jueves, 25 de abril de 2013

La hora loca


La vida se compone de encuentros y de sorpresas. De encuentros con gente que no vemos casi, y de sorpresas causadas por gente que vemos mucho, para motivar encuentros con esa gente que no vemos casi. Así fue ese día. La idea era celebrar un onomástico; al sombrerero loco le gusta celebrar el no cumpleaños; a mí me gusta lo contrario. Por lo tanto hubo una convocatoria múltiple para encontrarnos  en un sitio predeterminado, a una hora predeterminada, y ya existiendo y cohabitando la gente en el mismo lugar, pues ahí sí dejar que las mismas intenciones y ánimos plasmaran lo que tuviera que venir; que la misma dinámica humana, entre risas estentóreas, cocteles y música secuenciada trazara el mapa a recorrer en una noche que, como cosa rara, no estuvo pasada por agua.

Cansados porque ese mismo día había habido otra celebración, me encontraba yo en el apartamento pensando, con la mano en la barbilla, tratando de dilucidar cómo diablos convencerla de volver a salir, de volver a surcar el tráfico y el frío capitalino, pudiendo tener como opción bastante igual de atractiva ver al cuentahuesos, ver La Reina Infiel, ejercer el arte de la coquetería con un vaso de whiskey de bucanero, o quedarse oyendo al grupo gótico inglés  que se había presentado en concierto el día anterior.

Hay que hacer algo, tenemos que salir ya, me repetía a mí mismo, y la niña mayor me ayudó a convencer a su mamá de ir un rato a comer algo; mientras pasaba este momento álgido de convencimiento, ya no con la mano en la barbilla sino en la patilla o sideburn izquierda, miraba yo a la niña menor, con el dedo izquierdo en su boca, mirando al infinito, con ganas ya de explayarse en su sueño delicioso y en sus movimientos oculares rápidos. Le comenté de mis planes e inmediatamente se puso de pie, cual soldado coreano.

En fin, salimos de la casa, pedimos un taxi, y sin más detalles llegamos al sitio de encuentro. Estaban ellos y ellas. Qué gente bonita. Buenos peinados, buena ropa y buena actitud. Sombreros de cumpleaños, serpentinas, silbatos, gritos y felicitaciones, no sin antes la matrona del lugar haberle cubierto los ojos a la homenajeada para generarle algún tipo de cosquilleo. Sorpresa!

El resto de gente iba llegando minutos después, incrementando las alegrías. Bufandas, chaquetas, buenos tenis y sonrisas. Habían estado horas antes con ella y habían fingido despedidas. Se empezó a cocinar el caldo. Alitas, nachos sin Nacho, salsas, guacamoles y manjares. El volumen empezó a incrementarse a medida que las meseras, algunas muy terrenales y una que otra del mismo planeta de Miranda Kerr y Erin Heatherton, iban animando al público saltando y gritando. “Lo que le falta al pop es el peligro”, dice Prince. Yo me pregunto cómo sería el nivel de peligro si pusieran psychedelic trance. No quiero ni imaginarlo.

Y de mojito en mojito nos fuimos de boliche en boliche, como dicen los argentinos. Salimos de ahí, muy contentos y animados. Se prendió la chispa. Caminando por la avenida en la cual Pepe no cierra, quedábamos aproximadamente 8 gatos. La batalla puede seguir, son apenas las 12, hay todavía soldados y sed de guerra. Entramos posteriormente a un cuchitril de música formidable, sin meseras marcianas pero con más tendencia a discoteca, a parranda. Iba con nosotros un flaco y una flaca. Vaya grupo tan agradable, sarta de muchachos y muchachas sin más intención de pasarla bien con la homenajeada, de pasar un rato agradable. Y bailamos mucho. Cantó el mismo grupo gótico de conciertos largos, cantó Yuri, cantamos una canción que pide a gritos jamaiquinos que “agarren al ladrón”, bailamos merengue, bailamos reguetón, las damas del ágape cantaron a pulmón herido Sufre mamón, y hasta hubo coreografía de meneíto. Todo un set de fiesta ochentera de sábado santo, que llenaría coliseos en mi ciudad blanca.

Entre los asistentes al sitio, me llamó la atención una señora octogenaria sentada en un sofá, muy quietica y muy tranquila; en medio de la cantadera y de la saltadera permanecía impasible. Pelo blanco. Casi casi la saco a bailar, inspiraba ternura, y no me parecía que estuviera en el lugar equivocado, ya que ella estaba muy pispa, muy risueña, estaba en su edad dorada, en sus full ochentas. También había por ahí un muchachón grandote, bien alimentado, parecido al Che Guevara que vitoreaba coros de plancha como si supiera que un aerolito ya iba a caer al planeta y nos iba a destruir a todos. Para él, el mundo iba a acabar esa noche. Y tal vez para todos. Es la mejor manera de valorar un momento así.

Todo estaba cocinado. Amores horneados. Satisfacción de saber que si se hubiera planeado al pie de la letra no hubiera resultado. Pero ojo, uno no siempre está bailando:  también uno habla. Entre esos ires y venires, surgió una comparación entre la música de Rick Astley que sonaba en ese momento y la que le gusta a uno de la gallada: el metal, por mencionar lo más mainstream del género; sabemos que hay múltiples subdivisiones. Aun así, es difícil comparar; difícil poner en un lado de la balanza a Kylie Minogue y en el otro a Gorgoroth. Complicado poner objetividad y comparar una voz de sirena como la de Natusha frente a una voz gutural como la  de Luz Concha. No se pudieron establecer comparaciones, pero sí bastantes risotadas. Tomando whiskey, riendo, comiendo alas de pollo, tirando los huesos a la calle y diciendo groserías, parecíamos bucaneros de la Edad Media. Whiskey de bucanero.

Y así termina la noche de sorpresas y encuentros, no sin antes contarles que salimos, nos despedimos entre sí, quedamos sólo 4 gatos, nos angustiamos un poco al ver que a doscientos metros, al otro lado de la acera, iban unos jayanes de plazuela, unos genuinos sayayines, ocasionándole problemas a una pobre muchareja; generando problemas debido a la exacerbación que producen los mariachis, género también muy pero muy discutible que suena en demasía por esa cuadra. Llegamos a la casa sanos y salvos, gracias a Dios. Ella me dio las gracias, había sido uno de los cumpleaños más felices de su vida, y que no se imaginaba nada. Yo le dije a ella que era por lo que sentía por ella, por lo que siento por ella. Por todo lo que siento por ti, amor, que cumplas muchos más.

jueves, 18 de abril de 2013

Música es Música......y Letras son letras


Estaba hablando con un amigo, hace pocos días, sobre Oasis mientras pinchábamos una tarta de limón con espresso machiatto. Oasis es mi grupo favorito. Así se haya desintegrado, así  no exista, digo que lo sigue siendo; para mí todavía Oasis existe así sus integrantes no estén juntos. Así Liam esté con Beady eye y Noel con The flying Birds. La forma de cantar de Liam, con sus brazos atrás, su vestimenta, su pelo (su pelo ¡!!!), sus gafas, su inclinación un poco hacia atrás para hacer coincidir su boca con el micrófono, sus peleas con el hermano (no quisiera que existieran pero hacían parte de su entorno), sus desparpajo en las declaraciones en Mtv, su inglés tan de trainspotting, sus loquizas; ahh y su música. Claro, su música, sus muchas canciones en muchos álbumes, majestuosas; lo que me hacen recordar, lo que me hacen sentir, lo que representaron hace 15 años y lo que siguen representando ahora para mí. La hermosa música por sí misma.

Prosiguiendo con la conversación, en la cual se mencionan todas esas cosas malas y buenas que hacen al grupo, me hablaba mi amigo sobre la letra de las canciones, de cómo en “live forever” hablaban sobre el futuro, de cómo en “champagne supernova” hablaban sobre las drogas; de cómo en “Little james” habla Liam sobre su hijo. Y así sucesivamente iban resultando ejemplos; acto seguido me pregunta el personaje lo que veía venir: y usted qué opina de las letras de Oasis, ese grupo preferido por usted.

Antes de responder algo así, debo saber en qué modo estoy, qué tanto quiero hablar, si tengo pereza de demostrar argumentos, si estoy excesivamente feliz, si estoy de afán, o si simplemente me da lo mismo lo que el interlocutor piense de mí y no me quiero desgastar, para así poder simplemente asentir y aparentar estar de acuerdo. Esta vez, a medida que me devoraba la tarta, raspando el plato de porcelana rusa con la cucharita de plata, me quedé pensando un rato, digamos unos 10 segundos, miré a lontananza; pasaban los carros, los buses y las renoletas. Respondí lo que, usted lector, va a leer a continuación.

No tengo ni idea de las letras de las canciones de mi grupo favorito. No me interesa. La música es música, es algo hecho melódicamente que produce cosquilleo, mariposas en la panza, remembranzas y emociones, así como las pepas blancas en un vestido, o los encajes victorianos de alguna bella doncella. Cómo cantan, las guitarras, los bajos, las bajadas, las subidas, los solos. Eso es una canción. Que la letra es horrible porque habla de una separación o de la muerte de un ser querido? Listo, la letra no es la canción, la letra es un texto que me lo leo, así como leo un libro, así como leo el hace 100 años de El Tiempo. Y me causará risa o tristeza. No la desvirtúo, pero no hace parte de ella.

Una canción buena es lo que suena, y es absolutamente delicioso oírla, pero no me importa lo que dice. Lo que dice no hace parte del hilo conductor, no es el éxito de una canción, mas sí es el éxito de un buen libro, de un buen poema, naturalmente. Si una canción es triste lo será porque la melodía está llena de ritmos sosegados y la voz es angustiosa, el feeling es nostálgico. No porque diga “amor, te perdí” la hace una canción triste. Así como con una canción alegre, qué importa que diga? Mientras tenga teclados estruendosos, beats pulsantes y ritmo que invite a danzar y a no comer pavo, es una canción alegre; así diga “es un día hermoso” o algo así. Difícil manifestar esto, difícil hacerse entender. Pero poniéndolo en algún término más coloquial, digo que si quiero buenas letras, buen texto, me leo algo. Si quiero buenas melodías, buenos sonidos, oigo algo. No quiero oír algo para percibir buen texto. No va. Tal vez por eso pienso que la música más pura es la que no tiene letra. Lo piensa Magda, lo pensó Vivaldi y lo pensó Paganini. Sonido es música. Letra es texto. Así como hay señores tan pobres que lo único que tienen es dinero, también hay canciones tan malas que lo único que tienen es letra, no tienen de dónde más agarrarse.

Edith Piaf me hizo llorar. Hymn a l’amour me sacó lágrimas muchas veces. No sé bien qué dice, no sé francés. Lloro porque me acuerdo cuando, en la película, ella se levanta delirando y piensa que su amado Marcel, el amor de su vida, llegó del viaje a verla a ella. Delirio. El nunca llega, se había accidentado, con fatales consecuencias. Ella no lo concibe, hasta que poco a poco va cayendo en la realidad, a medida que sus sirvientes la miran, el dolor que puedo sacar de esa escena me estruja el corazón, me rompe mis sentimientos; se caen todos mis esquemas. Oír esa canción, que ella le dedicó a Marcel, es evocar toda esa tristeza, todo ese dolor que impregna de lágrimas los ojos y que  hace al humano tan vulnerable. Es una melodía que evoca algo, aun sin saberse la letra.

Muchas canciones me animan y me hacen explotar internamente de júbilo y de amor. Cuando Sasha mezcla dos canciones, la armonía de los dos beats produce más alegría que un poema cantado. Oír “a thousand years” de cristina perri es un absoluto enamoramiento; es romance elevado a la enésima potencia, y lo sé por lo que percibo, no por conocer de la letra sólo el título. Esa es la música, la que me hace vibrar, un violín, una guitarra, una voz, no importa si lo que dice está en islandés, patua o francés.

Mi amigo, al igual que yo minutos antes, se quedó meditando, y me dijo que pensaba lo mismo que yo, que esas referencias sobre las letras de Oasis eran sacadas de google, y que sólo quería medir cuál sería mi reacción. Hubo un silencio, el cual fue seguido de una risa cómplice, un fuerte apretón de manos y una despedida, claro está, después de pagar la tarta  de limón y el espresso machiatto.

jueves, 11 de abril de 2013

Los orígenes


Antes de ver este planeta Tierra poblado de lovatics, selenators, amantes inexplicables de café Tacuba y tranceros,  llegó a las inmediaciones del valle de Pubenza  Pepín; este perro era un skater consumado y soñador, que vivió en una ciudad de ese valle en la década de los 80s. Decían siempre que esa década fue una época perdida, por los vaporosos peinados de mötley crue, por los bailes de Rick Astley, por las gafas que ahora vemos pululando en los festines de la capital, y por demás estilos que consideran los puristas de la moda y de la lúdica como pésimos, perdidos,  boleta y mañé. Yo antes pensaba eso, ahora no. La década de los 80s marcó los inicios  de Sasha, de Digweed, del garaje rock, de mi amado Oasis, de las bellezas que hay ahora, de todo, de todo lo hermoso del mundo icónico actual. Todo fue gracias a los 80s,  Pepín es otro tesoro de esa década.

En enero de 1979, en un árbol de guayaba situado en un barrio de la ciudad (que les voy a contar, era Popayán) se produjo un fenómeno de lo más extraño: empezó a germinar un fruto gigante, y cayó al piso; naturalmente estaba muy maduro y se reventó al chocar con el prado. Eso fue lo que dijo doña Teresa, una habitante de dicha casa, una señora de armas tomar, ávida lectora del periódico El País, y de carácter recio pero dócil; sí, ella dijo que había visto un fruto grande reventarse; lo que no sabía era que Pepín había llegado a nuestro mundo.

Podría haber caído el óvulo fecundado del espacio, camuflado por las demás gotas de lluvia, e impregnar de su sustancia, de su ser, a los granos de tierra, que a su vez transmitieron por medio del tallo la información al árbol de guayaba, y ahí haber creado en medio de los frutos al magnánimo ser de quien les hablo; nadie lo supo. Doña Teresa estaba tan aterrada, pero luego se calmó al ver la inocencia y la dulzura en los ojos de él; estaba desprotegido; era pedestre, o sea que caminaba, siempre caminó en dos patas, y nació con sombrero y ropa. Es muy raro eso de que haya nacido con sombrero, pero qué puedo decir, eso no me compete a mí. Lo que importa es que ese sombrero ha sido motivo de inspiración para óleos con mujeres hermosas. Pepín se despidió de la señora, cogiéndole mucho cariño.

Había otra mujer que estaba en la calle sexta de la misma ciudad, a unas treinta cuadras. Estaba pintando un cuadro en su casa, una casa blanca con piso de tablero de ajedrez. Y sonó el timbre. La fámula, llamada Libia, fue a donde su matrona y le dijo que la necesitaba un personaje bastante peculiar. Ella le mandó a  decir que entrara. Pepín entró. Quedó maravillado, era como entrar a la casa  de la película Great Expectations. Era la segunda persona que conocía en el planeta tierra. Mucho gusto, me llamo Pepín; mucho gusto, me llamo Edmée.

Pepín probó el delicioso café, al tiempo que veía obras de arte alrededor. Al oír que la fámula le preguntó a la matrona si servía el entredía, Pepín se levantó y dijo que debía marcharse . Miró un cuadro impresionista  de Mary Casssat, y le dijo a la dueña del cuadro, a doña Edmée, que le había gustado mucho; misteriosa y rápidamente se despidió. Edmée se preguntó a sí misma “vaya personaje tan extraño, porqué habrá venido?”. Salió por la tremenda bajada de esa calle sexta y se perdió por entre el comercio del centro de la ciudad; también le cogió mucho cariño.

“Bueno, ya estoy aquí, qué mundo tan hermoso, qué ricas empanadas, qué bellas mujeres, qué lindos los zuecos negros, qué bacanas las patillas de ese man y qué buena música esa de giorgio moroder, desde hoy empieza mi vida con los humanos”

Caminó por el parque. Le dolía un poco el hombro izquierdo por su caída de la rama del árbol al piso. Estaba medio loco, desubicado, ya que el planeta del cual él llegó era diferente, era surreal si lo quisiéramos poner en términos humanos. Luego que nos hicimos amigos años después y pude dibujar bajo mis interpretaciones su mundo, me daría cuenta que no es que fuera tan diferente, sino que más bien la diferente era la gente que no tenía la imaginación para plasmarlo en el papel, para visualizarlo en su mente y en su corazón. Pero eso vendría después.

Pepín. Un perro que vino del espacio. O de la imaginación. Ya no sé. Por esos mismos días de 1979 nací yo, en un hospital de esa misma ciudad. Pepín me llevaba ventaja, ya conocía a dos personas del planeta Tierra, yo a ninguna. El me llevaba ventaja porque había conocido a esas dos señoras, la del árbol de guayaba y la que vivía en la calle empinada, mis dos abuelas.

Lo único que no le satisfacía del todo es que, si bien este mundo era vivible e interesante, no había nadie de su especie con quién tener coquetry o con quien pajarear. Pero era posible que él no fuera el único, que tal vez en algún otro lugar de la Tierra, estuviera otro ser como él, esperando lo mismo que él: la compañía. Difícil saberlo. Pepín iba caminando, como les dije, por las calles de la ciudad, feliz, rozagante, y llegó a visitar a alguien al hospital San José.

Aquí queda la historia en punta, pero es la punta del iceberg de la historia de Pepín. Ya lo conocen, ya se los presenté, de ahora en adelante la vida se reconstruye.

jueves, 4 de abril de 2013

La Villa del Doctor Andrés


Estaban en la plaza del pueblo cuyo centro tiene calles empedradas. Ahí les tomé fotos, con el propósito de guardar el momento, y así ya irnos tranquilos a comer waffles con nutella. Ellas son las catecúmenas. Leí esta palabra en la guía del Sermón de las siete palabras, en la iglesia de ese pueblo, el viernes santo; me gustó esa palabra. Está definida como las personas neófitas que se están instruyendo en la doctrina católica. Ellas, mis hijas, son así, neófitas, catecúmenas. Yo también soy así. Mi ondina también lo es. Muchos lo somos en este tema de la religión; hay muchas cosas lindas por aprender.

Esa villa de la que les hablo es atemporal, anacrónica. Dormimos en una casa muy bonita, de dueños tradicionales, conversadores y juiciosos en sus vidas, de patios hermosos, de flores, de buen café, buen desayuno y pan caliente. Tres días de descanso.

A medida que íbamos caminando por sus calles, veíamos las piedras del piso, cada una con sus formas, algunas redondas, otra en forma de bota y otra en forma de corazón. Es delicioso caminar donde uno no conoce, ir viendo todo lo nuevo que transcurre, comer algo diferente, descansar en la banca, o acostarse en el prado. En esa villa conseguimos matrioskas rusas, empanadas argentinas, cerveza Quilmes, corrientazos de los puros criollos, focaccia italiana y chocolates alemanes. Variopintos brochazos de culturas disímiles. Cogidos de la mano íbamos caminando.

Volviendo al tema de la religión, quiero manifestar mi gusto por la belleza de los templos. La religión es hermana del arte. Aquí no quiero convencer ni ofender a nadie. Amo las iglesias, y amo a Dios. Lo que me produce ver las imágenes religiosas allá en esa villa, o en algún otro pueblo, o en mi Popayán, es hermoso; san Juan, la Dolorosa, el Sagrado Corazón, el niño Jesús, san Martín de Porres, Jesús, sus detalles, las facciones, los esmaltes, los mantos, el sentimiento, el amor, su brillantez, el dolor y la nostalgia. Esa nostalgia estuvo plasmada allá en la villa de Andrés Díaz Venero de Leyva, una Cartagena sin mar.

Durante esos días de dolor y pasión de Semana Santa, con el clima seco y caliente de día, visitamos nuestros antepasados, los dinosaurios. Las catecúmenas se echaron mucha agua en el parque de esos seres cretáceos. Sol, canoa y risas. Nos topamos también con avestruces y llamas. Les confieso una cosa: yo pensaba que el clima de la villa del Dr de Leyva era más frío, y que me iba a encontrar al señor gordo, bajito, de bigote, de ruana, bipolar, o sea con dos polas en la mesa, como nos lo han enseñado en las novelas, como nos lo enseñaron en don Chinche. Pero no. No había tales, y debido a esa desinformación y falta de cautela, mi rostro, cuello y extremidades superiores sufrieron un cambio de color del blanco monja polaca al rojo pletórico de campesino redneck.

Y así transcurrieron esos días, en algunos momentos con cortes de agua por racionamiento, ya que el Viernes Santo hubo más lágrimas que gotas de lluvia; mucho amor paternal y conyugal, comidas opíparas y deliciosas de mi hermoso país, helados, caminatas, gente maravillosa que uno encuentra donde menos piensa. Ejemplo de ello fue una artista visual, o pintora, que conocimos, muy talentosa, muy querida; tenía un local pequeño con bonitas composiciones, y nos contaba la historia de cada una de ellas. Posible futura amistad para la musa.

Así estuvo el que escribe, su esposa hermosa y las dos niñas, esos dos días en Villa de Leyva. Un pueblo que sigue manteniéndose en otra época, con un museo, el museo del Dr Acuña, que exhibe artilugios, cuadros y elementos muy curiosos, como el periódico antiguo, unas estatuas, y la casa como tal que es ya un recinto resquebrajado, muy agradable para la vista y para los sentidos.

Si hay un lugar donde se siente algo, algo remotamente parecido a lo que siento al oler el incienso o al comer maní en Popayán en el parque Caldas un viernes Santo, ese sitio es Villa de Leyva, ya que la atmósfera de sus iglesias y de sus conventos enmarca solemnidad, e insisto en la nostalgia: es la evocación hacia otras épocas, épocas en las cuales se andaba a caballo y en carrozas, había más magia y romanticismo, había fotos en blanco y negro, cajas de música y sacolevas.  Esta Semana Santa representó una oda al pasado que algún día tuvimos, al pasado que algún día volverá.