Siempre el ser humano ha tenido
la curiosidad por saber cómo será el mundo en el futuro. Premisa inicial de la
que se desprenden infinidad de teorías y angustias; Nada más interesante que lo
desconocido, y nada más aburridor que el saber que todo está dado y que no hay
incertidumbre.
Esa curiosidad motivó a un
vikingo a explorar qué podría haber al oeste -antes sólo exploraba el este- y
así llegar a las costas de Inglaterra; citando a Eca de Queirós, este sentimiento oscila entre
lo grosero y lo sublime: sirve para fisgonear a la vecina cambiándose su ropaje
o para descubrir continentes como América. La curiosidad es un importante
combustible, a veces con mugre y a veces con alto octanaje.
Las pruebas de las ganas de saber
qué pasará están en los libros -cuando éstos empezaron a existir- pero mucho
antes ya estaba la tradición oral, el voz a voz legendario que obligaba a
aprender de memoria (con todos los errores que ese teléfono roto implicó) las
percepciones sobre la vida, las poesías y las profecías. Antes las historias se
contaban y se memorizaban.
Imagino a Lucy, la primera humana
que la paleontología menciona, en Etiopía hace millones de años, pensando y
angustiándose por saber qué vendría después, cómo cambiaría esa llanura
calurosa en la que cazaba su alimento, dormía y desarrollaba sus funciones corporales;
la imagino comunicando de alguna manera, no sé cómo, sus perspectivas a su núcleo
familiar -no había lenguaje-, viendo la imposibilidad de que hubiera algo diferente;
ya todo está creado, ya están los animales, la comida, qué más puede existir?
Vivía en su modernidad relativa.
Posteriormente vendría lo que conocemos
como Historia, y continuaron imaginándose el futuro. A la par de esto empezaron
a vaticinar el fin de todo; al oír un trueno una noche de invierno, salen a
relucir los miedos y fantasmas y alguien da un paso al frente, se apersona, se
pega en el pecho tomando el liderazgo y dice que el mundo, sí señor, se está
acabando y dejará de existir tal y como lo conocemos. Expectativa y miedo al
fin, otra característica más del adulto contemporáneo.
Surgen los profetas motivados por
el temor. Existieron también los zahoríes, que veían lo oculto; luego los
arúspices, que examinaban las entrañas de los animales para profetizar el
futuro (no más imagínense el reguero de sangre y tripas para concluir que habrá
una guerra con los mismos ingredientes escatológicos), y así sucesivamente.
En Italia existió un profeta
llamado Savonarola, que luego fue quemado en la Inquisición; construyó una red
social de muchos seguidores, aun sin existir el computador, y acabó con la
estabilidad del sistema de poder de Florencia, tan concentrado en la familia
Médicis; todo con el patrocinio de la incertidumbre.
Otros instrumentos para especular
con el fin son los números per se, esas cifras inventadas por tribus
ancestrales e impuestas por emperadores. Al ver que llegaban al año 1200, por
ejemplo, los profetas decían que el mundo acabaría. Cómo? No sé, pero todo
acabaría. Y así con el año 1300, 1400, etc. En el mercado financiero los
niveles cerrados (1900 ó 1800 ó 7,00) implican la ruptura o comienzo de alguna
tendencia; así es con la vida. Cada nuevo milenio, década o año trae nueva
energía, e involucra rituales. No más acuérdense del año 2000, la gran
celebración que hubo, el Y2K y demás.
Miles de casos así, hasta que
llegamos a la modernidad, nuestra modernidad relativa. La gente se sigue
matando para no morir; el locuaz Nicolás Gómez Dávila a principio del siglo XX
dijo que la sociedad del futuro sería una esclavitud sin amos. Algo tiene de
razón. Incluso mi padre, una vez que le pregunté sobre cómo seríamos dentro de
100 años, dijo que todo sería igual, sólo con más pobreza y más problemas, con
los mismos humanos, sus angustias y su alegría, que siempre al inicio de cada
año habría profetas que vaticinan un atentado contra el Papa y un terremoto; el
mundo siempre será igual, sólo con más gente y más tecnología. Las cosas
cambian, lo que antes eran monarcas déspotas ahora son corruptos, también
déspotas; sólo hay cambios en las apariencias, no en la esencia.
Creemos que esa modernidad es
exclusiva de nosotros, pero no es así. Nuestro entorno era algo impensable hace
100 años pero causará gracia dentro del mismo tiempo, pronto esta modernidad
será una época primitiva en los libros de historia. Hoy puede haber un
taumaturgo diciendo que el fin se aproxima, siempre con el mismo cuento; seguirán
saliendo películas y libros con temas futuristas, en ese territorio en el que
todo es permitido; el miedo y la incertidumbre continúan, echando carbones a la
hoguera de la humanidad.
Por mi lado encuentro fascinante
imaginar el futuro, y cree uno que ahora está todo inventado, así como creyó un
indígena paez hace 200 años, o así como creyó Lucy. Pero nada está escrito, o
más bien todo está escrito, sino que no sabemos dónde. Cómo será la música? No tengo
la menor idea, me hice esta pregunta hace 20 años sobre cómo sería cuando fuera
adulto, y nunca imaginé todo lo que hay ahora: el espectro es gigante.
El mundo siempre será triste y
feliz, justo e injusto, primitivo y sofisticado; ahí navegamos, depende qué
lado de la balanza quiera agarrar uno. Me encanta estar viviendo y estar
expectante, no del presente continuo,
sino del futuro progresivo. Esa es mi modernidad relativa.
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