viernes, 6 de diciembre de 2013

Llegando ( 3er capítulo )

En su maleta, Osías alistó ropa para cinco días. Sin saber qué clima podría haber en el paraje final, o sea la residencia de Laura, él fue precavido y llevó una tricota de lana de vicuña, perfecto escampadero para algún posible frío atroz. Sin embargo, llevó camisetas y pantalones cortos por si hacía calor. Naturalmente, llevaría su traje marrón cruzado, el traje que fue testigo del primer encuentro, ese encuentro que produjo chispas mesmerizantes de un enamoramiento inevitable e inatajable. Todo quedó empacado en una maleta pequeña de cuero.

La ansiedad y el imaginar a su amada producen palpitaciones rápidas; debe ser por eso que siempre al hablar de amor se habla del corazón. En ese órgano se metaboliza el sentimiento. Cada vez menos tiempo, cada vez menos distancia.

La década de los cuarenta. Él viviendo su modernidad relativa. Era su contexto, era su juventud. Ella allá en su tierra natal, sin imaginar siquiera la posibilidad de un reencuentro; y el destino nada más sonriendo al ver a estos dos seres. El bus Kenworth modelo 1933 surcaba las carreteras, algunas a medio pavimentar, otras empedradas, a veces bajo un sol refulgente y enceguecedor y  a veces bajo una lluvia pulsante. Pero todo es ganancia, cada minuto es un avance, a cada hora de estos tres días de viaje lo sublime se iba volviendo aterrizado, lo virtual se iba haciendo real.

Qué más queda yendo de pasajero en un bus lento, sin ninguna distracción, sin radio y sin la posibilidad de leer algún pasquín debido a la vibración incesante en el asiento?. Era imposible entretener la vista ya que el mareo sería insoportable, la retina inmediatamente se desprendería. Cuando no hay posibilidad de entretener la vista, hay que entretener la mente; divagar es la opción y qué mejor forma de hacerlo que pensando en el futuro, haciendo planes y elaborando conceptos.

Mientras llovía a cántaros en una recta de clima tropical húmedo, Osías empezó a imaginarse el futuro con ella, de una manera fugaz, tan fugaz como él quería. En ese futuro virtual él la besaba: juntaba su boca con la de ella, cerraba los ojos pero no del todo, cosa que levemente pudiera ver el rostro de Laura acercándosele, abriendo la boca poco a poco, girándose 45 grados para lograr la perfecta sincronía entre los labios; y al producirse el primer toque vendrían los cómplices: el paladar, los dientes y la lengua, transmitiendo endorfinas y demás sustancias que producen tanto placer.

Era ese beso virtual el objetivo, era oler su fragancia a Chanel número cinco. Era ver sus bucles, probablemente ahora igual de rubios pero más largos. Había un hijo en los planes, había madurez, había una hamaca, siempre un futuro forjado en pareja, ni más del lado masculino ni más del lado femenino. Ahí se plasmaba algo típico: el hijo hombre que él siempre había querido tener; un niño con rostro oval, cejas pobladas, con similar nombre al ficticio padre, merodeaba esas divagaciones con un pantalón corto, una camiseta de rayas y unas botas de cuero negras.

Ella, Laura, ahí estaba en ese universo, estarían tomándose fotos en la piscina municipal, ella con trajes de baño conservadores, enteros y sin ninguna curvatura sinuosa e insinuante, adornando su cabello y protegiendo su dermis con una pava azul tenue aguamarina.

Todo esto era el futuro. Con una aparición desordenada de diapositivas, pero cuando los componentes son agradables, ese desorden no existe, no es tal.  Más bien se vuelve variedad.

Entre juego y juego el bus se detuvo. Una patrulla de policías, compuesta de seis hombres fornidos y bastante imperturbables, estaba en pleno inicio del puente limítrofe entre el país de él y el país de ella. De manera amable solicitaron a la gente bajarse del vehículo, mientras preguntaban de dónde venían y hacia dónde iban. En plena exploración de los bártulos y de la ropa, saludaron a Osías. Él explicó que nunca había entrado al país, que era su primera vez, que el amor tocaba su puerta por primera vez y debía abrirle. El policía no podía decirle nada más. –Bienvenido, sea bienvenido el amor- le dijo.

Después de una hora, el bus arrancó. Son procedimientos habituales entre naciones. Si antes dicho encuentro estaba avalado por el destino y por Dios, ahora estaba legalizado y plenamente formalizado. Hay vía libre para ir a visitar a Laura. Cuando los eventos dejan de estar en lontananza y pasan a ser contados regresivamente, es como cuando se va a entrar en la ducha y se siente el salpicar de las gotas a unos centímetros. Prácticamente está inmerso en el evento. Faltarían cuatro horas, aparentemente de más lluvias incesantes y andinas.

Pudo dormir durante ese lapso. Al llegar toda la gente al destino final, una ciudad pequeña donde nunca pasa nada, con su gente aburguesada, si hubiera en ese instante un periodista él podría aducir que todos estaban demacrados, hambrientos y harapientos por el extenuante trayecto. Y de hecho así era, solo había un personaje que casi podría relucir entre todos, dibujando en sus labios delgados una sonrisa que muestra en sus ingredientes cincuenta por ciento satisfacción y cincuenta por ciento nerviosismo. Todos agradecidos con el chofer. Maletas en buen estado. Podían desocupar el vehículo. El viaje llegó a su fin.

Tres de la tarde en punto. La hora nona, dirían algunos. La hora en la que el sol muere y se larga la lluvia, dirían otros. Era la hora en la que, en esa pequeña ciudad, cambiaba el clima. Estaba Osías cogiendo un pequeño transporte que lo llevaría a la vivienda de la damisela en cuestión. Era una casa colonial, insertada en una pequeña cuesta, muy blanca y con un alféizar hermoso.

Hay que dejar el nerviosismo, hay que actuar. Al tocar el aldabón, a los treinta segundos, abrió una señora, aproximadamente cinco años mayor a Laura. Era la hermana. Al verlo con su atuendo recién puesto, de color marrón, sus zapatos usados con tesón pero con cuidado, su sombrero que ocultaba el flequillo y su maleta, no podía más que hacerle una venía y decirle que debía esperar unos minutos. Minutos que para él fueron eternidad, minutos de ahogo, sudor pero al final, minutos que serían recordados por siempre.


Al cabo de ese periodo de espera solicitado, abrió la puerta Laura.

1 comentario:

  1. Nooo, que ricura de lectura. Y hasta cuando nos toca esperar para saber el final de esta bella historia. Espero no sea tan triste como la de mi Tia Laura y su Osias.

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