jueves, 23 de mayo de 2013

Mi generación


Durante esos cinco años la atmósfera se tiñó de estudio, de cosas nuevas, de personas nuevas, de ropa nueva y de sánduches de ropa vieja.  No existía Paramore aun, pero el éxito del formato de disco compacto motivaba a este pecho a ir a muchos almacenes, en tardes desocupadas y calurosas, a buscar rarities y exclusividades, las cuales no se conseguían en mi planeta natal. Durante esta época conocí gente muy especial, personas, seres humanos valiosos, que lastimosamente veo poco.

Y es que encuentra uno al principio de la etapa, en el primer día, un grupo variopinto, de diferentes edades, diferentes colores, diferentes formas de hablar. Punto. Nos cargan asignaturas, nos cargan trabajos, y a medida que las conversaciones típicas se van dando, esas referentes a la ciudad de nacimiento, gustos en la vida y gente en común, sí, a medida que eso se va dando, vamos formando grupos y núcleos, los cuales se van depurando, los conocimientos y discrepancias se van decantando y aparece la amistad; así es siempre, se rompe el hielo y empieza la confianza. Muchachas de ciudades vecinas, nativos de la ciudad calurosa, gente como yo que viene del mismo planeta de Pepín, incluso gente de la capital; todos confluyen, todo pasa por algo, y surge la amistad a medida que memorizamos y aplicamos derivadas, teorías, asientos contables en los asientos, flujos y software.

Al cabo de varios meses surge la camaradería. Está el vivo, el bobo y el vivo bobo. Y se delimitan las personalidades; ya uno sabe a quién preguntarle una ecuación, ya uno sabe quién será el comercial, quién el matemático que no sabe leer, quién el comprometido con causas sociales, quién el inmiscuido en ambientalismos, quién el emprendedor y quién el matemático que aprendió a leer.

Había un muchacho de baja estatura, dedicado a su ganado de exportación Ayrshire; también estaba su compinche, de más estatura, que le propinaba bastantes bromas, y el cual estaba más dedicado al ganado femenino, de importación y posteriormente de engorde. Otro compañero ojiclaro, sobre el cual más que delimitarlo como galán, debido a la crueldad del estudiantado, lo mofaban de gañán, aclaro, no siéndolo; tenía una novia muy bonita y muy querida. Estaba otro amigo alto, de genes teutones, de amplios conocimientos literarios y filosóficos, de apellido extraño, en cuya casa se producían tertulias y divagaciones sobre la vida, con la compañía de unas cervezas, algo de rock  y comida deliciosa auspiciada por la mama de él: una señora divina, con una sazón digna de cocinera de cinco estrellas . Macarrones, dedos de queso, manjares. Otro personaje también muy buen lector, progresista, y de bastante labia. Todos discutiendo, todos creciendo.

Este grupo no era el único. Naturalmente es imposible nombrar a todos los personajes de la farándula que desfilaron en esta pasarela, pero hubo muchos, muchos momentos. Uno toma lo que quiere de esa ristra de conceptos y vivencias. Aquí las llevo.

Durante casi cuatro de esos cinco años me alojé en un sitio. El epílogo, el último año, fue en otro sitio. Esos primeros cuatro años viví donde una tía. Mi amada tía Belén. Ahí conocí a Seinfeld en mis noches eternas sudando y soñando, aprendiendo y desaprendiendo. Vendrían después tinturas verdes en la cabeza, conciertos, buenos profesores, malos decanos, profesores de canas, muchos sánduches cubanos, zapatos de astronauta, "un panqueso amiga", muerte del eurodance y nacimiento del Trance (esto lo digo de manera ilustrativa, por la ciudad, aunque sabemos que no es así), caminatas a la biblioteca, el mundo de Sofía, y muchos números.

Recuerdo una vez que nos reunimos en el apartamento del último año. Imaginen por un momento el calor estival propio, la música estridente, las risas, y la cada vez más alta afluencia de gente; imaginen ahora una picada en la mitad de la sala, imaginen después un vallenato, imaginen la gota de sudor empapando el mostacho, imaginen a uno de los altos molestando al bajo, imaginen la gritería, e imagínenme a mí imitando a la perfección el teclado de Under the influence de The chemical brothers; así es, no se están imaginando nada raro, pero quien lo vive es quien lo goza, y para allá voy: no fue nada especial si se compara con otras vivencias en otras latitudes. Pero fue especial porque eran ellos, eran ellas, y ahí yo. Nunca lo olvidaremos y nunca volverá. Si fuera recurrente no sería tan especial.

Dos conceptos importantes: el papawarrior y las papas dragón. Qué diablos es esto? El que entienda esbozará una leve sonrisa y, literalmente, un breve aliento. El papawarrior era una empresa de transporte, la famosa Papagayo, no sé si exista ahora, que debía su calificativo de warrior por su avidez al adelantar carros y al pasarse semáforos en rojo, con el único objetivo de llegar primeros a su destino final; si estabas de afán, era un método infalible para llegar a tiempo; y las papas dragón? Papas criollas redondas fritas amarillas que vendían a la salida del recinto, embebidas en un guacamole que dejaría incluso a Kate Middleton en un estado bucal al cual no darían ganas ni de acercársele  a pedirle la hora; un estado que sólo puede ser tratado con buenas dosis de Listerine. Ojo, conceptos muy importantes para el estudiantado que marcaron la habitualidad.

Luego de un momento acabó todo; el ganado engordó, los frutos maduraron, y vendrían nuevas cosas. Cada quién en la búsqueda de la felicidad, del motor de vida que le dé sentido a cada mañana, a cada café, o a cada infusión de té. Dónde están todos ahora? No lo sé, pero aquí en estas letras están. Yo soy el matemático que aprendió a leer, y que los recuerda, a todos y cada uno. A mis compañeros bonaventurianos. Los quiero.

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