Existe en el ser humano siempre
una completa añoranza hacia los hechos, modas, artefactos y usanzas de épocas
pasadas. Estamos en una época en la que todo ocurre rápido, hacemos cada vez
más actividades y podemos comunicarnos más fácilmente con todos. Pero no quiero
escribir sobre eso, ni sobre qué tan bueno o malo era el pasado, o sobre qué
tan bueno o malo será el futuro. De hecho el pilar fundamental de estas
divagaciones no se centrará en aspectos generales de tiempos y nostalgias.
No. Si acaso les haré emitir un
suspiro o una sonrisa hacia una actividad que es imposible de hacer en el
presente. Ya no existe Studio 54 ni Alelusis, no hay casi vinilos, o lo que es
lo mismo, no hay casi acetatos, no hay casetes y el teléfono fijo es cada vez
más avanzado aun existiendo el celular, incorpora timbres digitales, mayor
alcance en ondas y mayor calidad en sonido. Aparte de estas características
tecnológicas que nos llevan cogidos de la mano hacia la modernidad relativa,
término tan usado en escrituras actuales, existe una función que mató toda
clase de posibilidad de reírnos, mató toda clase de imaginación en historias
inimaginables, mató la imitación de voces entre usuarios. Es el identificador
de llamadas. Muchacho antipático, función moderna que decodifica la onda y nos
sopla en el oído –y también en la pantalla- de qué código de números proviene
la voz del prójimo que se digna a hablarnos.
Mató una fuente de risotadas
estentóreas, unas inofensivas y otras no tanto. El identificador de llamadas
acabó con las pegas. O bromas en su acepción más general.
En las épocas universitarias,
saliendo del alma máter, en las que se gestaban reuniones donde amigos de la
infancia o también donde amigos emergentes propios de dicha época, luego de
cierta elevación y ataques de cordura –y también de locura- surgía una idea
luego de ya haber departido un rato, luego de haber oído canciones
espectaculares de moda y luego de haber comido algunos snacks. Alguien en medio
de la nada, con el calor propio de la ciudad en la que se gestaban dichos
encuentros y tales estudios, de un momento a otro tendría la iluminación en
su cerebro y transmitiría dicho arranque
a sus coetáneos: Hagamos una pega!!
Luego de un silencio corto, no
quedaba nada más que imaginarse la actitud y la incomodidad de la otra
contraparte al recibir a altas horas de la madrugada una llamada fría,
antipática o incluso risueña. No se sabría dilucidar qué era peor. Luego del
silencio que les cuento, vendría una risa, vendría la adrenalina secretada –y
también secreta- al tomar una decisión sublime y esencial para ese entonces. La
decisión de quién sería el soldado, quién sería el gallardo príncipe que sería
capaz de portar la bandera, de conducir el ejército y de tomar la vocería.
Quién sería el duro que tendría la capacidad de hablar, de prestar su voz para
tal peligrosa y divertida empresa.
Después vendría otra pregunta. A
quién llamamos? Debería ser a alguien no tan común, no tan familiar, que no los
conociese tanto. Sigue la adrenalina. Surge una lista de innumerables
candidatos, entre machos y féminas, entre familiares y vecinos, entre
profesores y conocidos. El cónclave empieza a deliberar y surge un elegido.
Después de miradas nerviosas y expectantes, a las tres de la mañana, ambiente
tenso, silencio absoluto, tal vez a la distancia suena una moto acelerada a
varias revoluciones, tal vez suene un eurodance a muy bajo volumen, tal vez
suene un estornudo. Tal vez la persona responda el repiquete del teléfono.
Ring……..ring……. ring……. ring……. ring…….
ring……. ring……. Después de unos cuantos repiquetes la voz perezosa, un tanto
cansada y un tanto angustiada, contesta. Un poco aterrada, es madrugada, quién
puede estar necesitando algún favor, algún recado, algunas palabras a esa hora?
Esto es extraño, ojalá no sea una calamidad, qué puede ser?
Al cabo de unos segundos existen
dos opciones. Primero, las ofensivas,
que consistían en groserías, ajo y picante, claro está, enfundados en una voz
distorsionada por la manga de un saco; y segundo, las jocosas, que simplemente
implicaban la imitación de alguna voz de un personaje famoso, de un exnovio de
la afectada o de algún compañero peculiar que incitara burlas. Todo esto se
daba con una mano que tapa la bocina, mientras todos morían de la risa y
mostraban rostros rubicundos.
Sigue el jaleo, sigue la faena, y
el interpelado se empezará a dar cuenta que esa voz, esa risa, ese acento, o
hasta alguna interferencia característica del teléfono solo puede corresponder
a………Cuelgan el teléfono.
Vienen las risas después de
colgar. Viene la celebración, en la que se ha logrado el objetivo propuesto, y
todo es un mar de satisfacciones. Pero el mayor placer podría llegar al otro
día, o dentro de dos meses, o incluso al cabo de un par de años. Si tal vez se
encuentran en un evento de reunión de amigos del colegio, o por casualidad se
toparan con alguien, podría ser que la otra persona dijera: -no, yo recuerdo la
otra vez que alguien llamo a mi teléfono a las tres de la mañana a insultarme,
no podía creer, quedé desvelada, es el colmo que me falten de esta forma al
respeto-. –Tienes toda la razón, es el colmo- fue la respuesta que el
interpelado aducía.
Y siguieron las bromas. Las
pegas. Hay otras, que hacen parte del género de los clásicos, como llamar a
preguntar si alguien lava ahí su ropa. Este, debido a su simplicidad, se da
para que sea realizado por niños pequeños. Hay otros delatores, en los que se
da un mensaje clave respecto a algún evento, por ejemplo alguna fiesta sorpresa
o alguna serenata de perdón sin ser anunciada.
Son las pegas. Son como la
juventud y como la niñez: quedaron en el pasado, en los recuerdos y en la
certeza de lo imposible de su retorno. Pero también causarán risa siempre al
recordarlas con los amigos, y seguro también causarán risa en víctimas y
victimarios. Risa de satisfacción y alivio porque están seguros que nunca
volverán a ser despertados, en pleno sueño delicioso, por algún cantaor anónimo
de flamenco embebido en licor cantándole la tabla, o por algún payaso trasnochado
con voz opaca gritando a los cuatro vientos un sinnúmero de sandeces y
denuestos. Puedo descansar, y puede descansar Usted. Felices sueños, el
identificador nos protege.
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