Me encontraba hablando por la
calle con Pepín, un amigo mío, que creo es el que más me conoce, un
personificado y humanizado perro el cual les tengo que presentar, no tiene raza
porque no es de este planeta, y algunos allegados ya lo han visto por ahí dibujado
en mis cuadernos. Íbamos caminando por la calle, hablando de las múltiples
vicisitudes de la vida, de las noticias, de la política, de todo el interesante
juego de los gobiernos y la política en la vida de nuestro país. Estábamos
encorbatados. Pepín, en medio de un café y un postre de banano, me comentó
sobre una película que se había visto, dijo que había ido con Pirulina a
vérsela al Embajador, la habían pasado delicioso, comieron sánduche y palomitas;
se rieron, la pasaron delicioso, de ahí me dijo que se habían ido a rematar,
vaya usted a saber qué tanto habrán hecho. Pero al final, retomando el tema de
la película, me dijo que, si bien la había pasado rico, “no es ni punto de
comparación con el libro; el libro es mucho mejor”. Sonó la chicharra en el
soundtrack interno mío.
Usted lector, podría ponerle ahí
otro comentario similar, tal vez el que habla que “las adaptaciones
filmográficas del libro nunca serán buenas” o “uyyy, no, el autor se debe estar
retorciendo en su cripta”, o “yo me leí el libro, el cual obvio, obvio, es
mejor, la película no le da ni en los tobillos”. Me quedé mirando a Pepín,
circunspecto, miré hacia atrás, miré alrededor, pensé un rato, y me detuve. Me miré los zapatos, y me comí la uña del
dedo anular; miré mis zapatos, que por cierto eran unos estilo Oxford. Le dije
“ahh, bueno, Pepín, sigamos hablando de otros aspectos, cuéntame más bien qué
vas a hacer el viernes, al fin van de rumba?, o más bien dime qué opinas sobre
los nuevos proyectos jurídicos del ejecutivo ”. El tema se canceló y seguimos
caminando, hablando de cosas más agradables, como la política y las noticias.
En todas esas, el tema quedó olvidado.
Bueno, es que yo siempre he
pensado que no es comparable, es una conversación fútil, poner en un mismo
nivel el cine y la literatura; son dos medios que por su misma definición y
concepción en la mente, o por lo menos en mi mente, son diferentes. Una
película dura 2 horas, en 2 horas tu trance empieza y termina, a las 2 horas,
para mal o para bien, quedaste con tu rollo en la cabeza, sufriste
intensamente, reíste intensamente, la protagonista era una mamacita, o resultó
horrible, los paisajes hermosos eran las villas en Escocia, castillos, o las
calles harapientas de algún pueblo en el siglo XVII. Y bueno, se contó la
historia, con técnicas visuales, sonidos, y la premura del tiempo. Salvo
algunos casos en los que las películas se extienden a más dos horas y media, la
mayoría las logras ver en la comodidad de tu casa, un sábado o un martes en la
madrugada, en un cinema, bien sea en el Embajador o en Campanario, y con la
compañía que quieras, bien sea con la preguntona, el sabelotodo o el adivino
predictor que siempre sabe lo que pasará en la siguiente escena, y lo dice en
tono afirmativo y súper certero “este man ahí se mata”. El cine no da para que
te imagines cosas, por lo general; aunque yo sí me imagino qué pasa entre los
actores mientras almuerzan, o si se enamoran después, pero eso ya es harina de
otro costal.
Sí, es harina de otro costal. Yo
siempre me imagino qué pasa cuando gritan “corten”. Será que wolverine va y se
quita las garras al baño, se lava las manos con neko loción, y va a descansar y
a comer yupis? O siempre imagino qué pasa después del chiste de Condorito:
imaginen que ese personaje le dice algo a la suegra y ella sale para atrás y
suena “plop!!”. Ahí acaba el chiste; a mí me gustaría saber qué pasa luego, si
él de pronto le dice a la suegra “ay
perdón, discúlpeme doña tremebunda, era mentira”, o si la suegra sale corriendo
a denunciarlo al juzgado promiscuo de familia. Eso es otro tema, el cual podría
ser retomado luego, pero con la compañía de Pepín. A Pepín le gusta la revista
mixmag. Sigamos adelante.
Lo que pasa con los libros es
diferente. Tú lo empiezas poco a poco; supongamos que tiene 200 hojas; ahí no
hay adaptaciones, la película se empieza a formar en tu cabeza. Y el modo de
desglosarse no es ni mejor ni peor: es diferente; te lees 50 hojas, o con bulla
o en silencio, comiéndote un sancocho de cola, o un elegante wrap; en el bus, o
en la casa, y de nuevo vuelves a ser tú
el que lo lee, así como en el cine eras tú el que lo veía. Y te duermes
pensando e imaginándote ese hijuemadre loco qué será que va a hacer, yo lo
visualizo parecido a Lucho, o a don Enrique, o al vecino, o al tío Jaime; es
que es algo más plano, pero más constante el hecho de leer. Al otro día vuelves
a leer y se va formando la historia; hay que describir todo con palabras, no
hay de otra, en 30 hojas hay que describir una escena la cual en el cine está
ahí y dura 1 minuto. Y cuando vas acabándote la historia y ves que la parte
derecha está más delgada que la izquierda (no la del cerebro sino la del libro),
terminó todo y quedó en tu cabeza, sólo
en tu cabeza.
En tu propia mente quedó el
final, el sinsabor que dejó la separación, en tu mente quedó la imagen del
protagonista, y pues si nos vamos estrictamente a los hechos, ninguna
adaptación será buena, porque la película está en tu mente, y nadie te la podrá
plasmar cien por ciento igual.
Así que podría decir que un libro
será malo o será bueno, o le gustará o no le gustará, per se. Y la película le
gustará o no le gustará, per se. Me puede gustar una película, y no me he leído
el libro, cuál es el problema? Qué me quita, qué me pone? No haberlo leído me quita es la experiencia
de no haberlo leído, tal cual, pero no me impide ver la película, no me agrega
sesgo. Suponga lector de este blog que usted se leyó el libro, y en la película
omiten una escena que usted consideraba importante, cuál es el problema? Así lo
visualizó usted, y asá lo visualizó el director. Gozó con la película? Es lo
que importa. Nunca será cien por ciento a lo que usted preconcibe en el libro.
Y perdóneme que antes pasé de hablarle de Tú a Usted, pero es que me
emberraqué. Eso fue un chiste. Sigamos adelante.
Nunca habrá adaptaciones
perfectas. Si le gustó el libro, bien; y si sale la película, buenísimo,
véasela; y si le gustó la película, perfecto!! Puede ser alguna buena
adaptación, pero en últimas lo importante es que sea una buena película. Qué
importa que sea una buena adaptación, pero que sea una mala película? Considero
que no hay relación alguna, así como es imposible criar caballos con patos.
O como con los besos. Ay, los
besos. Qué buena cosa los besos.
Imagínese que llega un periodista y lo para en plena séptima con micrófono en
mano y le dice: “doctor, usted qué prefiere, los besos de su novia o los besos
de su hija”….Usted pensaría “bueno, los besos de mi novia me elevan a la
estratósfera, como Blake Lively, me llenan de pasión, por unos minutos, secreto
endorfinas en secreto, y produce lo que llamamos Traga”. Y por otro lado
pensaría “pero los besos de mi hija me dan otro tipo de cosquilleo, ganas de
llorar, ternura, ganas de morderle el cachete, ganas de sólo mirarla a los
ojos, otras cosas, e igual me enloquecen, y produce lo que llamamos
prueba-de-que-Dios-existe”. Tal vez al periodista usted le respondería “no sé,
no son comparables, así como las películas y los libros, querida gente del
noticiero, no son comparables, saludos a mis papás en Popayán”. Bueno, pues así
es, no es comparable.
Lo que puede quedar de estas
líneas es básicamente que si alguien me dice “viejo Jorge, no te veas esa
película, es pésima, el libro es mucho más bacano”, yo le diré “ahh, bueno,
muchas gracias, de una papá”. Y seguiré con Pepín viendo a ver dónde mecateamos
algo. Porque bien mecatero que sí es Pepín.
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