Esta señora está totalmente conectada con el mundo. En cincuenta años
ocurren muchas cosas que, si bien representan bastante tiempo, mirándolo como
un todo tiene mayor relevancia en esta actualidad, en esta modernidad relativa,
en la que todo es más rápido y donde los avances se ven más latentes.
Ella era una niña en el año 1960, fue criada con música de Gigliola
Cinquetti, vivía en una ciudad pequeña, no existía la televisión, o más bien
apenas hacía su entrada en el mundo del entretenimiento personal y familiar.
Eran tiempos de calma, para algunos los mejores, para otros los peores, pero no
hay modo de comparar.
Antes había más sosiego pero menos analgésicos, más expectativas de ver
paisajes pero menos expectativa de vida, menos tecnología pero menos viajes.
Viajar a Europa era solo para algunos, las trochas hacia las fincas significaban
humo y mareos, pero las flores de los parques circundantes expedían olores y
fragancias incitadores a la sensualidad. Humanidad de contrastes.
En todo este entorno, en el pasado, ella creció. A veces en su colegio
femenino se escapaban a ver la novela de moda, en esa televisión traída a su
ciudad pocos meses atrás, y abrumada por la tecnología se disponía, junto con
sus hermanas, a ver tal historia de amor, engaños y traiciones. Como todas las
telenovelas, como siempre ha sido. Al acabarse el segmento de entretenimiento
volvían al colegio, a veces siendo descubiertas, a veces no, y continuaba sus
labores escolares, en una academia marcada por el rigor, la disciplina y el
miedo.
El tiempo va pasando y tal niña ya no es una niña. Sigue el teléfono fijo,
adalid de amores e ilusiones juveniles, la espera eterna a que el hombre de sus
sueños la llame y la invite a salir, claro está, con la aceptación de la
familia, para evitar hacerlo a escondidas. Están las fiestas, el rock and roll,
está Jeanette en su máximo apogeo y están las ilusiones sobre qué vendrá y
cuántos hijos tendrá, si el amor tocará a su puerta o si simplemente dará una
vuelta cercana y se devolverá.
Son ilusiones que existen siempre. La televisión ya deja de ser una retahíla
de imágenes, unas novelescas y otras educativas básicas, para convertirse en un
ente a color, un aparato que traería conciertos, películas, información de otro
mundo, para empezar a abrir los horizontes y darse cuenta que no estamos viendo
solamente algo irreal: allá afuera, cruzando el mar, ocurren cosas, hay otras
culturas, hay otros pensamientos y otras tendencias. La actualización la hace
el ser humano, ya sería impensable volver a ver algo a blanco y negro. El color
habría llegado para quedarse.
En su ciudad, pequeña y a veces monótona, los cambios se dan a flor de piel
en vestuarios, peinados y zapatos. Vienen los setentas, los ochentas, músicas
cambiantes, revolución sexual, píldoras, Beatles, Stones, San Remo y el alma
define los perfiles. Le gusta esto, le disgusta aquello, así como su hermana
puede preferir lo contrario, sus otras hermanas pueden aparentar indiferencia y
así sucesivamente con amigas, compañeras y vecinas. El alma vuela junto con el
cuerpo, nacen hijos, el paso es más lento, cambian las prioridades, hay que
trabajar, hay que inmiscuirse en un horario para tener salud y en los ratos
libres puede pintar, dejando flotar su imaginación en un campo de nubes.
Mientras todo esto pasa la tecnología avanza. Aparecen los teléfonos en los
carros -gran lujo e innovación- y aparecen los celulares. Gigantes con juegos
básicos, con la posibilidad de hablarle a alguien estando de compras en un
supermercado y con la posibilidad de mandar un mensaje de texto desde la fila
de un banco. Llaman, es la modernidad. Sería impensable ahora depender solamente
de un teléfono fijo habiendo un grupo de creativos diseñado algo tan práctico.
Esta señora de quien les hablo mira su dispositivo ahora. Sigue siendo
portátil pero ahora es a color, es liviano, tiene fotos instantáneas, con flash
o sin flash, con efectos especiales de filtros o planas en efectos. O incluso
en blanco y negro. Lo antes impensable vuelve a ser pensable, incluso añora las
fotos con estas características aduciendo un mayor romanticismo y nostalgia
evocadora.
La foto podrá ser compartida, mientras bajo un sistema de mensajería
instantánea manda una cara de insatisfacción por algún hecho desagradable a
alguna amiga suya que está pasando ese océano, en un lugar que la televisión mostraba lejano hace varios años.
La adaptación se hace y a veces no se percata de ello. A veces en reuniones
familiares sí lo hace e insta a sus allegados a recordar los momentos en los
que no había nada de estas facilidades instantáneas, tecnológicas y
comunicativas.
Así pasan los años, y ella se adapta. Pone un like a alguna foto de su
cantante favorito, trina sobre lo que no le gusta del político de moda, pone
una foto de su postre, con filtros claro está, en otra de las tantas redes
sociales. Su mente está clara, su aprendizaje va de la mano con el floreciente
desarrollo. Así vamos todos, corriendo detrás o al lado de tantas posibilidades
que tenemos de comunicarnos.
Incluso esta señora, en momentos de máxima erudición con las redes sociales,
en momentos máximos de elaboración de multitareas, teniendo a sus espaldas
todas las herramientas, le pone like a un video de los años 60 de Gigliola
Cinquetti en blanco y negro, extraído pocas semanas antes de la televisión que
ella vio nacer en su ciudad natal. Junto a su nieta que ahora la mira.