jueves, 29 de agosto de 2013

Calvin y la pintura

Hay una historieta que me encantó de Calvin y Hobbes en la que este niño le pregunta al padre si antes de inventarse el color en la televisión, el mundo también era  en blanco y negro, a lo que el padre le responde que sí, muy enfrascado en su café y en su periódico, respondiéndole por salir del paso; el niño inquieto, bien inquieto como es él, se queda pensando y le dice que si eso es verdad, entonces porqué los cuadros que están pegados en la casa siempre han sido de colores; el padre gesticula el ademán universal de la turbación y la interrupción, una tos corta e insípida, llevándose la mano a la barbilla, y le dice que no, que los cuadros también eran a blanco y negro y en el mismo momento en que salió la televisión a color, se tiñeron. Una vez dicha la mentira, entre más se metía en el lodo ante las preguntas corchadoras, más debía luchar para defenderse. Metida la mano, metido el brazo. El padre nervioso miraba para todos los lados hasta que Calvin se marchó, con su tigre Hobbes, que para unos era de peluche y para él era real.

Imagino la confusión, pero la palabra del padre es ley, y en su cerebro quedó la imagen de un mundo ancestral aburridor de color blanco y negro, remplazado por uno de colores, de matices, tal y como lo vemos hoy. Nada más triste, nada más fuera de la realidad. Si así hubiera sido muchas cosas, como el enamoramiento y el placer, no existirían.

Los colores han estado siempre con nosotros, y el ser humano, además de tener la sensibilidad de captarlos y disfrutarlos, bien sea en un atardecer de cielo naranja o en un arcoíris después de una tormenta, también ha tenido la precaución, la majestuosa idea de reproducirlos en medio verificable. Agradezco aquí, en un medio verificable también, en nombre de toda la humanidad, al primero que quiso pintar su realidad: al primero que mezcló arena y múltiples elementos que veía en la naturaleza para producir algún polvillo con el cual sobre alguna piedra pudiera pintar lo que veía, por ejemplo el sol, ese astro tan inexplicable que nos calienta, o los animales que convivían con él, o su familia.

Al haber plasmado eso, modificando la realidad al ponerle su sello personal, con o sin habilidades técnicas para hacerlo, el primer pintor plasmó sentimiento; y así vendría de ahí en adelante. Es la pintura, los dibujos, los colores, todos estos mutando en el tiempo al igual que el mismo ser humano.

500 años antes de Cristo los griegos pintaron en vasijas de barro toda su mitología y todos sus rituales: los matrimonios que duraban tres días, la entrega de regalos, los entierros, la hermosa y despampanante Artemisa, los niños, los viejos, la vida. Y sin saberlo, al pintar en vasijas pesadas y sin valor intrínseco –eran solo barro, no eran de oro ni de plata- quedaron indemnes al paso de las guerras, al paso del revoltoso ser humano. Sentimientos y vida diaria en medio verificable.

Luego un muchacho pletórico en hormonas y juventud ve que el arte le emana a borbotones por la piel, y quiere plasmar para siempre a su amada; tal vez no sea muy práctico, ya que hay un poco más de progreso, el hecho de pintar en una piedra y con el dedo a su curvilínea amante; procede, a continuación, a mezclar otras sustancias y aparecen los pinceles, la acuarela, los lienzos, las telas, y los suspiros al escribir lo anterior.

Llega la mujer a la casa del pintor, se acomoda, se sienta, se desnuda y posa. El que posa se enamora. Sesiones de tres horas diarias, en las cuales mientras ella sonríe y muestra su cuerpo hermoso, el pintor va esbozando su sonrisa, a veces hierática, a veces fulgurante, o pinta su melancolía, esa felicidad de estar triste, como la definió Víctor Hugo. Apareció ahí el Renacimiento, la exaltación del ser humano, de poner en el lienzo la realidad lo más parecida posible.

Decía Botticelli que él esperaba no haber pintado para los sabios, sino para los locos, porque creía que solo ellos serían capaces de desplegar la trama que permite que sus personajes se relacionen entre sí; El nacimiento de Venus, La primavera. Cuadros que son un mundo entero, una psicología entera.

Vendrían después muchos movimientos pictóricos que, con alguna u otra técnica, con fantasías o realidades, buscaban poner en colores, líneas y trazos una serie de sentimientos, así como la literatura busca lo mismo pero por medio de caracteres. Llega el impresionismo con su realidad difusa y el manejo de la luz, con miles de ejemplos de belleza colorida; solo pondré uno en cuestión: Hermanas,de Mary Cassat, dos niñas abrazadas vestidas con manto blanco y con una expresión en sus miradas indescifrable, cariño, ternura y lozanía.

Algunos un poco más atrevidos, no contentos con ver que la realidad se podría pintar, intentaron hacer lo mismo con el paraíso onírico, los sueños, universo con más abstracciones y más vericuetos; llega Dalí con su tiempo pluscuamperfecto y Escher con sus laberintos infinitos, su juego con terceras o incluso cuartas dimensiones, dignas del más avanzado software de diseño. Me quedo corto con todo; viene lo moderno, los cómics, el abstraccionismo y el tren sigue a velocidades inimaginables. Somos pasajeros de él, de todo lo que el arte nos ofrece.


Cuán equivocada percepción del mundo se llevó Calvin; naturalmente cuando sea adulto y maduro se reirá con su padre recordando el incidente, se develará la verdad; pero tal vez no, ya que ahora que lo pienso, la pintura representa el sentimiento del autor, y puesto que Calvin también es pintura, es una caricatura tan respetable y tan representadora de sensaciones como un cuadro de Andrés de Santa María, probablemente su edad y su entorno siempre sea el mismo. Calvin nunca comentará su pasado porque siempre existirá tal y como es ahora, al igual que todas las pinturas. Nunca envejecen, nunca mueren.

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