martes, 26 de marzo de 2013

Bogotá era una fiesta


Uno de estos últimos sábados fríos de la capital, anduvo Pepín viendo a una artista de música electrónica que es productora y dj. Llegó a las 12 de la noche muy en punto como la anti-cenicienta, tenía botas vino tinto y se quedó hasta las 5 y media de la mañana; a esa hora el taxi lo recogió en plena lluvia, recorrieron de vuelta un tercio de ciudad, y retornó a su morada, a dormir tranquilo. Yo me lo encontré.

Yo andaba en una tienda al lado del evento, comprando un té helado con sabor a pera. Eran las 11 y 45 de la noche y se veía gente alrededor. Empezaron a llegar los asistentes a la fiesta, con sus botas negras dr Martens, peinado rapado en las patillas y puntudo arriba, como en nuestras épocas.  Chaquetas de El Principito, gafas oscuras, gafas claras, botas de punketo, tenis Samba, camisetas desjaretadas con algún estampado de The sex pistols. Cigarros. Latas de cerveza vacías tiradas en el piso; en ese piso donde está el parqueadero del edificio donde se presentó Magda, con su seriedad y su mirada al infinito. Yo estaba ahí comiéndome un sánduche y como les dije, tomándome mi té. Esta dj es famosa, y es muy buena, por lo menos hace una música que a mí me encanta, indie house, minnimal techno, música secuenciada deliciosa, muy del corte de plastikman, de marc houle, de troy pierce, muy Minus, muy alemana; fría, seria, pero cordial, muy cordial. Y vestida de negro.

Yo tenía ganas de esa fiesta desde hace rato. A veces es delicioso ir y escuchar el beat a todo volumen; cuando uno entra y está sonando una secuencia impactante, el dj esboza una leve sonrisa, ve uno una damisela bailando con desenfado y zapatos Oxford; eso no tiene precio. Es alucinante, pero no hablemos de alucinaciones ya que en un tema tan álgido y espinoso como lo es la música electrónica o EDM (electronic dance music), si digo la palabra alucinaciones ya la gente dirá que me enloquecí, y aquí no hay nada de locura extra; sólo la locura que viene implícita con uno, la locura que uno ya lleva consigo; en una fiesta así tan llena de cosquillas musicales, no hay necesidad de nada. Es más, al interpelado se le exige más concentración que en un examen de estadística.

Y esto me lo dijo Pepín, cuando me lo encontré. Nos sentamos un rato y le pregunté qué hacía en una fiesta de estas, y él me dijo que le habían hablado muy bien de Magda, que era una buena artista, y que quería venir. Le pregunté si quería tomar algo, me dijo que no, que a él cuando venía a una fiesta tan vanguardista, no le gustaba ni siquiera prenderse. Es un personaje ese Pepín, después me dijo que qué necesidad había de prenderse en una fiesta así, ya con la música es bastante estimulante, más a más volumen, más entre más retorcidos los sonidos, más entre más puros los filtros, más cuando la mezcla entre un track y el otro se vuelve  armónica, prístina y erizante. Empezó a regarse a hablar. Habla hasta por los codos. Yo miré mi reloj, era ya la 1 am. Compré unos M y Ms y unos tostacos. Estaba haciendo frío cuando salimos de la cafetería y caminamos a la fila de la entrada, yo hice como si botara humo, y salía humo. Señal inequívoca de una noche helada.

Mientras hacíamos la fila me aclaraba que claro, que a él le gustaba tomar, claro que sí, pero no en estas fiestas; pienso lo mismo; para emborracharse hay mil; no, mil no, siete mil planes (parafraseando a un payanés memorable que le dijo a un médico de allá, también muy memorable, que sufría una rasquiña tan atroz que pareciese que no tenía siete luchas, sino siete mil luchas!!). Está el plan donde la tía, donde el tío, la fiesta de la oficina, el cumpleaños del vecino, la juerga al reunirse con amigos de la infancia, el condumio, el gravitrón al entrar a la discotheque para no pagar adentro, la reunión de la reunión, la del despecho, la del matrimonio, la de la primera comunión; en cada plan de estos me emborracho, no importa, decía Pepín, no tengo que estar pendiente de nada, abrazo a Pirulina, abrazo a Perroncho, saltamos, echamos chistes, molestamos, practicamos el arte del coquetry, tengo unos amigos que pelean, se dan puños, se cogen del cuello y dicen groserías. Esto todo está muy bien, y mira que a mí se me suelta la lengua, doy consejos y opiniones. En cambio en un dj set no hay que hacer nada de eso, es como ver una película, hay que estar metido ahí, de lleno, y claro tomar fotos, no veo necesaria una compañía, a no ser que sea alguien de tu entera confianza; No opinas eso? Me dijo Pepín. Lo pensé, lo medité, iba a hablar y me puse la mano en el mentón como el Pensador de Rodin, lo miré inquisitivamente; no sabía qué decir ante tal comentario. Le dije que bueno Pepín, está bien, te entiendo perfectamente, tú allá con tus cosas. Pero nunca había estado tan de acuerdo.

Aproveché para preguntarle qué opinaba del merengue. Y el vanidoso y melómano mas no megalómano perro me dijo que no tenía nada en contra del merengue, que porqué le preguntaba eso. Estaría preguntándole algo fuera de tono. Asumí mi pose de pensador nuevamente, sorbí té, le miré la camiseta que decía “Cleveland rocks, baby!!!!”, y corregí: lo que yo quería saber es qué opinaba el perro sobre el arte de bailar merengue.

Y a medida que avanzábamos en la fila, y momentos después que nos decomisasen los MyMs y los tostacos, alegando que adentro no se podía comer nada, me dijo al oído: Mira Jorge, el bailado del merengue es lo más interesante del mundo; yo bailo siempre con Pirulina y damos vueltas, y más vueltas, y más vueltas, y más. Al cabo de unas, qué sé yo, 100 vueltas, los dos en silencio y con mirada de cómplice decidimos en que ya está bien, y tácitamente decidimos hacer una serie de vueltas, llamada en nuestra pandilla “el ocho”, nos entretejemos, termino abrazándola, claro, no había caído en cuenta!!  hacemos como un número ocho con nuestros brazos!! Ahí procedemos a desenvolvernos y damos unas 100 vueltas más, yo cogiéndole los gorditos y ella poniéndome el brazo en el hombro. Es algo lo más de delicioso. Sobra decirte que a las 100 vueltas hacemos una leve separación, quedamos cogidos de una sola mano, y volvemos nuevamente a unirnos ad infinitum. Es un baile interesante, no como aquí que uno baila solo, como un robot autista.

Prometimos al entrar no hablar de nada, sólo asentir al momento en que ocurriera algo majestuoso. Es que no hay necesidad de hablar. Magda empezó a las 2 y 30. Yo me la pasé tomando fotos y filmando. Pepín también. Y sólo tomé coca cola y té. Nos separamos un rato,  ya que al entrar, el cúmulo de gente bailando nos empezó a distanciar.

Lo que siguió después no se puede describir, y no por lo absolutamente espectacular que haya sido o que no haya sido, sino por el hecho en sí; uno no puede escribir de música. Sólo puede escribir que escuchó música. Track sobre track, mezclas perfectas, canciones melódicas, planas, llevadas a su mínima expresión pero a su máximo goce, canciones blancas y texturas plateadas, minimalismo; y diría una palabra que creo yo es acertada: sofisticación. Pero también impotencia, porque así como uno no puede escribir lo que siente al besar, tampoco puede escribir lo que siente al oír buena música, ni en la casa, ni ahí con Magda, en ningún lado. Asentí con mi amigo, todo el tiempo, en señal de aceptación, en señal de gusto. Allá en el sitio quedaron las pulsaciones, aquí quedaron las letras que tratan de explicarle a usted.

Al salir me despedí de él,  llegué a mi casa, dormí y descansé. No recuperé mi mecato. Yo pienso que lo que me decomisaron les dará para pensar a los organizadores la necesidad de crear una sala especial, vintage pero sofisticada, donde vendan chocolates, capuchino, esencias, que huela delicioso, que haya luces blancas y robóticas y donde pueda estar plácidamente, con mis 5 sentidos, viendo al artista, bien puede ser Ellen Allien o Luciano, bien puede ser the chemical brothers o the Klaxons, sin licor ni nada de sustancias; sólo música y concentración. Un templo en el cual se sienta todo el pulsante y asfixiante sonido del beat, en su máxima expresión. Lo único malo es que, al igual que con este artículo, no se podrá expresar cien por ciento lo que se siente al ver a un artista así, sino que sólo se puede tratar de demarcar unas opiniones.  

Bogotá era una fiesta, una fiesta que nos sigue, tal y como dijo alguna vez Ernest Hemingway sobre París en su libro póstumo. Y espero que lo continúe siendo, para seguir nutriendo estas columnas, tan llenas de música que queda allá en la gente y aquí en mi mente, y que trato de plasmar aquí en estas letras.

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