Estaba pensando sobre cuál sería
un buen tema para escribir, sobre el cual divagar y soltar una retahíla de
letras o souvenirs lingüísticos que puedan lograr algún mensaje a usted señor
lector; y siempre busco algún aspecto de la vida, alguna idea que me haya
llamado la atención o algún aspecto destacable que de alguna manera haya
afectado mi diario vivir.
El problema es que tenía la mente
en blanco; mi cabeza de coronilla prominente y pelo echado para abajo era una
oquedad total; mi cerebro estaba en ceros. Pero porqué pasa esto? Claro, caí en
cuenta que durante los últimos días había estado inmiscuido en fórmulas,
cálculos y lecturas eruditas, escritos que sólo pueden ser redactados por
abogados; nadie más se complica tanto la vida. Tenía que estudiar y ganar un examen, por lo mismo
también específico; examen purista y
especializado; me metí tanto en el
cuento que dejé de mirar frivolidades, dejé de hacer el crucigrama del doctor
Rivas, no pude (lástima!) ver los noticieros, tan deliciosos y llenos de
política, me puse más veces la mano en la cumbamba que lo habitual, dejé
solitaria a Anna Arkadievna y plop!! Surgió una paradoja: estudiar me hizo
inculto.
No quiero suscitar malentendidos
fatuos donde no los hay. Pero en la vida hay dos aspectos paralelos y
absolutamente complementarios: uno, el laboral y académico, y otro, el ocioso, el
placer del diario vivir. La vida con sacoleva y la vida con camiseta. La vida
con y sin mancornas. En el constante transcurrir de ambas, nos enfrentamos a
retos, a pruebas de conocimiento, que delimitan lo que uno va haciendo; y son
necesarias. Nada más necesario que el conocimiento, y nada más importante que
compartirlo.
Durante estos días colgué la
camiseta. La guardé en el armario. Cuando compraba una hamburguesa, pensaba que
estaba comprando un contrato de futuros sobre el índice de la hamburguesa, y al
cubrirme con la cobija, con el duvet de plumas de ganso, y sentir el calorcito
acompañado de la señora, pensaba que estaba haciendo cobertura de riesgo de
exposición al frío capitalino. Son tecnicisimos, palabras raras de gente
empapada. Y al ver sitios de ropa veía materiales sintéticos de cobertura.
Repito, tecnicismos. Para amateurs en este aspecto financiero, podemos decir
que el diario devenir humano yo lo asociaba a términos crematísticos, numéricos
y puntuales del tema del examen.
La excesiva erudición nos vuelve
incultos. Ya que por andar muy focalizados en algo, nos olvidamos de la gran
foto, nos olvidamos de la universidad de la vida. Ojo muchachos, no puedo ser así, me dije a mí
mismo. Conozco gente que sabe mucho, son los que más saben acerca de un tema
específico pero por andar centrados sólo en eso, se olvidan de Iron Man o del
nuevo libro de Angela Becerra, y se olvidan que la vida es un equilibrio, una
mezcla entre lo superfluo y lo serio, entre lo banal y lo laboral, entre
workaholic y shopaholics.
Debemos ser mesurados y tener
presente que conocer todos los detalles de la clorofila, desde su composición
química hasta sus propiedades físicas, no hace que conozcamos el árbol. Hay que
saber tecnicismos, y en las fiestas de los niños hay que hablar con los
adultos, y mirar serio y soltar un comentario de actualidad, muy ponderado, fruncir el ceño y hablar de Uribe, pero también
hay que ver cine, leer revistas light, ver qué está haciendo Máxima Zorreguieta
en este momento, conocer al hijo de Miranda Kerr y pensar cómo será el estreno de The Man of Steel. Eso
es cultura también, tanto o más importante, en la medida en que produce tanto o
más emoción.
La otra vez manifesté en un
seminario, precisamente sobre el manejo del tiempo, que me gustaría ser
vampiro: Empezaría mi día a las 6am, arreglaría a las niñas, iría al trabajo,
almorzaría, volvería a la oficina, me iría a la casa, comeríamos, dormiría a
las niñas, cumpliría mis labores maritales, y a las 12 de la noche tendría
tiempo para ver cosas, estudiar, leer, ver películas, revistas, bajar música
(legalmente, claro está), y a las 6 volvería a rodar la película de la cotidianidad,
todo sin necesidad de dormir.
Pero debido a que esto no es
posible, y que el tiempo es escaso y limitado, hay que establecer prioridades, y eso lleva a
establecer sacrificios. Mi juicio de valor entra ahí: debido a que quiero
estudiar y aprender algo puntual, y debido a que debo presentar un examen,
tendré que sacrificar algún tiempo de diversión. Equilibrio. Esos sacrificios
generan retribuciones.
Lo que sí no quiero en mi vida es
ser alguien híper especializado. Volviendo al árbol, quisiera saber cómo
funciona ese cuento de la clorofila, cómo es el cuento de la madera, pero
también quiero saber cómo pintarlo, cómo animarlo, cómo ponerle vida al árbol…creo
yo que así el conocimiento sería mayor. Quiero ser un médico internista, no
quiero saber sólo de párpados.
Claro está, mis queridos
lectores, no estuve metido en un laboratorio un año entero, ni estuve en
Siberia metido con unos tigres sin ningún contacto personal; no; tranquilos,
sólo fueron siete días de estudio. Pero algo debía escribir, mejor forma de
desahogarse no hay. Como bien dice Bernardo Soares, el heteronómino de Fernando
Pessoa el portugués, la literatura es la forma más agradable de ignorar la
vida. Y para mí es la forma más agradable de no ignorarme a mí mismo, de
recordarme lo que soy y lo que quiero en la vida.
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