Durante esos
cinco años la atmósfera se tiñó de estudio, de cosas nuevas, de personas nuevas,
de ropa nueva y de sánduches de ropa vieja. No existía Paramore aun, pero el éxito del
formato de disco compacto motivaba a este pecho a ir a muchos almacenes, en
tardes desocupadas y calurosas, a buscar rarities y exclusividades, las cuales
no se conseguían en mi planeta natal. Durante esta época conocí gente muy
especial, personas, seres humanos valiosos, que lastimosamente veo poco.
Y es que
encuentra uno al principio de la etapa, en el primer día, un grupo variopinto,
de diferentes edades, diferentes colores, diferentes formas de hablar. Punto. Nos
cargan asignaturas, nos cargan trabajos, y a medida que las conversaciones
típicas se van dando, esas referentes a la ciudad de nacimiento, gustos en la
vida y gente en común, sí, a medida que eso se va dando, vamos formando grupos
y núcleos, los cuales se van depurando, los conocimientos y discrepancias se
van decantando y aparece la amistad; así es siempre, se rompe el hielo y
empieza la confianza. Muchachas de ciudades vecinas, nativos de la ciudad
calurosa, gente como yo que viene del mismo planeta de Pepín, incluso gente de
la capital; todos confluyen, todo pasa por algo, y surge la amistad a medida
que memorizamos y aplicamos derivadas, teorías, asientos contables en los
asientos, flujos y software.
Al cabo de
varios meses surge la camaradería. Está el vivo, el bobo y el vivo bobo. Y se
delimitan las personalidades; ya uno sabe a quién preguntarle una ecuación, ya
uno sabe quién será el comercial, quién el matemático que no sabe leer, quién
el comprometido con causas sociales, quién el inmiscuido en ambientalismos,
quién el emprendedor y quién el matemático que aprendió a leer.
Había un
muchacho de baja estatura, dedicado a su ganado de exportación Ayrshire;
también estaba su compinche, de más estatura, que le propinaba bastantes bromas,
y el cual estaba más dedicado al ganado femenino, de importación y
posteriormente de engorde. Otro compañero ojiclaro, sobre el cual más que
delimitarlo como galán, debido a la crueldad del estudiantado, lo mofaban de
gañán, aclaro, no siéndolo; tenía una novia muy bonita y muy querida. Estaba
otro amigo alto, de genes teutones, de amplios conocimientos literarios y
filosóficos, de apellido extraño, en cuya casa se producían tertulias y divagaciones
sobre la vida, con la compañía de unas cervezas, algo de rock y comida deliciosa auspiciada por la mama de
él: una señora divina, con una sazón digna de cocinera de cinco estrellas . Macarrones,
dedos de queso, manjares. Otro personaje también muy buen lector, progresista,
y de bastante labia. Todos discutiendo, todos creciendo.
Este grupo no
era el único. Naturalmente es imposible nombrar a todos los personajes de la
farándula que desfilaron en esta pasarela, pero hubo muchos, muchos momentos. Uno
toma lo que quiere de esa ristra de conceptos y vivencias. Aquí las llevo.
Durante casi
cuatro de esos cinco años me alojé en un sitio. El epílogo, el último año, fue
en otro sitio. Esos primeros cuatro años viví donde una tía. Mi amada tía
Belén. Ahí conocí a Seinfeld en mis noches eternas sudando y soñando,
aprendiendo y desaprendiendo. Vendrían después tinturas verdes en la cabeza,
conciertos, buenos profesores, malos decanos, profesores de canas, muchos
sánduches cubanos, zapatos de astronauta, "un panqueso amiga", muerte del eurodance
y nacimiento del Trance (esto lo digo de manera ilustrativa, por la ciudad,
aunque sabemos que no es así), caminatas a la biblioteca, el mundo de Sofía, y
muchos números.
Recuerdo una vez
que nos reunimos en el apartamento del último año. Imaginen por un momento el
calor estival propio, la música estridente, las risas, y la cada vez más alta
afluencia de gente; imaginen ahora una picada en la mitad de la sala, imaginen
después un vallenato, imaginen la gota de sudor empapando el mostacho, imaginen
a uno de los altos molestando al bajo, imaginen la gritería, e imagínenme a mí
imitando a la perfección el teclado de Under the influence de The chemical
brothers; así es, no se están imaginando nada raro, pero quien lo vive es quien
lo goza, y para allá voy: no fue nada especial si se compara con otras
vivencias en otras latitudes. Pero fue especial porque eran ellos, eran ellas,
y ahí yo. Nunca lo olvidaremos y nunca volverá. Si fuera recurrente no sería
tan especial.
Dos conceptos
importantes: el papawarrior y las papas dragón. Qué diablos es esto? El que
entienda esbozará una leve sonrisa y, literalmente, un breve aliento. El
papawarrior era una empresa de transporte, la famosa Papagayo, no sé si exista
ahora, que debía su calificativo de warrior por su avidez al adelantar carros y
al pasarse semáforos en rojo, con el único objetivo de llegar primeros a su
destino final; si estabas de afán, era un método infalible para llegar a
tiempo; y las papas dragón? Papas criollas redondas fritas amarillas que
vendían a la salida del recinto, embebidas en un guacamole que dejaría incluso
a Kate Middleton en un estado bucal al cual no darían ganas ni de acercársele a pedirle la hora; un estado que sólo puede
ser tratado con buenas dosis de Listerine. Ojo, conceptos muy importantes para
el estudiantado que marcaron la habitualidad.
Luego de un
momento acabó todo; el ganado engordó, los frutos maduraron, y vendrían nuevas
cosas. Cada quién en la búsqueda de la felicidad, del motor de vida que le dé
sentido a cada mañana, a cada café, o a cada infusión de té. Dónde están todos
ahora? No lo sé, pero aquí en estas letras están. Yo soy el matemático que
aprendió a leer, y que los recuerda, a todos y cada uno. A mis compañeros bonaventurianos.
Los quiero.
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