En su maleta, Osías alistó ropa
para cinco días. Sin saber qué clima podría haber en el paraje final, o sea la
residencia de Laura, él fue precavido y llevó una tricota de lana de vicuña,
perfecto escampadero para algún posible frío atroz. Sin embargo, llevó
camisetas y pantalones cortos por si hacía calor. Naturalmente, llevaría su
traje marrón cruzado, el traje que fue testigo del primer encuentro, ese
encuentro que produjo chispas mesmerizantes de un enamoramiento inevitable e
inatajable. Todo quedó empacado en una maleta pequeña de cuero.
La ansiedad y el imaginar a su
amada producen palpitaciones rápidas; debe ser por eso que siempre al hablar de
amor se habla del corazón. En ese órgano se metaboliza el sentimiento. Cada vez
menos tiempo, cada vez menos distancia.
La década de los cuarenta. Él
viviendo su modernidad relativa. Era su contexto, era su juventud. Ella allá en
su tierra natal, sin imaginar siquiera la posibilidad de un reencuentro; y el
destino nada más sonriendo al ver a estos dos seres. El bus Kenworth modelo
1933 surcaba las carreteras, algunas a medio pavimentar, otras empedradas, a
veces bajo un sol refulgente y enceguecedor y
a veces bajo una lluvia pulsante. Pero todo es ganancia, cada minuto es
un avance, a cada hora de estos tres días de viaje lo sublime se iba volviendo
aterrizado, lo virtual se iba haciendo real.
Qué más queda yendo de pasajero
en un bus lento, sin ninguna distracción, sin radio y sin la posibilidad de
leer algún pasquín debido a la vibración incesante en el asiento?. Era
imposible entretener la vista ya que el mareo sería insoportable, la retina
inmediatamente se desprendería. Cuando no hay posibilidad de entretener la
vista, hay que entretener la mente; divagar es la opción y qué mejor forma de
hacerlo que pensando en el futuro, haciendo planes y elaborando conceptos.
Mientras llovía a cántaros en una
recta de clima tropical húmedo, Osías empezó a imaginarse el futuro con ella,
de una manera fugaz, tan fugaz como él quería. En ese futuro virtual él la
besaba: juntaba su boca con la de ella, cerraba los ojos pero no del todo, cosa
que levemente pudiera ver el rostro de Laura acercándosele, abriendo la boca
poco a poco, girándose 45 grados para lograr la perfecta sincronía entre los
labios; y al producirse el primer toque vendrían los cómplices: el paladar, los
dientes y la lengua, transmitiendo endorfinas y demás sustancias que producen
tanto placer.
Era ese beso virtual el objetivo,
era oler su fragancia a Chanel número cinco. Era ver sus bucles, probablemente
ahora igual de rubios pero más largos. Había un hijo en los planes, había
madurez, había una hamaca, siempre un futuro forjado en pareja, ni más del lado
masculino ni más del lado femenino. Ahí se plasmaba algo típico: el hijo hombre
que él siempre había querido tener; un niño con rostro oval, cejas pobladas, con
similar nombre al ficticio padre, merodeaba esas divagaciones con un pantalón
corto, una camiseta de rayas y unas botas de cuero negras.
Ella, Laura, ahí estaba en ese
universo, estarían tomándose fotos en la piscina municipal, ella con trajes de
baño conservadores, enteros y sin ninguna curvatura sinuosa e insinuante,
adornando su cabello y protegiendo su dermis con una pava azul tenue
aguamarina.
Todo esto era el futuro. Con una
aparición desordenada de diapositivas, pero cuando los componentes son
agradables, ese desorden no existe, no es tal.
Más bien se vuelve variedad.
Entre juego y juego el bus se
detuvo. Una patrulla de policías, compuesta de seis hombres fornidos y bastante
imperturbables, estaba en pleno inicio del puente limítrofe entre el país de él
y el país de ella. De manera amable solicitaron a la gente bajarse del
vehículo, mientras preguntaban de dónde venían y hacia dónde iban. En plena
exploración de los bártulos y de la ropa, saludaron a Osías. Él explicó que
nunca había entrado al país, que era su primera vez, que el amor tocaba su
puerta por primera vez y debía abrirle. El policía no podía decirle
nada más. –Bienvenido, sea bienvenido el amor- le dijo.
Después de una hora, el bus
arrancó. Son procedimientos habituales entre naciones. Si antes dicho encuentro
estaba avalado por el destino y por Dios, ahora estaba legalizado y plenamente
formalizado. Hay vía libre para ir a visitar a Laura. Cuando los eventos dejan
de estar en lontananza y pasan a ser contados regresivamente, es como cuando se
va a entrar en la ducha y se siente el salpicar de las gotas a unos
centímetros. Prácticamente está inmerso en el evento. Faltarían cuatro horas,
aparentemente de más lluvias incesantes y andinas.
Pudo dormir durante ese lapso. Al
llegar toda la gente al destino final, una ciudad pequeña donde nunca pasa
nada, con su gente aburguesada, si hubiera en ese instante un periodista él
podría aducir que todos estaban demacrados, hambrientos y harapientos por el
extenuante trayecto. Y de hecho así era, solo había un personaje que casi
podría relucir entre todos, dibujando en sus labios delgados una sonrisa que
muestra en sus ingredientes cincuenta por ciento satisfacción y cincuenta por
ciento nerviosismo. Todos agradecidos con el chofer. Maletas en buen estado.
Podían desocupar el vehículo. El viaje llegó a su fin.
Tres de la tarde en punto. La
hora nona, dirían algunos. La hora en la que el sol muere y se larga la lluvia,
dirían otros. Era la hora en la que, en esa pequeña ciudad, cambiaba el clima.
Estaba Osías cogiendo un pequeño transporte que lo llevaría a la vivienda de la
damisela en cuestión. Era una casa colonial, insertada en una pequeña cuesta,
muy blanca y con un alféizar hermoso.
Hay que dejar el nerviosismo, hay
que actuar. Al tocar el aldabón, a los treinta segundos, abrió una señora,
aproximadamente cinco años mayor a Laura. Era la hermana. Al verlo con su
atuendo recién puesto, de color marrón, sus zapatos usados con tesón pero con
cuidado, su sombrero que ocultaba el flequillo y su maleta, no podía más que
hacerle una venía y decirle que debía esperar unos minutos. Minutos que para él
fueron eternidad, minutos de ahogo, sudor pero al final, minutos que serían
recordados por siempre.
Al cabo de ese periodo de espera
solicitado, abrió la puerta Laura.
Nooo, que ricura de lectura. Y hasta cuando nos toca esperar para saber el final de esta bella historia. Espero no sea tan triste como la de mi Tia Laura y su Osias.
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