jueves, 25 de julio de 2013

Pasteles en vez de pan

Merodeaba por ahí Maria Antonia Josefa Johanna de Habsburgo, la célebre María Antonieta, en la Francia de 1700s. Tenía aproximadamente 30 años en ese entonces, iba con su cochero, paseando por París, y se consternó al ver a un pordiosero que estaba tirado en la calle, triste y mueco como Fantine, sucio como Jean Valjean, como describió Víctor Hugo la tan triste clase social de esa época, en Les misérables.

Supongo que el harapiento se le tiró a la carroza de Maria Antonieta, tan llena de lujo y piedras preciosas, implorándole vestido y comida; al ver el desespero del miserable hombre, ella le preguntó al cochero “qué pasa, porqué él está así de mal y así de desesperado?”; a lo que el cochero le respondió “madame, no hay pan, la mala cosecha de 1789 hizo que su precio subiera demasiado, esta pobre gente no tiene para comprarlo, no tiene pan qué comer”; ella automáticamente, sin ningún problema, respondió “si no tienen pan, que coman pasteles!”. Fue algo triste y modulado inconscientemente, con mucha frialdad.

Por otras latitudes, existió una infanta inglesa que estaba en su fiesta de cumpleaños y con todo el poder al que ella tiene acceso contrata a un enano muy hábil que empieza a divertir a todo el público, con un sinnúmero de muecas, piruetas y carantoñas. Resulta que el enano, pobre enano, se enamora de ella, pobre ella, y muere de amor, literalmente se le rompe el corazón, ya que ella no le hace caso, sólo le causa gracia y algo de cariño; al él morir, ella, con cierto grado de indiferencia, al igual que María Antonieta, dice que la próxima vez que le lleven un enano, o alguna diversión, que por favor por favor no tenga corazón, so pena de tener que asumir una situación así nuevamente.

Vemos plasmados dos casos de historias en las cuales son niñas, no importa de qué edad, si de treinta o de doce o de cinco; son niñas, expuestas a un poder, a una elegancia y a unas ínfulas para los cuales ellas no están hechas, no están diseñadas. Así como un niño etíope de abdomen inflado que suplica un plato de avena no tiene la culpa de nacer donde nació, así mismo una niña que es coronada reina a los trece tampoco la tiene; a esa edad se debería ocupar de nada, de vivir, de leer, hoy de chatear, hace cien años de escribir poemas, de ir al parque, de saltar y de pintar, no de mandar. Critican su cinismo y su inconciencia pero ignoran su condición.

Pasó también en La Reina Infiel; hermosa película ambientada en Dinamarca, en la misma época de doña María Antonieta, pero con Carolina Matilde, princesa de Inglaterra que se casa con el rey danés Cristian VII; ella de 15 años, él de 17, y además con problemas mentales. Extraño, no? Es un capítulo de la historia que nadie podría creer; un país nórdico dominado por un culicagado loco de diecisiete años? Absurdo.

Se puede observar a los señores eruditos, gordos, aburridores, pomposos y ortodoxos, los que sí estaban preparados para gobernar, mirándolo con una ceja levantada, los pies entrecruzados por debajo de la mesa, rascándose la cabeza, denotando incomodidad en su curul, y no sabiendo cómo actuar cuando al rey se le ocurrían caprichos, como por ejemplo el de instaurar carrozas que recogieran a los borrachos (sí, a los borrachos extremos) de las calles y los llevaran a sus humildes moradas, sin ningún problema legal; claro, a la casa llegan y ahí sí estaría la esposa con su pelo recogido, o no sé si en esa época ya había rulos, esperando al odre para propinarle una retahíla decimonónica. Que la ropa sucia se lave en casa, no en las barricadas.

Paradójicamente el rey gozaba de aceptación, era la época de la Ilustración y había un “love is in the air”, una especie de renacimiento intelectual; él ayudó con eso, pero posteriormente su avanzado estado de esquizofrenia le impediría seguir con su imaginario de decretos, algunos traídos de los cabellos y otros imprácticos por decir lo menos. Como digo, gente que no está preparada, gente mal juzgada.

Supongamos que esto ocurriera en esta época. Va el chofer conduciendo la limusina y atrás va el poderoso dueño, millonario de 17 años, bien plantado, tomándose un Jack Daniel’s en las rocas, con un traje Prada, y oyendo free jazz; van muy tranquilos por alguna calle llena de tráfico, bien sea de Manhattan como en Cosmópolis, o de algún otro lado cualquiera. Después llega el pordiosero, y él lanzará algún denuesto como “tan vago, porqué no trabaja?”, o “de malas, no tengo la culpa”; o como diría una niña de cinco años, “que vaya al cajero, ahí se consigue la plata”. Sí, inconsciencias, pero inconsciencias de gente que no está preparada.

Así fue la película “el diario de una princesa”. La niña no sabía que era la elegida y que tenía sangre real, sino hasta que su abuela se lo hizo saber; de ahí en adelante vendría un aprendizaje y un comportamiento típico de su edad que fue formando y la hizo reina del país imaginario; triunfó por sus cualidades humanas, pero dio muchos tropiezos.

Estas inconsciencias de los no preparados para gobernar, como la realeza, los niños de veinte años, los madurados biches, la infanta, los herederos, el rey loco Cristian y María Antonieta pueden generar toda la rabia del pueblo, todas las alzadas de ceja y negaciones que quieran. A mí me genera más rabia las inconsciencias de los preparados.

Sí, los preparados para gobernar, los que están metidos en política y los adoradores de caudillos. No diré mucho de eso, ya que me incomoda un poco, por decir algo suave. Personas ortodoxas, jurisprudentes, cultas, preparadas, absolutamente aburridoras, que hablan de impuestos, vehículos y decretos. Punto. Me debo detener. Esas personas preparadas para gobernar son las que están dejando el mundo ingobernable, y además aburrido, adulto. Viven al lado de nosotros, creen estar por encima de nosotros y creería que la justicia divina los tiene por debajo de nosotros.


Volvamos aquí, volvamos a nuestro mundo, a este lado de la acera que se maravilla con el colibrí y los collage de revistas de papel Bond. Si hay algo de inconsciencia, será una inconsciencia inocente por lo menos, una inconsciencia feliz. Tal vez esa pueda ser una forma de gobernar la vida y el corazón. 

jueves, 11 de julio de 2013

La muñeca perdida

Cuenta la historia que hace aproximadamente 100 años un escritor europeo iba caminando por un parque, muy bien vestido, sereno, bajo un clima oscuro y un poco de llovizna, cogido de la mano de su novia, otra persona también muy serena, con cejas gruesas como todas las señoras antiguas, con guantes y vestido largo de color morado, de 30 botones desde el cuello hasta donde termina la espalda, y botas de cuero largas y negras. Como les digo, iban caminando a medida que oían el trinar de los pájaros, sí, hace 100 años, antes que existieran los trinos de ahora.

El sonido de los animales del viento, de una fuente de agua que había cerca, y el olor a tierra mojada que evoca a las fincas y a los abuelos, de repente fueron interrumpidos por el llanto de una niña. Con zapatos azul turquí de hebilla, sin cordones, medias blancas, y vestido clásico de cuadros, llevando sus dos trenzas y sus cachetes prominentes, estaba llorando porque había perdido su muñeca. De esas muñecas de porcelana con mirada perdida, dignas de película de terror, con alabastro encima, labios rojos y nostalgia apabullante.

El señor se acercó a la niña y le preguntó cuál era el problema. Después de decir que la muñequita se le había perdido y que era de un color blanco marfil, lanzó esta frase de manera entrecortada: “es que es mi mejor amiga”. Algo más qué decir? La amistad tan fuerte entre la niña y la muñeca había sido segada por algún descuido del adulto, bien sea el tutor, la niñera, o la madre, que por andar pensando en la vida real o en alguna guerra o en algún trámite jurídico la había botado.

Y habiendo dicho esto, el escritor tuvo la rapidez en su cerebro de codificar en un milisegundo la importancia de esa amistad, de lo sublime de la mente de los niños, de que ellos son los únicos que saben lo que quieren, e inmediatamente le dijo “no, niña, cómo se te ocurre? Ella no se ha perdido, ella se fue de paseo, ella me escribió una carta”. Al otro día se la entregaría. La niña fue a dormir esa noche con mil expectativas en la cabeza, desahogándose con su almohada de plumas de ganso mientras se tomaba su leche caliente. Cayó dormida pensando en qué país estaría, con quién hablaría, y eso le dibujó una sonrisa en su corazón. Mientras la niña estuviese soñando, este señor estaría tomándose cuatro tintos cargados, con el pelo de punta, caminando con las manos atrás inventándose la carta, avergonzado con su amante de cejas gruesas  por haberle cancelado una invitación que le había hecho a una ópera de Wagner, en el teatro del pueblo. Qué pena con la novia, esta labor lucía mucho más importante.

El le siguió escribiendo varias veces más. Le pintó un mundo hermoso donde vivía la muñeca, lleno de rosas, de nenúfares, de dulces, de diversión y de amor; le contaba que allá habitaba una tribu de seres que jugaban, que compartían todo y que eran amables. Le prometió algún día darle la dirección para que le fuera a visitar. Así siguió la correspondencia, digamos unas 20 cartas más, las cuales curaron el corazón triste de la niña. Posteriormente ella creció y no se supo más, ni siquiera su identidad. En ningún sistema de información aparece si esta niña ahora es anciana o está en el cielo, o si la muñeca volvió a sus brazos. Hasta aquí llegó el bastón del cual nos podemos apoyar.

La vida da muchas vueltas, siempre pueden ocurrir cosas inesperadas; hace unos años iba, sereno, montando bicicleta y vi una anciana, de pelo largo y blanco, gordita, pletórica y de ojos azul claro. Me detuve. Pasar de lado e ignorarle era imposible para mí, tal vez era posible para muchos. Cuando me arrodillé a hablarle me di cuenta que los ojos azules tan claros era porque carecía del sentido de la vista; Carecía del sentido que permite ver los encajes y las curvas.

Le cogí la mano, era áspera, sus uñas eran largas, su mirada estaba proyectada al infinito, y me sonrió. Tenía trenzas en su pelo largo y blanco, una sudadera vieja y una ruana negra que olía a tristeza; ese olor ella sí lo podía ver, era lo único que ella podía ver, lastimosamente.

Fui a comprarle una bolsa de leche y unos panes, con la boca para abajo y el sentimiento para arriba. Se los entregué, me sonrió; tengo el recuerdo vívido. Quise preguntarle algo de su vida, algún amor furtivo, alguna dirección de un sobrino, algún recuerdo de su adolescencia, pero algo me frenó. No hablaba mucho. Me fui en mi bicicleta; Volví a la realidad donde todos iban mirando el presente, dejando atrás la realidad de la anciana que quedó mirando al pasado. Si estuviera esperando al amor de su vida que la dejó hace treinta años, le inventaría una carta en la cual él vuelve y le jura amor eterno; si estuviera anhelando a algún hijo que se fue, le inventaría que el hijo le manda fotos desde París, que está feliz y que la ama; y así sucesivamente. La realidad es la que uno se forma en la mente; esa sí es real.

Dormí plácidamente ese día. Desperté pensando en esa mirada azul cielo, en qué tanto podría haber pasado en esos 80 años de vida; había mucha tela por cortar, había muchas historias por contar. Cogí mi bicicleta, y empecé a recorrer las calles de la ciudad. Cuando di la curva anterior al sitio donde ella yacía, pensaba yo en muchas cosas para preguntarle. Había escrito tres cartas hipotéticas, alguna de las cuales entregaría de acuerdo a lo que me fuera contando de sus experiencias pasadas.

Llegué ahí y ya no había nadie. La calle estaba vacía, sólo había una tienda de víveres, atendida por un muchacho, al cual le pregunté si sabía algo. Me contó que en la madrugada había llegado una ambulancia, y al comprobar que la anciana había fallecido, la persignaron, la cubrieron con un manto celestial y  se la llevaron. La viejita, mi viejita linda se había ido. No pude evitar llorar. Le agradecí al muchacho y di vuelta atrás.

Cuando llevaba recorridos cuatro pasos, próximo a llegar a la esquina, el mismo muchacho que vendía víveres me agarró del hombro. “oiga señor, la señora dejó esto tirado en la calle, y puesto que nadie ha preguntado por ella excepto usted, tal vez deba dársela”. Me dio una bolsa de papel. Le agradecí al muchacho de nuevo y le di un abrazo muy fuerte.


Al ver lo que él me entregó, mi corazón se arrugó. La mezcla de sentimientos era tal que yo lloraba y sonreía al mismo tiempo. La señora estaba esperándome para compartir con ella su pasado, su imaginación y su realidad. En la bolsa había un manojo de cartas escritas a mano y una muñeca; sí, de esas que existieron hace 100 años, de esas de porcelana con mirada perdida.

jueves, 4 de julio de 2013

Fantasmas

Hay una casa encantada; sobre ella salen unos fantasmas que la vigilan y merodean. Ellos andan por ahí, transportándose bajo un estado indescriptible, ni gaseoso ni sólido, y van cuarto por cuarto; ahí ven a los habitantes actuales del recinto, hacen comentarios al respecto, bajan a la cocina, van a un baño, van a las habitaciones, y analizan cómo es la vida ahora en ese presente vacío y sin ellos; lo comparan con el pasado en el que ellos en teoría habitaban. Surgen recuerdos, surge melancolía, tal vez surge remordimiento, y se generan discrepancias. El pasado nunca es infructuoso.

Supongo que estos espíritus mirando todo desde la barrera, analizan las cosas, examinan a los bellos durmientes y buscan su dicha oculta. Pienso yo que no hay que temerles, están ahí cohabitando con nosotros en otra dimensión, y los quiero imaginar felices, también viviendo sus problemas, también buscando su felicidad. Eso lo quiero pensar, es mi acto de fe.

“Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios”, le decía un fantasma al otro, como queriéndole pedir que admirara a esa pareja de humanos, durmiendo, juntos, enamorados, con sus dos cuerpos, uno encima del otro, con piyama o sin ella, bien sea de frente o de espaldas, pero sumidos en el placer, en el movimiento ocular rápido, en los suspiros, en los ronquidos; qué afortunados son los fantasmas al ver a sus humanos amados de esa forma: desde afuera, como si el alma se desdoblara, tres metros más cerca de las estrellas.

Para mí esos fantasmas están ahí. No quiero utilizar la palabra Duende, ya que evocará automáticamente al muñeco caricaturesco gordo, muy de esas leyendas como Narnia y demás, un muñeco narizón que le quitaría solemnidad a lo que quiero plantear. Los fantasmas están ahí, pero son nada más que los sentimientos. En otras palabras, los sentimientos son fantasmas que habitan con nosotros, respiran junto a nosotros, y actúan en el momento en que nuestra mente lo pide, a medida que los estímulos llegan. Nos acechan.

Vagando por la casa, abriendo ventanas, así están ellos. Los imagino de colores, enjutos, merodeando su estadía alrededor de los metros cuadrados del inmueble; la niña está jugando a las muñecas, con su pelo ensortijado, su sudadera y su fantasía; tiene en toda su habitación perfectamente organizados sus soldaditos, sus ilusiones, y mientras juega van ocurriéndosele ideas, problemas, frustraciones, reflejo de lo que vive ella en su vida real; a medida que va ocurriendo el juego, es probable que le dé rabia u ofuscación por algo, por ejemplo, algún juguete que se rompe. Entra ahí el fantasma que andaba en esa dimensión tan desconocida, el fantasma de la rabia, y se inmiscuye en el ser de la niña, en su sistema neurológico. Y la niña llora. Este sentimiento afloró de un momento a otro. Se oye un grito.

Así van actuando los sentimientos. Los imagino en una sala de espera, en esa dimensión ya tan mencionada, ya tan desconocida. En ese limbo, esperando a que se produzcan sensaciones, podrían estar comiéndose las uñas, también esperando el amor. Todos lo esperamos, algunos lo encontramos. El amor es otro fantasma. Y cuando llega, ese ser ni líquido, ni gaseoso, atemporal y vago, recibe el llamado de la situación que se está presentando allá abajo en el mundo real, en el mundo de los carros, el tráfico y el humo. Y baja hacia nosotros, baja el Amor.

Así es: cuando una pareja está en el lecho nupcial, ella absolutamente sensual con su vestido de novia, y él muy varonil con su frac, y empieza el juego del afrancesado coquetry, se empieza a hacer sublime esa profusión de cucamonas, y allá arriba, más cerca de las estrellas, o tal vez en las mismas estrellas, suena una alarma, le llega un mail, le jalan la camisa al Amor; éste se pone la camiseta, se mete en el cuento, y baja, impregna el oído, la lengua, el pecho, la mente y el corazón. Actúa. Los sentimientos actúan y nos hacen actuar, nos hacen trascender. Al escribir esto ya lo siento. Actúa el amor, y suena un gemido, se percibe un suspiro.

Así como vemos la rabia en una niña, está también el amor en una pareja. Romanticismo eterno, encajes, y fragancias. Nada mejor que eso, nada mejor que Le petit Robe noir. Nada mejor que erizarse y usar los cinco sentidos.

Sentimientos, sin embargo, también se producen de manera invernal y de soledad; La nostalgia también está allá, leyendo y tomando té a la espera de que acá en este mundo, tan real y tan monocromático, se produzca algo que la llame: una pérdida, una muerte, un diente caído, una cana, una graduación, un hijo que crece, un hijo que ya no es un bebé, ver la sonrisa de un hijo columpiándose a medida que uno está sentado comiendo helado. Vuela el mensajero hacia ese mundo mágico y le dice a la Nostalgia que baje, que deje esa paz allá arriba y que entre en el ser nostálgico. Corre una lágrima en el parque, al ver el hijo creciendo. Actuó el sentimiento.

No quiero dejar de estar produciendo sensaciones y de captar imágenes que me hagan evocar tal mundo, la tierra de esos fantasmas, la tierra de los sentimientos. Estos nos hacen humanos, nos hacen soñar y son tan elevados que nos hacen aterrizar.

Prefiero estar montado en los vagones de la montaña Rusa emocional, que ir por un afecto plano, muy plano como carretera austral sin curvas; prefiero todo el mareo de esas vueltas a nunca sentirlo. Mucha gente siente las cosas tan mecánicamente que no se percata de ello. Yo los respiro, soy sentimental, y voy ahí en la vida, en esa montaña rusa, encantada como la casa del cuento y encantadora como la mirada de una niña.


Yo me percato todos los segundos; observo, pasa la mujer, huelo, oigo, llevo un bocado a mi boca, lo degusto, oigo llorar a una dama, y lo que es mejor, me percato del momento sensorial, río, lloro, hago múltiples llamados a la sala de espera donde están los seres, allá expectantes, y éstos me visitan siempre, me ven dormir, ven la búsqueda de mi felicidad; les esbozo una sonrisa porque sé que me están viendo, a esos sentimientos les escribo; ellos también me leen.

jueves, 27 de junio de 2013

Miss Lunatic

Existe un personaje muy peculiar, traído de los cabellos y traído de la tinta de las letras: se llama Miss Lunatic, una señora de aproximadamente 140 años, atemporal, rejuvenecida, que se pavonea por las calles de la gran manzana como una iconoclasta, una contrariadora de la autoridad. Esta señora tiene similar edad que la estatua de la libertad; dicha estatua fue esculpida y traída a América por los lados de 1880; para ese entonces miss Lunatic ya era adolescente: la imagino yo con algún lunar seductor en la mejilla, cejas un poco gruesas, y mocasines morados.

Resulta que ella, Miss Lunatic, sirvió de inspiración al escultor Fréderic Auguste Bartholdi, para plasmar en el cobre la cara de la estatua: ella es una francesa que también llegó a Estados Unidos para quedarse, y debe andar ahora deambulando por ahí en algún bistró.

Ella es un personaje de un libro que estoy leyendo, se llama “Caperucita en Manhattan”, de Carmen Martín Gaite, una escritora española. Es un cuento fresco, sin pretensiones, que naturalmente emplea paralelismos con la historia de los hermanos Grimm; bueno, paralelismos y comparaciones vemos en todo lado en nuestros medios de comunicación. Yo me centraré en ella solamente. Una viejita, un clásico, una gocetas.

Estableciendo amistades con niñas de 10 años y capucha roja, con policías y con muchachas de vida sórdida. “hay que actualizarse, sino todos nos pierden el respeto” decía ella, o tal vez lo sigue diciendo en la puerta de algún edificio viejo, gris y al lado de un bote oloroso de basura. Viste una gabardina gigante, larga, sonriente y medias de malla en poliamida.

Miss Lunatic camina por toda la ciudad, y se impregna del olor a calle, a especias, a perro caliente, a bagel, a gente. Me ha gustado mucho la forma en la cual ella imprime optimismo, cómo aborda a la gente, cómo defiende su intimidad, argumentando que ésta no se compra ni con dos cocteles de champán ni un batido de chocolate.

Una anciana, de muchos años a su haber, que te mira con los ojos vidriosos, un poco brillantes y cansados. Es inevitable que la mirada sea nostálgica, es que no puede ser de otro modo ¡! La vejez, por muy alegre que sea, siempre tendrá en sus letras y aromas el halo de la nostalgia, de los sitios conocidos, de las experiencias vividas (y vívidas), de los besos, oh tantos besos entregados, ya sea en contacto físico, tirados al aire o producidos en la imaginación. Pero así mismo es una mirada dulce, mirada de miel y de amor. Todo eso transmite la mirada de ella, representación de todas las divinas ancianas, las idas y las presentes.

Arrugas, fragilidad y enseñanza. Miss Lunatic seguía ahí caminando, y daba a todos sus conocidos píldoras de vida. Reza que las prohibiciones, esas que son inventadas por los humanos (como casi todo) no tienen fundamento; cuando le querían contar alguna historia, por muy larga que fuera, siempre decía que lo que vale la pena siempre es largo de contar. Cuando se sentía cansada, ese cansancio natural que llega al cuerpo, su cabeza toma el timón del barco y manda una señal a su esmirriado esqueleto para enderezarlo; y tenía para su vida dos pilares fundamentales: la curiosidad y la compasión.

Heráclito, 500 años antes de Cristo, decía que todo fluye y que la vida se reemplaza, que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río; es cierto, unos que nacen otros morirán. Nunca volveremos, pero aparentemente este personaje es inmortal. Alguna vez la vi. Era ella, la musa de la estatua de la libertad, libre como el viento y lenta como las gotas de rocío. Como Heráclito, ella siempre pensaba en la transformación incesante de las personas. Me había transformado a mí.

La llamada Tercera Edad. Yo la llamaría Primera Edad. La edad de las musas de estatuas, la edad del talante de piedra. Todos llegaremos a esa primera edad cuando seamos grandes, o cuando seamos chicos, y ahí sí podremos sentarnos donde queramos, coger la tierra, jugar con ella, ir al parque a ver el viento, a hablar con él. En esa edad seremos lo suficientemente maduros, octogenarios y curtidos para volver a ser niños. O permítanme este postulado: podemos empezar a ser niños, o ancianos de nuevo, mientras el corazón palpite y el alma lo permita. O sea ya.

Miss Lunatic sigue por ahí. Ya le cogí cariño, en mi corazón está, junto a sus coetáneas de dedos tristes, párpados prominentes y recuerdos felices.

Leí en el periódico que Vargas Llosa decía lo siguiente: “los clásicos nos ayudan a comprender de dónde venimos y hacia dónde vamos”, refiriéndose a los libros como la Celestina o la Gitanilla. Y así mismo, los humanos de la tercera (o primera) edad, los verdaderos clásicos, son esenciales al momento de ayudarnos a comprender lo mismo. Transmiten respeto y cariño. Ellos, como miss Lunatic y como los niños, son los únicos que saben lo que quieren. 

jueves, 20 de junio de 2013

6 minutos...

Existe siempre el momento en la semana en el cual llega el jueves; nos aproximamos a ésta, una fecha de entrega tácita de algo que me gusta hacer; y pasa que quiero desarrollar una idea y no hay en el momento un postulado que quiera defender; por ahora mientras degusto una hamburguesa de queso Brie, veo que el tiempo se detiene. Es verdad, se detuvo a las 2:23 pm pero no fue el tiempo el que se detuvo, fue el reloj, esa tortura con agujas que nos apremia siempre. Me quedé pensando porqué estas pilas son tan chinas, tan malas. Y el tiempo, después de un ajuste manual en las manecillas, siguió corriendo y la gente siguió caminando.

El locutor narra a esta hora por la televisión un encuentro futbolístico; veo que con ímpetu expresa de manera verbal quién lleva el balón, quién es el zaguero, y quién es el catalán que anota el gol. Lo ignoro, y se silencia en mi mente. La cajera rubia con moño rojo amarrado a su cabeza me recuerda a Lucile Ball, la comediante estadounidense de 5 décadas atrás, o a la esposa de Lorenzo: Pepita!. Divina. Tiene sombra azul en sus ojos que combina interesantemente con su boca Russian Red. Su uniforme es de camisa de hombre blanca con pantalón granate. Ella está a aproximadamente 5 metros de mí, y anuncia su producto. Yo aquí soy el vocero que les anuncia a ustedes, y de un momento a otro me convertí en partícipe de un programa de los años 50s. Hoy el momento es para el twist, para Paul Anka. Olvidémonos de Oasis por hoy.

Posteriormente esa cajera, con un delantal de rayas blancas y rojas, me guiñó el ojo, dejó cuadrado su negocio, dejó las platas, los débitos,  los pedidos y los asientos contables; todo esto para subirse a la baranda donde se anuncian las malteadas, las tocinetas y las promociones, y vino hacia mí. Resulta que yo la cogí de la cintura, la elevé y le dí tres vueltas en el aire, oyendo “Diana”. Y no se imaginan quién tocaba la guitarra: era Michael J. Fox, muy a lo Back to the future. No se imaginan la ropa circundante en el recinto de hamburguesas. Majestuosa. Estaba Twiggy caminando por ahí, con su cabello rubio, corto y de lado. También bailé con ella. Estaba muy seria Twiggy, pero es que ella es así.

Esta atmósfera de fuentes de soda, twist, Chevys y gel moldeador de peinados estrafalarios estaba siendo plasmada en mi mente; y fue plasmada en la vida real hace tantas décadas. Servía de atmósfera para el surgimiento de muchos géneros musicales y muchas tendencias en ropa que vendrían después. También esa década sirvió de caldo de cultivo para la adolescencia de primas retro activas de ojos color miel. Empezamos a bailar ahí, en pleno centro de la ciudad, en medio de humo, de sonidos de buses y de gente guache, ahí estábamos un grupo de gente bailando Jive Bunny and the mastermixers y tomando malteada de fresa. Hay una canción de Fun que dice “Tonight we are Young, so let’s set the world on fire”. Eso estuve haciendo ahí.

El desenfado en el recinto era tal, que no había pelea, no había fútbol, y en esos tantos minutos que duró el zafarrancho, se nos olvidó quién era el presidente y los ministros; así de sencillo, todo quedó olvidado, a medida que una brunette hermosa, con falda vaporosa y balaca roja puso un acetato de The Shirelles, ese cuarteto de féminas de raza negra que le preguntaban a su amante si las amaría mañana. Qué hermosas. Qué buena fiesta. No existía la alta fidelidad en el sonido, pero sí la alta fidelidad en las creencias. Qué buenos años, no era la belle époque, pero sí que era una bella época.

Estaba bailando con Twiggy, repito, muy seria ella, y sonó un toc toc leve en la ventana. Miré quién estaría interrumpiendo tal evento tan magnánimo (incluso el disco saltó y un gato salió por la azotea) : era Holly Golightly. Tenía puesto su célebre vestido negro, y llevaba un broche Camélia de Chanel. Me preguntó con su absurdamente asfixiante y encantador acento británico-belga si podía entrar un rato. Ella estaba en el museo viendo cuadros de Andrés de Santa María, el impresionista colombiano, andaba dando una vuelta en medio de edificios blancos, y de gente gris, de repente vio un local pequeño que estaba enchapado en diamantes, y  mientras comía un algodón de azúcar me vio por la ventana. Le dije “claro, Holly, pasa un rato”. Ella me dijo que no tenía mucho tiempo. Que el tiempo era una aguja que la apremiaba y no podía darse el lujo de quedarse ahí ad infinitum.

Eso es el tiempo. Finito. No podemos darnos el lujo de hacer absolutamente todo lo que queramos, y con la holgura que quisiéramos. Esto motiva a aprovechar cada momento al máximo, cada sensación gris que vemos en la calle debe ser tergiversada para poder volverla de color; a cada persona que circunde nuestro planeta debemos brindarle una sonrisa; gracias a la imaginación por existir. Y gracias, Holly, por asistir. 

La fiesta continuó unos minutos más, no recuerdo cuántos. Wallis Simpson estaba ahí; el rey Eduardo abdicó al trono por ella, y ahora ella quería abdicar por mí; Vi salir por la puerta trasera a Marlene Dietrich un poco indispuesta. Yo seguí bailando ahí las tonalidades de Glen Miller, junto a las damas que ya he mencionado. Mucha gente me dirá que no son 100% consecuentes en tiempo y espacio las unas con las otras, pero son consecuentes en música y alma dentro de mí. Luego sonó un pito muy fuerte. Era mi mente. Eran las 2:28 pm, tan solo 6 minutos más tarde de cuando arreglé las manecillas.

Tan solo 360 segundos habían transcurrido, y para mí fue la fiesta más glamurosa a la que había asistido. Miré a mi alrededor y Twiggy, Marlene, Holly, Ava Gardner y hasta Wallis ya se habían marchado. Estaban de nuevo en el pasado, en los libros, en las cintas de VHS, en donde deben estar.

6 minutos no son nada, dirán algunos. Es un lapso de tiempo muy pequeño, dirán otros. Es toda una eternidad, dirán los atletas. Pregúntenme a mí, para mí fueron 55 años y algunos meses más.


jueves, 13 de junio de 2013

Lecturas cultas

La mejor nutrición, el mejor alimento, siempre será la gente. De lo que uno oye por ahí, en las conversaciones, en los saludos y en los comentarios se pueden sacar ideas y teorías; son materia prima para azorarse, para excitarse, para sonreír o para pensar e imaginar qué ocurre en la mente de ciertos personajes cuando sueltan algún improperio. Múltiples voces merodean mis oídos, con todos los timbres y acentos imaginables: gente de la costa, del interior, sopranos, gangosos, cavernícolas y extraterrestres.

Estaba en esta terapia tan deliciosa de oír al prójimo, mirando hacia el infinito, y tomándome un té rojo amargo en una tasa amarilla de arcilla esmaltada cuando llegaron unas ondas provenientes de la mesa contigua; éstas llevaban un mensaje; alcancé a percibirlo, se refería a que las lecturas se podrían clasificar en dos categorías: cultas e incultas. El vociferador de estos sonidos era un aparente humano que llevaba un bigote estilo Stalin, botas militares beige, pantalón de dril y camisa de cuadros; él argumentaba que existe literatura y puede, dada su complejidad,  pertenecer a estas dos categorías; continuando la tesis, las lecturas cultas serían las de los clásicos, las difíciles de conseguir, las de los filósofos raros, las especializadas; y las incultas serían las de las revistas, las que se consiguen en almacenes de cadena, los periódicos, y los comics. Él promulgaba denuestos y yo le oía.

Sorbí un poco de té, ya no tan caliente como antes, mordí el biscuit de arándano que estaba en el plato y dije para mis adentros, como quien piensa en otra cosa, “vea pues”. El caballero se paró, soltó una risotada, le pegó al acompañante en la espalda de manera estentórea y se marchó del recinto.

Lecturas cultas e incultas. Hago una pausa. Cuál es el umbral que las separa? Para mí todo involucra cultura, incluso la incultura. Será que le digo algo? Mejor no.

Hay pocas actividades tan agradables como leer; las lecturas; y al decir leer me refiero a gozar con un conjunto de letras, largas o breves; diría yo que en todos los casos esos conjuntos de letras te llevan a algo. Pienso que tal vez ese señor se fue a su casa o a su trabajo, con su argumento de que es más culto el que lee a Kirkegaard que el que lee a Calvin y Hobbes o a Amanda Hocking. Puedo suponer qué música oye y cuáles serán sus ídolos, fácil adivinarlos.

La lectura es una pasión, una actividad que te genera sentimientos; te hará sentir mal o bien, pero no pasa indiferente; te hace sentir. Las letras están en todas partes, no hay que ir a buscarlas en el último anaquel empolvado de una biblioteca del centro de la ciudad, ni necesariamente están en algún libro de algún ruso decimonónico, antipático y seguramente poco aseado; Están más bien en el menú de un restaurante: algo más delicioso que leer la descripción de un Steak Tartare, o un terrine de foie gras, o simplemente un delicioso tamal? Eso es literatura.

Todo te deja algo, todo sirve. Y todo por ende vuelve más culto. No importa qué sea. Desde la revista Tú hasta Ulises. Desde las reseñas sobre cine y restaurantes en una red social, hasta Orgullo y Prejuicio. Todo es cultura. Para mí será un inculto de siete suelas alguien que sepa la teoría enterita del existencialismo, con sus vericuetos y excepciones, y que no sepa quién es Gárgamel, o quién es Magneto, o dónde comerse un buen carpaccio. Para mí no hay lecturas incultas, todas llevan algo, un aprendizaje, una nueva palabra, una rabieta, o incluso conllevan un error, y al verlo aprendemos también; aprendemos a no cometerlo. Ninguna lectura es en vano.

La existencia se mueve en un mar de letras, algunas light, algunas complicadas, algunas alambicadas, algunas aburridoras, algunas informativas. Y otras tantas letras soñadoras y románticas. Ayyy, las románticas. Como la vida, así es la literatura, con lados oscuros y lados rosa. Está en las revistas que amo tanto, en los periódicos, en la publicidad, en el volante del corrientazo que me entregan por la mañana, y claro, en los libros. Qué placer. Aquí no defiendo a los libros; estos ya tienen bastantes defensores; resalto más bien los otros medios que también representan literatura y, por ende, sentimiento;  todo lo que conlleve sentimiento, merece ser resaltado, ole!! No sólo de pan vive el hombre,  así mismo no sólo de libros vive el ímpetu literario.

Si una hija le escribe a uno “cómprame unas tijeras”, para mí eso es un poema, es una obra maestra, comparable en calidad con las angustias de Emily Dickinson en su encierro y aislamiento; Ver un pasquín de hace 100 años que anuncia la Aureolina Onirem para el cabello seco es una delicia, por lo mismo comparable con algo tan literariamente respetado como el capítulo de Ulises en el que Leopoldo Bloom se solaza, se le infla la nariz, mientras fisgonea una damisela bañándose, supongo yo  muy coqueta y rolliza. Si tienes el sentido adecuado, la chispa de Dios que llaman, todo alrededor se volverá magia, toda letra será un poema, y todo será una explosión de cultura, incluso lo aparentemente más básico.


Bueno, ahí en la calle y en todo lado hay un mercado de letras esperando a ser consumido; uno digiere lo que quiere, con su belleza o fealdad intrínseca; en últimas la idea es sentir, vinimos aquí a sentir. Cultos o incultos según criterios arbitrarios, qué más da? Desde el primer día que nacemos aprendemos a leer: leemos los labios de mamá y papá; de ahí lo satisfactorio de practicarlo y recordarlo diariamente. Eso trato de hacer siempre.

jueves, 6 de junio de 2013

Caminatas

En este mundo, debido a las cosas que hacemos, donde estudiamos, donde trabajamos y donde vivimos, nos enfrentamos a lo que llaman rutina; donde confluye gente que va deprimida porque peleó con su cónyuge, gente que va azarada por alguna entrega que debe hacer, gente que sale a pelear el pan con el sudor o con el frío de su frente, y gente que queda congelada en el Transmilenio por comentarios que hace sobre películas o sobre algún tema álgido.

Siempre salgo de mi casa ataviado, a la espera de buenas sensaciones, esas que son gratis, con la compañía de mi bufanda imbuida en loción. Con el sol, o con el frío, ahí estamos los soldados, esperando transporte, puros adultos con bigote y corbata, a veces bendecidos por la presencia de un niño preguntándole algo a su acompañante; si eso ocurre, el día se vuelve más maravilloso: no hay energía más positiva y diáfana que un niño a las siete de la mañana en el transporte masivo. Voy con mis artefactos, cargado de ímpetu. Ímpetu para observar.

En la observación que se produce en el trayecto hacia mi laburo veo personajes con los cuales se puede hacer una película, de la vida diaria, con multitud de problemas encima, multitud de sonrisas algunos, y multitud de voces peculiares otros. Salgo del enorme bus rojo, entre jóvenes y señoras, alguna que otra señorita conectada de lleno con su mensajería instantánea, e instantáneamente recibo de una señora cabeza de familia el periódico gratuito; una señora vociferando su publicación, su trabajo, con el frío de su frente. Fíjense que ella se me parece a Máxima Zorreguieta. Otra señora, también cabeza de hogar, me da  otro diario, competencia del primero. Son dos señoras que me saludan, son lindas, son humanas. La primera caminata de la mañana.

En el trayecto pedestre veo otra señora vendiendo yogur con cereales; la he filmado, le he grabado la voz, es toda una vendedora de productos light que ayudan al tránsito lento, en una calle con tránsito rápido. Me gustaría saludarla y decirle que la admiro, así como la otra vez homenajeé a una pareja que se cuchicheaba tiernamente mientras el robot anunciaba las próximas paradas; sí, los ví y me quedé dudando unos segundos, después les dije “hacen bonita pareja”; ellos sonrieron, yo sonreí, me puse un poco nervioso y lo único que pude hacer fue llevarme la mano a la frente y despedírme moviéndola firme como saludan los soldados.  A esa señora la voy a felicitar la próxima vez que la vea.

Son las caminatas. Así se llama un ensayo de Robert Louis Stevenson. Él hace una oda a esta práctica de ir solo, de percibir los olores, de ver a la gente, de ir a su propio ritmo. Debemos ser como el humo de la pipa a merced del viento; buena analogía, yendo por el ambiente libre y anodinos, tranquilos, mezclándonos con el olor a comida, a perfume, a paisaje; así se mezcla uno, en medio de la albórbola de la ciudad. Todo esto puede hacerse en silencio, o con música de fondo; si existe música de fondo en mi cerebro, corro el riesgo de hacer coincidir los beats con algún sonido citadino, convirtiéndome en el protagonista de algún video musical; la otra vez protagonicé un sentido capítulo de Les Misérables a medida que pateaba una piedra y tomaba capuchino; la otra vez protagonicé un video de progressive house mientras iba enlatado entre sardinas; ahí iba yo. Y siempre está mi mente volando por ahí.

Aquí no para todo. La hora del almuerzo es también llena de sensaciones, éstas ya mezcladas con el apetito de la tarde, del segundo golpe, donde igualmente se juntan seres humanos buscando saciarlo; mientras voy viendo música y leyendo olores por las calles, veo a un señor de bigote anunciando un producto otrora útil, tal vez ya no tanto, para guardar los CDs: este anuncio del estuche que le guarda los CDs, pronunciado muchas veces a una velocidad digna de Flash, no da cabida a la posibilidad de pasarlo por alto. Vendiendo su producto a 45 revoluciones por minuto. Pero lo destacable de él es que de acuerdo a la coyuntura, palabra tan económica, y para cuidar él su economía, se ajusta al producto que sea menester: sombrillas, la vaca lechera del mercado callejero, o el curso de Excel, o el libro de moda, o incluso unos códigos necesarios, el civil y el de procedimiento penal. Todo en un bolsillo, todo para llenar su bolsillo y suplir sus necesidades.

Estaba hablando del almuerzo. La segunda caminata. Hay un recinto atendido primordialmente por damas, señoras cabeza de familia. Venden almuerzo, jugos naturales y un té digno del Rey Pirro. Y se preguntarán porqué siempre digo que estas señoras protagonistas de la vida son cabezas de familia: no sé si tienen hijos ni siquiera, pero la mujer siempre será la cabeza de la familia. La mujer, de 20 ó 60 años, ella lo es. El bastón.

Lo curioso del asunto es que siempre encuentro gente parecida a alguien conocido: he visto a Edith Piaf, frágil y preocupadiza, preguntando una dirección, he visto a Valentino y a Liam Gallagher, por mencionar unos pocos, pero en el restaurante me encuentro con Lizarazo. Sí, con Alfonso Lizarazo, el original. Él va allá, y come carne con arroz, paga su cuenta, toma café, como cualquier mortal. Años atrás, los sábados con mis papás, él promulgaba la idea de llevar una escuelita en su corazón. Y si el adagio popular de que a barriga llena corazón contento es cierto (y sí que lo es), pues digamos que esas escuelitas están albergadas en una contenta morada. Eso me pone contento.

Todo esto pasa muchas veces. Yo lo observo; la gente del diario vivir. La gente que entrega diarios, la gente que vive y hace mis caminatas tan amenas. Decía Virgina Woolf que rígido, el esqueleto del hábito soporta la forma humana. Esa habitualidad hace a mi persona, y por el solo amor a la gente hace que cada día, aparentemente igual, sea mágico y diferente.


Finalmente, ni qué decir de la caminata, la tercera, hacia el hogar: es la llegada al paraíso, donde están las tres reinas cabezas de familia. Pero eso merece un capítulo aparte.