jueves, 22 de agosto de 2013

La modernidad relativa

Siempre el ser humano ha tenido la curiosidad por saber cómo será el mundo en el futuro. Premisa inicial de la que se desprenden infinidad de teorías y angustias; Nada más interesante que lo desconocido, y nada más aburridor que el saber que todo está dado y que no hay incertidumbre.

Esa curiosidad motivó a un vikingo a explorar qué podría haber al oeste -antes sólo exploraba el este- y así llegar a las costas de Inglaterra; citando a  Eca de Queirós, este sentimiento oscila entre lo grosero y lo sublime: sirve para fisgonear a la vecina cambiándose su ropaje o para descubrir continentes como América. La curiosidad es un importante combustible, a veces con mugre y a veces con alto octanaje.

Las pruebas de las ganas de saber qué pasará están en los libros -cuando éstos empezaron a existir- pero mucho antes ya estaba la tradición oral, el voz a voz legendario que obligaba a aprender de memoria (con todos los errores que ese teléfono roto implicó) las percepciones sobre la vida, las poesías y las profecías. Antes las historias se contaban y se memorizaban.

Imagino a Lucy, la primera humana que la paleontología menciona, en Etiopía hace millones de años, pensando y angustiándose por saber qué vendría después, cómo cambiaría esa llanura calurosa en la que cazaba su alimento, dormía y desarrollaba sus funciones corporales; la imagino comunicando de alguna manera, no sé cómo, sus perspectivas a su núcleo familiar -no había lenguaje-, viendo la imposibilidad de que hubiera algo diferente; ya todo está creado, ya están los animales, la comida, qué más puede existir? Vivía en su modernidad relativa.

Posteriormente vendría lo que conocemos como Historia, y continuaron imaginándose el futuro. A la par de esto empezaron a vaticinar el fin de todo; al oír un trueno una noche de invierno, salen a relucir los miedos y fantasmas y alguien da un paso al frente, se apersona, se pega en el pecho tomando el liderazgo y dice que el mundo, sí señor, se está acabando y dejará de existir tal y como lo conocemos. Expectativa y miedo al fin, otra característica más del adulto contemporáneo.

Surgen los profetas motivados por el temor. Existieron también los zahoríes, que veían lo oculto; luego los arúspices, que examinaban las entrañas de los animales para profetizar el futuro (no más imagínense el reguero de sangre y tripas para concluir que habrá una guerra con los mismos ingredientes escatológicos), y así sucesivamente.

En Italia existió un profeta llamado Savonarola, que luego fue quemado en la Inquisición; construyó una red social de muchos seguidores, aun sin existir el computador, y acabó con la estabilidad del sistema de poder de Florencia, tan concentrado en la familia Médicis; todo con el patrocinio de la incertidumbre.

Otros instrumentos para especular con el fin son los números per se, esas cifras inventadas por tribus ancestrales e impuestas por emperadores. Al ver que llegaban al año 1200, por ejemplo, los profetas decían que el mundo acabaría. Cómo? No sé, pero todo acabaría. Y así con el año 1300, 1400, etc. En el mercado financiero los niveles cerrados (1900 ó 1800 ó 7,00) implican la ruptura o comienzo de alguna tendencia; así es con la vida. Cada nuevo milenio, década o año trae nueva energía, e involucra rituales. No más acuérdense del año 2000, la gran celebración que hubo, el Y2K y demás.

Miles de casos así, hasta que llegamos a la modernidad, nuestra modernidad relativa. La gente se sigue matando para no morir; el locuaz Nicolás Gómez Dávila a principio del siglo XX dijo que la sociedad del futuro sería una esclavitud sin amos. Algo tiene de razón. Incluso mi padre, una vez que le pregunté sobre cómo seríamos dentro de 100 años, dijo que todo sería igual, sólo con más pobreza y más problemas, con los mismos humanos, sus angustias y su alegría, que siempre al inicio de cada año habría profetas que vaticinan un atentado contra el Papa y un terremoto; el mundo siempre será igual, sólo con más gente y más tecnología. Las cosas cambian, lo que antes eran monarcas déspotas ahora son corruptos, también déspotas; sólo hay cambios en las apariencias, no en la esencia.

Creemos que esa modernidad es exclusiva de nosotros, pero no es así. Nuestro entorno era algo impensable hace 100 años pero causará gracia dentro del mismo tiempo, pronto esta modernidad será una época primitiva en los libros de historia. Hoy puede haber un taumaturgo diciendo que el fin se aproxima, siempre con el mismo cuento; seguirán saliendo películas y libros con temas futuristas, en ese territorio en el que todo es permitido; el miedo y la incertidumbre continúan, echando carbones a la hoguera de la humanidad.

Por mi lado encuentro fascinante imaginar el futuro, y cree uno que ahora está todo inventado, así como creyó un indígena paez hace 200 años, o así como creyó Lucy. Pero nada está escrito, o más bien todo está escrito, sino que no sabemos dónde. Cómo será la música? No tengo la menor idea, me hice esta pregunta hace 20 años sobre cómo sería cuando fuera adulto, y nunca imaginé todo lo que hay ahora: el espectro es gigante.


El mundo siempre será triste y feliz, justo e injusto, primitivo y sofisticado; ahí navegamos, depende qué lado de la balanza quiera agarrar uno. Me encanta estar viviendo y estar expectante, no del  presente continuo, sino del futuro progresivo. Esa es mi modernidad relativa.

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