jueves, 11 de abril de 2013

Los orígenes


Antes de ver este planeta Tierra poblado de lovatics, selenators, amantes inexplicables de café Tacuba y tranceros,  llegó a las inmediaciones del valle de Pubenza  Pepín; este perro era un skater consumado y soñador, que vivió en una ciudad de ese valle en la década de los 80s. Decían siempre que esa década fue una época perdida, por los vaporosos peinados de mötley crue, por los bailes de Rick Astley, por las gafas que ahora vemos pululando en los festines de la capital, y por demás estilos que consideran los puristas de la moda y de la lúdica como pésimos, perdidos,  boleta y mañé. Yo antes pensaba eso, ahora no. La década de los 80s marcó los inicios  de Sasha, de Digweed, del garaje rock, de mi amado Oasis, de las bellezas que hay ahora, de todo, de todo lo hermoso del mundo icónico actual. Todo fue gracias a los 80s,  Pepín es otro tesoro de esa década.

En enero de 1979, en un árbol de guayaba situado en un barrio de la ciudad (que les voy a contar, era Popayán) se produjo un fenómeno de lo más extraño: empezó a germinar un fruto gigante, y cayó al piso; naturalmente estaba muy maduro y se reventó al chocar con el prado. Eso fue lo que dijo doña Teresa, una habitante de dicha casa, una señora de armas tomar, ávida lectora del periódico El País, y de carácter recio pero dócil; sí, ella dijo que había visto un fruto grande reventarse; lo que no sabía era que Pepín había llegado a nuestro mundo.

Podría haber caído el óvulo fecundado del espacio, camuflado por las demás gotas de lluvia, e impregnar de su sustancia, de su ser, a los granos de tierra, que a su vez transmitieron por medio del tallo la información al árbol de guayaba, y ahí haber creado en medio de los frutos al magnánimo ser de quien les hablo; nadie lo supo. Doña Teresa estaba tan aterrada, pero luego se calmó al ver la inocencia y la dulzura en los ojos de él; estaba desprotegido; era pedestre, o sea que caminaba, siempre caminó en dos patas, y nació con sombrero y ropa. Es muy raro eso de que haya nacido con sombrero, pero qué puedo decir, eso no me compete a mí. Lo que importa es que ese sombrero ha sido motivo de inspiración para óleos con mujeres hermosas. Pepín se despidió de la señora, cogiéndole mucho cariño.

Había otra mujer que estaba en la calle sexta de la misma ciudad, a unas treinta cuadras. Estaba pintando un cuadro en su casa, una casa blanca con piso de tablero de ajedrez. Y sonó el timbre. La fámula, llamada Libia, fue a donde su matrona y le dijo que la necesitaba un personaje bastante peculiar. Ella le mandó a  decir que entrara. Pepín entró. Quedó maravillado, era como entrar a la casa  de la película Great Expectations. Era la segunda persona que conocía en el planeta tierra. Mucho gusto, me llamo Pepín; mucho gusto, me llamo Edmée.

Pepín probó el delicioso café, al tiempo que veía obras de arte alrededor. Al oír que la fámula le preguntó a la matrona si servía el entredía, Pepín se levantó y dijo que debía marcharse . Miró un cuadro impresionista  de Mary Casssat, y le dijo a la dueña del cuadro, a doña Edmée, que le había gustado mucho; misteriosa y rápidamente se despidió. Edmée se preguntó a sí misma “vaya personaje tan extraño, porqué habrá venido?”. Salió por la tremenda bajada de esa calle sexta y se perdió por entre el comercio del centro de la ciudad; también le cogió mucho cariño.

“Bueno, ya estoy aquí, qué mundo tan hermoso, qué ricas empanadas, qué bellas mujeres, qué lindos los zuecos negros, qué bacanas las patillas de ese man y qué buena música esa de giorgio moroder, desde hoy empieza mi vida con los humanos”

Caminó por el parque. Le dolía un poco el hombro izquierdo por su caída de la rama del árbol al piso. Estaba medio loco, desubicado, ya que el planeta del cual él llegó era diferente, era surreal si lo quisiéramos poner en términos humanos. Luego que nos hicimos amigos años después y pude dibujar bajo mis interpretaciones su mundo, me daría cuenta que no es que fuera tan diferente, sino que más bien la diferente era la gente que no tenía la imaginación para plasmarlo en el papel, para visualizarlo en su mente y en su corazón. Pero eso vendría después.

Pepín. Un perro que vino del espacio. O de la imaginación. Ya no sé. Por esos mismos días de 1979 nací yo, en un hospital de esa misma ciudad. Pepín me llevaba ventaja, ya conocía a dos personas del planeta Tierra, yo a ninguna. El me llevaba ventaja porque había conocido a esas dos señoras, la del árbol de guayaba y la que vivía en la calle empinada, mis dos abuelas.

Lo único que no le satisfacía del todo es que, si bien este mundo era vivible e interesante, no había nadie de su especie con quién tener coquetry o con quien pajarear. Pero era posible que él no fuera el único, que tal vez en algún otro lugar de la Tierra, estuviera otro ser como él, esperando lo mismo que él: la compañía. Difícil saberlo. Pepín iba caminando, como les dije, por las calles de la ciudad, feliz, rozagante, y llegó a visitar a alguien al hospital San José.

Aquí queda la historia en punta, pero es la punta del iceberg de la historia de Pepín. Ya lo conocen, ya se los presenté, de ahora en adelante la vida se reconstruye.

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