Estaban en la plaza del pueblo
cuyo centro tiene calles empedradas. Ahí les tomé fotos, con el propósito de
guardar el momento, y así ya irnos tranquilos a comer waffles con nutella.
Ellas son las catecúmenas. Leí esta palabra en la guía del Sermón de las siete
palabras, en la iglesia de ese pueblo, el viernes santo; me gustó esa palabra.
Está definida como las personas neófitas que se están instruyendo en la
doctrina católica. Ellas, mis hijas, son así, neófitas, catecúmenas. Yo también
soy así. Mi ondina también lo es. Muchos lo somos en este tema de la religión;
hay muchas cosas lindas por aprender.
Esa villa de la que les hablo es
atemporal, anacrónica. Dormimos en una casa muy bonita, de dueños
tradicionales, conversadores y juiciosos en sus vidas, de patios hermosos, de
flores, de buen café, buen desayuno y pan caliente. Tres días de descanso.
A medida que íbamos caminando por
sus calles, veíamos las piedras del piso, cada una con sus formas, algunas
redondas, otra en forma de bota y otra en forma de corazón. Es delicioso
caminar donde uno no conoce, ir viendo todo lo nuevo que transcurre, comer algo
diferente, descansar en la banca, o acostarse en el prado. En esa villa
conseguimos matrioskas rusas, empanadas argentinas, cerveza Quilmes, corrientazos
de los puros criollos, focaccia italiana y chocolates alemanes. Variopintos
brochazos de culturas disímiles. Cogidos de la mano íbamos caminando.
Volviendo al tema de la religión,
quiero manifestar mi gusto por la belleza de los templos. La religión es hermana
del arte. Aquí no quiero convencer ni ofender a nadie. Amo las iglesias, y amo
a Dios. Lo que me produce ver las imágenes religiosas allá en esa villa, o en
algún otro pueblo, o en mi Popayán, es hermoso; san Juan, la Dolorosa, el
Sagrado Corazón, el niño Jesús, san Martín de Porres, Jesús, sus detalles, las
facciones, los esmaltes, los mantos, el sentimiento, el amor, su brillantez, el
dolor y la nostalgia. Esa nostalgia estuvo plasmada allá en la villa de Andrés
Díaz Venero de Leyva, una Cartagena sin mar.
Durante esos días de dolor y
pasión de Semana Santa, con el clima seco y caliente de día, visitamos nuestros
antepasados, los dinosaurios. Las catecúmenas se echaron mucha agua en el
parque de esos seres cretáceos. Sol, canoa y risas. Nos topamos también con
avestruces y llamas. Les confieso una cosa: yo pensaba que el clima de la villa
del Dr de Leyva era más frío, y que me iba a encontrar al señor gordo, bajito,
de bigote, de ruana, bipolar, o sea con dos polas en la mesa, como nos lo han
enseñado en las novelas, como nos lo enseñaron en don Chinche. Pero no. No
había tales, y debido a esa desinformación y falta de cautela, mi rostro,
cuello y extremidades superiores sufrieron un cambio de color del blanco monja
polaca al rojo pletórico de campesino redneck.
Y así transcurrieron esos días,
en algunos momentos con cortes de agua por racionamiento, ya que el Viernes
Santo hubo más lágrimas que gotas de lluvia; mucho amor paternal y conyugal,
comidas opíparas y deliciosas de mi hermoso país, helados, caminatas, gente
maravillosa que uno encuentra donde menos piensa. Ejemplo de ello fue una
artista visual, o pintora, que conocimos, muy talentosa, muy querida; tenía un
local pequeño con bonitas composiciones, y nos contaba la historia de cada una
de ellas. Posible futura amistad para la musa.
Así estuvo el que escribe, su
esposa hermosa y las dos niñas, esos dos días en Villa de Leyva. Un pueblo que
sigue manteniéndose en otra época, con un museo, el museo del Dr Acuña, que
exhibe artilugios, cuadros y elementos muy curiosos, como el periódico antiguo,
unas estatuas, y la casa como tal que es ya un recinto resquebrajado, muy
agradable para la vista y para los sentidos.
Si hay un lugar donde se siente
algo, algo remotamente parecido a lo que siento al oler el incienso o al comer
maní en Popayán en el parque Caldas un viernes Santo, ese sitio es Villa de
Leyva, ya que la atmósfera de sus iglesias y de sus conventos enmarca
solemnidad, e insisto en la nostalgia: es la evocación hacia otras épocas,
épocas en las cuales se andaba a caballo y en carrozas, había más magia y
romanticismo, había fotos en blanco y negro, cajas de música y sacolevas. Esta Semana Santa representó una oda al
pasado que algún día tuvimos, al pasado que algún día volverá.
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