jueves, 9 de mayo de 2013

Ella me regaló el primer acetato


El disco era de Madonna Louise Veronica Ciccone, de la banda sonora de “Who’s that girl?”. Para ese entonces, esta artista de lunar era emergente, no creo que los medios la vieran tan prometedora, y ni creo que la dadora del regalo pensase que el receptor podría ir algún día a la ciudad de la eterna primavera a un concierto de ella. Yo nací en 1979, así que tenía 7 años cuando salió esa película. Cuando abrí el regalo, tal vez el día de mi cumpleaños o tal vez en navidad, para mí implicó sofisticación y bienvenida a la modernidad. Ya no tenía juguetes, tenía discos. Y ella sonrió. Siempre sonríe y la quiero.

Ver la portada, un cuadrado plano de cartón plastificado, blanco, con la foto gigante de madonna mirando hacia arriba; abrir la caja por un costado y sacar su contenido, escanciarlo, olerlo, degustarlo. Qué es el contenido? Para los lectores menores, les cuento que era un disco negro, una hermosa plasta negra y circular de acetato o de vinilo (en últimas es lo mismo para los no técnicos), limpio, mostrando sus surcos, envuelto en una bolsita transparente; sí, mostrando los surcos en donde, al igual que en las cintas del casette UX cromado, estaban las notas ochenteras de synth pop y new wave. Me erizo de sólo pensar en ese momento.

Majestuoso. Qué regalazo. Lo oí mucho, muchas veces. Además como regalo, y también para que ustedes jóvenes lectores aprendan, venía un disco de 45 revoluciones por minuto, y ya no de 12 pulgadas como los grandes, sino de 7. Un hijito del grande, en el cual estaba “la isla bonita”, en su versión normal por un lado, y en su versión instrumental por el otro. 

No importa qué fecha fue. No importa qué tenía puesto, si unos jeans oversized con unos redbook (sic) o si una sudadera de ballenas. No importa si me había bañado, o si estaba lloviendo. Es más, me es imposible acordarme. Pero sí me acuerdo de lo que sentí: el olor y el sonido al poner el disco en el Aiwa, manipular el brazo para que la aguja, con su diamante, empezara a buscar información a medida que giraba a 33 1/3 rpm.

No había nada igual. Y permítanme que sea repetitivo, pero es que ese placer fue inmenso. El placer de varias revoluciones por minuto, el placer, no de oír música, sino de consumirla, de tocar los sonidos. Después vendría Thriller y Bad, del dr Jackson, trabajos naturalmente muy importantes, pero nunca, nunca como el primero. Y ahí seguía ella. Le dí un abrazo y un beso que no está escrito. Bueno, ahora sí lo está.

Esos tres discos marcaron mucho, pero digámoslo así: no es que hayan marcado mi gusto musical estrictamente, ya que después vinieron muchos más ya elegidos por mí y para ese entonces tenía un primo de botas Adidas que me grababa unos casettes objetivamente más vanguardistas; pero marcó el inicio, o más bien la manifestación de una amistad con ella. Una cómplice que quiso darme gusto en lo que me gusta: la música. Y que todavía, salvo contadas excepciones extremadamente underground, disfruta lo que pongo, ya no en el tocadiscos, sino en los formatos inevitablemente modernos. Ya la música no se palpa mucho, y poca huele. La complicidad de esta señora popayaneja ha sido un bastón esencial en mi vida. Esa faceta fresca quiero resaltar, ya que es vívida, puntual, está ahí; y ahí estás tú.  Gracias mamá por ser mi amiga, por estar ahí siempre y por alimentar una relación tan hermosa con este pecho, una relación que va a más, a mucho más de 33 1/3 revoluciones por minuto. Feliz día!

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