Ella entró al recinto, gracias a
que abrió la puerta con una llave que encontró tirada en el piso. Parece que ese objeto le hubiera hablado, ya
que no se sabe porqué ella iba caminando por la calle y por esas cosas de la
vida volteó a ver hacia un rincón de ladrillo, un rincón que nadie mira; ahí
estaba el pedazo dentado de metal, esperando ser recogido. Hay veces que los
objetos tienen vida propia, y esa vida propia cambiaría su vida.
En la superficie roñosa de la
llave estaba grabada en relieve una especie de torre inclinada de 8 pisos, con
columnas dóricas, de color blanco, de un estilo muy propio; ella conocía esa
construcción, sabía a dónde exactamente debía dirigirse. La intuición, gran
arma de las féminas, le hizo pensar que esa llave abriría la puerta del cuarto
principal de esa torre; para allá se fue, no sin antes asegurarse de comprar
unos víveres, unos medicamentos y recoger su trench coat de cuero rojo. El sitio
a donde se disponía ir era de clima frío y de vientos fuertes.
La gran mayoría de veces no
importan los resultados ni el objetivo, ya que estos pueden darse mucho tiempo
después o incluso podemos no verlos nunca; pero el proceso, ese sí que es
importante, el día a día en el cual se camina hasta llegar a donde queremos
llegar. Así que empezó a caminar durante largas jornadas para llegar allá.
A medida que caminaba, a veces
por llanuras, a veces por caminos empedrados y a veces por cuestas álgidas, se
encontraba y saludaba a muchos niños, ancianos, adultos, elefantes, libélulas y
mariposas con hermosos ocelos, de variados colores, impresos en sus alas. Era
gratificante ver cómo un niño asintió con la cabeza y se le quitó el sombrero
cuando la vio. Siempre sonreía, no importa que estuviera cansada o desesperada,
ya que los seres que se encontraban con ella mostraban tal actitud de amistad
que desarmaban a cualquier alma ponzoñosa.
En el trasegar de los pasos
empezó a envejecer. La sonrisa de las mujeres nunca cambia en esencia, solo
cambian sus aditamentos: una línea de expresión más demarcada, un pelo más
débil y con canas, una imperfección natural y progresiva. Pero esa energía en
su mirada era la misma; todavía era ella, todavía era bella. Un día de otoño, en
el que el viento azotaba las paredes y el cansancio azotaba las almas, llegó
por fin a su destino, a esa torre inclinada de columnas dóricas.
Del bolsillo derecho inferior del
trench coat sacó la llave. Sin embargo, antes de decidirse a entrar, sin saber
qué habría al pasar la puerta, sin saber si volvería a palpar este mundo con
todo lo bueno y malo que lo caracteriza, decidió detenerse.
Miró para atrás, para los lados y
para adelante. Sólo se oía el soplar del viento y el crujir de toda la
estructura blanca a causa del mismo. Se sentó un rato en una banca que vio
abandonada por ahí cerca, y descansó; estaba cansada de tanto caminar, estaba
sola, pero estaba feliz y realizada. Mientras estaba ahí, se le posó una
ardilla en el hombro y le causó bastante gracia ver a ese pequeño animal, no
veía un animal así desde hace veinte años.
Recordó cuando estaba con él,
cuando iban cogidos de la mano paseando por el parque, a unos pocos kilómetros
de distancia de donde se encontraba ahora, y se les posó una ardilla al frente,
con esa mirada tan pícara y ese crepitar de dientes al mascar su alimento.
Recordó también las risas de esa época, risas setenteras, cuando en pocos
segundos la ardilla se escabulló entre las ramas de un arbusto y desapareció por
completo.
Los recuerdos estaban ahí, llenos
de alegría y música; siempre recordaba, tenía en su libreta de apuntes una
frase de un periodista checo que decía lo siguiente: “Recordar es la manera de
detener el tiempo”. Cogió la llave entre sus dedos y decidida abrió la puerta.
Acto seguido, pudo divisar todo
lo que había en el recinto: un candelabro, tres óleos renacentistas, un comedor
de madera maciza sin mantel, una canastilla con frutas silvestres, servilletas
de tela fina, dos platos con su respectivo set de seis cubiertos, una jarra de
cristal llena de sangría, sangría hecha con el mejor vino tinto de la región, y
una comida deliciosa presta a ser servida.
Su rostro se inundó de lágrimas,
de esas lágrimas que brotan automáticamente al recibir un shock tan fuerte. Ahí
estaba él sonriendo y parado de manera taciturna en una esquina del lugar;
empezó a caminar lentamente, denotando un nerviosismo obvio y esperable, y le
cogió la mano. Diez segundos que pueden representar toda una eternidad
precedieron a lo que vendría después, un baile lento y acompasado, con música
pero sin palabras, con presente y mucho pasado.
El vals de fondo hablaba por sí
solo. En medio de los bemoles de Strauss, y con el contexto de los bemoles de
la vida, ella solo podía mirarlo, era imposible que él estuviera ahí, después
del accidente que había ocurrido en ese parque años atrás; un accidente que
había truncado muchos sueños, ilusiones, bailes y puntualmente una cena que
habían estado planeando durante esos días para celebrar su primer aniversario.
En la vida todo lo que debe
ocurrir ocurrirá en algún momento, tarde o temprano. Ella lo esperó estos
veinte años, y ahora estaban juntos de nuevo, en ese cielo melódico y diáfano.
“Tranquila, no digas nada, esta es la cena que te prometí, ahora tenemos todo
el tiempo del mundo para estar juntos” le dijo él. Y continuaron bailando, ella
recostada en su hombro, con toda una eternidad por delante.