Antes de ver este planeta Tierra
poblado de lovatics, selenators, amantes inexplicables de café Tacuba y tranceros,
llegó a las inmediaciones del valle de
Pubenza Pepín; este perro era un skater
consumado y soñador, que vivió en una ciudad de ese valle en la década de los
80s. Decían siempre que esa década fue una época perdida, por los vaporosos
peinados de mötley crue, por los bailes de Rick Astley, por las gafas que ahora
vemos pululando en los festines de la capital, y por demás estilos que consideran
los puristas de la moda y de la lúdica como pésimos, perdidos, boleta y mañé. Yo antes pensaba eso, ahora no.
La década de los 80s marcó los inicios de Sasha, de Digweed, del garaje rock, de mi
amado Oasis, de las bellezas que hay ahora, de todo, de todo lo hermoso del
mundo icónico actual. Todo fue gracias a los 80s, Pepín es otro tesoro de esa década.
En enero de 1979, en un árbol de
guayaba situado en un barrio de la ciudad (que les voy a contar, era Popayán) se
produjo un fenómeno de lo más extraño: empezó a germinar un fruto gigante, y
cayó al piso; naturalmente estaba muy maduro y se reventó al chocar con el
prado. Eso fue lo que dijo doña Teresa, una habitante de dicha casa, una señora
de armas tomar, ávida lectora del periódico El País, y de carácter recio pero
dócil; sí, ella dijo que había visto un fruto grande reventarse; lo que no
sabía era que Pepín había llegado a nuestro mundo.
Podría haber caído el óvulo
fecundado del espacio, camuflado por las demás gotas de lluvia, e impregnar de
su sustancia, de su ser, a los granos de tierra, que a su vez transmitieron por
medio del tallo la información al árbol de guayaba, y ahí haber creado en medio
de los frutos al magnánimo ser de quien les hablo; nadie lo supo. Doña Teresa
estaba tan aterrada, pero luego se calmó al ver la inocencia y la dulzura en
los ojos de él; estaba desprotegido; era pedestre, o sea que caminaba, siempre
caminó en dos patas, y nació con sombrero y ropa. Es muy raro eso de que haya
nacido con sombrero, pero qué puedo decir, eso no me compete a mí. Lo que
importa es que ese sombrero ha sido motivo de inspiración para óleos con
mujeres hermosas. Pepín se despidió de la señora, cogiéndole mucho cariño.
Había otra mujer que estaba en la
calle sexta de la misma ciudad, a unas treinta cuadras. Estaba pintando un
cuadro en su casa, una casa blanca con piso de tablero de ajedrez. Y sonó el
timbre. La fámula, llamada Libia, fue a donde su matrona y le dijo que la
necesitaba un personaje bastante peculiar. Ella le mandó a decir que entrara. Pepín entró. Quedó
maravillado, era como entrar a la casa
de la película Great Expectations. Era la segunda persona que conocía en
el planeta tierra. Mucho gusto, me llamo Pepín; mucho gusto, me llamo Edmée.
Pepín probó el delicioso café, al
tiempo que veía obras de arte alrededor. Al oír que la fámula le preguntó a la
matrona si servía el entredía, Pepín se levantó y dijo que debía marcharse .
Miró un cuadro impresionista de Mary Casssat,
y le dijo a la dueña del cuadro, a doña Edmée, que le había gustado mucho;
misteriosa y rápidamente se despidió. Edmée se preguntó a sí misma “vaya
personaje tan extraño, porqué habrá venido?”. Salió por la tremenda bajada de
esa calle sexta y se perdió por entre el comercio del centro de la ciudad;
también le cogió mucho cariño.
“Bueno, ya estoy aquí, qué mundo
tan hermoso, qué ricas empanadas, qué bellas mujeres, qué lindos los zuecos
negros, qué bacanas las patillas de ese man y qué buena música esa de giorgio
moroder, desde hoy empieza mi vida con los humanos”
Caminó por el parque. Le dolía un
poco el hombro izquierdo por su caída de la rama del árbol al piso. Estaba
medio loco, desubicado, ya que el planeta del cual él llegó era diferente, era
surreal si lo quisiéramos poner en términos humanos. Luego que nos hicimos
amigos años después y pude dibujar bajo mis interpretaciones su mundo, me daría
cuenta que no es que fuera tan diferente, sino que más bien la diferente era la
gente que no tenía la imaginación para plasmarlo en el papel, para visualizarlo
en su mente y en su corazón. Pero eso vendría después.
Pepín. Un perro que vino del
espacio. O de la imaginación. Ya no sé. Por esos mismos días de 1979 nací yo,
en un hospital de esa misma ciudad. Pepín me llevaba ventaja, ya conocía a dos
personas del planeta Tierra, yo a ninguna. El me llevaba ventaja porque había
conocido a esas dos señoras, la del árbol de guayaba y la que vivía en la calle
empinada, mis dos abuelas.
Lo único que no le satisfacía del
todo es que, si bien este mundo era vivible e interesante, no había nadie de su
especie con quién tener coquetry o con quien pajarear. Pero era posible que él
no fuera el único, que tal vez en algún otro lugar de la Tierra, estuviera otro
ser como él, esperando lo mismo que él: la compañía. Difícil saberlo. Pepín iba
caminando, como les dije, por las calles de la ciudad, feliz, rozagante, y
llegó a visitar a alguien al hospital San José.
Aquí queda la historia en punta,
pero es la punta del iceberg de la historia de Pepín. Ya lo conocen, ya se los
presenté, de ahora en adelante la vida se reconstruye.
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