jueves, 22 de agosto de 2013

La modernidad relativa

Siempre el ser humano ha tenido la curiosidad por saber cómo será el mundo en el futuro. Premisa inicial de la que se desprenden infinidad de teorías y angustias; Nada más interesante que lo desconocido, y nada más aburridor que el saber que todo está dado y que no hay incertidumbre.

Esa curiosidad motivó a un vikingo a explorar qué podría haber al oeste -antes sólo exploraba el este- y así llegar a las costas de Inglaterra; citando a  Eca de Queirós, este sentimiento oscila entre lo grosero y lo sublime: sirve para fisgonear a la vecina cambiándose su ropaje o para descubrir continentes como América. La curiosidad es un importante combustible, a veces con mugre y a veces con alto octanaje.

Las pruebas de las ganas de saber qué pasará están en los libros -cuando éstos empezaron a existir- pero mucho antes ya estaba la tradición oral, el voz a voz legendario que obligaba a aprender de memoria (con todos los errores que ese teléfono roto implicó) las percepciones sobre la vida, las poesías y las profecías. Antes las historias se contaban y se memorizaban.

Imagino a Lucy, la primera humana que la paleontología menciona, en Etiopía hace millones de años, pensando y angustiándose por saber qué vendría después, cómo cambiaría esa llanura calurosa en la que cazaba su alimento, dormía y desarrollaba sus funciones corporales; la imagino comunicando de alguna manera, no sé cómo, sus perspectivas a su núcleo familiar -no había lenguaje-, viendo la imposibilidad de que hubiera algo diferente; ya todo está creado, ya están los animales, la comida, qué más puede existir? Vivía en su modernidad relativa.

Posteriormente vendría lo que conocemos como Historia, y continuaron imaginándose el futuro. A la par de esto empezaron a vaticinar el fin de todo; al oír un trueno una noche de invierno, salen a relucir los miedos y fantasmas y alguien da un paso al frente, se apersona, se pega en el pecho tomando el liderazgo y dice que el mundo, sí señor, se está acabando y dejará de existir tal y como lo conocemos. Expectativa y miedo al fin, otra característica más del adulto contemporáneo.

Surgen los profetas motivados por el temor. Existieron también los zahoríes, que veían lo oculto; luego los arúspices, que examinaban las entrañas de los animales para profetizar el futuro (no más imagínense el reguero de sangre y tripas para concluir que habrá una guerra con los mismos ingredientes escatológicos), y así sucesivamente.

En Italia existió un profeta llamado Savonarola, que luego fue quemado en la Inquisición; construyó una red social de muchos seguidores, aun sin existir el computador, y acabó con la estabilidad del sistema de poder de Florencia, tan concentrado en la familia Médicis; todo con el patrocinio de la incertidumbre.

Otros instrumentos para especular con el fin son los números per se, esas cifras inventadas por tribus ancestrales e impuestas por emperadores. Al ver que llegaban al año 1200, por ejemplo, los profetas decían que el mundo acabaría. Cómo? No sé, pero todo acabaría. Y así con el año 1300, 1400, etc. En el mercado financiero los niveles cerrados (1900 ó 1800 ó 7,00) implican la ruptura o comienzo de alguna tendencia; así es con la vida. Cada nuevo milenio, década o año trae nueva energía, e involucra rituales. No más acuérdense del año 2000, la gran celebración que hubo, el Y2K y demás.

Miles de casos así, hasta que llegamos a la modernidad, nuestra modernidad relativa. La gente se sigue matando para no morir; el locuaz Nicolás Gómez Dávila a principio del siglo XX dijo que la sociedad del futuro sería una esclavitud sin amos. Algo tiene de razón. Incluso mi padre, una vez que le pregunté sobre cómo seríamos dentro de 100 años, dijo que todo sería igual, sólo con más pobreza y más problemas, con los mismos humanos, sus angustias y su alegría, que siempre al inicio de cada año habría profetas que vaticinan un atentado contra el Papa y un terremoto; el mundo siempre será igual, sólo con más gente y más tecnología. Las cosas cambian, lo que antes eran monarcas déspotas ahora son corruptos, también déspotas; sólo hay cambios en las apariencias, no en la esencia.

Creemos que esa modernidad es exclusiva de nosotros, pero no es así. Nuestro entorno era algo impensable hace 100 años pero causará gracia dentro del mismo tiempo, pronto esta modernidad será una época primitiva en los libros de historia. Hoy puede haber un taumaturgo diciendo que el fin se aproxima, siempre con el mismo cuento; seguirán saliendo películas y libros con temas futuristas, en ese territorio en el que todo es permitido; el miedo y la incertidumbre continúan, echando carbones a la hoguera de la humanidad.

Por mi lado encuentro fascinante imaginar el futuro, y cree uno que ahora está todo inventado, así como creyó un indígena paez hace 200 años, o así como creyó Lucy. Pero nada está escrito, o más bien todo está escrito, sino que no sabemos dónde. Cómo será la música? No tengo la menor idea, me hice esta pregunta hace 20 años sobre cómo sería cuando fuera adulto, y nunca imaginé todo lo que hay ahora: el espectro es gigante.


El mundo siempre será triste y feliz, justo e injusto, primitivo y sofisticado; ahí navegamos, depende qué lado de la balanza quiera agarrar uno. Me encanta estar viviendo y estar expectante, no del  presente continuo, sino del futuro progresivo. Esa es mi modernidad relativa.

jueves, 15 de agosto de 2013

Todo de todo

Corría el año 1993 y estaba viendo televisión con mis papás y mi hermana, haciendo zapping entre tantos canales que existían en ese momento, todo esto gracias a un concepto novedoso: la antena parabólica. Esta consistía en un plato pandeado inmensamente grande, a veces incluso más grande que la misma casa, instalado en un lote de 4x4 metros, que miraba hacia arriba como los girasoles y captaba señal  de los satélites de cadenas de televisión del otro lado del charco y del otro lado de la luna. Por su tamaño, este tipo de antena fue un gran invasor de espacio en la floreciente terminología de zonas comunes y propiedad horizontal.

Empecé a ver canales diferentes, comerciales de cereales y de GI Joe que me dejaban absorto, noticias en inglés, y también canales peruanos, argentinos y mexicanos. Nos volvimos multimedia e internacionales.

Iba cambiando canales, como les digo, y me detuve en un espacio de humor en un canal mexicano. Teniendo como derrotero y bases teóricas la Carabina de Ambrosio y Qué nos pasa noté cierto parecido entre los actores de estos clásicos  y el que aparecía en ese momento en la pantalla.

Todo de Todo se llamaba el programa, un collage de sketches que colmaba media hora semanal. Yo lo esperaba ansiosamente cada jueves con palomitas de maíz y gaseosa y posteriormente caí en cuenta de que podía empezar a grabarlo en el Betamax.

Ahí salían muchos personajes, entre ellos un español gordo y peludísimo haciendo monerías, conocido como el Trompetero, volviendo la lengua un ocho mientras era insultado y humillado por su amigo buen mozo y malgeniado, el Tabaquete, a raíz de sus comentarios estúpidos, fuera de tono y absolutamente hilarantes. Uno era gallego y el otro andaluz.

Qué bien que la pasaba. Además del par de españoles tontos, existió un profesor, apodado Hugo del Metate, que en un papelógrafo explicaba múltiples términos a sus alumnos y mientras preguntaba si le entendían, movía la cabeza hacia adelante, el peluquín se le despegaba a medias y le cubría la cara. Muy chistoso además otro personaje, un científico alemán, naturalmente basado en Einstein: el doctor Von-Va. Imagínenlo con su acento alemán, el pelo parado y la espuma desbordando las pipetas y beakers de su laboratorio.

Hasta aquí la primera parte del fenómeno: el asombro y la risa.

Luego empieza la difusión, segunda parte natural del mismo. Empecé a gesticular igual al trompetero, les conté a mis primos, a mis amigos, a mi hermana, a mis papás, ellos también empezaron a gesticular y hacer el ocho con la lengua al terminar un chiste, empecé a sacarle parecidos a la gente con algunos personajes del programa e incluso me aprendí diálogos de memoria, que aún recuerdo sin falla. Están en mi memoria, y me río todavía.

Todo de Todo se convirtió en una institución para mí, en un estilo de vida, así como el transmisor gigante e incómodo para sintonizarlo por medio de las ondas, la parabólica, se convertía en el estilo de vida de los demás. Contábamos con múltiples opciones, el panorama se iba atiborrando de estas antenas: nunca antes los Supersónicos estarían más acertados en su visión del futuro.

Primos y primas de otras latitudes y disímiles edades hacían la mueca del Trompetero en señal de complicidad conmigo, e incluso recitaban algunas oraciones repetidas insaciablemente por este pecho, había rebobinadas de casete casi a diario y ese rodillo de cinta se convirtió un poco menos que una joya, un trofeo. El clímax de toda esta situación llegó en un capítulo puntual en el que uno de los personajes -el profesor- al cerrar su papelógrafo y marcharse del recinto se machuca tres dedos de las manos, pega un aullido máximo de dolor y se va absolutamente adolorido, mientras todo el público casi se parte de la risa. Podrían ustedes imaginarse cuántas veces vi la escena, la devolví, la volví a ver, proceso que casi daña los cabezotes del reproductor.

Como en todo fenómeno, después del clímax y el movimiento, llega la calma. Así como todas las dinastías y gobiernos poderosos declinan, también empezó a mermar la calidad del espacio humorístico; empezaron a repetir ediciones viejas, ya los personajes no eran tan genuinos sino más bien aburridores; así mismo la programación de canales de la parabólica empezó a menguar, veíamos canales en inglés que transmitían los pronósticos del clima las veinticuatro horas del día, incluso hubo un canal árabe, o iraní, no importa: era incomprensible y de letras raras.

El fin llega, tarde o temprano pero llega. Alguna ley de algún señor triple A (abogado, adulto y aburrido) se coló en el Senado, supongo, y bueno, palabra va palabra viene, las parabólicas pasaron a ser ilegales; los dinosaurios eran gigantes, aparentemente invencibles y longevos pero aun así se extinguieron; eso mismo pasó con la parabólica. Desmontaron todas las estructuras, y nunca más volvería a saber nada de estos amados personajes, de estos dinosaurios; pero poseía un fósil: el casete en el que grabé todo, la prueba reina.

El tiempo siguió avanzando a la par de la tecnología, llegó internet, los planes de televisión por cable y demás comodidades; y resulta que así como la corriente del mar o algún terremoto sepulta los fósiles mandándolos a parajes lejanos y escondidos, me pasó que en un trasteo (nada más parecido a un terremoto) el afán de salir de bártulos le dio un adiós para siempre a la única prueba que quedaba de la existencia del trompetero: el casete se perdió.

Ahora corre el 2013 y mencioné que llegó internet porque gracias a ella pude ponerme en la labor, desde hace algunos años, de buscar algo relacionado a estos personajes, a ese programa, con resultados muy exiguos. A duras penas hay un par de extractos de un minuto en youtube; la parabólica se extinguió y con ella Todo de Todo; por más que busco en todos lados, apenas salen menciones o comentarios alusivos a algo que existió en el 93. Ahora cómo pruebo que existieron?


Tal vez después de la cuarta guerra mundial, esa que dicen será con palos y piedras, surja una nueva sociedad, con dinosaurios y parabólicas; seguro que ahí reaparecerá el Trompetero, Tabaquete y demás, dándose golpes entre sí. Seguro estaré ahí para ese entonces; de momento, estoy seguro que alguna familia está en este momento dañando los cabezotes del reproductor de Betamax destornillada de la risa viendo, devolviendo y viendo otra vez las genialidades de este humorista en algún recodo del mundo. Habrá encontrado la prueba reina en la basura, en un mercado de las pulgas o en alguna subasta en internet.

jueves, 8 de agosto de 2013

Lorelei

Lorelei era una musa que siempre estaba sentada sobre una piedra al final de una curva en el inmenso transcurso de un río largo, el Rin, en Alemania. Ahí está sentada, impasible como algunos amores imposibles, y como algunas personas frente a las vicisitudes de la vida.

Ahí espera ella, es una ondina, un ser mitológico absolutamente hermoso, de rasgos profundamente marcados, cejas gruesas, pelo largo rubio un poco ondulado, con hombros sensuales, suaves y nacarados, torso parcialmente descubierto que se deja entrever a través del lino semitransparente de su túnica, esa túnica que coquetamente muestra y esconde al unísono los dotes y placeres femeninos. Ahí toca su flauta con tonalidades celestiales, sensuales y musita una voz aguda y entonada.

En ese risco en el que ella se encuentra, al final de la curva en el valle superior del Rin, en su parte romántica tal y como dicen los atlas, espera el amor. Un amor que venga en forma de marinero, de turista, de incauto, como todos los amores que van por ahí. Esos son los amores que se asemejan a una flor, cuyo olor no se sabe si existe o no existe solo cuando hay un ser que lo perciba.

En esta zona muchos hombres han muerto; esta ondina, cuya belleza sólo es equiparable a la de Simonetta, misteriosa y melancólica mujer que posó para Sandro Botticelli y que aparece en El Nacimiento de Venus, ha distraído, engalanado y desarmado a muchos navegantes, quienes al ver su cuerpo y sus senos turgentes dejan olvidado el timón del barco, de la nao, o incluso de su vida, con tal de probar ese néctar prohibido.

Así es la mujer, un ser inmensamente indescriptible y hermoso. Y así es la vida, así se asemeja al curso del río alemán del que les hablo: un cauce que corre y transcurre a lo largo del tiempo, con piedras, curvas, subidas, bajadas, nacimientos, vertientes y desembocaduras, algunas desembocaduras plácidas como las rías de la costa atlántica y algunas fuertes como los fiordos noruegos.

En medio de estas curvas de la vida, del río, aparece Lorelei, la ondina que hace que el navegante o se desvíe sucumbiendo a sus placeres con final estrepitoso o, al revés, se encauce en la corriente y llegue a feliz desembocadura con ella. Depende del navegante, ese hombre que tenga la fortuna o la desgracia de encontrársela, como en toda mitología, como en toda realidad.

Este río ha inspirado a mucha gente, incluso al gran Wagner, maestro que bautizó El Oro del Rin al preludio de la trilogía El Anillo del Nibelungo, convirtiéndola prácticamente en una tetralogía. El Rin, escenario de valkirias, diosas de la juventud y locura. Ahí en ese río estaba el oro, en esa vida estaba Lorelei tácitamente, esperando a ser encontrada, bajo óperas sublimes que dejaron boquiabiertos a muchos, incluyéndome.

Cada ser humano navega en su río, algunos con más corriente que otros, o con más piedras, o con agua salada en vez de dulce, nadándolo o navegándolo, con o sin tripulación. Y cada quien en cierta curva, de manera lenta o rápida, ve a una Lorelei que le observa y lo detendrá o lo dejará seguir de acuerdo a los designios que estén marcados.


Yo la encontré una vez y la miré. El barco se encauzó y la incorporé a la tripulación, sin naufragar en el intento. Ahora ella está cerca a otros riscos, los de la Sierra Nevada de Santa Marta, mojando su cuerpo en playas y estuarios; la pienso bastante.

jueves, 1 de agosto de 2013

El aeropuerto

A este lugar llega mucha gente en diferentes medios de transporte, bien sea carro, bus articulado, bus corriente o motocicletas; unos llegan para de ahí irse a otro paraje, otros llegan para devolverse a los pocos minutos, otros llegan solamente a trabajar y así ganarse su sustento diario, y otros llegan para así mismo desvanecerse en el viento.

Este es un carrusel donde salen y entran personas; es el aeropuerto, un sitio que me encanta por la atmósfera que emana. Se puede ver de todo, al entrar llegan con sus dos maletas, una de ruedas de pasta negra y la otra un morral que cierra con velcro en la mitad, también negro, con los implementos básicos para sobrevivir intelectual y lúdicamente 6 horas: algún aparato para oír música, un par de revistas, una crema hidratante, una loción, muchos lapiceros, un diario, una bufanda y una chocolatina.

Me encantan los aeropuertos; en la entrada consigo regalos, café delicioso, CDs (todavía se consiguen, hurra!), recuerdos de mi país, recuerdos de mi ciudad y un trago de whisky si se me antojase servido en un grifo gota a gota, vendido como un elixir para la eterna juventud y el eterno enamoramiento; pero es inadmisible comprar un suvenir guajiro en alguna tienda de estas: en ningún lado se nota más la inflación que ahí.

Me tranquilizo porque no es mi caso: no debo llevar nada de regalos. No hay destino. El destino de ese momento no es viajar, sino realizar un trámite necesario en las instalaciones de dicho terminal: un trámite de esos que se inventan los adultos. Compro un tinto amargo y caliente en vaso de plástico blanco y asidero del mismo material, pero marrón. Cojo asiento.

Cada grupo de personas, o incluso cada persona, tendrá su historia en particular; difícil saberlo pero fácil imaginarlo. Qué podría pasar entre esa pareja que acaba de entrar, muy elegantes por cierto, con tan solo dos maletas de mano, acercándose al muelle nacional; o qué historia estará entrecruzada en la vida de esa niña que va con la azafata, con un rótulo de recomendada en su camiseta; mil historias, como les digo. Gran afluencia de gente, y por ahí la vi a ella. Todo el universo empezó a andar en cámara lenta, en claroscuro; quedé mesmerizado.

Ella pasó caminando. Segundos antes yo estaba sentado, con mi café y una dona de chocolate, tranquilo, sin mucha efervescencia; pero cuando la noté, sentí que era de noche y que lanzaban juegos artificiales en el cielo, sonaban explosiones y todo era de color, empezó a sonar hard trance alemán en mi mente y ella caminaba frente a mí, era una musa caminante, llevaba un abrigo negro de cuatro bolsillos, medias veladas negras también y zapatos rojos escarlata brillantes.

La boca es muy difícil de describir. Lo único que se puede equiparar al mundo de los humanos es decir que llevaba un labial Le rouge absolu de Lancome; así le llaman los seres humanos. Era una mujer muy misteriosa, podría yo creer que tanta belleza no es posible, que posiblemente era una villana que en esos labios traía veneno; independientemente de que fuera o no veneno, el caso es que era asfixiante.

Lo único que no pude ver de su rostro fueron los ojos, porque estaban cubiertos y matizados por unos lentes Wayfarer verdes plegables que agregaban a la atmósfera  un olor absolutamente a años ochenta, un olor a new wave; sonó en esos momentos un track de Friendly Fires y el aeropuerto se convirtió en una mezcla absurdamente deliciosa de ropa y música, mientras ella me caminaba.

Cuando sacudí mi cabeza tratando de llegar al planeta tierra de nuevo, vi que tal sílfide iba hacia una horda de gente que estaba saltando, gritando y meneando unas pancartas, cual si estuvieran en manifestación. Qué será la bulla? Me fui tras ella, manteniendo una distancia de tres metros, a medida que me acercaba al grupo de gente. Averigüé y una niña de doce años me dijo que toda esta gente estaba esperando la llegada de un grupo muy famoso de k-pop, término asociado al pop coreano. Resulta que el grupo se llamaba Supernova, y se presentaba por esos días aquí en la ciudad. La multitud estaba expectante, los niños y niñas gritaban, la expectativa por su llegada era total.

Cientos de personas, entre adultos de bigote y adolescentes de patillas, estaban en la sala de llegada de vuelos; entre ese ruido y mar de gente ella empezó a hacerse más lejana, cada segundo que volvía a mirar hacia adelante ella se veía más ausente, más gaseosa, así como Wilson, muñeco imaginario del náufrago, que cada vez, a medida que el desespero aumentaba, a medida que la agonía asfixiaba, él se iba alejando.

De un momento a otro la dejé de ver en la distancia. Qué angustia, me quedé sin saber dónde podría estar, la manada de gente me impedía mover siquiera un dedo; a los tres minutos salieron cuatro agentes de seguridad diciendo que los coreanos se disponían a salir, y todo lo que vendría pasó muy rápido: saludaron y firmaron autógrafos, los más que pudieron, y al cabo de cinco minutos estaban montados en una van que los llevaría al hotel, lugar en el que serían recibidos también por un grupo similar de muchachos con frenesí.

La multitud empezó a disiparse, igual a como se disipa el humo después de una explosión. Dónde está ella? Pregunté a un par de vigilantes si habían visto a tal mujer acorde a mis características citadas, y nadie me dio razón. Incluso uno de ellos alzó levemente la ceja, sonrió, y me dijo que era imposible que alguien así fuera ignorada por el ojo humano. Quedé en el limbo, los aviones partían y llegaban, junto con sus tripulaciones, y así mismo se esfumaba su recuerdo, mi recuerdo.

Percibí un olor femenino, uno de esos que vienen en empaque fino y pequeño, y suspiré. Sentí que mis botas pisaron algo, eran unas gafas Wayfarer verdes, plegadas a la mitad y ochenteras. Las recogí. Nadie me miraba. Ya había acabado mi trámite adulto y decidí marcharme.


Antes de abandonar la puerta, de ver por última vez la gente fascinante de un aeropuerto, con sus afanes, alegrías y tristezas, metí las gafas en mi bolsillo derecho a manera de recuerdo, alcé mi mirada y me sorprendí gratamente al ver en la pared de un costado una publicidad tamaño 4 x 4 metros, calidad perfecta de fotografía, en la que posaba ella, con sus labios indescriptibles, esos que a los humanos no les queda más opción que intentar ponerle nombre. Ella había desfilado para mí, solo para mí.

jueves, 25 de julio de 2013

Pasteles en vez de pan

Merodeaba por ahí Maria Antonia Josefa Johanna de Habsburgo, la célebre María Antonieta, en la Francia de 1700s. Tenía aproximadamente 30 años en ese entonces, iba con su cochero, paseando por París, y se consternó al ver a un pordiosero que estaba tirado en la calle, triste y mueco como Fantine, sucio como Jean Valjean, como describió Víctor Hugo la tan triste clase social de esa época, en Les misérables.

Supongo que el harapiento se le tiró a la carroza de Maria Antonieta, tan llena de lujo y piedras preciosas, implorándole vestido y comida; al ver el desespero del miserable hombre, ella le preguntó al cochero “qué pasa, porqué él está así de mal y así de desesperado?”; a lo que el cochero le respondió “madame, no hay pan, la mala cosecha de 1789 hizo que su precio subiera demasiado, esta pobre gente no tiene para comprarlo, no tiene pan qué comer”; ella automáticamente, sin ningún problema, respondió “si no tienen pan, que coman pasteles!”. Fue algo triste y modulado inconscientemente, con mucha frialdad.

Por otras latitudes, existió una infanta inglesa que estaba en su fiesta de cumpleaños y con todo el poder al que ella tiene acceso contrata a un enano muy hábil que empieza a divertir a todo el público, con un sinnúmero de muecas, piruetas y carantoñas. Resulta que el enano, pobre enano, se enamora de ella, pobre ella, y muere de amor, literalmente se le rompe el corazón, ya que ella no le hace caso, sólo le causa gracia y algo de cariño; al él morir, ella, con cierto grado de indiferencia, al igual que María Antonieta, dice que la próxima vez que le lleven un enano, o alguna diversión, que por favor por favor no tenga corazón, so pena de tener que asumir una situación así nuevamente.

Vemos plasmados dos casos de historias en las cuales son niñas, no importa de qué edad, si de treinta o de doce o de cinco; son niñas, expuestas a un poder, a una elegancia y a unas ínfulas para los cuales ellas no están hechas, no están diseñadas. Así como un niño etíope de abdomen inflado que suplica un plato de avena no tiene la culpa de nacer donde nació, así mismo una niña que es coronada reina a los trece tampoco la tiene; a esa edad se debería ocupar de nada, de vivir, de leer, hoy de chatear, hace cien años de escribir poemas, de ir al parque, de saltar y de pintar, no de mandar. Critican su cinismo y su inconciencia pero ignoran su condición.

Pasó también en La Reina Infiel; hermosa película ambientada en Dinamarca, en la misma época de doña María Antonieta, pero con Carolina Matilde, princesa de Inglaterra que se casa con el rey danés Cristian VII; ella de 15 años, él de 17, y además con problemas mentales. Extraño, no? Es un capítulo de la historia que nadie podría creer; un país nórdico dominado por un culicagado loco de diecisiete años? Absurdo.

Se puede observar a los señores eruditos, gordos, aburridores, pomposos y ortodoxos, los que sí estaban preparados para gobernar, mirándolo con una ceja levantada, los pies entrecruzados por debajo de la mesa, rascándose la cabeza, denotando incomodidad en su curul, y no sabiendo cómo actuar cuando al rey se le ocurrían caprichos, como por ejemplo el de instaurar carrozas que recogieran a los borrachos (sí, a los borrachos extremos) de las calles y los llevaran a sus humildes moradas, sin ningún problema legal; claro, a la casa llegan y ahí sí estaría la esposa con su pelo recogido, o no sé si en esa época ya había rulos, esperando al odre para propinarle una retahíla decimonónica. Que la ropa sucia se lave en casa, no en las barricadas.

Paradójicamente el rey gozaba de aceptación, era la época de la Ilustración y había un “love is in the air”, una especie de renacimiento intelectual; él ayudó con eso, pero posteriormente su avanzado estado de esquizofrenia le impediría seguir con su imaginario de decretos, algunos traídos de los cabellos y otros imprácticos por decir lo menos. Como digo, gente que no está preparada, gente mal juzgada.

Supongamos que esto ocurriera en esta época. Va el chofer conduciendo la limusina y atrás va el poderoso dueño, millonario de 17 años, bien plantado, tomándose un Jack Daniel’s en las rocas, con un traje Prada, y oyendo free jazz; van muy tranquilos por alguna calle llena de tráfico, bien sea de Manhattan como en Cosmópolis, o de algún otro lado cualquiera. Después llega el pordiosero, y él lanzará algún denuesto como “tan vago, porqué no trabaja?”, o “de malas, no tengo la culpa”; o como diría una niña de cinco años, “que vaya al cajero, ahí se consigue la plata”. Sí, inconsciencias, pero inconsciencias de gente que no está preparada.

Así fue la película “el diario de una princesa”. La niña no sabía que era la elegida y que tenía sangre real, sino hasta que su abuela se lo hizo saber; de ahí en adelante vendría un aprendizaje y un comportamiento típico de su edad que fue formando y la hizo reina del país imaginario; triunfó por sus cualidades humanas, pero dio muchos tropiezos.

Estas inconsciencias de los no preparados para gobernar, como la realeza, los niños de veinte años, los madurados biches, la infanta, los herederos, el rey loco Cristian y María Antonieta pueden generar toda la rabia del pueblo, todas las alzadas de ceja y negaciones que quieran. A mí me genera más rabia las inconsciencias de los preparados.

Sí, los preparados para gobernar, los que están metidos en política y los adoradores de caudillos. No diré mucho de eso, ya que me incomoda un poco, por decir algo suave. Personas ortodoxas, jurisprudentes, cultas, preparadas, absolutamente aburridoras, que hablan de impuestos, vehículos y decretos. Punto. Me debo detener. Esas personas preparadas para gobernar son las que están dejando el mundo ingobernable, y además aburrido, adulto. Viven al lado de nosotros, creen estar por encima de nosotros y creería que la justicia divina los tiene por debajo de nosotros.


Volvamos aquí, volvamos a nuestro mundo, a este lado de la acera que se maravilla con el colibrí y los collage de revistas de papel Bond. Si hay algo de inconsciencia, será una inconsciencia inocente por lo menos, una inconsciencia feliz. Tal vez esa pueda ser una forma de gobernar la vida y el corazón. 

jueves, 11 de julio de 2013

La muñeca perdida

Cuenta la historia que hace aproximadamente 100 años un escritor europeo iba caminando por un parque, muy bien vestido, sereno, bajo un clima oscuro y un poco de llovizna, cogido de la mano de su novia, otra persona también muy serena, con cejas gruesas como todas las señoras antiguas, con guantes y vestido largo de color morado, de 30 botones desde el cuello hasta donde termina la espalda, y botas de cuero largas y negras. Como les digo, iban caminando a medida que oían el trinar de los pájaros, sí, hace 100 años, antes que existieran los trinos de ahora.

El sonido de los animales del viento, de una fuente de agua que había cerca, y el olor a tierra mojada que evoca a las fincas y a los abuelos, de repente fueron interrumpidos por el llanto de una niña. Con zapatos azul turquí de hebilla, sin cordones, medias blancas, y vestido clásico de cuadros, llevando sus dos trenzas y sus cachetes prominentes, estaba llorando porque había perdido su muñeca. De esas muñecas de porcelana con mirada perdida, dignas de película de terror, con alabastro encima, labios rojos y nostalgia apabullante.

El señor se acercó a la niña y le preguntó cuál era el problema. Después de decir que la muñequita se le había perdido y que era de un color blanco marfil, lanzó esta frase de manera entrecortada: “es que es mi mejor amiga”. Algo más qué decir? La amistad tan fuerte entre la niña y la muñeca había sido segada por algún descuido del adulto, bien sea el tutor, la niñera, o la madre, que por andar pensando en la vida real o en alguna guerra o en algún trámite jurídico la había botado.

Y habiendo dicho esto, el escritor tuvo la rapidez en su cerebro de codificar en un milisegundo la importancia de esa amistad, de lo sublime de la mente de los niños, de que ellos son los únicos que saben lo que quieren, e inmediatamente le dijo “no, niña, cómo se te ocurre? Ella no se ha perdido, ella se fue de paseo, ella me escribió una carta”. Al otro día se la entregaría. La niña fue a dormir esa noche con mil expectativas en la cabeza, desahogándose con su almohada de plumas de ganso mientras se tomaba su leche caliente. Cayó dormida pensando en qué país estaría, con quién hablaría, y eso le dibujó una sonrisa en su corazón. Mientras la niña estuviese soñando, este señor estaría tomándose cuatro tintos cargados, con el pelo de punta, caminando con las manos atrás inventándose la carta, avergonzado con su amante de cejas gruesas  por haberle cancelado una invitación que le había hecho a una ópera de Wagner, en el teatro del pueblo. Qué pena con la novia, esta labor lucía mucho más importante.

El le siguió escribiendo varias veces más. Le pintó un mundo hermoso donde vivía la muñeca, lleno de rosas, de nenúfares, de dulces, de diversión y de amor; le contaba que allá habitaba una tribu de seres que jugaban, que compartían todo y que eran amables. Le prometió algún día darle la dirección para que le fuera a visitar. Así siguió la correspondencia, digamos unas 20 cartas más, las cuales curaron el corazón triste de la niña. Posteriormente ella creció y no se supo más, ni siquiera su identidad. En ningún sistema de información aparece si esta niña ahora es anciana o está en el cielo, o si la muñeca volvió a sus brazos. Hasta aquí llegó el bastón del cual nos podemos apoyar.

La vida da muchas vueltas, siempre pueden ocurrir cosas inesperadas; hace unos años iba, sereno, montando bicicleta y vi una anciana, de pelo largo y blanco, gordita, pletórica y de ojos azul claro. Me detuve. Pasar de lado e ignorarle era imposible para mí, tal vez era posible para muchos. Cuando me arrodillé a hablarle me di cuenta que los ojos azules tan claros era porque carecía del sentido de la vista; Carecía del sentido que permite ver los encajes y las curvas.

Le cogí la mano, era áspera, sus uñas eran largas, su mirada estaba proyectada al infinito, y me sonrió. Tenía trenzas en su pelo largo y blanco, una sudadera vieja y una ruana negra que olía a tristeza; ese olor ella sí lo podía ver, era lo único que ella podía ver, lastimosamente.

Fui a comprarle una bolsa de leche y unos panes, con la boca para abajo y el sentimiento para arriba. Se los entregué, me sonrió; tengo el recuerdo vívido. Quise preguntarle algo de su vida, algún amor furtivo, alguna dirección de un sobrino, algún recuerdo de su adolescencia, pero algo me frenó. No hablaba mucho. Me fui en mi bicicleta; Volví a la realidad donde todos iban mirando el presente, dejando atrás la realidad de la anciana que quedó mirando al pasado. Si estuviera esperando al amor de su vida que la dejó hace treinta años, le inventaría una carta en la cual él vuelve y le jura amor eterno; si estuviera anhelando a algún hijo que se fue, le inventaría que el hijo le manda fotos desde París, que está feliz y que la ama; y así sucesivamente. La realidad es la que uno se forma en la mente; esa sí es real.

Dormí plácidamente ese día. Desperté pensando en esa mirada azul cielo, en qué tanto podría haber pasado en esos 80 años de vida; había mucha tela por cortar, había muchas historias por contar. Cogí mi bicicleta, y empecé a recorrer las calles de la ciudad. Cuando di la curva anterior al sitio donde ella yacía, pensaba yo en muchas cosas para preguntarle. Había escrito tres cartas hipotéticas, alguna de las cuales entregaría de acuerdo a lo que me fuera contando de sus experiencias pasadas.

Llegué ahí y ya no había nadie. La calle estaba vacía, sólo había una tienda de víveres, atendida por un muchacho, al cual le pregunté si sabía algo. Me contó que en la madrugada había llegado una ambulancia, y al comprobar que la anciana había fallecido, la persignaron, la cubrieron con un manto celestial y  se la llevaron. La viejita, mi viejita linda se había ido. No pude evitar llorar. Le agradecí al muchacho y di vuelta atrás.

Cuando llevaba recorridos cuatro pasos, próximo a llegar a la esquina, el mismo muchacho que vendía víveres me agarró del hombro. “oiga señor, la señora dejó esto tirado en la calle, y puesto que nadie ha preguntado por ella excepto usted, tal vez deba dársela”. Me dio una bolsa de papel. Le agradecí al muchacho de nuevo y le di un abrazo muy fuerte.


Al ver lo que él me entregó, mi corazón se arrugó. La mezcla de sentimientos era tal que yo lloraba y sonreía al mismo tiempo. La señora estaba esperándome para compartir con ella su pasado, su imaginación y su realidad. En la bolsa había un manojo de cartas escritas a mano y una muñeca; sí, de esas que existieron hace 100 años, de esas de porcelana con mirada perdida.

jueves, 4 de julio de 2013

Fantasmas

Hay una casa encantada; sobre ella salen unos fantasmas que la vigilan y merodean. Ellos andan por ahí, transportándose bajo un estado indescriptible, ni gaseoso ni sólido, y van cuarto por cuarto; ahí ven a los habitantes actuales del recinto, hacen comentarios al respecto, bajan a la cocina, van a un baño, van a las habitaciones, y analizan cómo es la vida ahora en ese presente vacío y sin ellos; lo comparan con el pasado en el que ellos en teoría habitaban. Surgen recuerdos, surge melancolía, tal vez surge remordimiento, y se generan discrepancias. El pasado nunca es infructuoso.

Supongo que estos espíritus mirando todo desde la barrera, analizan las cosas, examinan a los bellos durmientes y buscan su dicha oculta. Pienso yo que no hay que temerles, están ahí cohabitando con nosotros en otra dimensión, y los quiero imaginar felices, también viviendo sus problemas, también buscando su felicidad. Eso lo quiero pensar, es mi acto de fe.

“Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios”, le decía un fantasma al otro, como queriéndole pedir que admirara a esa pareja de humanos, durmiendo, juntos, enamorados, con sus dos cuerpos, uno encima del otro, con piyama o sin ella, bien sea de frente o de espaldas, pero sumidos en el placer, en el movimiento ocular rápido, en los suspiros, en los ronquidos; qué afortunados son los fantasmas al ver a sus humanos amados de esa forma: desde afuera, como si el alma se desdoblara, tres metros más cerca de las estrellas.

Para mí esos fantasmas están ahí. No quiero utilizar la palabra Duende, ya que evocará automáticamente al muñeco caricaturesco gordo, muy de esas leyendas como Narnia y demás, un muñeco narizón que le quitaría solemnidad a lo que quiero plantear. Los fantasmas están ahí, pero son nada más que los sentimientos. En otras palabras, los sentimientos son fantasmas que habitan con nosotros, respiran junto a nosotros, y actúan en el momento en que nuestra mente lo pide, a medida que los estímulos llegan. Nos acechan.

Vagando por la casa, abriendo ventanas, así están ellos. Los imagino de colores, enjutos, merodeando su estadía alrededor de los metros cuadrados del inmueble; la niña está jugando a las muñecas, con su pelo ensortijado, su sudadera y su fantasía; tiene en toda su habitación perfectamente organizados sus soldaditos, sus ilusiones, y mientras juega van ocurriéndosele ideas, problemas, frustraciones, reflejo de lo que vive ella en su vida real; a medida que va ocurriendo el juego, es probable que le dé rabia u ofuscación por algo, por ejemplo, algún juguete que se rompe. Entra ahí el fantasma que andaba en esa dimensión tan desconocida, el fantasma de la rabia, y se inmiscuye en el ser de la niña, en su sistema neurológico. Y la niña llora. Este sentimiento afloró de un momento a otro. Se oye un grito.

Así van actuando los sentimientos. Los imagino en una sala de espera, en esa dimensión ya tan mencionada, ya tan desconocida. En ese limbo, esperando a que se produzcan sensaciones, podrían estar comiéndose las uñas, también esperando el amor. Todos lo esperamos, algunos lo encontramos. El amor es otro fantasma. Y cuando llega, ese ser ni líquido, ni gaseoso, atemporal y vago, recibe el llamado de la situación que se está presentando allá abajo en el mundo real, en el mundo de los carros, el tráfico y el humo. Y baja hacia nosotros, baja el Amor.

Así es: cuando una pareja está en el lecho nupcial, ella absolutamente sensual con su vestido de novia, y él muy varonil con su frac, y empieza el juego del afrancesado coquetry, se empieza a hacer sublime esa profusión de cucamonas, y allá arriba, más cerca de las estrellas, o tal vez en las mismas estrellas, suena una alarma, le llega un mail, le jalan la camisa al Amor; éste se pone la camiseta, se mete en el cuento, y baja, impregna el oído, la lengua, el pecho, la mente y el corazón. Actúa. Los sentimientos actúan y nos hacen actuar, nos hacen trascender. Al escribir esto ya lo siento. Actúa el amor, y suena un gemido, se percibe un suspiro.

Así como vemos la rabia en una niña, está también el amor en una pareja. Romanticismo eterno, encajes, y fragancias. Nada mejor que eso, nada mejor que Le petit Robe noir. Nada mejor que erizarse y usar los cinco sentidos.

Sentimientos, sin embargo, también se producen de manera invernal y de soledad; La nostalgia también está allá, leyendo y tomando té a la espera de que acá en este mundo, tan real y tan monocromático, se produzca algo que la llame: una pérdida, una muerte, un diente caído, una cana, una graduación, un hijo que crece, un hijo que ya no es un bebé, ver la sonrisa de un hijo columpiándose a medida que uno está sentado comiendo helado. Vuela el mensajero hacia ese mundo mágico y le dice a la Nostalgia que baje, que deje esa paz allá arriba y que entre en el ser nostálgico. Corre una lágrima en el parque, al ver el hijo creciendo. Actuó el sentimiento.

No quiero dejar de estar produciendo sensaciones y de captar imágenes que me hagan evocar tal mundo, la tierra de esos fantasmas, la tierra de los sentimientos. Estos nos hacen humanos, nos hacen soñar y son tan elevados que nos hacen aterrizar.

Prefiero estar montado en los vagones de la montaña Rusa emocional, que ir por un afecto plano, muy plano como carretera austral sin curvas; prefiero todo el mareo de esas vueltas a nunca sentirlo. Mucha gente siente las cosas tan mecánicamente que no se percata de ello. Yo los respiro, soy sentimental, y voy ahí en la vida, en esa montaña rusa, encantada como la casa del cuento y encantadora como la mirada de una niña.


Yo me percato todos los segundos; observo, pasa la mujer, huelo, oigo, llevo un bocado a mi boca, lo degusto, oigo llorar a una dama, y lo que es mejor, me percato del momento sensorial, río, lloro, hago múltiples llamados a la sala de espera donde están los seres, allá expectantes, y éstos me visitan siempre, me ven dormir, ven la búsqueda de mi felicidad; les esbozo una sonrisa porque sé que me están viendo, a esos sentimientos les escribo; ellos también me leen.