jueves, 4 de julio de 2013

Fantasmas

Hay una casa encantada; sobre ella salen unos fantasmas que la vigilan y merodean. Ellos andan por ahí, transportándose bajo un estado indescriptible, ni gaseoso ni sólido, y van cuarto por cuarto; ahí ven a los habitantes actuales del recinto, hacen comentarios al respecto, bajan a la cocina, van a un baño, van a las habitaciones, y analizan cómo es la vida ahora en ese presente vacío y sin ellos; lo comparan con el pasado en el que ellos en teoría habitaban. Surgen recuerdos, surge melancolía, tal vez surge remordimiento, y se generan discrepancias. El pasado nunca es infructuoso.

Supongo que estos espíritus mirando todo desde la barrera, analizan las cosas, examinan a los bellos durmientes y buscan su dicha oculta. Pienso yo que no hay que temerles, están ahí cohabitando con nosotros en otra dimensión, y los quiero imaginar felices, también viviendo sus problemas, también buscando su felicidad. Eso lo quiero pensar, es mi acto de fe.

“Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios”, le decía un fantasma al otro, como queriéndole pedir que admirara a esa pareja de humanos, durmiendo, juntos, enamorados, con sus dos cuerpos, uno encima del otro, con piyama o sin ella, bien sea de frente o de espaldas, pero sumidos en el placer, en el movimiento ocular rápido, en los suspiros, en los ronquidos; qué afortunados son los fantasmas al ver a sus humanos amados de esa forma: desde afuera, como si el alma se desdoblara, tres metros más cerca de las estrellas.

Para mí esos fantasmas están ahí. No quiero utilizar la palabra Duende, ya que evocará automáticamente al muñeco caricaturesco gordo, muy de esas leyendas como Narnia y demás, un muñeco narizón que le quitaría solemnidad a lo que quiero plantear. Los fantasmas están ahí, pero son nada más que los sentimientos. En otras palabras, los sentimientos son fantasmas que habitan con nosotros, respiran junto a nosotros, y actúan en el momento en que nuestra mente lo pide, a medida que los estímulos llegan. Nos acechan.

Vagando por la casa, abriendo ventanas, así están ellos. Los imagino de colores, enjutos, merodeando su estadía alrededor de los metros cuadrados del inmueble; la niña está jugando a las muñecas, con su pelo ensortijado, su sudadera y su fantasía; tiene en toda su habitación perfectamente organizados sus soldaditos, sus ilusiones, y mientras juega van ocurriéndosele ideas, problemas, frustraciones, reflejo de lo que vive ella en su vida real; a medida que va ocurriendo el juego, es probable que le dé rabia u ofuscación por algo, por ejemplo, algún juguete que se rompe. Entra ahí el fantasma que andaba en esa dimensión tan desconocida, el fantasma de la rabia, y se inmiscuye en el ser de la niña, en su sistema neurológico. Y la niña llora. Este sentimiento afloró de un momento a otro. Se oye un grito.

Así van actuando los sentimientos. Los imagino en una sala de espera, en esa dimensión ya tan mencionada, ya tan desconocida. En ese limbo, esperando a que se produzcan sensaciones, podrían estar comiéndose las uñas, también esperando el amor. Todos lo esperamos, algunos lo encontramos. El amor es otro fantasma. Y cuando llega, ese ser ni líquido, ni gaseoso, atemporal y vago, recibe el llamado de la situación que se está presentando allá abajo en el mundo real, en el mundo de los carros, el tráfico y el humo. Y baja hacia nosotros, baja el Amor.

Así es: cuando una pareja está en el lecho nupcial, ella absolutamente sensual con su vestido de novia, y él muy varonil con su frac, y empieza el juego del afrancesado coquetry, se empieza a hacer sublime esa profusión de cucamonas, y allá arriba, más cerca de las estrellas, o tal vez en las mismas estrellas, suena una alarma, le llega un mail, le jalan la camisa al Amor; éste se pone la camiseta, se mete en el cuento, y baja, impregna el oído, la lengua, el pecho, la mente y el corazón. Actúa. Los sentimientos actúan y nos hacen actuar, nos hacen trascender. Al escribir esto ya lo siento. Actúa el amor, y suena un gemido, se percibe un suspiro.

Así como vemos la rabia en una niña, está también el amor en una pareja. Romanticismo eterno, encajes, y fragancias. Nada mejor que eso, nada mejor que Le petit Robe noir. Nada mejor que erizarse y usar los cinco sentidos.

Sentimientos, sin embargo, también se producen de manera invernal y de soledad; La nostalgia también está allá, leyendo y tomando té a la espera de que acá en este mundo, tan real y tan monocromático, se produzca algo que la llame: una pérdida, una muerte, un diente caído, una cana, una graduación, un hijo que crece, un hijo que ya no es un bebé, ver la sonrisa de un hijo columpiándose a medida que uno está sentado comiendo helado. Vuela el mensajero hacia ese mundo mágico y le dice a la Nostalgia que baje, que deje esa paz allá arriba y que entre en el ser nostálgico. Corre una lágrima en el parque, al ver el hijo creciendo. Actuó el sentimiento.

No quiero dejar de estar produciendo sensaciones y de captar imágenes que me hagan evocar tal mundo, la tierra de esos fantasmas, la tierra de los sentimientos. Estos nos hacen humanos, nos hacen soñar y son tan elevados que nos hacen aterrizar.

Prefiero estar montado en los vagones de la montaña Rusa emocional, que ir por un afecto plano, muy plano como carretera austral sin curvas; prefiero todo el mareo de esas vueltas a nunca sentirlo. Mucha gente siente las cosas tan mecánicamente que no se percata de ello. Yo los respiro, soy sentimental, y voy ahí en la vida, en esa montaña rusa, encantada como la casa del cuento y encantadora como la mirada de una niña.


Yo me percato todos los segundos; observo, pasa la mujer, huelo, oigo, llevo un bocado a mi boca, lo degusto, oigo llorar a una dama, y lo que es mejor, me percato del momento sensorial, río, lloro, hago múltiples llamados a la sala de espera donde están los seres, allá expectantes, y éstos me visitan siempre, me ven dormir, ven la búsqueda de mi felicidad; les esbozo una sonrisa porque sé que me están viendo, a esos sentimientos les escribo; ellos también me leen.

jueves, 27 de junio de 2013

Miss Lunatic

Existe un personaje muy peculiar, traído de los cabellos y traído de la tinta de las letras: se llama Miss Lunatic, una señora de aproximadamente 140 años, atemporal, rejuvenecida, que se pavonea por las calles de la gran manzana como una iconoclasta, una contrariadora de la autoridad. Esta señora tiene similar edad que la estatua de la libertad; dicha estatua fue esculpida y traída a América por los lados de 1880; para ese entonces miss Lunatic ya era adolescente: la imagino yo con algún lunar seductor en la mejilla, cejas un poco gruesas, y mocasines morados.

Resulta que ella, Miss Lunatic, sirvió de inspiración al escultor Fréderic Auguste Bartholdi, para plasmar en el cobre la cara de la estatua: ella es una francesa que también llegó a Estados Unidos para quedarse, y debe andar ahora deambulando por ahí en algún bistró.

Ella es un personaje de un libro que estoy leyendo, se llama “Caperucita en Manhattan”, de Carmen Martín Gaite, una escritora española. Es un cuento fresco, sin pretensiones, que naturalmente emplea paralelismos con la historia de los hermanos Grimm; bueno, paralelismos y comparaciones vemos en todo lado en nuestros medios de comunicación. Yo me centraré en ella solamente. Una viejita, un clásico, una gocetas.

Estableciendo amistades con niñas de 10 años y capucha roja, con policías y con muchachas de vida sórdida. “hay que actualizarse, sino todos nos pierden el respeto” decía ella, o tal vez lo sigue diciendo en la puerta de algún edificio viejo, gris y al lado de un bote oloroso de basura. Viste una gabardina gigante, larga, sonriente y medias de malla en poliamida.

Miss Lunatic camina por toda la ciudad, y se impregna del olor a calle, a especias, a perro caliente, a bagel, a gente. Me ha gustado mucho la forma en la cual ella imprime optimismo, cómo aborda a la gente, cómo defiende su intimidad, argumentando que ésta no se compra ni con dos cocteles de champán ni un batido de chocolate.

Una anciana, de muchos años a su haber, que te mira con los ojos vidriosos, un poco brillantes y cansados. Es inevitable que la mirada sea nostálgica, es que no puede ser de otro modo ¡! La vejez, por muy alegre que sea, siempre tendrá en sus letras y aromas el halo de la nostalgia, de los sitios conocidos, de las experiencias vividas (y vívidas), de los besos, oh tantos besos entregados, ya sea en contacto físico, tirados al aire o producidos en la imaginación. Pero así mismo es una mirada dulce, mirada de miel y de amor. Todo eso transmite la mirada de ella, representación de todas las divinas ancianas, las idas y las presentes.

Arrugas, fragilidad y enseñanza. Miss Lunatic seguía ahí caminando, y daba a todos sus conocidos píldoras de vida. Reza que las prohibiciones, esas que son inventadas por los humanos (como casi todo) no tienen fundamento; cuando le querían contar alguna historia, por muy larga que fuera, siempre decía que lo que vale la pena siempre es largo de contar. Cuando se sentía cansada, ese cansancio natural que llega al cuerpo, su cabeza toma el timón del barco y manda una señal a su esmirriado esqueleto para enderezarlo; y tenía para su vida dos pilares fundamentales: la curiosidad y la compasión.

Heráclito, 500 años antes de Cristo, decía que todo fluye y que la vida se reemplaza, que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río; es cierto, unos que nacen otros morirán. Nunca volveremos, pero aparentemente este personaje es inmortal. Alguna vez la vi. Era ella, la musa de la estatua de la libertad, libre como el viento y lenta como las gotas de rocío. Como Heráclito, ella siempre pensaba en la transformación incesante de las personas. Me había transformado a mí.

La llamada Tercera Edad. Yo la llamaría Primera Edad. La edad de las musas de estatuas, la edad del talante de piedra. Todos llegaremos a esa primera edad cuando seamos grandes, o cuando seamos chicos, y ahí sí podremos sentarnos donde queramos, coger la tierra, jugar con ella, ir al parque a ver el viento, a hablar con él. En esa edad seremos lo suficientemente maduros, octogenarios y curtidos para volver a ser niños. O permítanme este postulado: podemos empezar a ser niños, o ancianos de nuevo, mientras el corazón palpite y el alma lo permita. O sea ya.

Miss Lunatic sigue por ahí. Ya le cogí cariño, en mi corazón está, junto a sus coetáneas de dedos tristes, párpados prominentes y recuerdos felices.

Leí en el periódico que Vargas Llosa decía lo siguiente: “los clásicos nos ayudan a comprender de dónde venimos y hacia dónde vamos”, refiriéndose a los libros como la Celestina o la Gitanilla. Y así mismo, los humanos de la tercera (o primera) edad, los verdaderos clásicos, son esenciales al momento de ayudarnos a comprender lo mismo. Transmiten respeto y cariño. Ellos, como miss Lunatic y como los niños, son los únicos que saben lo que quieren. 

jueves, 20 de junio de 2013

6 minutos...

Existe siempre el momento en la semana en el cual llega el jueves; nos aproximamos a ésta, una fecha de entrega tácita de algo que me gusta hacer; y pasa que quiero desarrollar una idea y no hay en el momento un postulado que quiera defender; por ahora mientras degusto una hamburguesa de queso Brie, veo que el tiempo se detiene. Es verdad, se detuvo a las 2:23 pm pero no fue el tiempo el que se detuvo, fue el reloj, esa tortura con agujas que nos apremia siempre. Me quedé pensando porqué estas pilas son tan chinas, tan malas. Y el tiempo, después de un ajuste manual en las manecillas, siguió corriendo y la gente siguió caminando.

El locutor narra a esta hora por la televisión un encuentro futbolístico; veo que con ímpetu expresa de manera verbal quién lleva el balón, quién es el zaguero, y quién es el catalán que anota el gol. Lo ignoro, y se silencia en mi mente. La cajera rubia con moño rojo amarrado a su cabeza me recuerda a Lucile Ball, la comediante estadounidense de 5 décadas atrás, o a la esposa de Lorenzo: Pepita!. Divina. Tiene sombra azul en sus ojos que combina interesantemente con su boca Russian Red. Su uniforme es de camisa de hombre blanca con pantalón granate. Ella está a aproximadamente 5 metros de mí, y anuncia su producto. Yo aquí soy el vocero que les anuncia a ustedes, y de un momento a otro me convertí en partícipe de un programa de los años 50s. Hoy el momento es para el twist, para Paul Anka. Olvidémonos de Oasis por hoy.

Posteriormente esa cajera, con un delantal de rayas blancas y rojas, me guiñó el ojo, dejó cuadrado su negocio, dejó las platas, los débitos,  los pedidos y los asientos contables; todo esto para subirse a la baranda donde se anuncian las malteadas, las tocinetas y las promociones, y vino hacia mí. Resulta que yo la cogí de la cintura, la elevé y le dí tres vueltas en el aire, oyendo “Diana”. Y no se imaginan quién tocaba la guitarra: era Michael J. Fox, muy a lo Back to the future. No se imaginan la ropa circundante en el recinto de hamburguesas. Majestuosa. Estaba Twiggy caminando por ahí, con su cabello rubio, corto y de lado. También bailé con ella. Estaba muy seria Twiggy, pero es que ella es así.

Esta atmósfera de fuentes de soda, twist, Chevys y gel moldeador de peinados estrafalarios estaba siendo plasmada en mi mente; y fue plasmada en la vida real hace tantas décadas. Servía de atmósfera para el surgimiento de muchos géneros musicales y muchas tendencias en ropa que vendrían después. También esa década sirvió de caldo de cultivo para la adolescencia de primas retro activas de ojos color miel. Empezamos a bailar ahí, en pleno centro de la ciudad, en medio de humo, de sonidos de buses y de gente guache, ahí estábamos un grupo de gente bailando Jive Bunny and the mastermixers y tomando malteada de fresa. Hay una canción de Fun que dice “Tonight we are Young, so let’s set the world on fire”. Eso estuve haciendo ahí.

El desenfado en el recinto era tal, que no había pelea, no había fútbol, y en esos tantos minutos que duró el zafarrancho, se nos olvidó quién era el presidente y los ministros; así de sencillo, todo quedó olvidado, a medida que una brunette hermosa, con falda vaporosa y balaca roja puso un acetato de The Shirelles, ese cuarteto de féminas de raza negra que le preguntaban a su amante si las amaría mañana. Qué hermosas. Qué buena fiesta. No existía la alta fidelidad en el sonido, pero sí la alta fidelidad en las creencias. Qué buenos años, no era la belle époque, pero sí que era una bella época.

Estaba bailando con Twiggy, repito, muy seria ella, y sonó un toc toc leve en la ventana. Miré quién estaría interrumpiendo tal evento tan magnánimo (incluso el disco saltó y un gato salió por la azotea) : era Holly Golightly. Tenía puesto su célebre vestido negro, y llevaba un broche Camélia de Chanel. Me preguntó con su absurdamente asfixiante y encantador acento británico-belga si podía entrar un rato. Ella estaba en el museo viendo cuadros de Andrés de Santa María, el impresionista colombiano, andaba dando una vuelta en medio de edificios blancos, y de gente gris, de repente vio un local pequeño que estaba enchapado en diamantes, y  mientras comía un algodón de azúcar me vio por la ventana. Le dije “claro, Holly, pasa un rato”. Ella me dijo que no tenía mucho tiempo. Que el tiempo era una aguja que la apremiaba y no podía darse el lujo de quedarse ahí ad infinitum.

Eso es el tiempo. Finito. No podemos darnos el lujo de hacer absolutamente todo lo que queramos, y con la holgura que quisiéramos. Esto motiva a aprovechar cada momento al máximo, cada sensación gris que vemos en la calle debe ser tergiversada para poder volverla de color; a cada persona que circunde nuestro planeta debemos brindarle una sonrisa; gracias a la imaginación por existir. Y gracias, Holly, por asistir. 

La fiesta continuó unos minutos más, no recuerdo cuántos. Wallis Simpson estaba ahí; el rey Eduardo abdicó al trono por ella, y ahora ella quería abdicar por mí; Vi salir por la puerta trasera a Marlene Dietrich un poco indispuesta. Yo seguí bailando ahí las tonalidades de Glen Miller, junto a las damas que ya he mencionado. Mucha gente me dirá que no son 100% consecuentes en tiempo y espacio las unas con las otras, pero son consecuentes en música y alma dentro de mí. Luego sonó un pito muy fuerte. Era mi mente. Eran las 2:28 pm, tan solo 6 minutos más tarde de cuando arreglé las manecillas.

Tan solo 360 segundos habían transcurrido, y para mí fue la fiesta más glamurosa a la que había asistido. Miré a mi alrededor y Twiggy, Marlene, Holly, Ava Gardner y hasta Wallis ya se habían marchado. Estaban de nuevo en el pasado, en los libros, en las cintas de VHS, en donde deben estar.

6 minutos no son nada, dirán algunos. Es un lapso de tiempo muy pequeño, dirán otros. Es toda una eternidad, dirán los atletas. Pregúntenme a mí, para mí fueron 55 años y algunos meses más.


jueves, 13 de junio de 2013

Lecturas cultas

La mejor nutrición, el mejor alimento, siempre será la gente. De lo que uno oye por ahí, en las conversaciones, en los saludos y en los comentarios se pueden sacar ideas y teorías; son materia prima para azorarse, para excitarse, para sonreír o para pensar e imaginar qué ocurre en la mente de ciertos personajes cuando sueltan algún improperio. Múltiples voces merodean mis oídos, con todos los timbres y acentos imaginables: gente de la costa, del interior, sopranos, gangosos, cavernícolas y extraterrestres.

Estaba en esta terapia tan deliciosa de oír al prójimo, mirando hacia el infinito, y tomándome un té rojo amargo en una tasa amarilla de arcilla esmaltada cuando llegaron unas ondas provenientes de la mesa contigua; éstas llevaban un mensaje; alcancé a percibirlo, se refería a que las lecturas se podrían clasificar en dos categorías: cultas e incultas. El vociferador de estos sonidos era un aparente humano que llevaba un bigote estilo Stalin, botas militares beige, pantalón de dril y camisa de cuadros; él argumentaba que existe literatura y puede, dada su complejidad,  pertenecer a estas dos categorías; continuando la tesis, las lecturas cultas serían las de los clásicos, las difíciles de conseguir, las de los filósofos raros, las especializadas; y las incultas serían las de las revistas, las que se consiguen en almacenes de cadena, los periódicos, y los comics. Él promulgaba denuestos y yo le oía.

Sorbí un poco de té, ya no tan caliente como antes, mordí el biscuit de arándano que estaba en el plato y dije para mis adentros, como quien piensa en otra cosa, “vea pues”. El caballero se paró, soltó una risotada, le pegó al acompañante en la espalda de manera estentórea y se marchó del recinto.

Lecturas cultas e incultas. Hago una pausa. Cuál es el umbral que las separa? Para mí todo involucra cultura, incluso la incultura. Será que le digo algo? Mejor no.

Hay pocas actividades tan agradables como leer; las lecturas; y al decir leer me refiero a gozar con un conjunto de letras, largas o breves; diría yo que en todos los casos esos conjuntos de letras te llevan a algo. Pienso que tal vez ese señor se fue a su casa o a su trabajo, con su argumento de que es más culto el que lee a Kirkegaard que el que lee a Calvin y Hobbes o a Amanda Hocking. Puedo suponer qué música oye y cuáles serán sus ídolos, fácil adivinarlos.

La lectura es una pasión, una actividad que te genera sentimientos; te hará sentir mal o bien, pero no pasa indiferente; te hace sentir. Las letras están en todas partes, no hay que ir a buscarlas en el último anaquel empolvado de una biblioteca del centro de la ciudad, ni necesariamente están en algún libro de algún ruso decimonónico, antipático y seguramente poco aseado; Están más bien en el menú de un restaurante: algo más delicioso que leer la descripción de un Steak Tartare, o un terrine de foie gras, o simplemente un delicioso tamal? Eso es literatura.

Todo te deja algo, todo sirve. Y todo por ende vuelve más culto. No importa qué sea. Desde la revista Tú hasta Ulises. Desde las reseñas sobre cine y restaurantes en una red social, hasta Orgullo y Prejuicio. Todo es cultura. Para mí será un inculto de siete suelas alguien que sepa la teoría enterita del existencialismo, con sus vericuetos y excepciones, y que no sepa quién es Gárgamel, o quién es Magneto, o dónde comerse un buen carpaccio. Para mí no hay lecturas incultas, todas llevan algo, un aprendizaje, una nueva palabra, una rabieta, o incluso conllevan un error, y al verlo aprendemos también; aprendemos a no cometerlo. Ninguna lectura es en vano.

La existencia se mueve en un mar de letras, algunas light, algunas complicadas, algunas alambicadas, algunas aburridoras, algunas informativas. Y otras tantas letras soñadoras y románticas. Ayyy, las románticas. Como la vida, así es la literatura, con lados oscuros y lados rosa. Está en las revistas que amo tanto, en los periódicos, en la publicidad, en el volante del corrientazo que me entregan por la mañana, y claro, en los libros. Qué placer. Aquí no defiendo a los libros; estos ya tienen bastantes defensores; resalto más bien los otros medios que también representan literatura y, por ende, sentimiento;  todo lo que conlleve sentimiento, merece ser resaltado, ole!! No sólo de pan vive el hombre,  así mismo no sólo de libros vive el ímpetu literario.

Si una hija le escribe a uno “cómprame unas tijeras”, para mí eso es un poema, es una obra maestra, comparable en calidad con las angustias de Emily Dickinson en su encierro y aislamiento; Ver un pasquín de hace 100 años que anuncia la Aureolina Onirem para el cabello seco es una delicia, por lo mismo comparable con algo tan literariamente respetado como el capítulo de Ulises en el que Leopoldo Bloom se solaza, se le infla la nariz, mientras fisgonea una damisela bañándose, supongo yo  muy coqueta y rolliza. Si tienes el sentido adecuado, la chispa de Dios que llaman, todo alrededor se volverá magia, toda letra será un poema, y todo será una explosión de cultura, incluso lo aparentemente más básico.


Bueno, ahí en la calle y en todo lado hay un mercado de letras esperando a ser consumido; uno digiere lo que quiere, con su belleza o fealdad intrínseca; en últimas la idea es sentir, vinimos aquí a sentir. Cultos o incultos según criterios arbitrarios, qué más da? Desde el primer día que nacemos aprendemos a leer: leemos los labios de mamá y papá; de ahí lo satisfactorio de practicarlo y recordarlo diariamente. Eso trato de hacer siempre.

jueves, 6 de junio de 2013

Caminatas

En este mundo, debido a las cosas que hacemos, donde estudiamos, donde trabajamos y donde vivimos, nos enfrentamos a lo que llaman rutina; donde confluye gente que va deprimida porque peleó con su cónyuge, gente que va azarada por alguna entrega que debe hacer, gente que sale a pelear el pan con el sudor o con el frío de su frente, y gente que queda congelada en el Transmilenio por comentarios que hace sobre películas o sobre algún tema álgido.

Siempre salgo de mi casa ataviado, a la espera de buenas sensaciones, esas que son gratis, con la compañía de mi bufanda imbuida en loción. Con el sol, o con el frío, ahí estamos los soldados, esperando transporte, puros adultos con bigote y corbata, a veces bendecidos por la presencia de un niño preguntándole algo a su acompañante; si eso ocurre, el día se vuelve más maravilloso: no hay energía más positiva y diáfana que un niño a las siete de la mañana en el transporte masivo. Voy con mis artefactos, cargado de ímpetu. Ímpetu para observar.

En la observación que se produce en el trayecto hacia mi laburo veo personajes con los cuales se puede hacer una película, de la vida diaria, con multitud de problemas encima, multitud de sonrisas algunos, y multitud de voces peculiares otros. Salgo del enorme bus rojo, entre jóvenes y señoras, alguna que otra señorita conectada de lleno con su mensajería instantánea, e instantáneamente recibo de una señora cabeza de familia el periódico gratuito; una señora vociferando su publicación, su trabajo, con el frío de su frente. Fíjense que ella se me parece a Máxima Zorreguieta. Otra señora, también cabeza de hogar, me da  otro diario, competencia del primero. Son dos señoras que me saludan, son lindas, son humanas. La primera caminata de la mañana.

En el trayecto pedestre veo otra señora vendiendo yogur con cereales; la he filmado, le he grabado la voz, es toda una vendedora de productos light que ayudan al tránsito lento, en una calle con tránsito rápido. Me gustaría saludarla y decirle que la admiro, así como la otra vez homenajeé a una pareja que se cuchicheaba tiernamente mientras el robot anunciaba las próximas paradas; sí, los ví y me quedé dudando unos segundos, después les dije “hacen bonita pareja”; ellos sonrieron, yo sonreí, me puse un poco nervioso y lo único que pude hacer fue llevarme la mano a la frente y despedírme moviéndola firme como saludan los soldados.  A esa señora la voy a felicitar la próxima vez que la vea.

Son las caminatas. Así se llama un ensayo de Robert Louis Stevenson. Él hace una oda a esta práctica de ir solo, de percibir los olores, de ver a la gente, de ir a su propio ritmo. Debemos ser como el humo de la pipa a merced del viento; buena analogía, yendo por el ambiente libre y anodinos, tranquilos, mezclándonos con el olor a comida, a perfume, a paisaje; así se mezcla uno, en medio de la albórbola de la ciudad. Todo esto puede hacerse en silencio, o con música de fondo; si existe música de fondo en mi cerebro, corro el riesgo de hacer coincidir los beats con algún sonido citadino, convirtiéndome en el protagonista de algún video musical; la otra vez protagonicé un sentido capítulo de Les Misérables a medida que pateaba una piedra y tomaba capuchino; la otra vez protagonicé un video de progressive house mientras iba enlatado entre sardinas; ahí iba yo. Y siempre está mi mente volando por ahí.

Aquí no para todo. La hora del almuerzo es también llena de sensaciones, éstas ya mezcladas con el apetito de la tarde, del segundo golpe, donde igualmente se juntan seres humanos buscando saciarlo; mientras voy viendo música y leyendo olores por las calles, veo a un señor de bigote anunciando un producto otrora útil, tal vez ya no tanto, para guardar los CDs: este anuncio del estuche que le guarda los CDs, pronunciado muchas veces a una velocidad digna de Flash, no da cabida a la posibilidad de pasarlo por alto. Vendiendo su producto a 45 revoluciones por minuto. Pero lo destacable de él es que de acuerdo a la coyuntura, palabra tan económica, y para cuidar él su economía, se ajusta al producto que sea menester: sombrillas, la vaca lechera del mercado callejero, o el curso de Excel, o el libro de moda, o incluso unos códigos necesarios, el civil y el de procedimiento penal. Todo en un bolsillo, todo para llenar su bolsillo y suplir sus necesidades.

Estaba hablando del almuerzo. La segunda caminata. Hay un recinto atendido primordialmente por damas, señoras cabeza de familia. Venden almuerzo, jugos naturales y un té digno del Rey Pirro. Y se preguntarán porqué siempre digo que estas señoras protagonistas de la vida son cabezas de familia: no sé si tienen hijos ni siquiera, pero la mujer siempre será la cabeza de la familia. La mujer, de 20 ó 60 años, ella lo es. El bastón.

Lo curioso del asunto es que siempre encuentro gente parecida a alguien conocido: he visto a Edith Piaf, frágil y preocupadiza, preguntando una dirección, he visto a Valentino y a Liam Gallagher, por mencionar unos pocos, pero en el restaurante me encuentro con Lizarazo. Sí, con Alfonso Lizarazo, el original. Él va allá, y come carne con arroz, paga su cuenta, toma café, como cualquier mortal. Años atrás, los sábados con mis papás, él promulgaba la idea de llevar una escuelita en su corazón. Y si el adagio popular de que a barriga llena corazón contento es cierto (y sí que lo es), pues digamos que esas escuelitas están albergadas en una contenta morada. Eso me pone contento.

Todo esto pasa muchas veces. Yo lo observo; la gente del diario vivir. La gente que entrega diarios, la gente que vive y hace mis caminatas tan amenas. Decía Virgina Woolf que rígido, el esqueleto del hábito soporta la forma humana. Esa habitualidad hace a mi persona, y por el solo amor a la gente hace que cada día, aparentemente igual, sea mágico y diferente.


Finalmente, ni qué decir de la caminata, la tercera, hacia el hogar: es la llegada al paraíso, donde están las tres reinas cabezas de familia. Pero eso merece un capítulo aparte.

jueves, 30 de mayo de 2013

Mi generación versión 2.0 : El claustro

He oído siempre en las radionovelas, en las tan interesantes rancheras y en los noticieros del Senado que segundas partes no son buenas. Pero bueno, hay películas de malandrines y carros estrafalarios que llevan más de cinco entregas siendo muy exitosas; también hay otra película sádica que lleva más de seis ladrillos agobiantes, y tiene su público; no sé dónde, pero lo tiene. Por lo tanto, permítanme traerles la segunda entrega de esta, mi generación, una generación que pasó una hermosa etapa de su vida viendo el paisaje de la Umbría, unos cuantos grados menos caliente que la urbe, un poco más hacia la montaña, más cerca al cielo; tal vez por eso es que había tantos ángeles.

Estos ángeles se ataviaban con hilos provocativos, primordialmente los viernes por la mañana; todos los días era jean’s day: classic 501 para nosotros y slight curve para ellas. Vaya desfiles los viernes, vaya belleza. Gossip girls en carreras financieras y Muzungu sisters en carreras de diseño; estilos diferentes, pero cuerpos iguales. Flujos financieros de alto calibre.

Y para continuar mi descripción sobre tales eventos, debo evitar caer en las especificaciones, aunque es difícil. Hay que ser general y unificador, y en dónde más podría uno unificarse, o desdoblarse, que en el bar universitario de la época: el despenke. Era un sitio a donde llegaban, a las 4 de la tarde del viernes máximo sudoroso, un sinnúmero de naves espaciales, de buses, de motos, de carrozas con sus caballos y también un jeep destartalado café, todos repletos de sardinas, algunas enlatadas y algunas con picante, dispuestas a departir con los galanes, al son de canciones despencadoras; no existía Pitbull, pero todos querían morder como tal. Y repito: Qué tenía de especial? Nada, sólo que era nuestra época, era nuestra gente. Amoríos, sarcasmos y apodos llovían por doquier, entre canciones de Sergio Vargas. Mi Demi Lovato hermosa estaba en esta época casi en pañales, cantando en el show de Barney.

Este sitio sería un buen caldo de cultivo de ganado para engorde; cualquier ganado, incluso Ayrshire. Muchas anécdotas hubo en ese sitio, que tenía otros sitios hermanos aledaños y una que otra pizzería. Todo estaba dado para gozar, y para sudar la camiseta.  Y para la noche, para algo más sofisticado, existió Alelusis; ese es el sitio donde más densidad de mujeres hermosas he visto; fue el inicio de la cultura, las chicas vampiro con sus labios plateados, ropa destinada a la música, Eleusis, seven days and one week. Qué buenos recuerdos, después vendría Virtua, del cual no tengo ni palabras para expresarlo; fue mi locura.

Les cuento que en uno de esos días se me acercó un jayán de plazuela y me confesó que meses atrás había querido propinarme una golpiza, al ver mi cabeza de color verde, creyendo que yo quería ser agresivo o neonazi o qué sé yo; yo le dije que sólo quería vivir y ser kemistry, con lo cual lo dejé sin armas; de ahí en adelante seríamos amigos de farra. También recuerdo a otro mucharejo al cual le compré aleatoriamente un CD que estaba vendiendo, de un DJ con aparente nombre de mujer; no sabía lo que estaba comprando; era un tal Sasha. Gracias a este muchacho, de apellido Reveiz, por presentarme al mejor, hoy y siempre.

En el hermoso claustro ocurrieron muchos eventos: aprendí de parte de un profesor que en Colombia no hay racismo pero sí discriminación racial; y que en Estados Unidos no hay discriminación racial pero sí racismo; también vi curvas macroeconómicas que (sí, señor) sí se aplican en la realidad; vi también ecuaciones que ya no recuerdo y que no aplico. Muchos temas, muchos textos. Cosas que creía que no me iban a servir, pero en la vida todo sirve, todo lo que estudies o leas sirve. Lo tengo clarísimo.

Pero volvamos a las vivencias: en medio de patos en el lago, en medio de El Samán, con la cima enhiesta de gloria sin par (como rezaba el himno de allá), conocí un plato puramente criollo, un manjar que saciaba el hambre casi que inmediatamente: gracias a un compañero (sí, ese, el que es ambientalista y molestaba al pequeño) conocí El Ruso, una mezcla gourmet consistente en introducir una rica empanada rica en lípidos en medio de un pan, resultando un sánduche de empanada; tal cual, El Ruso, majestuso, con mayúscula.

Una tienda que había dentro de la universidad era atendida por un señor, no sé si hindú o puramente valluno, que siempre se me pareció al maestro Longaniza, pero nunca le dije a nadie; ahora no tengo cómo comprobarlo, pero era idéntico. O tal vez era él. Qué mano de vivencias. Tenís y ping pong fueron mis deportes. Además, asistí a Teatro, dentro de las actividades extracurriculares, con un profesor bastante extrovertido e histriónico, al cual me asombró mucho ver en uno de estos programas buscadores de talento de la televisión: ahí estaba, mi profesor de teatro, imitando a un indígena del Cauca, a un guambiano, y payaseando frente a tres jurados. Yo grité “ese fue profesor mío….de teatro”. Mi profe de teatro, ese sí era un personaje. De paso, le deseo muchos éxitos, él también está buscando su felicidad.

Qué alegría recordar, e insisto en lo de siempre: si lo veo objetivamente éramos unos pelagatos estudiando, rumbeando y hablando cháchara; pero un buen hombre me hizo caer en cuenta que la realidad es como uno la vivió, como en el Gran Pez, y se debe recordar con imaginación y magia. Así la recuerdo yo. No éramos cualquiera, éramos nosotros.


Y entre paseos a La Cumbre, idas a la casa famosa de San Fernando, estudiadas hasta tarde con dañada de cafetera incluida, viajes a mi tierra, nostalgia, y alquileres de casas rumberas en los suburbios, transcurre esto. Muchos lo llaman periodo académico de Educación Superior. Yo lo llamo Alma, Corazón y Vida.

jueves, 23 de mayo de 2013

Mi generación


Durante esos cinco años la atmósfera se tiñó de estudio, de cosas nuevas, de personas nuevas, de ropa nueva y de sánduches de ropa vieja.  No existía Paramore aun, pero el éxito del formato de disco compacto motivaba a este pecho a ir a muchos almacenes, en tardes desocupadas y calurosas, a buscar rarities y exclusividades, las cuales no se conseguían en mi planeta natal. Durante esta época conocí gente muy especial, personas, seres humanos valiosos, que lastimosamente veo poco.

Y es que encuentra uno al principio de la etapa, en el primer día, un grupo variopinto, de diferentes edades, diferentes colores, diferentes formas de hablar. Punto. Nos cargan asignaturas, nos cargan trabajos, y a medida que las conversaciones típicas se van dando, esas referentes a la ciudad de nacimiento, gustos en la vida y gente en común, sí, a medida que eso se va dando, vamos formando grupos y núcleos, los cuales se van depurando, los conocimientos y discrepancias se van decantando y aparece la amistad; así es siempre, se rompe el hielo y empieza la confianza. Muchachas de ciudades vecinas, nativos de la ciudad calurosa, gente como yo que viene del mismo planeta de Pepín, incluso gente de la capital; todos confluyen, todo pasa por algo, y surge la amistad a medida que memorizamos y aplicamos derivadas, teorías, asientos contables en los asientos, flujos y software.

Al cabo de varios meses surge la camaradería. Está el vivo, el bobo y el vivo bobo. Y se delimitan las personalidades; ya uno sabe a quién preguntarle una ecuación, ya uno sabe quién será el comercial, quién el matemático que no sabe leer, quién el comprometido con causas sociales, quién el inmiscuido en ambientalismos, quién el emprendedor y quién el matemático que aprendió a leer.

Había un muchacho de baja estatura, dedicado a su ganado de exportación Ayrshire; también estaba su compinche, de más estatura, que le propinaba bastantes bromas, y el cual estaba más dedicado al ganado femenino, de importación y posteriormente de engorde. Otro compañero ojiclaro, sobre el cual más que delimitarlo como galán, debido a la crueldad del estudiantado, lo mofaban de gañán, aclaro, no siéndolo; tenía una novia muy bonita y muy querida. Estaba otro amigo alto, de genes teutones, de amplios conocimientos literarios y filosóficos, de apellido extraño, en cuya casa se producían tertulias y divagaciones sobre la vida, con la compañía de unas cervezas, algo de rock  y comida deliciosa auspiciada por la mama de él: una señora divina, con una sazón digna de cocinera de cinco estrellas . Macarrones, dedos de queso, manjares. Otro personaje también muy buen lector, progresista, y de bastante labia. Todos discutiendo, todos creciendo.

Este grupo no era el único. Naturalmente es imposible nombrar a todos los personajes de la farándula que desfilaron en esta pasarela, pero hubo muchos, muchos momentos. Uno toma lo que quiere de esa ristra de conceptos y vivencias. Aquí las llevo.

Durante casi cuatro de esos cinco años me alojé en un sitio. El epílogo, el último año, fue en otro sitio. Esos primeros cuatro años viví donde una tía. Mi amada tía Belén. Ahí conocí a Seinfeld en mis noches eternas sudando y soñando, aprendiendo y desaprendiendo. Vendrían después tinturas verdes en la cabeza, conciertos, buenos profesores, malos decanos, profesores de canas, muchos sánduches cubanos, zapatos de astronauta, "un panqueso amiga", muerte del eurodance y nacimiento del Trance (esto lo digo de manera ilustrativa, por la ciudad, aunque sabemos que no es así), caminatas a la biblioteca, el mundo de Sofía, y muchos números.

Recuerdo una vez que nos reunimos en el apartamento del último año. Imaginen por un momento el calor estival propio, la música estridente, las risas, y la cada vez más alta afluencia de gente; imaginen ahora una picada en la mitad de la sala, imaginen después un vallenato, imaginen la gota de sudor empapando el mostacho, imaginen a uno de los altos molestando al bajo, imaginen la gritería, e imagínenme a mí imitando a la perfección el teclado de Under the influence de The chemical brothers; así es, no se están imaginando nada raro, pero quien lo vive es quien lo goza, y para allá voy: no fue nada especial si se compara con otras vivencias en otras latitudes. Pero fue especial porque eran ellos, eran ellas, y ahí yo. Nunca lo olvidaremos y nunca volverá. Si fuera recurrente no sería tan especial.

Dos conceptos importantes: el papawarrior y las papas dragón. Qué diablos es esto? El que entienda esbozará una leve sonrisa y, literalmente, un breve aliento. El papawarrior era una empresa de transporte, la famosa Papagayo, no sé si exista ahora, que debía su calificativo de warrior por su avidez al adelantar carros y al pasarse semáforos en rojo, con el único objetivo de llegar primeros a su destino final; si estabas de afán, era un método infalible para llegar a tiempo; y las papas dragón? Papas criollas redondas fritas amarillas que vendían a la salida del recinto, embebidas en un guacamole que dejaría incluso a Kate Middleton en un estado bucal al cual no darían ganas ni de acercársele  a pedirle la hora; un estado que sólo puede ser tratado con buenas dosis de Listerine. Ojo, conceptos muy importantes para el estudiantado que marcaron la habitualidad.

Luego de un momento acabó todo; el ganado engordó, los frutos maduraron, y vendrían nuevas cosas. Cada quién en la búsqueda de la felicidad, del motor de vida que le dé sentido a cada mañana, a cada café, o a cada infusión de té. Dónde están todos ahora? No lo sé, pero aquí en estas letras están. Yo soy el matemático que aprendió a leer, y que los recuerda, a todos y cada uno. A mis compañeros bonaventurianos. Los quiero.