jueves, 19 de septiembre de 2013

Don José

Don José Jaramillo vivía en las inmediaciones rurales de un pueblo, metido en el corazón colombiano: el municipio de Belén de Umbría, allá en el departamento de Risaralda. Este municipio es un bello sitio, a dos mil metros sobre el nivel del mar, donde se cultiva café, un café delicioso, tostado y humeante, que se vende muy bien y tiene ciertas características especiales que le dan un sabor diferente. Resulta que don José había vivido siempre allá, a 75 kilómetros de Pereira, lo cual se podría traducir a hora y media en yipao por la trocha, o a tres en caballo por en medio de los paisajes, de los cultivos de ese grano rojo que impulsó la economía de toda esa región. Para él, la distancia era expresada en dos tabacos, consumidos éstos de la cabeza a los pies, esparcido su humo lenta o rápidamente de acuerdo al viento que se estuviese presentando, o de acuerdo a la premura con la que don José quisiera echar las bocanadas.

Él tenía que ir una vez al mes en promedio a Pereira, por cuestiones netamente laborales; debía llevar los granos de café, debía pagar sus cuentas, sus impuestos, debía hacer cosas en la capital, en la Perla del Otún. Pero la última vez esos dos tabacos de duración del trayecto estuvieron acompañados por la presencia de unos señores desconocidos, que parecían de otra ciudad. Lo observaban fijamente a él, y solamente a él. Eran dos señores muy bien vestidos, de corbata, de aproximadamente 40 años y peinado de lado.

Han transcurrido 65 abriles desde que doña Mariela dio a luz a este cafetero trabajador y amoroso. Ahora en la actualidad, si bien él no está calvo, tiene un pelo blanco y escaso, el cual peina para atrás. No existía nadie entre todos los belumbrenses que fuera más hospitalario que él, nadie podía hacer más y mejores bromas que él, nadie trabajaba con ese fulgor. Era conocido en el pueblo, compartía con la gente y todos lo saludaban; un campesino que se había forjado con el sudor de la frente y la mugre en las manos; sus padres estaban seguramente en el cielo y vivía felizmente casado con doña Amparo, una campesina de ojos claros, de una vereda cercana. Aplica aquí a la perfección el adagio de que detrás de un gran hombre hay una gran mujer.

El amor y la chispa que generan los corazones cuando se juntan produce retoños, y en este caso, los 35 años de casados de esta pareja dieron dos hijos, ya adultos en este momento: Tomás y María.  Todos vivían en el único activo que tenía don José: una casa muy bonita, bucólica, cafetera, pequeña, en la montaña, con fogón de leña, ahora con acueducto, con el valor de saber que todo se fue haciendo poco a poco.

En esta casa, que tenía un corredor lleno de orquídeas, vivía la pareja con sus dos hijos ya mencionados, y una nieta, hija de Tomás, llamada Teresa, a quien don José había acordado  acoger como suya debido a la ausencia de su madre. Lo bonito de toda esta dinámica familiar era la cooperación: cada quien tenía una función. Teresa ayudaba a lavar platos, los dos hijos se encargaban de las frutas y las verduras, don José llevaba la carne, y doña Amparo ayudaba con el aseo.

Había dicho antes que el único bien que tenía don José era esa casa, pero me faltó mencionar otro bien: el corazón, ese corazón que latía por ellos, que lo motivaba a levantarse todos los días, con el cual bailaba la guabina y el pasillo lento, con el cual jugaba con la nieta, ladera abajo. Un corazón que compartía con todo el mundo, hasta con un grupo de cuatro amigos, amigos de toda la vida, con quienes se reunía a veces para jugar fútbol y hablar cháchara. Todo esto podría resumir su vida.

Cuando iba caminando por su hermoso pueblo, hace pocos días, volvió a ver a los dos señores elegantes. Ellos le pidieron el favor, de manera amable y nuevamente distante, de ir a la plaza del pueblo el día domingo porque lo necesitaban, argumentándole que iba a ser una sorpresa. Él notó misterio, más no desconfianza; su corazón no conocía la desconfianza. Dijo que allá estaría a las 3pm según lo acordado. Su timidez inicial se transformó en transparencia y calidez. Le empezaron a llegar imágenes a su mente y cayó en cuenta que los había visto varias veces, atisbándole, en todas sus labores diarias, desde hace varias semanas atrás.

Esa transparencia hizo que sus jornaleros rasos, a quienes él coordinaba diariamente en el sembrado de café, de propiedad de una empresa risaraldense, no lo consideraran su jefe, sino su amigo. Don José siempre llegaba y los saludaba efusivamente, trataba de decir alguna broma, algún comentario que pudiera relajar la tensión, llevaba café (umm, de ese café que sólo allá se consigue) en un termo blanco de tapa negra preparado por doña Amparo, les ofrecía, comían arepa, tomaban jugo de naranja, y empezaban ahí la jornada. Siempre estaba con actitud de trabajo, con fuerza, metido en el campo, dando lo mejor de sí y promulgando lo mejor a los demás.

Los jornaleros vivían asombrados de cómo él, siendo su jefe y ganando un poco más que ellos, podía ser de ese talante: “es una gran persona”, decía uno de ellos. Tenía el don de liderar con amor y humildad a su grupo sin recurrir a la fuerza que podría utilizar perfectamente, debido a su poder por ser la autoridad. Trabajaban, tomaban cerveza a veces, comían chicharrón en el puestico de don Luis, y estaban muy contentos con él, su jefe, su amigo, don José, quien veía a todos por igual, a todos con la vara de la comprensión y del humanismo.

A don José le pagaban el día; no recibía un emolumento pecuniario mensual, sino en efectivo diario. Con eso doña Amparo distribuía, con las prioridades reales, la vida diaria; esas prioridades que sólo las esposas saben administrar, y siempre con tesón, sacrificio y esfuerzo conseguían poco a poco sus objetivos: Ampliaron su casa y los hijos pudieron estudiar; una vez a la semana, los domingos, cocinaban un gran almuerzo con gallina, aguardiente, fríjoles y cerdo, e invitaban a unos cuantos vecinos; la nieta era feliz y nunca le faltó un par de zapatos, tenía juguetes, y así seguía la vida.

Las cosas que uno hace, uno cree que nadie las ve. Pero Dios está siempre por ahí dándose cuenta de todo.

Esas guabinas que con tanta emoción bailaba don José en las fiestas decembrinas hicieron que, durante una vuelta mal dada en la pista de baile afuera de su casa, se molestara el tendón del tobillo, cuatro meses atrás. De ahí en adelante, él quedaría con una cojera incipiente en su pie derecho que le impediría ser tan activo como antes; pero esto simplemente le disminuyó un poco de velocidad a la vida, ya que las actividades seguían siendo las mismas: los juegos con la nieta, su trabajo, sus bailes con doña Amparo y los diálogos con sus hijos hasta altas horas de la noche. Este hecho motivó a don José a hacer una pausa y a tomar las cosas con más calma de aquí en adelante en sus 65 años.

 “Para qué a mí, una persona del campo, más común y corriente pa’ dónde, sin nada de riquezas materiales, sin papeles en el gobierno, sin poder ni apellido, para qué me necesitan?”. Lo anterior se lo preguntaba siempre don José, a medida que iba caminando el domingo hacia la plaza, junto con su familia. “No sabría decirle abuelo”, decían todos muy circunspectos e indiferentes.

Llegó el día. Los belumbrenses estaban muy aglutinados en dicho recinto y sonaba bambuco a todo volumen. Por cada dos adultos había un joven y un niño, todos sonrientes y sencillos, mirando la tarima, la pantalla gigante, oyendo la música y comiendo alguna delicia típica.

Don José, que ya de por sí era buen jefe, con el sentido de la cooperación y del liderazgo esenciales; buen padre, estableciendo las prioridades de lo que en últimas es importante en la vida y dándoles siempre raíces y alas; buen abuelo, dando cariño y proporcionando alcahuetería; como si esto no fuera suficiente, don José tenía claro en su corazón, en ese bien el más magnánimo, el ímpetu por su patria, siempre sacaba la bandera raída todas las fechas nacionales; se emocionaba a las 6 de la tarde cuando oía en la radio el himno (en esa radio vieja de cuatro pilas y antena desplegable); sabía que su país es una tierra querida, himno de fe y armonía, una armonía que él trataba de llevar en todos los avatares de su existencia.

“Oiga mija, y porqué hay tanta gente en la plaza hoy? Parece que hoy nadie se quedó adentro en sus casas, todos están disfrutando de este sol y esta brisa!”. La música sonaba, la guabina se bailaba por unas 20 parejas de adultos, la gente estaba muy sonriente; era un día muy feliz, y era domingo, día perfecto para usar el sombrero clásico, herencia de su abuelo, y su vestido café oscuro con pañuelo blanco que, si bien hacía calor, daba orgullo y placer lucir.

La gente empezó a llorar de la emoción, don José preguntándose porqué, a medida que los dos señores, muy a las 3pm en punto, se acercaron al recinto, elegantes con gafas oscuras, montados en una tarima. Haciendo un breve saludo al público, le sonrieron, hablaron un rato y citaron unas palabras que decían así: “el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo”. Todo el mundo aplaudía, sonaba pólvora, música, risas, Belén de Umbría era una fiesta. Todos lo miraron a él, a don José, el personaje según él común y corriente. Pero un gran personaje, de gran corazón, para todo el resto del pueblo. Subió a la tarima y su familia lloraba.

“Felicitaciones, usted ha ganado el premio”, decían los dos señores que lo habían estado siguiendo todas estas semanas, analizando su vida, su forma de ser, su carisma, su esfuerzo y su fuerza en el corazón. Reunía todos los requisitos. Segundos después, don José agradeció, dedicó el premio a todo su pueblo, a Dios y a su familia. Ese día todo fue alegría y celebración más que merecida. Sí, don José ganó el premio al Gran Colombiano, un premio que también dedica a usted porque incluso usted también está en su corazón.


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