jueves, 24 de enero de 2013


PALABRAS A MI AMIGO LUCHO EL DÍA DE SU MATRIMONIO


Niños, niñas, doctores, doctos, muchachas, muchachos, doña Alejandrina, don Leo, rumberos, solteros, casados, señoras y señores:

Desde la capital colombiana estamos expectantes, estamos pendientes, tristes de no haber podido asistir, pero felices de ver esta unión plasmada bajo el hermoso paisaje de Orlando. Es que no es cualquier evento: es el evento en el que Lucho, gran personaje de la farándula criolla y galénica, une su vida, sus pasiones, su gran corazón y su ser, con Pao. Es algo hermoso. Pero veamos: Lucho, Freddy Mercury, qué podríamos decir de él?

Digamos que lo vi la primera vez en una fuente de soda payanesa a más no poder, donde la juventud de peinado hongo y zapatos Corona con monedita hacía su banal reunión para hacer levantes, pelear, flirtear y hacer amigos: Frozen cake. Me acuerdo que iba ahí tal muchacho imberbe, con cara de yo no fui, a recrear el ojo, cosa que este pecho también hacía. Luego entró al colegio Los Andes, a estudiar, a tirar tizas, a hacer lo que todos los jóvenes hacíamos: vivir con desenfado y buscando la felicidad, con el sazón de las puntas cubanas y el guarilax.

Fue fácil hacerme amigo de él: salíamos, conocíamos gente, rumbas, caballos, planadas, amanecidas, muchachos locos, pero siempre con metas de estudiar, en últimas éramos juiciosos, con metas de ser alguien en la vida y de salir adelante. Iba a la casa de él, conocí a su familia, a veces “tomábamos en demasía”, íbamos en moto, parche Los andes, y la amistad crecía, conoció a mi familia, me le puse bravo una vez que fuimos a Bogotá, el gran paseo a Hacienda Santa Bárbara, y gritó mi nombre entero durísimo, volviéndome yo el hazmerreír de las rolas: ahora no me da pena que me llamen Jorge Alonso, pero a los 15 años uno sólo quisiera llamarse diferente, tal vez Julián o Jacobo, no como un conquistador del siglo XV.

Y conocimos Bogotá, y cada vez se iban forjando más los lazos de amistad. Luego nos graduamos, la universidad, el alma ya define sus perfiles, me fui a Cali, él Popayán, luego él Bogotá y ahora yo también.

Gran muchacho, nerdo como él solo, familiar, talentoso, reservado, sensible, chocho, trabajador, sobre todo disciplinado, a lo largo del tiempo he visto su crecimiento profesional, sentimental y personal, y lo he visto madurar. Con ese gran corazón supo conquistar a una gran mujer, dotada de hermosas cualidades y virtudes que hacen que entre los dos conformen un equipo hermoso.

Acá te pensamos mucho amigo, te agradezco mucho todo tu apoyo y tu amistad valiosa durante todos estos años, sos mi amigo del alma desde hace 20 años, y acá seguimos, yo con mi familia y vos formando la tuya con Pao, a quien también quiero mucho y con la cual te embarcarás en el matrimonio, una empresa con momentos tristes, felices, lúcidos, apasionados, pero una empresa que tiene el motor de la vida: el amor que Dios pone en cada uno, el amor que es el que motiva a vivir y a respirar.
Muchas felicidades, los quiero mucho!!!
Jorge Ruiz y compañía…….

CARTA A MI HIJO,  FORMÁNDOSE EN LA BARRIGA DE LA MAMÁ


fecha: julio de 2007
Lugar: Urbanización Terraverde, Cali
Estado: incapacidad porque me operaron de la nariz (tabique, cornetes y sinusitis).

Estoy aquí, es lunes, y estoy incapacitado, debido a que como les dije anteriormente, me operaron de la nariz. No me puedo mover mucho, porque corre el riesgo de que haya hemorragia, por eso estoy aquí en el computador, viendo a ver si escribo algo, inspirado por una cosa que quería hacer hace rato: escribirle una carta al hijo (o hija) que nacerá pronto. Decirle unas cosas, unas palabras, unos consejos, ya que ahora tengo tiempo, y tal vez después no lo tenga. Pero no estoy inspirado todavía, vamos a ver cuándo sale. Aquí estoy oyendo un grupo que se llama The Libertines, muy bacano; todavía no tenemos internet, de hecho juli está en este preciso instante haciendo la vuelta en Telefónica, dejando una carta para que vengan a la unidad e instalen un “strip”, que es como un adaptador para que se pueda hacer la conexión de banda ancha aquí. Ojalá le vaya bien, y tengamos pronto internet aquí. Saris tampoco está, está en Bogotá donde los abuelos paternos, ayer estuvo en Zipaquirá, ha paseado bastante, ha ido a un sitio que se llama Divercity, que es como una ciudad para niños, donde ellos trabajan, ganan plata, hacen mercado, etc.

Por lo tanto estamos “solitos” Juli y yo. Pero hemos estado súper quietos aquí en la casa, porque ella, obviamente por el embarazo, está muy maluca y yo, por mi incapacidad, también me toca. Entonces he estado aquí oyendo música, viendo Dvd, películas, tv, nada raro. Hoy me vi Muy buenos Días, con jota Mario y Laura Acuña, muy chistoso. En fin.  Me imagino que viniera por ahí el bebé y me preguntara “papi, qué estás oyendo?”. Sería una respuesta fácil, más difícil cuando me pregunte por ejemplo por qué matan gente o por qué antes las fotos eran blanco y negro y ahora son a color (como cuando Calvin le preguntó al papá y lo corchó). Sería muy vergonzoso, pero bueno, los papás no tenemos la respuesta a todo, y eso hay que tenerlo claro; si no sé algo, pues le diré que no sé, y trataré de no inventarme tantas cosas y cuentos para explicarle, aunque sé que en la práctica unos cuantos truquitos y trampitas no vendrían nada mal. Así que si por ejemplo me pregunta cómo funciona el televisor, todavía podré recurrir al viejo truco de decirle que hay unos muñequitos pequeñitos cantando allá adentro.

Hoy estamos aproximadamente en la 11ª semana, y en 7 días tendremos que ir a la otra ecografía, la segunda, y ahí tal vez podamos ver qué sexo tiene. En este momento nos inclinamos a que, si es mujer, sea María Belén; si es hombre, que sea Emiliano o Emilio; el famoso y respetado péndulo dice que será una María Belén; mi instinto y “orgullo” de hombre dice que será un Emiliano. Ni idea, ya nos daremos cuenta. Será que ya está escrito? Será que ya se sabe que vendrá con tales ojos, con tal criterio, con X gusto por las matemáticas, por la historia, por el fútbol o por los juegos de azar? Nunca lo sabremos, por eso decimos que los hijos son una lotería.

Hablemos de la mamita por un momento (cambié el CD a Arctic monkeys, grupo de Sheffield Inglaterra muy bueno): Julita está por ahora muy maluquita, está vomitando, con muchas náuseas, y bueno, es normal. Al principio no tenía nada raro, poco a poco se empezó a maluquear, y a veces digamos que le caía bien el jugo de lulo, pero después le caía mal, a veces le aprovecha la avena, a veces no, pero bueno, todo el mundo nos dice que así es. Hay gente que le toca todos los 9 meses mal (por ejemplo, a mi mamá le dio durísimo mi embarazo, o sea, yo le di durísimo, pero que no oiga Bienestar Familiar). Hay veces que ella está al pelo y tiene muchos ánimos de todo, pero otras veces no es así. Y claro, hablando con ella y mi mamá, dicen que es por reacción a un cuerpo extraño que está creciendo adentro. Es que claro, debe ser muy raro, el cuerpo con lo inteligente que es, y que vea que poco a poco le va creciendo un inquilino, pues reacciona rechazándolo, y después amoldándose a él. Y sí, no vamos aquí a comparar, porque una cosa es el sentimiento del papá (en este caso yo) y otra cosa el de la mamá (en este caso, juli). Yo ya lo quiero, o la quiero, pero porque sé que es mi hijo (a), pero no por naturaleza. Lo quiero porque sé que es mío, porque fue hecho con mucho amor, pero no hay un vínculo como el de la mamá, que de plano hace quererlo automáticamente. Uno saber que tiene un niño adentro, debe ser una sensación muy impresionante.  A veces quisiera sentir eso y que todas esas maluqueras de Juli se me pasaran a mí, como para compensar, y ser yo el que vomita, pero bueno, eso no es posible.

Es que a las mujeres todo les toca en mayor cuantía. Sí, el amor mamá hijo es el más grande que existe en el mundo, pero también el sacrificio mamá hijo y el dolor “pre-durante-post” parto también es el más grande que existe en el mundo. Para el papá todo es más fácil, obviamente, no hay que negarlo, y uno se escuda diciendo que el parto de los hombres es el cálculo renal, pero no creo que haya mayor dolor. Por eso cuando nazca uno debe ponerse la camiseta y actuar, es lo mínimo que uno puede hacer por la mamá. Cabe anotar que está espectacular y que cada vez lo estará más. Ojalá para ese entonces hayamos conseguido una buena niñera, eso es lo que esperamos. (Cambié el CD a Sasha y John Digweed en vivo).
DESPUÉS SEGUIRÁN LEYENDO LAS CRÓNICAS DEL BEBÉ, que aunque no ha mostrado si es hombre o mujer, ya sabemos que es súper inquieto, tiene 7 milímetros, 13 semanas y media (ya pasó las 9 semanas y media tan populares en canciones y películas.

Ya me voy familiarizando cada vez más con la vida que hay adentro de la barriguita de juli, y a veces le hablo y le pongo canciones con los audífonos (para que vaya educando el oído y no se vaya al Lado Oscuro, jajajaj). Saludos a todossssss.

LO QUE LLEGÓ DEL MAR

“Chao, abuelito, que te vaya bien, me traes algo porfis?”, le dijo la nieta al abuelo, al papá de su papá, por teléfono.

 Todo empezó un día de febrero; el abuelo viajó en una buseta sencilla, con otros seis profesionales, desde Popayán hacia Buenaventura; iban dos médicos generales, dos psicólogos, una trabajadora social, un delegado del Ministerio y él, un médico internista. Viajaron 2 horas y media aproximadamente, en la tan olvidada y muchas veces peligrosa carretera del Cauca, posteriormente pasando por los paisajes planos del Valle y culminando con el difícil acceso que implica llegar a Buenaventura, puerto hermoso del pacífico, puerto quieto y nostálgico. Riesgosa dependencia para el país de tal camino resbaloso y derrumbado. Buenaventura, noche, noche húmeda, noche estival.

Estando ya todos reunidos se embarcaron. Al equipo se unieron dos personas más: un cocinero y un conductor. Resulta que en pleno puerto, a plena noche, estaba listo un barco que había sido adquirido por el gobierno, junto con entidades italianas sin ánimo de lucro, con el fin de proporcionar salud, diálogo y calor humano, así el clima pretendiese mostrar que no es necesario más calor, a la población linda, desahuciada y tan necesitada del pacífico colombiano. “ya voy a Salir, gordis, está haciendo un calor el verraco, estamos tranquilos, saludes a todos, viajaremos en el barco toda la noche, y mañana a las cinco de la mañana, plena alba, empezaremos con el primer caserío, estoy muy contento, besos, te amo”. Partiendo hacia la ayuda, colgó con su esposa, que se quedó en Popayán, esperándolo y amándolo. Camino hacia la gente, labor real.
El barco estaba dotado con  equipos médicos prácticos, aparatos para tratar afecciones de salud de grado intermedio, todo tipo de accesorios necesarios para tratar infartos, operaciones relativamente sencillas, curar pústulas, curar infecciones, y divanes para curar corazones, para también escuchar problemas, escuchar al paciente más que escuchar su latido diastólico; eso lo decía el médico internista, “a los pacientes hay que hablarles, dejarlos que cuenten su historia, que se desahoguen, que se sientan queridos”.  Muchos pacientes, muchos problemas, entre esos doña Elvira Lucumí, una señora cabeza de familia, presentando una sintomatología complicada, problemas de hipertensión, pero más que salud, sufría de soledad; Camilo y Milton, dos hermanos criados por su abuela, que jugaban fútbol sin camisa, felices, amor fraternal, sintieron tal emoción al ver el computador del galeno, que no podían creer que por medio de un adminículo pequeñito se pudiera reproducir música, ver fotos, ver videos. Variopintas historias.

Debido a las características físicas, climatológicas y étnicas de la región, era de esperarse que los médicos contaran con ciertos paradigmas pre establecidos de qué es lo que más frecuentemente se podría presentar. Infecciones por el cólera, Fiebre amarilla, casos así. Y doña Elvira le agradeció a ese médico líder su buen trato; en ese pequeño caserío, llamado El Pescador, la vida pasaba lenta, y antes había ido gente de otras instituciones a visitarlos, pero sólo se limitaban a examinar su cuerpo, no a examinar su alma; y eso se logró con el barco hospital. Doña Elvira pudo contarle sus problemas al equipo de profesionales, y su vida fue más feliz; Camilo y Milton futboleros, “pero qué bacán ese médico, nos mostró fotos del Pibe”, cosas sencillas de la vida que hacen feliz a la gente, verdadera aunque efímera felicidad. Zarpó de nuevo el barco, buen clima, buen ánimo. Adiós El Pescador, adiós familias, queda un pedazo de corazón ahí. El balance: Veintiséis familias visitadas. El pago: Sonrisas, buenos pescados, patacones y abrazos. Sin ánimo de lucro pero con ánimo de esperanza.

Aparte de la infraestructura técnica, absolutamente seria y absolutamente necesaria para llevar a cabo las consultas médicas y psicológicas, había ya mencionado al cocinero. Don Edgar era un muchacho de unos treinta años, querendón, recursivo, que estaba a cargo de la alimentación en el barco; amante de la Sonora Matancera y de Bobby Capó, inundaba al barco desde las 4 de la mañana con los olores gastronómicos de huevos, cebollines, jamón, café, bastante café, naturalmente pescado, ajo, mantequilla, uno que otro chicharrón, música de grabadora setentera, música bailable. Barriga llena, corazón contento, y corazón servicial. Iban ya 3 de 6 días. “qué será que le llevo a la nietita ….unas conchitas de mar?, arena, tal vez empacada en alguna lata de arvejas?, hmmmm”. Timbiquí, Guapi, geografías olvidadas, con problemas, con niños felices, gente que le sonríe al extraño como si fuera el hermano.

Sin caer en tecnicismos, digamos que el barco iba por la costa baja del mar pacífico, parando en cada pueblo que lo requiriera, trayendo sonrisas y medicamentos, al son de la salsa, y de los buenos pescados, al son del olor a ajo. Recuerdos de doña Elvira Lucumí, persona que había sido profesora de primaria, ya ahora desempleada y con un puesto de comida en la plaza de mercado, persona que le dijo que la vida era de a pedacitos, de amores, pero que su amor había fallecido hace 4 años. Y también recuerdos de los dos hermanos, Camilo y Milton Mosquera, que dijeron que cuando fueran grandes querían manejar computadora, para poder hacer y ser partícipes de las innumerables maravillas que con ella experimentaron. Cada pueblo tenía sus diferentes historias y problemas.

Existe siempre, en este tipo de misiones, el temor de encontrarse en algún momento con problemas de orden público; días antes las fuerzas del mal habían estado acosando y saqueando a La Ladera, otro de los desafortunados (pero en cierta forma afortunados) poblados que fueron visitados por el barco. La paranoia que manifestaba la gente era tal que había toque de queda en ese momento; no podía haber gente en las calles a partir de las ocho de la noche; el alguacil decía que era una medida preventiva instaurada por el orden público, pero igual la gente lo hacía voluntariamente, no querían extorsión ni más invasiones. Al principio se mostraban reacios a que los atendieran; poco a poco, durante los dos días de estadía del barco, fueron abriendo sus corazones; empezaron a cogerles cariño,  fueron abriendo las puertas de su casa, hasta las ocho, y vaya sorpresa del equipo médico, cuando en medio de tanto caos y confusión, en medio de tanto desasosiego, calor y desesperanza encontraron un niño, llamado Manuel. Manuel Angulo.

Manuel Angulo tenía ocho años. Era artesano por vocación. Labraba la madera, la tallaba, hacía pinturas a lápiz, en cuadernos de papel amarillo que a veces le regalaban en la escuela. No dibujaba muerte, ni enfermedad. Dibujaba sonrisas, y tallaba corazones. Madera pura y madera procesada, vuelta papel, era su materia prima. La misma vida y el paisaje eran su inspiración. Médicamente hablando el niño tenía una infección intestinal causada por los evidentes malos hábitos alimenticios, aspecto que fue tratado con profesionalismo por los médicos generales; Su falta de padres, que se habían marchado a Buenaventura en búsqueda de mejores oportunidades laborales y su situación actual con su abuelito enfermo, con el que vivía hace 2 años, fue analizada a su vez con terapias psicológicas; Algunas sesiones, llenas de cariño, nuevamente diálogo; perfectamente podría no haber optimismo ni esperanza, pero no. El niño era la esperanza. Quería ser artista y lo manifestaba en sus obras. Le preguntaba al médico internista sobre el funcionamiento de su cuerpo, y él le respondía con mucho amor, le enseñó muchas cosas, se hicieron muy amigos.

Además Manuel había inventado un método novedoso para dejar perennes los objetos que veía en el medio ambiente. Era una forma rústica de embalsamiento. Por ejemplo, cogía una de tantas hojas secas de un árbol, la metía en una infusión de agua de mar con mucha más sal, la dejaba secar, la cubría con arena, le aplicaba un par de toques secretos, y como por arte de magia quedaba lista, sempiterna, firme la hoja, para ser utilizada como ornamento, como decoración. Novedoso método, del cual él era pionero en su población. Profeta en su tierra.

En medio del resto de sesiones, de consultas, de casos graves, de jornadas arduas de vacunación, de procesos de Promoción y Prevención, de pocas horas de sueño e incomodidades físicas habituales, y de las ya aproximadamente 300 familias visitadas, el médico internista y Manuel sellaron una importante amistad. Él, 53 años, próximo a cumplir 54; Manuel, 8 años recién cumplidos. Amistad sin edad. Se contaban historias, algunas inventadas, algunas reales, Manuel conoció a Condorito, aprendió sobre la importancia de la leche para lograr huesos fuertes, aprendió a jugar un par de deportes, aprendió sobre la alimentación balanceada, conoció a Olafo, el médico en cuestión aprendió a tallar la madera, cómo sacar de una astilla un rudimentario lápiz o una figurita básica. Se acompañaron, disecaron un cangrejito, a veces con música de fondo, a veces desayunando huevo cocido, en un toque de queda ya prácticamente inexistente que la misma esperanza y ambiente de amor habían logrado, y a veces también comiendo arroz con cuánto hay, que bautizaron entre los dos como “arroz hastai”, en alegoría a un término que usaba el padre del payanés, un payanés que seguía pensando en qué regalo le podría llevar a la niña de sus ojos, de su hijo, una niña parlanchina de cuatro años y medio.

“Hola gordis, cómo vas?....la señal está un poco mala…te oigo un poco intermitente!!...sí, amor, todo bien…sí, muy bien todo, muchas familias, mucha tristeza, situación precaria de salud, mala, pero mucha mucha esperanza…..sí, estamos en La Ladera…….sí, claro, Edgar se ha preparado un pescado, no te imaginas……..hoy partimos a las ocho de la noche, ya nos devolvemos, llegaremos a Buenaventura por la mañana…….sí, te avisaré cuando llegue…ok, sí, todo fue un éxito, te tengo que contar!....ok, te amo gordis, chao, saludes a todos”…

Todo había sido un éxito. Fue una labor dura, de seis días, sin dormir mucho, cansancio mezclado con insomnio, intensas jornadas, pero haber podido ayudar en algo a la hermosa gente colombiana era la mejor recompensa, era el mejor pago. Faltaban apenas cinco horas para partir, eran las tres de la tarde y bueno, en esas pocas horas sólo quedaba despedirse, descansar un poco en tierra firme, elaborar unos informes, conversar y evaluar. El calor seguía, más no necesariamente el sol refulgente; de hecho, se avecinaba una tormenta, el cielo estaba oscuro, y probablemente caería un aguacero de los mil demonios.

Aparte de los inconvenientes climáticos que venían, estaba también latente la tristeza por despedirse, porque quedaban sentimientos ahí tendidos. Y los dos amigos, de 54 y 8 años, querían seguir compartiendo vivencias. Incluso Manuel, en algún momento, manifestó su interés de crecer, de estudiar, de seguir practicando sus habilidades; pactaron verse por lo menos una vez al año, se forjaron lazos también con el alguacil, con la señora del mercado, con varios pescadores que gozaron y fueron curados, con un sacristán que promulgaba la hermosa palabra del Señor, con un par de profesores de preescolar, mucha gente, todos diferentes, pero todos iguales. Todos agradecidos, y el equipo del barco hospital también agradecido de poder compartir y poder aportar aunque fuera en algo, en el bienestar de todos y cada uno de los pueblos que fueron visitados.

Empezó a caer un torrencial aguacero, tal y como se veía venir. El médico líder hizo un chiste, dijo que iban a caer hasta maridos. Así era imposible salir, era muy riesgoso coger el mar con esta caída de agua tan horrible, además había tempestad, caían truenos, el cielo oscuro y el viento iba a una velocidad y una fuerza casi comparable con un inicio de tornado. Qué era lo único que podían hacer? Esperar, guardarse en el mismo barco, rezar, el que pudiera pues que durmiera, esperar, sin radio, sin señal de celular; esperar, sólo oyendo el crepitar de las gotas en el techo de aluminio; esperar. 6 horas ininterrumpidas. 9 de la noche. Cesó la horrible tormenta, pero apenas comenzaba la larga noche.

Resulta que la fuerza tan grande de doña natura, moviendo vientos y aguas, hizo que cuando ya todo estaba listo para empezar la travesía de vuelta, pasara algo con el barco, para lo cual el conductor gritó: “oigan, doctores, estamos encallados!!”. Vea pues. Encallados. Inmovilizados. El barco estaba inmovilizado, ya que había sido movido desde el mar hacia la arena, fuerzas inexplicables, como los terremotos, los tsunamis.  Así como la marea trae a las ballenas y terminan muriendo en la playa de manera triste, así mismo el barco hospital quedó más adentro del territorio colombiano.

Una opción, para poder desatracarlo, sería empujarlo. Pero para hacer eso se requeriría un ejército, mucha gente y no era práctico, era una empresa complicada. Tal vez la misma normalización de las condiciones haría que nuevamente el barco ítalo-colombiano fluyera hacia las aguas. Esto segundo fue lo que pasó. Paciencia. Tres horas más de espera. 12 de la noche. Oscuridad, clima caliente, húmedo; viento frío. Confraternidad. Ayuda. La luna mirando. Y a las 12:13 AM empezó a bajar, empezó a enmararse el vehículo castaño con blanco. Empezó a normalizarse. Pero los eruditos en la materia se dieron cuenta que había algo que atascaba algo, algo que cliqueaba, algo que impedía el libre transcurso arena-agua de la nao. Había un tic, un tac, atorando la amura.

El conductor fue a revisar qué pasaba. Se inclinó con sus herramientas específicas. Lámpara en mano, aunque hay que reconocer que la luna ayudó bastante, se puso a ver qué era el obstáculo. Agachándose fue sacando un pequeño ser del mar entre arenas, piedras y partes metálicas. Era un caballito de mar, duro, café, robótico, lateral, perfilado, inmóvil, ojisalido, pequeño, bonito. Quién iba a creer que ese pequeño animal que yacía ahí era el que estaba obstruyendo una cadena que hacía mover una polea, y sin más detalles técnicos que el escritor ignora, estaba impidiendo que pudiera estar listo el barco para retornar a Buenaventura, estaba impidiendo que el médico, junto con su equipo, retornara a donde su esposa, en el Cauca, la cual lo estaba esperando con un suculento combo de besos, abrazos, pesto y comida deliciosa.
Listo. Todo se hizo bien. La despedida fue triste. Aunque quedaron, como dije, visitas pendientes. El objetivo del gobierno y las entidades era seguir con este proyecto, si se puede continuar cada año con la labor, ojalá con el mismo equipo, algunos más, algunos menos. Siempre y cuando exista la voluntad y las ganas de hacer las cosas; siempre y cuando exista el ánimo de estar sin ánimo de lucro, existirá la bondad. Y este proyecto siguió muchas veces, muchas otras ocasiones. Y siguió siendo productivo, con otras historias, pero eso ya es otra historia.

El retorno, después de despedidas y detalles técnicos, se hizo a las 3 de la mañana. Navegó, navegó, en total calma, la calma que queda literalmente después de la tormenta. Los médicos dormían, los psicólogos jugaban cartas bajo la luz de una lámpara, y dos tragos suaves de ron; la trabajadora social estaba haciendo unos reportes en un bloc blanco con lapicero. Marea baja. Calma. El delegado del ministerio tenía un computador personal desde el cual elaboraba un informe sobre el éxito de la operación, sobre la satisfacción recibida. El médico internista estaba insomne, boca arriba, pensando en la vida. Pensando en qué tan efímero es todo; pensando en lo importante y sublime que es la familia, lo básico, ir caminando por un parque y coger una flor, ver sus vellosidades minúsculas, ver reír a los hijos, en que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, en los múltiples problemas que tiene la sociedad, el materialismo; en cómo un par de hermanos jugaban fútbol sin camisa y eran felices, sin nada más que esa pelota vieja; había comida básica, vestido básico, pelota básica; pero había esperanza.

Pensando en volver, pensando en vivir.

Se durmió aproximadamente dos horas, sosegado y esbozando una leve sonrisa, sudando, con una camiseta blanca, un pantalón y unos zuecos negros. Descansando. A las 9 de la mañana llegaron a Buenaventura. Mil saludos. Retorno en carro hacia Popayán en la misma buseta sencilla con los 6 profesionales; no sin antes despedirse del conductor y de don Edgar. Gracias por alegrar el corazón y el estómago ¡!!!. Gracias por los desayunos, por los pescados, por el arroz con “hastai”.

Cansados, al cabo de otras tres horas, llegaron a Popayán todos los tripulantes. La buseta fue dejando a cada uno en sus respectivas casas, después de pasar peajes, de comer pandebonos, de dormir, de reposar, y más que todo, de hablar sobre lo qué pasó: las impresiones de cada persona, lo que le quedó a cada uno. Todos felices. Hasta que sonó el timbre. Patty, la esposa, abrió y ahí estaba su esposo: sonriente, con un morral en el hombro, una barba incipiente, su pelo largo blanco, sus ojos tristes pero su mirada alegre, sus cachetes, su camiseta blanca, su pantalón y sus zuecos negros que había adquirido en un viaje hace 20 años.
“hola gordis, cómo estás? Qué alegría verte. Qué alegría estar aquí ¡! Ayy, sí, sírveme tintico, cómo estás?”. Patty dichosa de estar con él, de verlo. De verlo a él, el amor de su vida. Y bueno, qué hace uno cuando llega de un viaje? Acomodar la maleta, estirar los pies, tomar agua. Hablar. Comentar lo sucedido en un plano general. Qué alegría estar en casa, ojear periódicos viejos, ver el noticiero, ver recibos, qué ha pasado por acá?. La quietud estaba en su máximo nivel, la pareja de abuelos ahí tranquilos, cuando Patty dijo: “espérame que hay alguien que toca la puerta”. Y la abrió.

Ahí estaba: era la nietita. Era María Belén. Ella vivía en otra ciudad pero había ido de sorpresa a donde su abuelito Poncho, con complicidad de su abuelita Patty. “hola abuelito Poncho, cómo estás???”. Poncho se quedó de una sola pieza, no podía creer ver a esa personita de 4 años y medio ahí, al frente, en vivo y en directo. Una lágrima de alegría empezó a bajar de sus ojos. Se abrazaron, él la cargó, le dio mil besos por segundo. Los tres se abrazaron!!!! Al momento  ella le preguntó: “abuelito Poncho, y qué me trajiste del barco hospital?”. Poncho sonrió, la sonrisa era de amor, los ojos le brillaban. Este momento él lo tenía presente, sabía que iba a llegar, sólo que no se imaginó que fuera a presentarse ese día tan pronto. Con total firmeza y entereza sacó de un bolsillo del morral, una bolsa pequeña. Se la entregó a María Belén.

María Belén sacó de la bolsita el regalo. Era un caballito de mar embalsamado, duro, esmaltado, con una pequeña cadenita amarrada que terminaba en llavero. Y tenía una llave pequeña y rosada. “Mi amor, mira, este caballito me lo hizo un amigo, llamado Manuel, en un pequeño instante mientras solucionábamos la encallada del barco. Ahora él es amigo tuyo también, este es tu regalo”. La emoción de la niña fue impresionante. Momentos felices, cosas sencillas. “Gracias, abuelito Poncho, te quiero!!” y le dio un beso en el cachete que duró muchos segundos. Había dado en el clavo. Era el regalo perfecto. Fue la mejor sorpresa.

“Abuelito Poncho, y la llave para qué es?”. Y Poncho le dijo: “la llave es para que cuando nos pienses, abras tu corazón”.