me preocupo) y quieren comprarlo a primera hora, es imprescindible, no da espera. Como digo, son filas, todas respetables, a veces inentendibles. Inentendibles para mí, entendibles para otros.

Siempre preferiré las filas de personas a las de carros, y para aplacarlas siempre hay métodos: un dispositivo con buena música (para el que no es necesario madrugar para tenerlo de primero, tranquilos), un buen libro o una buena revista. Lo visual y lo audible, armas que morigeran todo sentimiento negativo.

Lo polémico que sea ver gente haciendo fila para comprar un café espresso o un capuchino, habiendo otras opciones nacionales, no va más allá de la curiosidad y el gusto del ser humano por algo.  En todo caso ese producto o servicio tan esperado, bien sea una hamburguesa, un crepe, una sopa o un café ristretto, generará algún tipo de placer, y eso está bien.


Así como dicen que lo peor de la rosca es no estar en ella, también lo peor de una fila es estar en ella. Por lo tanto, si no están ahí y ven el toro desde la barrera, es entonces aconsejable permitir, y más que eso tolerar, que cada quien haga la fila que quiera hacer. Disfrazados de pitufos, o como sea.

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