La vida se compone de encuentros y de sorpresas. De encuentros con gente
que no vemos casi, y de sorpresas causadas por gente que vemos mucho, para
motivar encuentros con esa gente que no vemos casi. Así fue ese día. La idea
era celebrar un onomástico; al sombrerero loco le gusta celebrar el no
cumpleaños; a mí me gusta lo contrario. Por lo tanto hubo una convocatoria
múltiple para encontrarnos en un sitio
predeterminado, a una hora predeterminada, y ya existiendo y cohabitando la
gente en el mismo lugar, pues ahí sí dejar que las mismas intenciones y ánimos
plasmaran lo que tuviera que venir; que la misma dinámica humana, entre risas
estentóreas, cocteles y música secuenciada trazara el mapa a recorrer en una
noche que, como cosa rara, no estuvo pasada por agua.
Cansados porque ese mismo día había habido otra celebración, me encontraba
yo en el apartamento pensando, con la mano en la barbilla, tratando de
dilucidar cómo diablos convencerla de volver a salir, de volver a surcar el
tráfico y el frío capitalino, pudiendo tener como opción bastante igual de
atractiva ver al cuentahuesos, ver La Reina Infiel, ejercer el arte de la
coquetería con un vaso de whiskey de bucanero, o quedarse oyendo al grupo
gótico inglés que se había presentado en
concierto el día anterior.
Hay que hacer algo, tenemos que salir ya, me repetía a mí mismo, y la niña
mayor me ayudó a convencer a su mamá de ir un rato a comer algo; mientras
pasaba este momento álgido de convencimiento, ya no con la mano en la barbilla
sino en la patilla o sideburn izquierda, miraba yo a la niña menor, con el dedo
izquierdo en su boca, mirando al infinito, con ganas ya de explayarse en su
sueño delicioso y en sus movimientos oculares rápidos. Le comenté de mis planes
e inmediatamente se puso de pie, cual soldado coreano.
En fin, salimos de la casa, pedimos un taxi, y sin más detalles llegamos al
sitio de encuentro. Estaban ellos y ellas. Qué gente bonita. Buenos peinados,
buena ropa y buena actitud. Sombreros de cumpleaños, serpentinas, silbatos, gritos
y felicitaciones, no sin antes la matrona del lugar haberle cubierto los ojos a
la homenajeada para generarle algún tipo de cosquilleo. Sorpresa!
El resto de gente iba llegando minutos después, incrementando las alegrías.
Bufandas, chaquetas, buenos tenis y sonrisas. Habían estado horas antes con
ella y habían fingido despedidas. Se empezó a cocinar el caldo. Alitas, nachos
sin Nacho, salsas, guacamoles y manjares. El volumen empezó a incrementarse a
medida que las meseras, algunas muy terrenales y una que otra del mismo planeta
de Miranda Kerr y Erin Heatherton, iban animando al público saltando y gritando.
“Lo que le falta al pop es el peligro”, dice Prince. Yo me pregunto cómo sería
el nivel de peligro si pusieran psychedelic trance. No quiero ni imaginarlo.
Y de mojito en mojito nos fuimos de boliche en boliche, como dicen los
argentinos. Salimos de ahí, muy contentos y animados. Se prendió la chispa.
Caminando por la avenida en la cual Pepe no cierra, quedábamos aproximadamente
8 gatos. La batalla puede seguir, son apenas las 12, hay todavía soldados y sed
de guerra. Entramos posteriormente a un cuchitril de música formidable, sin
meseras marcianas pero con más tendencia a discoteca, a parranda. Iba con
nosotros un flaco y una flaca. Vaya grupo tan agradable, sarta de muchachos y
muchachas sin más intención de pasarla bien con la homenajeada, de pasar un
rato agradable. Y bailamos mucho. Cantó el mismo grupo gótico de conciertos
largos, cantó Yuri, cantamos una canción que pide a gritos jamaiquinos que
“agarren al ladrón”, bailamos merengue, bailamos reguetón, las damas del ágape
cantaron a pulmón herido Sufre mamón, y hasta hubo coreografía de meneíto. Todo
un set de fiesta ochentera de sábado santo, que llenaría coliseos en mi ciudad
blanca.
Entre los asistentes al sitio, me llamó la atención una señora octogenaria
sentada en un sofá, muy quietica y muy tranquila; en medio de la cantadera y de
la saltadera permanecía impasible. Pelo blanco. Casi casi la saco a bailar,
inspiraba ternura, y no me parecía que estuviera en el lugar equivocado, ya que
ella estaba muy pispa, muy risueña, estaba en su edad dorada, en sus full
ochentas. También había por ahí un muchachón grandote, bien alimentado,
parecido al Che Guevara que vitoreaba coros de plancha como si supiera que un
aerolito ya iba a caer al planeta y nos iba a destruir a todos. Para él, el
mundo iba a acabar esa noche. Y tal vez para todos. Es la mejor manera de
valorar un momento así.
Todo estaba cocinado. Amores horneados. Satisfacción de saber que si se
hubiera planeado al pie de la letra no hubiera resultado. Pero ojo, uno no
siempre está bailando: también uno
habla. Entre esos ires y venires, surgió una comparación entre la música de
Rick Astley que sonaba en ese momento y la que le gusta a uno de la gallada: el
metal, por mencionar lo más mainstream del género; sabemos que hay múltiples
subdivisiones. Aun así, es difícil comparar; difícil poner en un lado de la
balanza a Kylie Minogue y en el otro a Gorgoroth. Complicado poner objetividad
y comparar una voz de sirena como la de Natusha frente a una voz gutural como
la de Luz Concha. No se pudieron
establecer comparaciones, pero sí bastantes risotadas. Tomando whiskey, riendo,
comiendo alas de pollo, tirando los huesos a la calle y diciendo groserías,
parecíamos bucaneros de la Edad Media. Whiskey de bucanero.
Y así termina la noche de sorpresas y encuentros, no sin antes contarles
que salimos, nos despedimos entre sí, quedamos sólo 4 gatos, nos angustiamos un
poco al ver que a doscientos metros, al otro lado de la acera, iban unos
jayanes de plazuela, unos genuinos sayayines, ocasionándole problemas a una
pobre muchareja; generando problemas debido a la exacerbación que producen los
mariachis, género también muy pero muy discutible que suena en demasía por esa
cuadra. Llegamos a la casa sanos y salvos, gracias a Dios. Ella me dio las
gracias, había sido uno de los cumpleaños más felices de su vida, y que no se
imaginaba nada. Yo le dije a ella que era por lo que sentía por ella, por lo
que siento por ella. Por todo lo que siento por ti, amor, que cumplas muchos más.