LO QUE LLEGÓ DEL
MAR
“Chao, abuelito, que te vaya bien, me traes algo porfis?”,
le dijo la nieta al abuelo, al papá de su papá, por teléfono.
Todo empezó un día de febrero; el abuelo viajó
en una buseta sencilla, con otros seis profesionales, desde Popayán hacia
Buenaventura; iban dos médicos generales, dos psicólogos, una trabajadora
social, un delegado del Ministerio y él, un médico internista. Viajaron 2 horas
y media aproximadamente, en la tan olvidada y muchas veces peligrosa carretera
del Cauca, posteriormente pasando por los paisajes planos del Valle y
culminando con el difícil acceso que implica llegar a Buenaventura, puerto
hermoso del pacífico, puerto quieto y nostálgico. Riesgosa dependencia para el
país de tal camino resbaloso y derrumbado. Buenaventura, noche, noche húmeda,
noche estival.
Estando ya todos reunidos se
embarcaron. Al equipo se unieron dos personas más: un cocinero y un conductor.
Resulta que en pleno puerto, a plena noche, estaba listo un barco que había
sido adquirido por el gobierno, junto con entidades italianas sin ánimo de
lucro, con el fin de proporcionar salud, diálogo y calor humano, así el clima
pretendiese mostrar que no es necesario más calor, a la población linda,
desahuciada y tan necesitada del pacífico colombiano. “ya voy a Salir, gordis,
está haciendo un calor el verraco, estamos tranquilos, saludes a todos,
viajaremos en el barco toda la noche, y mañana a las cinco de la mañana, plena
alba, empezaremos con el primer caserío, estoy muy contento, besos, te amo”.
Partiendo hacia la ayuda, colgó con su esposa, que se quedó en Popayán,
esperándolo y amándolo. Camino hacia la gente, labor real.
El barco estaba dotado con equipos médicos prácticos, aparatos para
tratar afecciones de salud de grado intermedio, todo tipo de accesorios
necesarios para tratar infartos, operaciones relativamente sencillas, curar
pústulas, curar infecciones, y divanes para curar corazones, para también
escuchar problemas, escuchar al paciente más que escuchar su latido diastólico;
eso lo decía el médico internista, “a los pacientes hay que hablarles, dejarlos
que cuenten su historia, que se desahoguen, que se sientan queridos”. Muchos pacientes, muchos problemas, entre
esos doña Elvira Lucumí, una señora cabeza de familia, presentando una
sintomatología complicada, problemas de hipertensión, pero más que salud,
sufría de soledad; Camilo y Milton, dos hermanos criados por su abuela, que
jugaban fútbol sin camisa, felices, amor fraternal, sintieron tal emoción al
ver el computador del galeno, que no podían creer que por medio de un
adminículo pequeñito se pudiera reproducir música, ver fotos, ver videos.
Variopintas historias.
Debido a las características
físicas, climatológicas y étnicas de la región, era de esperarse que los
médicos contaran con ciertos paradigmas pre establecidos de qué es lo que más
frecuentemente se podría presentar. Infecciones por el cólera, Fiebre amarilla,
casos así. Y doña Elvira le agradeció a ese médico líder su buen trato; en ese
pequeño caserío, llamado El Pescador, la vida pasaba lenta, y antes había ido
gente de otras instituciones a visitarlos, pero sólo se limitaban a examinar su
cuerpo, no a examinar su alma; y eso se logró con el barco hospital. Doña
Elvira pudo contarle sus problemas al equipo de profesionales, y su vida fue
más feliz; Camilo y Milton futboleros, “pero qué bacán ese médico, nos mostró
fotos del Pibe”, cosas sencillas de la vida que hacen feliz a la gente,
verdadera aunque efímera felicidad. Zarpó de nuevo el barco, buen clima, buen
ánimo. Adiós El Pescador, adiós familias, queda un pedazo de corazón ahí. El
balance: Veintiséis familias visitadas. El pago: Sonrisas, buenos pescados, patacones
y abrazos. Sin ánimo de lucro pero con ánimo de esperanza.
Aparte de la infraestructura
técnica, absolutamente seria y absolutamente necesaria para llevar a cabo las
consultas médicas y psicológicas, había ya mencionado al cocinero. Don Edgar
era un muchacho de unos treinta años, querendón, recursivo, que estaba a cargo
de la alimentación en el barco; amante de la Sonora Matancera
y de Bobby Capó, inundaba al barco desde las 4 de la mañana con los olores
gastronómicos de huevos, cebollines, jamón, café, bastante café, naturalmente
pescado, ajo, mantequilla, uno que otro chicharrón, música de grabadora
setentera, música bailable. Barriga llena, corazón contento, y corazón
servicial. Iban ya 3 de 6 días. “qué será que le llevo a la nietita ….unas
conchitas de mar?, arena, tal vez empacada en alguna lata de arvejas?, hmmmm”.
Timbiquí, Guapi, geografías olvidadas, con problemas, con niños felices, gente
que le sonríe al extraño como si fuera el hermano.
Sin caer en tecnicismos, digamos
que el barco iba por la costa baja del mar pacífico, parando en cada pueblo que
lo requiriera, trayendo sonrisas y medicamentos, al son de la salsa, y de los
buenos pescados, al son del olor a ajo. Recuerdos de doña Elvira Lucumí,
persona que había sido profesora de primaria, ya ahora desempleada y con un
puesto de comida en la plaza de mercado, persona que le dijo que la vida era de
a pedacitos, de amores, pero que su amor había fallecido hace 4 años. Y también
recuerdos de los dos hermanos, Camilo y Milton Mosquera, que dijeron que cuando
fueran grandes querían manejar computadora, para poder hacer y ser partícipes
de las innumerables maravillas que con ella experimentaron. Cada pueblo tenía
sus diferentes historias y problemas.
Existe siempre, en este tipo de
misiones, el temor de encontrarse en algún momento con problemas de orden
público; días antes las fuerzas del mal habían estado acosando y saqueando a La Ladera , otro de los
desafortunados (pero en cierta forma afortunados) poblados que fueron visitados
por el barco. La paranoia que manifestaba la gente era tal que había toque de
queda en ese momento; no podía haber gente en las calles a partir de las ocho
de la noche; el alguacil decía que era una medida preventiva instaurada por el
orden público, pero igual la gente lo hacía voluntariamente, no querían
extorsión ni más invasiones. Al principio se mostraban reacios a que los
atendieran; poco a poco, durante los dos días de estadía del barco, fueron
abriendo sus corazones; empezaron a cogerles cariño, fueron abriendo las puertas de su casa, hasta
las ocho, y vaya sorpresa del equipo médico, cuando en medio de tanto caos y
confusión, en medio de tanto desasosiego, calor y desesperanza encontraron un
niño, llamado Manuel. Manuel Angulo.
Manuel Angulo tenía ocho años.
Era artesano por vocación. Labraba la madera, la tallaba, hacía pinturas a
lápiz, en cuadernos de papel amarillo que a veces le regalaban en la escuela.
No dibujaba muerte, ni enfermedad. Dibujaba sonrisas, y tallaba corazones.
Madera pura y madera procesada, vuelta papel, era su materia prima. La misma
vida y el paisaje eran su inspiración. Médicamente hablando el niño tenía una
infección intestinal causada por los evidentes malos hábitos alimenticios,
aspecto que fue tratado con profesionalismo por los médicos generales; Su falta
de padres, que se habían marchado a Buenaventura en búsqueda de mejores
oportunidades laborales y su situación actual con su abuelito enfermo, con el
que vivía hace 2 años, fue analizada a su vez con terapias psicológicas;
Algunas sesiones, llenas de cariño, nuevamente diálogo; perfectamente podría no
haber optimismo ni esperanza, pero no. El niño era la esperanza. Quería ser
artista y lo manifestaba en sus obras. Le preguntaba al médico internista sobre
el funcionamiento de su cuerpo, y él le respondía con mucho amor, le enseñó
muchas cosas, se hicieron muy amigos.
Además Manuel había inventado un
método novedoso para dejar perennes los objetos que veía en el medio ambiente.
Era una forma rústica de embalsamiento. Por ejemplo, cogía una de tantas hojas
secas de un árbol, la metía en una infusión de agua de mar con mucha más sal,
la dejaba secar, la cubría con arena, le aplicaba un par de toques secretos, y
como por arte de magia quedaba lista, sempiterna, firme la hoja, para ser
utilizada como ornamento, como decoración. Novedoso método, del cual él era
pionero en su población. Profeta en su tierra.
En medio del resto de sesiones,
de consultas, de casos graves, de jornadas arduas de vacunación, de procesos de
Promoción y Prevención, de pocas horas de sueño e incomodidades físicas
habituales, y de las ya aproximadamente 300 familias visitadas, el médico
internista y Manuel sellaron una importante amistad. Él, 53 años, próximo a
cumplir 54; Manuel, 8 años recién cumplidos. Amistad sin edad. Se contaban
historias, algunas inventadas, algunas reales, Manuel conoció a Condorito,
aprendió sobre la importancia de la leche para lograr huesos fuertes, aprendió
a jugar un par de deportes, aprendió sobre la alimentación balanceada, conoció
a Olafo, el médico en cuestión aprendió a tallar la madera, cómo sacar de una
astilla un rudimentario lápiz o una figurita básica. Se acompañaron, disecaron
un cangrejito, a veces con música de fondo, a veces desayunando huevo cocido,
en un toque de queda ya prácticamente inexistente que la misma esperanza y
ambiente de amor habían logrado, y a veces también comiendo arroz con cuánto
hay, que bautizaron entre los dos como “arroz hastai”, en alegoría a un término
que usaba el padre del payanés, un payanés que seguía pensando en qué regalo le
podría llevar a la niña de sus ojos, de su hijo, una niña parlanchina de cuatro
años y medio.
“Hola gordis, cómo vas?....la
señal está un poco mala…te oigo un poco intermitente!!...sí, amor, todo
bien…sí, muy bien todo, muchas familias, mucha tristeza, situación precaria de
salud, mala, pero mucha mucha esperanza…..sí, estamos en La Ladera…….sí, claro,
Edgar se ha preparado un pescado, no te imaginas……..hoy partimos a las ocho de
la noche, ya nos devolvemos, llegaremos a Buenaventura por la mañana…….sí, te
avisaré cuando llegue…ok, sí, todo fue un éxito, te tengo que contar!....ok, te
amo gordis, chao, saludes a todos”…
Todo había sido un éxito. Fue una
labor dura, de seis días, sin dormir mucho, cansancio mezclado con insomnio,
intensas jornadas, pero haber podido ayudar en algo a la hermosa gente
colombiana era la mejor recompensa, era el mejor pago. Faltaban apenas cinco
horas para partir, eran las tres de la tarde y bueno, en esas pocas horas sólo
quedaba despedirse, descansar un poco en tierra firme, elaborar unos informes,
conversar y evaluar. El calor seguía, más no necesariamente el sol refulgente;
de hecho, se avecinaba una tormenta, el cielo estaba oscuro, y probablemente
caería un aguacero de los mil demonios.
Aparte de los inconvenientes
climáticos que venían, estaba también latente la tristeza por despedirse,
porque quedaban sentimientos ahí tendidos. Y los dos amigos, de 54 y 8 años,
querían seguir compartiendo vivencias. Incluso Manuel, en algún momento,
manifestó su interés de crecer, de estudiar, de seguir practicando sus
habilidades; pactaron verse por lo menos una vez al año, se forjaron lazos
también con el alguacil, con la señora del mercado, con varios pescadores que
gozaron y fueron curados, con un sacristán que promulgaba la hermosa palabra
del Señor, con un par de profesores de preescolar, mucha gente, todos
diferentes, pero todos iguales. Todos agradecidos, y el equipo del barco
hospital también agradecido de poder compartir y poder aportar aunque fuera en
algo, en el bienestar de todos y cada uno de los pueblos que fueron visitados.
Empezó a caer un torrencial
aguacero, tal y como se veía venir. El médico líder hizo un chiste, dijo que
iban a caer hasta maridos. Así era imposible salir, era muy riesgoso coger el
mar con esta caída de agua tan horrible, además había tempestad, caían truenos,
el cielo oscuro y el viento iba a una velocidad y una fuerza casi comparable
con un inicio de tornado. Qué era lo único que podían hacer? Esperar, guardarse
en el mismo barco, rezar, el que pudiera pues que durmiera, esperar, sin radio,
sin señal de celular; esperar, sólo oyendo el crepitar de las gotas en el techo
de aluminio; esperar. 6 horas ininterrumpidas. 9 de la noche. Cesó la horrible
tormenta, pero apenas comenzaba la larga noche.
Resulta que la fuerza tan grande
de doña natura, moviendo vientos y aguas, hizo que cuando ya todo estaba listo
para empezar la travesía de vuelta, pasara algo con el barco, para lo cual el
conductor gritó: “oigan, doctores, estamos encallados!!”. Vea pues. Encallados.
Inmovilizados. El barco estaba inmovilizado, ya que había sido movido desde el
mar hacia la arena, fuerzas inexplicables, como los terremotos, los
tsunamis. Así como la marea trae a las
ballenas y terminan muriendo en la playa de manera triste, así mismo el barco
hospital quedó más adentro del territorio colombiano.
Una opción, para poder
desatracarlo, sería empujarlo. Pero para hacer eso se requeriría un ejército,
mucha gente y no era práctico, era una empresa complicada. Tal vez la misma
normalización de las condiciones haría que nuevamente el barco ítalo-colombiano
fluyera hacia las aguas. Esto segundo fue lo que pasó. Paciencia. Tres horas
más de espera. 12 de la noche. Oscuridad, clima caliente, húmedo; viento frío.
Confraternidad. Ayuda. La luna mirando. Y a las 12:13 AM empezó a bajar, empezó
a enmararse el vehículo castaño con blanco. Empezó a normalizarse. Pero los
eruditos en la materia se dieron cuenta que había algo que atascaba algo, algo
que cliqueaba, algo que impedía el libre transcurso arena-agua de la nao. Había
un tic, un tac, atorando la amura.
El conductor fue a revisar qué
pasaba. Se inclinó con sus herramientas específicas. Lámpara en mano, aunque
hay que reconocer que la luna ayudó bastante, se puso a ver qué era el
obstáculo. Agachándose fue sacando un pequeño ser del mar entre arenas, piedras
y partes metálicas. Era un caballito de mar, duro, café, robótico, lateral,
perfilado, inmóvil, ojisalido, pequeño, bonito. Quién iba a creer que ese
pequeño animal que yacía ahí era el que estaba obstruyendo una cadena que hacía
mover una polea, y sin más detalles técnicos que el escritor ignora, estaba
impidiendo que pudiera estar listo el barco para retornar a Buenaventura,
estaba impidiendo que el médico, junto con su equipo, retornara a donde su
esposa, en el Cauca, la cual lo estaba esperando con un suculento combo de
besos, abrazos, pesto y comida deliciosa.
Listo. Todo se hizo bien. La
despedida fue triste. Aunque quedaron, como dije, visitas pendientes. El
objetivo del gobierno y las entidades era seguir con este proyecto, si se puede
continuar cada año con la labor, ojalá con el mismo equipo, algunos más,
algunos menos. Siempre y cuando exista la voluntad y las ganas de hacer las
cosas; siempre y cuando exista el ánimo de estar sin ánimo de lucro, existirá
la bondad. Y este proyecto siguió muchas veces, muchas otras ocasiones. Y
siguió siendo productivo, con otras historias, pero eso ya es otra historia.
El retorno, después de despedidas
y detalles técnicos, se hizo a las 3 de la mañana. Navegó, navegó, en total
calma, la calma que queda literalmente después de la tormenta. Los médicos
dormían, los psicólogos jugaban cartas bajo la luz de una lámpara, y dos tragos
suaves de ron; la trabajadora social estaba haciendo unos reportes en un bloc
blanco con lapicero. Marea baja. Calma. El delegado del ministerio tenía un
computador personal desde el cual elaboraba un informe sobre el éxito de la
operación, sobre la satisfacción recibida. El médico internista estaba insomne,
boca arriba, pensando en la vida. Pensando en qué tan efímero es todo; pensando
en lo importante y sublime que es la familia, lo básico, ir caminando por un
parque y coger una flor, ver sus vellosidades minúsculas, ver reír a los hijos,
en que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, en los múltiples problemas
que tiene la sociedad, el materialismo; en cómo un par de hermanos jugaban
fútbol sin camisa y eran felices, sin nada más que esa pelota vieja; había
comida básica, vestido básico, pelota básica; pero había esperanza.
Pensando en volver, pensando en
vivir.
Se durmió aproximadamente dos
horas, sosegado y esbozando una leve sonrisa, sudando, con una camiseta blanca,
un pantalón y unos zuecos negros. Descansando. A las 9 de la mañana llegaron a
Buenaventura. Mil saludos. Retorno en carro hacia Popayán en la misma buseta
sencilla con los 6 profesionales; no sin antes despedirse del conductor y de
don Edgar. Gracias por alegrar el corazón y el estómago ¡!!!. Gracias por los
desayunos, por los pescados, por el arroz con “hastai”.
Cansados, al cabo de otras tres
horas, llegaron a Popayán todos los tripulantes. La buseta fue dejando a cada
uno en sus respectivas casas, después de pasar peajes, de comer pandebonos, de
dormir, de reposar, y más que todo, de hablar sobre lo qué pasó: las
impresiones de cada persona, lo que le quedó a cada uno. Todos felices. Hasta
que sonó el timbre. Patty, la esposa, abrió y ahí estaba su esposo: sonriente,
con un morral en el hombro, una barba incipiente, su pelo largo blanco, sus
ojos tristes pero su mirada alegre, sus cachetes, su camiseta blanca, su
pantalón y sus zuecos negros que había adquirido en un viaje hace 20 años.
“hola gordis, cómo estás? Qué
alegría verte. Qué alegría estar aquí ¡! Ayy, sí, sírveme tintico, cómo estás?”.
Patty dichosa de estar con él, de verlo. De verlo a él, el amor de su vida. Y
bueno, qué hace uno cuando llega de un viaje? Acomodar la maleta, estirar los
pies, tomar agua. Hablar. Comentar lo sucedido en un plano general. Qué alegría
estar en casa, ojear periódicos viejos, ver el noticiero, ver recibos, qué ha
pasado por acá?. La quietud estaba en su máximo nivel, la pareja de abuelos ahí
tranquilos, cuando Patty dijo: “espérame que hay alguien que toca la puerta”. Y
la abrió.
Ahí estaba: era la nietita. Era
María Belén. Ella vivía en otra ciudad pero había ido de sorpresa a donde su
abuelito Poncho, con complicidad de su abuelita Patty. “hola abuelito Poncho,
cómo estás???”. Poncho se quedó de una sola pieza, no podía creer ver a esa
personita de 4 años y medio ahí, al frente, en vivo y en directo. Una lágrima
de alegría empezó a bajar de sus ojos. Se abrazaron, él la cargó, le dio mil
besos por segundo. Los tres se abrazaron!!!! Al momento ella le preguntó: “abuelito Poncho, y qué me
trajiste del barco hospital?”. Poncho sonrió, la sonrisa era de amor, los ojos
le brillaban. Este momento él lo tenía presente, sabía que iba a llegar, sólo
que no se imaginó que fuera a presentarse ese día tan pronto. Con total firmeza
y entereza sacó de un bolsillo del morral, una bolsa pequeña. Se la entregó a
María Belén.
María Belén sacó de la bolsita el
regalo. Era un caballito de mar embalsamado, duro, esmaltado, con una pequeña
cadenita amarrada que terminaba en llavero. Y tenía una llave pequeña y rosada.
“Mi amor, mira, este caballito me lo hizo un amigo, llamado Manuel, en un
pequeño instante mientras solucionábamos la encallada del barco. Ahora él es
amigo tuyo también, este es tu regalo”. La emoción de la niña fue
impresionante. Momentos felices, cosas sencillas. “Gracias, abuelito Poncho, te
quiero!!” y le dio un beso en el cachete que duró muchos segundos. Había dado
en el clavo. Era el regalo perfecto. Fue la mejor sorpresa.
“Abuelito Poncho, y la llave para
qué es?”. Y Poncho le dijo: “la llave es para que cuando nos pienses, abras tu
corazón”.
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