Hay una historieta que me encantó de Calvin y Hobbes en la que este niño le
pregunta al padre si antes de inventarse el color en la televisión, el mundo
también era en blanco y negro, a lo que
el padre le responde que sí, muy enfrascado en su café y en su periódico,
respondiéndole por salir del paso; el niño inquieto, bien inquieto como es él,
se queda pensando y le dice que si eso es verdad, entonces porqué los cuadros
que están pegados en la casa siempre han sido de colores; el padre gesticula el
ademán universal de la turbación y la interrupción, una tos corta e insípida,
llevándose la mano a la barbilla, y le dice que no, que los cuadros también
eran a blanco y negro y en el mismo momento en que salió la televisión a color,
se tiñeron. Una vez dicha la mentira, entre más se metía en el lodo ante las
preguntas corchadoras, más debía luchar para defenderse. Metida la mano, metido
el brazo. El padre nervioso miraba para todos los lados hasta que Calvin se
marchó, con su tigre Hobbes, que para unos era de peluche y para él era real.
Imagino la confusión, pero la palabra del padre es ley, y en su cerebro
quedó la imagen de un mundo ancestral aburridor de color blanco y negro,
remplazado por uno de colores, de matices, tal y como lo vemos hoy. Nada más
triste, nada más fuera de la realidad. Si así hubiera sido muchas cosas, como
el enamoramiento y el placer, no existirían.
Los colores han estado siempre con nosotros, y el ser humano, además de
tener la sensibilidad de captarlos y disfrutarlos, bien sea en un atardecer de
cielo naranja o en un arcoíris después de una tormenta, también ha tenido la
precaución, la majestuosa idea de reproducirlos en medio verificable. Agradezco
aquí, en un medio verificable también, en nombre de toda la humanidad, al
primero que quiso pintar su realidad: al primero que mezcló arena y múltiples
elementos que veía en la naturaleza para producir algún polvillo con el cual sobre
alguna piedra pudiera pintar lo que veía, por ejemplo el sol, ese astro tan
inexplicable que nos calienta, o los animales que convivían con él, o su
familia.
Al haber plasmado eso, modificando la realidad al ponerle su sello
personal, con o sin habilidades técnicas para hacerlo, el primer pintor plasmó
sentimiento; y así vendría de ahí en adelante. Es la pintura, los dibujos, los
colores, todos estos mutando en el tiempo al igual que el mismo ser humano.
500 años antes de Cristo los griegos pintaron en vasijas de barro toda su
mitología y todos sus rituales: los matrimonios que duraban tres días, la
entrega de regalos, los entierros, la hermosa y despampanante Artemisa, los
niños, los viejos, la vida. Y sin saberlo, al pintar en vasijas pesadas y sin
valor intrínseco –eran solo barro, no eran de oro ni de plata- quedaron
indemnes al paso de las guerras, al paso del revoltoso ser humano. Sentimientos
y vida diaria en medio verificable.
Luego un muchacho pletórico en hormonas y juventud ve que el arte le emana
a borbotones por la piel, y quiere plasmar para siempre a su amada; tal vez no
sea muy práctico, ya que hay un poco más de progreso, el hecho de pintar en una
piedra y con el dedo a su curvilínea amante; procede, a continuación, a mezclar
otras sustancias y aparecen los pinceles, la acuarela, los lienzos, las telas,
y los suspiros al escribir lo anterior.
Llega la mujer a la casa del pintor, se acomoda, se sienta, se desnuda y
posa. El que posa se enamora. Sesiones de tres horas diarias, en las cuales
mientras ella sonríe y muestra su cuerpo hermoso, el pintor va esbozando su
sonrisa, a veces hierática, a veces fulgurante, o pinta su melancolía, esa felicidad
de estar triste, como la definió Víctor Hugo. Apareció ahí el Renacimiento, la
exaltación del ser humano, de poner en el lienzo la realidad lo más parecida
posible.
Decía Botticelli que él esperaba no haber pintado para los sabios, sino
para los locos, porque creía que solo ellos serían capaces de desplegar la
trama que permite que sus personajes se relacionen entre sí; El nacimiento de
Venus, La primavera. Cuadros que son un mundo entero, una psicología entera.
Vendrían después muchos movimientos pictóricos que, con alguna u otra
técnica, con fantasías o realidades, buscaban poner en colores, líneas y trazos
una serie de sentimientos, así como la literatura busca lo mismo pero por medio
de caracteres. Llega el impresionismo con su realidad difusa y el manejo de la
luz, con miles de ejemplos de belleza colorida; solo pondré uno en cuestión: Hermanas,de Mary Cassat, dos niñas abrazadas vestidas con manto blanco
y con una expresión en sus miradas indescifrable, cariño, ternura y lozanía.
Algunos un poco más atrevidos, no contentos con ver que la realidad se
podría pintar, intentaron hacer lo mismo con el paraíso onírico, los sueños,
universo con más abstracciones y más vericuetos; llega Dalí con su tiempo
pluscuamperfecto y Escher con sus laberintos infinitos, su juego con terceras o
incluso cuartas dimensiones, dignas del más avanzado software de diseño. Me
quedo corto con todo; viene lo moderno, los cómics, el abstraccionismo y el
tren sigue a velocidades inimaginables. Somos pasajeros de él, de todo lo que
el arte nos ofrece.
Cuán equivocada percepción del mundo se llevó Calvin; naturalmente cuando
sea adulto y maduro se reirá con su padre recordando el incidente, se develará
la verdad; pero tal vez no, ya que ahora que lo pienso, la pintura representa
el sentimiento del autor, y puesto que Calvin también es pintura, es una
caricatura tan respetable y tan representadora de sensaciones como un cuadro de
Andrés de Santa María, probablemente su edad y su entorno siempre sea el mismo.
Calvin nunca comentará su pasado porque siempre existirá tal y como es ahora,
al igual que todas las pinturas. Nunca envejecen, nunca mueren.