Está el indigente en la calle
sentado en un costado, junto con todos sus activos de riesgo: un perro
nauseabundo de raza genérica, unos tenis negros rotos heredados de algún
muchacho que de darles tanto palo jugando fútbol los dejó abandonados, un
pantalón viejo y raído color caqui, una chaqueta larga y negra, miles de
recuerdos, varios años todavía activos, barba larga, manchas, pústulas, pelo seco
y negro, tres cajas de supermercado desarmadas malmandadamente y una bolsa de plástico
con tres envases vacíos de gaseosa, a la espera de ser vendidos en algún lado.
Mientras está el señor de mediana
edad -también es un señor- con toda su desesperanza, malos olores y dientes
aterciopelados, ahí sentado por la noche en el centro de la ciudad, ve pasar
gente de todos los colores y sabores; la mayoría lo denigra, la mayoría lo mira
mal, uno que otro se compadece, uno que otro se pregunta qué pudo haberle
pasado para llegar a ese estado: el estado de indigencia, en el que al igual
que la enfermedad, puede uno ver lo que ha sufrido con solo mirar a los ojos;
nuestras cicatrices tienen el poder de recordarnos que el pasado fue real, dicen
por ahí; las cicatrices están ahí, el sufrimiento está ahí, no importan las
razones.
El señor pudo haber sido un
miembro de las altas esferas del poder, pudo haber sido una eminencia, tal vez
lo sea, eso no importa. Ahora está ahí sumido en la más grande desesperación,
apagando fuego con gasolina.
En ese momento pasa caminando una
de las musas que son objeto de fantasías. Va ataviada con sus ornamentos, sus brazaletes
y explota tendencias masivas a lo largo de toda su indumentaria: cristales de
murano, ónix, aretes, oro, metales, carteras de cuero fino y elegancia.
Milimétricamente todo está perfecto. Su cuerpo va contoneándose en cámara
lenta, como se va difundiendo el humo de una buena pipa, sinuosamente, y pasa
cerca a esta víctima –o victimaria- del pasado.
Aquí no hay nada diferente a
instintos; el hambre que él siente desde hace dos días lo carcome por dentro.
Es un sentimiento que nunca he sentido y que sé que usted lector tampoco. Todos
queremos comer y nos dirigimos a la nevera, a la tienda de barrio, al
restaurante o a donde la señora que tiene un puesto en la esquina y compramos
un paquete de algo, un snack que nos llena; claro, habrá épocas de vacas flacas
para algunos, otros tienen épocas de vacas gordas, pero el alimento nunca nos
ha faltado. Leguminosas y tubérculos están en todos lados, podemos adquirir el
líquido perlático de la consorte del toro, término referido años atrás a la
leche, para nutrirnos. Él no. Ha comenzado el juego del hambre.
Camus dice que el hombre no es
hombre por lo que hace, sino por aquello que los escrúpulos o la vergüenza le
impiden hacer; pero en esta situación no hay escrúpulos, la definición de
hombre expresada hace años por este escritor argelino no aplica frente a lo que
en últimas somos: un animal. Y el hombre al sentir necesidad y apremio pierde
su identidad. Él no sabe qué tiene ella puesto, no tiene ni idea cómo puede
cotizarse la más mínima prenda que ella lleva, él necesita comer, él debe saciar
su apetito. La ataca, la maltrata, la roba y corre despavorido. Dejó de ser
hombre por saciar su hambre; ya posteriormente iría a vender por cualquier
monto lo que robó.
El límite entre lo que está bien
y lo que está mal se difumina cuando un ser humano está en una situación así;
somos vulnerables y lo tenemos todo. El hambre ha sido el motor que activa lo
inimaginable.
Casi todos los crímenes que
castiga la ley se deben al hambre, decía Francois René de Chateaubriand, un
político de hace dos siglos que, paradójicamente, prestó su apellido para
nombrar un delicioso plato, un delicioso corte de solomillo servido en recintos
a mantel que sacia y acaba precisamente con ese mal que él menciona como causa
de los problemas.
La vida es muy corta, venimos a
algo acá y acepto que exista toda clase de males, de carencias y de problemas,
ya que todo nos forma –o nos deforma- para bien o para mal; pero que exista
todavía el hambre y que un ser humano no tenga qué comer para por lo menos
obtener la energía mínima para caminar y para pensar es algo surreal.
En Africa sopas hechas con cartón
para exprimir al máximo alguna sustancia que mezclada con el agua hirviendo
genere algo de metabolismo en usted. En
todos los rincones del planeta personas pensando cómo alcanzar la dignidad de poder
conseguir qué comer; a pocas cuadras él atracándola a ella. Todo continúa. El
salvajismo aflora cada vez que la necesidad lo exige.
Revoluciones, independencias,
inventos, revueltas, paros y muerte. Son las consecuencias de algo tan básico y
tan complicado como el hambre. En un concurso famoso en la televisión que hubo
hace unos años, que consistía en pasar varios días con poco muy poco qué comer
y bajo el escrutinio de jueces y realización ardua de múltiples pruebas
físicas, el ganador manifestó haber
aprendido algo: que sentir hambre, hambre de verdad, hace que el ser humano se
lance al abismo, que cometa lo más atroz.
Es lo absurdo de la condición
humana, y es precisamente eso lo que nos hace humanos, animales y mortales: la
dependencia en sentido macro, no de la inteligencia ni de la integración en el
conglomerado social, sino del alimento, de algo que no nos falta pero que a
muchos sí. Bienvenidos a los juegos del
hambre.
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