Don
José Jaramillo vivía en las inmediaciones rurales de un pueblo, metido en el
corazón colombiano: el municipio de Belén de Umbría, allá en el departamento de
Risaralda. Este municipio es un bello sitio, a dos mil metros sobre el nivel
del mar, donde se cultiva café, un café delicioso, tostado y humeante, que se
vende muy bien y tiene ciertas características especiales que le dan un sabor
diferente. Resulta que don José había vivido siempre allá, a 75 kilómetros de
Pereira, lo cual se podría traducir a hora y media en yipao por la trocha, o a
tres en caballo por en medio de los paisajes, de los cultivos de ese grano rojo
que impulsó la economía de toda esa región. Para él, la distancia era expresada
en dos tabacos, consumidos éstos de la cabeza a los pies, esparcido su humo
lenta o rápidamente de acuerdo al viento que se estuviese presentando, o de acuerdo
a la premura con la que don José quisiera echar las bocanadas.
Él
tenía que ir una vez al mes en promedio a Pereira, por cuestiones netamente
laborales; debía llevar los granos de café, debía pagar sus cuentas, sus
impuestos, debía hacer cosas en la capital, en la Perla del Otún. Pero la
última vez esos dos tabacos de duración del trayecto estuvieron acompañados por
la presencia de unos señores desconocidos, que parecían de otra ciudad. Lo observaban
fijamente a él, y solamente a él. Eran dos señores muy bien vestidos, de
corbata, de aproximadamente 40 años y peinado de lado.
Han
transcurrido 65 abriles desde que doña Mariela dio a luz a este cafetero
trabajador y amoroso. Ahora en la actualidad, si bien él no está calvo, tiene
un pelo blanco y escaso, el cual peina para atrás. No existía nadie entre todos
los belumbrenses que fuera más hospitalario que él, nadie podía hacer más y
mejores bromas que él, nadie trabajaba con ese fulgor. Era conocido en el
pueblo, compartía con la gente y todos lo saludaban; un campesino que se había
forjado con el sudor de la frente y la mugre en las manos; sus padres estaban
seguramente en el cielo y vivía felizmente casado con doña Amparo, una
campesina de ojos claros, de una vereda cercana. Aplica aquí a la perfección el
adagio de que detrás de un gran hombre hay una gran mujer.
El
amor y la chispa que generan los corazones cuando se juntan produce retoños, y
en este caso, los 35 años de casados de esta pareja dieron dos hijos, ya
adultos en este momento: Tomás y María. Todos
vivían en el único activo que tenía don José: una casa muy bonita, bucólica, cafetera,
pequeña, en la montaña, con fogón de leña, ahora con acueducto, con el valor de
saber que todo se fue haciendo poco a poco.
En
esta casa, que tenía un corredor lleno de orquídeas, vivía la pareja con sus
dos hijos ya mencionados, y una nieta, hija de Tomás, llamada Teresa, a quien
don José había acordado acoger como suya
debido a la ausencia de su madre. Lo bonito de toda esta dinámica familiar era
la cooperación: cada quien tenía una función. Teresa ayudaba a lavar platos,
los dos hijos se encargaban de las frutas y las verduras, don José llevaba la
carne, y doña Amparo ayudaba con el aseo.
Había
dicho antes que el único bien que tenía don José era esa casa, pero me faltó
mencionar otro bien: el corazón, ese corazón que latía por ellos, que lo
motivaba a levantarse todos los días, con el cual bailaba la guabina y el
pasillo lento, con el cual jugaba con la nieta, ladera abajo. Un corazón que
compartía con todo el mundo, hasta con un grupo de cuatro amigos, amigos de
toda la vida, con quienes se reunía a veces para jugar fútbol y hablar
cháchara. Todo esto podría resumir su vida.
Cuando
iba caminando por su hermoso pueblo, hace pocos días, volvió a ver a los dos
señores elegantes. Ellos le pidieron el favor, de manera amable y nuevamente
distante, de ir a la plaza del pueblo el día domingo porque lo necesitaban,
argumentándole que iba a ser una sorpresa. Él notó misterio, más no
desconfianza; su corazón no conocía la desconfianza. Dijo que allá estaría a
las 3pm según lo acordado. Su timidez inicial se transformó en transparencia y
calidez. Le empezaron a llegar imágenes a su mente y cayó en cuenta que los
había visto varias veces, atisbándole, en todas sus labores diarias, desde hace
varias semanas atrás.
Esa
transparencia hizo que sus jornaleros rasos, a quienes él coordinaba
diariamente en el sembrado de café, de propiedad de una empresa risaraldense,
no lo consideraran su jefe, sino su amigo. Don José siempre llegaba y los
saludaba efusivamente, trataba de decir alguna broma, algún comentario que
pudiera relajar la tensión, llevaba café (umm, de ese café que sólo allá se
consigue) en un termo blanco de tapa negra preparado por doña Amparo, les
ofrecía, comían arepa, tomaban jugo de naranja, y empezaban ahí la jornada. Siempre
estaba con actitud de trabajo, con fuerza, metido en el campo, dando lo mejor
de sí y promulgando lo mejor a los demás.
Los
jornaleros vivían asombrados de cómo él, siendo su jefe y ganando un poco más
que ellos, podía ser de ese talante: “es una gran persona”, decía uno de ellos.
Tenía el don de liderar con amor y humildad a su grupo sin recurrir a la fuerza
que podría utilizar perfectamente, debido a su poder por ser la autoridad. Trabajaban,
tomaban cerveza a veces, comían chicharrón en el puestico de don Luis, y
estaban muy contentos con él, su jefe, su amigo, don José, quien veía a todos
por igual, a todos con la vara de la comprensión y del humanismo.
A
don José le pagaban el día; no recibía un emolumento pecuniario mensual, sino
en efectivo diario. Con eso doña Amparo distribuía, con las prioridades reales,
la vida diaria; esas prioridades que sólo las esposas saben administrar, y
siempre con tesón, sacrificio y esfuerzo conseguían poco a poco sus objetivos:
Ampliaron su casa y los hijos pudieron estudiar; una vez a la semana, los
domingos, cocinaban un gran almuerzo con gallina, aguardiente, fríjoles y cerdo,
e invitaban a unos cuantos vecinos; la nieta era feliz y nunca le faltó un par
de zapatos, tenía juguetes, y así seguía la vida.
Las
cosas que uno hace, uno cree que nadie las ve. Pero Dios está siempre por ahí
dándose cuenta de todo.
Esas
guabinas que con tanta emoción bailaba don José en las fiestas decembrinas
hicieron que, durante una vuelta mal dada en la pista de baile afuera de su
casa, se molestara el tendón del tobillo, cuatro meses atrás. De ahí en
adelante, él quedaría con una cojera incipiente en su pie derecho que le
impediría ser tan activo como antes; pero esto simplemente le disminuyó un poco
de velocidad a la vida, ya que las actividades seguían siendo las mismas: los
juegos con la nieta, su trabajo, sus bailes con doña Amparo y los diálogos con
sus hijos hasta altas horas de la noche. Este hecho motivó a don José a hacer
una pausa y a tomar las cosas con más calma de aquí en adelante en sus 65 años.
“Para qué a mí, una persona del campo, más
común y corriente pa’ dónde, sin nada de riquezas materiales, sin papeles en el
gobierno, sin poder ni apellido, para qué me necesitan?”. Lo anterior se lo
preguntaba siempre don José, a medida que iba caminando el domingo hacia la
plaza, junto con su familia. “No sabría decirle abuelo”, decían todos muy
circunspectos e indiferentes.
Llegó
el día. Los belumbrenses estaban muy aglutinados en dicho recinto y sonaba
bambuco a todo volumen. Por cada dos adultos había un joven y un niño, todos
sonrientes y sencillos, mirando la tarima, la pantalla gigante, oyendo la
música y comiendo alguna delicia típica.
Don
José, que ya de por sí era buen jefe, con el sentido de la cooperación y del
liderazgo esenciales; buen padre, estableciendo las prioridades de lo que en
últimas es importante en la vida y dándoles siempre raíces y alas; buen abuelo,
dando cariño y proporcionando alcahuetería; como si esto no fuera suficiente,
don José tenía claro en su corazón, en ese bien el más magnánimo, el ímpetu por
su patria, siempre sacaba la bandera raída todas las fechas nacionales; se
emocionaba a las 6 de la tarde cuando oía en la radio el himno (en esa radio
vieja de cuatro pilas y antena desplegable); sabía que su país es una tierra
querida, himno de fe y armonía, una armonía que él trataba de llevar en todos
los avatares de su existencia.
“Oiga
mija, y porqué hay tanta gente en la plaza hoy? Parece que hoy nadie se quedó
adentro en sus casas, todos están disfrutando de este sol y esta brisa!”. La
música sonaba, la guabina se bailaba por unas 20 parejas de adultos, la gente
estaba muy sonriente; era un día muy feliz, y era domingo, día perfecto para
usar el sombrero clásico, herencia de su abuelo, y su vestido café oscuro con
pañuelo blanco que, si bien hacía calor, daba orgullo y placer lucir.
La
gente empezó a llorar de la emoción, don José preguntándose porqué, a medida
que los dos señores, muy a las 3pm en punto, se acercaron al recinto, elegantes
con gafas oscuras, montados en una tarima. Haciendo un breve saludo al público,
le sonrieron, hablaron un rato y citaron unas palabras que decían así: “el
mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más
próximo”. Todo el mundo aplaudía, sonaba pólvora, música, risas, Belén de
Umbría era una fiesta. Todos lo miraron a él, a don José, el personaje según él
común y corriente. Pero un gran personaje, de gran corazón, para todo el resto
del pueblo. Subió a la tarima y su familia lloraba.
“Felicitaciones,
usted ha ganado el premio”, decían los dos señores que lo habían estado
siguiendo todas estas semanas, analizando su vida, su forma de ser, su carisma,
su esfuerzo y su fuerza en el corazón. Reunía todos los requisitos. Segundos
después, don José agradeció, dedicó el premio a todo su pueblo, a Dios y a su
familia. Ese día todo fue alegría y celebración más que merecida. Sí, don José ganó el premio al Gran Colombiano, un premio que también dedica a usted
porque incluso usted también está en su corazón.
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