jueves, 26 de diciembre de 2013

Ella adaptándose

Esta señora está totalmente conectada con el mundo. En cincuenta años ocurren muchas cosas que, si bien representan bastante tiempo, mirándolo como un todo tiene mayor relevancia en esta actualidad, en esta modernidad relativa, en la que todo es más rápido y donde los avances se ven más latentes.

Ella era una niña en el año 1960, fue criada con música de Gigliola Cinquetti, vivía en una ciudad pequeña, no existía la televisión, o más bien apenas hacía su entrada en el mundo del entretenimiento personal y familiar. Eran tiempos de calma, para algunos los mejores, para otros los peores, pero no hay modo de comparar.

Antes había más sosiego pero menos analgésicos, más expectativas de ver paisajes pero menos expectativa de vida, menos tecnología pero menos viajes. Viajar a Europa era solo para algunos, las trochas hacia las fincas significaban humo y mareos, pero las flores de los parques circundantes expedían olores y fragancias incitadores a la sensualidad. Humanidad de contrastes.

En todo este entorno, en el pasado, ella creció. A veces en su colegio femenino se escapaban a ver la novela de moda, en esa televisión traída a su ciudad pocos meses atrás, y abrumada por la tecnología se disponía, junto con sus hermanas, a ver tal historia de amor, engaños y traiciones. Como todas las telenovelas, como siempre ha sido. Al acabarse el segmento de entretenimiento volvían al colegio, a veces siendo descubiertas, a veces no, y continuaba sus labores escolares, en una academia marcada por el rigor, la disciplina y el miedo.

El tiempo va pasando y tal niña ya no es una niña. Sigue el teléfono fijo, adalid de amores e ilusiones juveniles, la espera eterna a que el hombre de sus sueños la llame y la invite a salir, claro está, con la aceptación de la familia, para evitar hacerlo a escondidas. Están las fiestas, el rock and roll, está Jeanette en su máximo apogeo y están las ilusiones sobre qué vendrá y cuántos hijos tendrá, si el amor tocará a su puerta o si simplemente dará una vuelta cercana y se devolverá.

Son ilusiones que existen siempre. La televisión ya deja de ser una retahíla de imágenes, unas novelescas y otras educativas básicas, para convertirse en un ente a color, un aparato que traería conciertos, películas, información de otro mundo, para empezar a abrir los horizontes y darse cuenta que no estamos viendo solamente algo irreal: allá afuera, cruzando el mar, ocurren cosas, hay otras culturas, hay otros pensamientos y otras tendencias. La actualización la hace el ser humano, ya sería impensable volver a ver algo a blanco y negro. El color habría llegado para quedarse.

En su ciudad, pequeña y a veces monótona, los cambios se dan a flor de piel en vestuarios, peinados y zapatos. Vienen los setentas, los ochentas, músicas cambiantes, revolución sexual, píldoras, Beatles, Stones, San Remo y el alma define los perfiles. Le gusta esto, le disgusta aquello, así como su hermana puede preferir lo contrario, sus otras hermanas pueden aparentar indiferencia y así sucesivamente con amigas, compañeras y vecinas. El alma vuela junto con el cuerpo, nacen hijos, el paso es más lento, cambian las prioridades, hay que trabajar, hay que inmiscuirse en un horario para tener salud y en los ratos libres puede pintar, dejando flotar su imaginación en un campo de nubes.

Mientras todo esto pasa la tecnología avanza. Aparecen los teléfonos en los carros -gran lujo e innovación- y aparecen los celulares. Gigantes con juegos básicos, con la posibilidad de hablarle a alguien estando de compras en un supermercado y con la posibilidad de mandar un mensaje de texto desde la fila de un banco. Llaman, es la modernidad. Sería impensable ahora depender solamente de un teléfono fijo habiendo un grupo de creativos diseñado algo tan práctico.

Esta señora de quien les hablo mira su dispositivo ahora. Sigue siendo portátil pero ahora es a color, es liviano, tiene fotos instantáneas, con flash o sin flash, con efectos especiales de filtros o planas en efectos. O incluso en blanco y negro. Lo antes impensable vuelve a ser pensable, incluso añora las fotos con estas características aduciendo un mayor romanticismo y nostalgia evocadora.

La foto podrá ser compartida, mientras bajo un sistema de mensajería instantánea manda una cara de insatisfacción por algún hecho desagradable a alguna amiga suya que está pasando ese océano, en un lugar que la  televisión mostraba lejano hace varios años. La adaptación se hace y a veces no se percata de ello. A veces en reuniones familiares sí lo hace e insta a sus allegados a recordar los momentos en los que no había nada de estas facilidades instantáneas, tecnológicas y comunicativas.

Así pasan los años, y ella se adapta. Pone un like a alguna foto de su cantante favorito, trina sobre lo que no le gusta del político de moda, pone una foto de su postre, con filtros claro está, en otra de las tantas redes sociales. Su mente está clara, su aprendizaje va de la mano con el floreciente desarrollo. Así vamos todos, corriendo detrás o al lado de tantas posibilidades que tenemos de comunicarnos.


Incluso esta señora, en momentos de máxima erudición con las redes sociales, en momentos máximos de elaboración de multitareas, teniendo a sus espaldas todas las herramientas, le pone like a un video de los años 60 de Gigliola Cinquetti en blanco y negro, extraído pocas semanas antes de la televisión que ella vio nacer en su ciudad natal. Junto a su nieta que ahora la mira.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Tránsito hacia la familia

El aeropuerto es un sitio donde se juntan varias historias siempre, y con más ahínco ahora en el ocaso, en el ocaso de este año que cierra su existencia sacando su último cartucho que le queda: la navidad. Es imposible no mencionarla, quedarse indiferente ante la movilización de tropas de niños, de jóvenes y de adultos hacia sus tierras, hacia sus orígenes. Es esta época necesaria y vital para el regocijo.

Todo en la vida tiene su función. Los cumpleaños motivan a felicitar al agasajado, a proporcionarle una corta visita, a regalarle un pendiente o una torta, cosa que no ocurriría si tal fecha en la que Dios lo trajo al mundo no fuera celebrada. Por muy breve que sea el trino o el abrazo, queda un sentimiento de gratificación. Estas efemérides sirven. Y esta otra efemérides, la Navidad, bien sea que alguien la vea desde el punto de vista religioso o que la vean desde el punto de vista familiar, o simplemente desde la óptica del descanso merecido y las fiestas, desde cualquier punto de vista es válida su celebración. Es una oda a la familia y a los amigos. Es libar una copa por ver a los padres, a los abuelos, a los amigos. Es partir una torta por los que ya no están. Es dejar que un niño lea la novena con términos ininteligibles. Pero para esto se necesita infraestructura.

En qué epicentro ocurre ésta? En un aeropuerto. Recuerdo la película Love Actually, que de hecho cumplió diez años hace poco. Ellas, como seres que son, celebran también su existencia. En esta película inglesa a más no poder, como les digo, muestran diversas parejas despidiéndose, riendo, saludándose, llorando, angustiadas, ansiosas, felices, mirando el reloj, esperando la vida, esperando el amor, a cámaras rápidas y a cámaras lentas. Y todo lo filman en Heathrow, aeropuerto de Londres.

Pero en cualquier parte lo podemos palpar. Ver al joven con un morral gigantesco en sus espaldas despedirse de sus padres, en búsqueda de la educación internacional con miles de sueños en sus bolsillos mientras ellos se quedan aquí, añorándolo pero sabiendo que es lo mejor para su futuro. El tercer llamado de una voz distante exhorta a su separación y a que pase a la siguiente sala. Adiós, queda el momento, las lágrimas en los ojos, quedó congelado el presente para ir a buscar algo más.

Quedan los padres abrazados, tristes y con el esplín a flor de piel, mientras que a dos metros una pareja espera a su niña, seis años menor que el que acaba de marcharse. Es su niña que llega de intercambio. Están las alegrías, la semiología colombiana, el recibimiento, alguna muestra de folklore, de esa idiosincrasia tan propia que sale por nuestros poros. La alegría del reencuentro convive con la amargura de la separación.

Sueños frustrados y sueños nacientes. La juventud y la vejez. Uno que otro crimen estará siendo detectado en este instante en tal recinto. Alguien también con sueños pero con contextos diferentes de engaño, ignorancia y ambición. Todo ocurre allí.

Vienen las filas del chequeo rutinario, la sala de espera, a veces atestada y a veces vacía, el cómodo salón VIP, el tinto, los dulces, a unos metros un hombre vocifera vituperios al enterarse que perdió el vuelo por alguna razón de índole citadina, un niño llora cansado por un retraso, una mujer cuenta las horas para ir a ver a su amado príncipe gallardo en otro país, otro muchacho de gafas oscuras y traje elegante espera con una maleta de mano abordar para asistir a una reunión fugaz de trabajo.

Cada humano cuenta y transmite su historia, mientras unos almuerzan y otros consultan información, a veces profunda y a veces banal en sus dispositivos portátiles.

La vida transcurre así, en la espera a ser trasladados, en la espera de ir a otra ciudad que, por cosas del destino y arbitrariamente, no es propia o sí lo es, es la de otros o es la de todos. Con todas las afugias, los estruendos, los afanes y lo inefablemente rutinario, se forjan las actividades, se cierran negocios, se cierran romances y se abren amistades.

Nuestra sociedad es de núcleos y de colmenas: terminales, centros comerciales, estaciones terrestres, colegios, buses y estaciones aéreas. Aquí estamos y el tercer llamado obliga a ingresar al avión. Unos volverán, otros no, es el símil con la vida misma, esa vida que transcurre entre encuentros, besos, peleas y satisfacciones. No podría ser de otra manera.

Bien lo dice una canción: Life’s a journey, not a destination. La vida es un viaje, no un destino. El mismo proceso de ir es la muestra de que vivimos. Y más ahora en Navidad, donde siempre habrá alguien que nos espera y a quien esperamos. Regalos de efemérides manifestados en presencia y calor humano.


Buen viaje en la vida y Feliz Navidad para todos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Las pegas

Existe en el ser humano siempre una completa añoranza hacia los hechos, modas, artefactos y usanzas de épocas pasadas. Estamos en una época en la que todo ocurre rápido, hacemos cada vez más actividades y podemos comunicarnos más fácilmente con todos. Pero no quiero escribir sobre eso, ni sobre qué tan bueno o malo era el pasado, o sobre qué tan bueno o malo será el futuro. De hecho el pilar fundamental de estas divagaciones no se centrará en aspectos generales de tiempos y nostalgias.

No. Si acaso les haré emitir un suspiro o una sonrisa hacia una actividad que es imposible de hacer en el presente. Ya no existe Studio 54 ni Alelusis, no hay casi vinilos, o lo que es lo mismo, no hay casi acetatos, no hay casetes y el teléfono fijo es cada vez más avanzado aun existiendo el celular, incorpora timbres digitales, mayor alcance en ondas y mayor calidad en sonido. Aparte de estas características tecnológicas que nos llevan cogidos de la mano hacia la modernidad relativa, término tan usado en escrituras actuales, existe una función que mató toda clase de posibilidad de reírnos, mató toda clase de imaginación en historias inimaginables, mató la imitación de voces entre usuarios. Es el identificador de llamadas. Muchacho antipático, función moderna que decodifica la onda y nos sopla en el oído –y también en la pantalla- de qué código de números proviene la voz del prójimo que se digna a hablarnos.

Mató una fuente de risotadas estentóreas, unas inofensivas y otras no tanto. El identificador de llamadas acabó con las pegas. O bromas en su acepción más general.

En las épocas universitarias, saliendo del alma máter, en las que se gestaban reuniones donde amigos de la infancia o también donde amigos emergentes propios de dicha época, luego de cierta elevación y ataques de cordura –y también de locura- surgía una idea luego de ya haber departido un rato, luego de haber oído canciones espectaculares de moda y luego de haber comido algunos snacks. Alguien en medio de la nada, con el calor propio de la ciudad en la que se gestaban dichos encuentros y tales estudios, de un momento a otro tendría la iluminación en su  cerebro y transmitiría dicho arranque a sus coetáneos: Hagamos una pega!!

Luego de un silencio corto, no quedaba nada más que imaginarse la actitud y la incomodidad de la otra contraparte al recibir a altas horas de la madrugada una llamada fría, antipática o incluso risueña. No se sabría dilucidar qué era peor. Luego del silencio que les cuento, vendría una risa, vendría la adrenalina secretada –y también secreta- al tomar una decisión sublime y esencial para ese entonces. La decisión de quién sería el soldado, quién sería el gallardo príncipe que sería capaz de portar la bandera, de conducir el ejército y de tomar la vocería. Quién sería el duro que tendría la capacidad de hablar, de prestar su voz para tal peligrosa y divertida empresa.

Después vendría otra pregunta. A quién llamamos? Debería ser a alguien no tan común, no tan familiar, que no los conociese tanto. Sigue la adrenalina. Surge una lista de innumerables candidatos, entre machos y féminas, entre familiares y vecinos, entre profesores y conocidos. El cónclave empieza a deliberar y surge un elegido. Después de miradas nerviosas y expectantes, a las tres de la mañana, ambiente tenso, silencio absoluto, tal vez a la distancia suena una moto acelerada a varias revoluciones, tal vez suene un eurodance a muy bajo volumen, tal vez suene un estornudo. Tal vez la persona responda el repiquete del teléfono.

Ring……..ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. Después de unos cuantos repiquetes la voz perezosa, un tanto cansada y un tanto angustiada, contesta. Un poco aterrada, es madrugada, quién puede estar necesitando algún favor, algún recado, algunas palabras a esa hora? Esto es extraño, ojalá no sea una calamidad, qué puede ser?

Al cabo de unos segundos existen dos opciones.  Primero, las ofensivas, que consistían en groserías, ajo y picante, claro está, enfundados en una voz distorsionada por la manga de un saco; y segundo, las jocosas, que simplemente implicaban la imitación de alguna voz de un personaje famoso, de un exnovio de la afectada o de algún compañero peculiar que incitara burlas. Todo esto se daba con una mano que tapa la bocina, mientras todos morían de la risa y mostraban rostros rubicundos.

Sigue el jaleo, sigue la faena, y el interpelado se empezará a dar cuenta que esa voz, esa risa, ese acento, o hasta alguna interferencia característica del teléfono solo puede corresponder a………Cuelgan el teléfono.

Vienen las risas después de colgar. Viene la celebración, en la que se ha logrado el objetivo propuesto, y todo es un mar de satisfacciones. Pero el mayor placer podría llegar al otro día, o dentro de dos meses, o incluso al cabo de un par de años. Si tal vez se encuentran en un evento de reunión de amigos del colegio, o por casualidad se toparan con alguien, podría ser que la otra persona dijera: -no, yo recuerdo la otra vez que alguien llamo a mi teléfono a las tres de la mañana a insultarme, no podía creer, quedé desvelada, es el colmo que me falten de esta forma al respeto-. –Tienes toda la razón, es el colmo- fue la respuesta que el interpelado aducía.

Y siguieron las bromas. Las pegas. Hay otras, que hacen parte del género de los clásicos, como llamar a preguntar si alguien lava ahí su ropa. Este, debido a su simplicidad, se da para que sea realizado por niños pequeños. Hay otros delatores, en los que se da un mensaje clave respecto a algún evento, por ejemplo alguna fiesta sorpresa o alguna serenata de perdón sin ser anunciada.


Son las pegas. Son como la juventud y como la niñez: quedaron en el pasado, en los recuerdos y en la certeza de lo imposible de su retorno. Pero también causarán risa siempre al recordarlas con los amigos, y seguro también causarán risa en víctimas y victimarios. Risa de satisfacción y alivio porque están seguros que nunca volverán a ser despertados, en pleno sueño delicioso, por algún cantaor anónimo de flamenco embebido en licor cantándole la tabla, o por algún payaso trasnochado con voz opaca gritando a los cuatro vientos un sinnúmero de sandeces y denuestos. Puedo descansar, y puede descansar Usted. Felices sueños, el identificador nos protege.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Llegando ( 3er capítulo )

En su maleta, Osías alistó ropa para cinco días. Sin saber qué clima podría haber en el paraje final, o sea la residencia de Laura, él fue precavido y llevó una tricota de lana de vicuña, perfecto escampadero para algún posible frío atroz. Sin embargo, llevó camisetas y pantalones cortos por si hacía calor. Naturalmente, llevaría su traje marrón cruzado, el traje que fue testigo del primer encuentro, ese encuentro que produjo chispas mesmerizantes de un enamoramiento inevitable e inatajable. Todo quedó empacado en una maleta pequeña de cuero.

La ansiedad y el imaginar a su amada producen palpitaciones rápidas; debe ser por eso que siempre al hablar de amor se habla del corazón. En ese órgano se metaboliza el sentimiento. Cada vez menos tiempo, cada vez menos distancia.

La década de los cuarenta. Él viviendo su modernidad relativa. Era su contexto, era su juventud. Ella allá en su tierra natal, sin imaginar siquiera la posibilidad de un reencuentro; y el destino nada más sonriendo al ver a estos dos seres. El bus Kenworth modelo 1933 surcaba las carreteras, algunas a medio pavimentar, otras empedradas, a veces bajo un sol refulgente y enceguecedor y  a veces bajo una lluvia pulsante. Pero todo es ganancia, cada minuto es un avance, a cada hora de estos tres días de viaje lo sublime se iba volviendo aterrizado, lo virtual se iba haciendo real.

Qué más queda yendo de pasajero en un bus lento, sin ninguna distracción, sin radio y sin la posibilidad de leer algún pasquín debido a la vibración incesante en el asiento?. Era imposible entretener la vista ya que el mareo sería insoportable, la retina inmediatamente se desprendería. Cuando no hay posibilidad de entretener la vista, hay que entretener la mente; divagar es la opción y qué mejor forma de hacerlo que pensando en el futuro, haciendo planes y elaborando conceptos.

Mientras llovía a cántaros en una recta de clima tropical húmedo, Osías empezó a imaginarse el futuro con ella, de una manera fugaz, tan fugaz como él quería. En ese futuro virtual él la besaba: juntaba su boca con la de ella, cerraba los ojos pero no del todo, cosa que levemente pudiera ver el rostro de Laura acercándosele, abriendo la boca poco a poco, girándose 45 grados para lograr la perfecta sincronía entre los labios; y al producirse el primer toque vendrían los cómplices: el paladar, los dientes y la lengua, transmitiendo endorfinas y demás sustancias que producen tanto placer.

Era ese beso virtual el objetivo, era oler su fragancia a Chanel número cinco. Era ver sus bucles, probablemente ahora igual de rubios pero más largos. Había un hijo en los planes, había madurez, había una hamaca, siempre un futuro forjado en pareja, ni más del lado masculino ni más del lado femenino. Ahí se plasmaba algo típico: el hijo hombre que él siempre había querido tener; un niño con rostro oval, cejas pobladas, con similar nombre al ficticio padre, merodeaba esas divagaciones con un pantalón corto, una camiseta de rayas y unas botas de cuero negras.

Ella, Laura, ahí estaba en ese universo, estarían tomándose fotos en la piscina municipal, ella con trajes de baño conservadores, enteros y sin ninguna curvatura sinuosa e insinuante, adornando su cabello y protegiendo su dermis con una pava azul tenue aguamarina.

Todo esto era el futuro. Con una aparición desordenada de diapositivas, pero cuando los componentes son agradables, ese desorden no existe, no es tal.  Más bien se vuelve variedad.

Entre juego y juego el bus se detuvo. Una patrulla de policías, compuesta de seis hombres fornidos y bastante imperturbables, estaba en pleno inicio del puente limítrofe entre el país de él y el país de ella. De manera amable solicitaron a la gente bajarse del vehículo, mientras preguntaban de dónde venían y hacia dónde iban. En plena exploración de los bártulos y de la ropa, saludaron a Osías. Él explicó que nunca había entrado al país, que era su primera vez, que el amor tocaba su puerta por primera vez y debía abrirle. El policía no podía decirle nada más. –Bienvenido, sea bienvenido el amor- le dijo.

Después de una hora, el bus arrancó. Son procedimientos habituales entre naciones. Si antes dicho encuentro estaba avalado por el destino y por Dios, ahora estaba legalizado y plenamente formalizado. Hay vía libre para ir a visitar a Laura. Cuando los eventos dejan de estar en lontananza y pasan a ser contados regresivamente, es como cuando se va a entrar en la ducha y se siente el salpicar de las gotas a unos centímetros. Prácticamente está inmerso en el evento. Faltarían cuatro horas, aparentemente de más lluvias incesantes y andinas.

Pudo dormir durante ese lapso. Al llegar toda la gente al destino final, una ciudad pequeña donde nunca pasa nada, con su gente aburguesada, si hubiera en ese instante un periodista él podría aducir que todos estaban demacrados, hambrientos y harapientos por el extenuante trayecto. Y de hecho así era, solo había un personaje que casi podría relucir entre todos, dibujando en sus labios delgados una sonrisa que muestra en sus ingredientes cincuenta por ciento satisfacción y cincuenta por ciento nerviosismo. Todos agradecidos con el chofer. Maletas en buen estado. Podían desocupar el vehículo. El viaje llegó a su fin.

Tres de la tarde en punto. La hora nona, dirían algunos. La hora en la que el sol muere y se larga la lluvia, dirían otros. Era la hora en la que, en esa pequeña ciudad, cambiaba el clima. Estaba Osías cogiendo un pequeño transporte que lo llevaría a la vivienda de la damisela en cuestión. Era una casa colonial, insertada en una pequeña cuesta, muy blanca y con un alféizar hermoso.

Hay que dejar el nerviosismo, hay que actuar. Al tocar el aldabón, a los treinta segundos, abrió una señora, aproximadamente cinco años mayor a Laura. Era la hermana. Al verlo con su atuendo recién puesto, de color marrón, sus zapatos usados con tesón pero con cuidado, su sombrero que ocultaba el flequillo y su maleta, no podía más que hacerle una venía y decirle que debía esperar unos minutos. Minutos que para él fueron eternidad, minutos de ahogo, sudor pero al final, minutos que serían recordados por siempre.


Al cabo de ese periodo de espera solicitado, abrió la puerta Laura.