jueves, 2 de mayo de 2013

Estudiar me hizo inculto..


Estaba pensando sobre cuál sería un buen tema para escribir, sobre el cual divagar y soltar una retahíla de letras o souvenirs lingüísticos que puedan lograr algún mensaje a usted señor lector; y siempre busco algún aspecto de la vida, alguna idea que me haya llamado la atención o algún aspecto destacable que de alguna manera haya afectado mi diario vivir.

El problema es que tenía la mente en blanco; mi cabeza de coronilla prominente y pelo echado para abajo era una oquedad total; mi cerebro estaba en ceros. Pero porqué pasa esto? Claro, caí en cuenta que durante los últimos días había estado inmiscuido en fórmulas, cálculos y lecturas eruditas, escritos que sólo pueden ser redactados por abogados; nadie más se complica tanto la vida.  Tenía que  estudiar y ganar un examen, por lo mismo también  específico; examen purista y especializado;  me metí tanto en el cuento que dejé de mirar frivolidades, dejé de hacer el crucigrama del doctor Rivas, no pude (lástima!) ver los noticieros, tan deliciosos y llenos de política, me puse más veces la mano en la cumbamba que lo habitual, dejé solitaria a Anna Arkadievna y plop!! Surgió una paradoja: estudiar me hizo inculto.

No quiero suscitar malentendidos fatuos donde no los hay. Pero en la vida hay dos aspectos paralelos y absolutamente complementarios: uno, el laboral y académico, y otro, el ocioso, el placer del diario vivir. La vida con sacoleva y la vida con camiseta. La vida con y sin mancornas. En el constante transcurrir de ambas, nos enfrentamos a retos, a pruebas de conocimiento, que delimitan lo que uno va haciendo; y son necesarias. Nada más necesario que el conocimiento, y nada más importante que compartirlo.

Durante estos días colgué la camiseta. La guardé en el armario. Cuando compraba una hamburguesa, pensaba que estaba comprando un contrato de futuros sobre el índice de la hamburguesa, y al cubrirme con la cobija, con el duvet de plumas de ganso, y sentir el calorcito acompañado de la señora, pensaba que estaba haciendo cobertura de riesgo de exposición al frío capitalino. Son tecnicisimos, palabras raras de gente empapada. Y al ver sitios de ropa veía materiales sintéticos de cobertura. Repito, tecnicismos. Para amateurs en este aspecto financiero, podemos decir que el diario devenir humano yo lo asociaba a términos crematísticos, numéricos y puntuales del tema del examen.

La excesiva erudición nos vuelve incultos. Ya que por andar muy focalizados en algo, nos olvidamos de la gran foto, nos olvidamos de la universidad de la vida.  Ojo muchachos, no puedo ser así, me dije a mí mismo. Conozco gente que sabe mucho, son los que más saben acerca de un tema específico pero por andar centrados sólo en eso, se olvidan de Iron Man o del nuevo libro de Angela Becerra, y se olvidan que la vida es un equilibrio, una mezcla entre lo superfluo y lo serio, entre lo banal y lo laboral, entre workaholic y shopaholics.

Debemos ser mesurados y tener presente que conocer todos los detalles de la clorofila, desde su composición química hasta sus propiedades físicas, no hace que conozcamos el árbol. Hay que saber tecnicismos, y en las fiestas de los niños hay que hablar con los adultos, y mirar serio y soltar un comentario de actualidad, muy ponderado,  fruncir el ceño y hablar de Uribe, pero también hay que ver cine, leer revistas light, ver qué está haciendo Máxima Zorreguieta en este momento, conocer al hijo de Miranda Kerr y pensar  cómo será el estreno de The Man of Steel. Eso es cultura también, tanto o más importante, en la medida en que produce tanto o más emoción.

La otra vez manifesté en un seminario, precisamente sobre el manejo del tiempo, que me gustaría ser vampiro: Empezaría mi día a las 6am, arreglaría a las niñas, iría al trabajo, almorzaría, volvería a la oficina, me iría a la casa, comeríamos, dormiría a las niñas, cumpliría mis labores maritales, y a las 12 de la noche tendría tiempo para ver cosas, estudiar, leer, ver películas, revistas, bajar música (legalmente, claro está), y a las 6 volvería a rodar la película de la cotidianidad, todo sin necesidad de dormir.

Pero debido a que esto no es posible, y que el tiempo es escaso y limitado,  hay que establecer prioridades, y eso lleva a establecer sacrificios. Mi juicio de valor entra ahí: debido a que quiero estudiar y aprender algo puntual, y debido a que debo presentar un examen, tendré que sacrificar algún tiempo de diversión. Equilibrio. Esos sacrificios generan retribuciones.

Lo que sí no quiero en mi vida es ser alguien híper especializado. Volviendo al árbol, quisiera saber cómo funciona ese cuento de la clorofila, cómo es el cuento de la madera, pero también quiero saber cómo pintarlo, cómo animarlo, cómo ponerle vida al árbol…creo yo que así el conocimiento sería mayor. Quiero ser un médico internista, no quiero saber sólo de párpados.

Claro está, mis queridos lectores, no estuve metido en un laboratorio un año entero, ni estuve en Siberia metido con unos tigres sin ningún contacto personal; no; tranquilos, sólo fueron siete días de estudio. Pero algo debía escribir, mejor forma de desahogarse no hay. Como bien dice Bernardo Soares, el heteronómino de Fernando Pessoa el portugués, la literatura es la forma más agradable de ignorar la vida. Y para mí es la forma más agradable de no ignorarme a mí mismo, de recordarme lo que soy y lo que quiero en la vida.

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