jueves, 29 de agosto de 2013

Calvin y la pintura

Hay una historieta que me encantó de Calvin y Hobbes en la que este niño le pregunta al padre si antes de inventarse el color en la televisión, el mundo también era  en blanco y negro, a lo que el padre le responde que sí, muy enfrascado en su café y en su periódico, respondiéndole por salir del paso; el niño inquieto, bien inquieto como es él, se queda pensando y le dice que si eso es verdad, entonces porqué los cuadros que están pegados en la casa siempre han sido de colores; el padre gesticula el ademán universal de la turbación y la interrupción, una tos corta e insípida, llevándose la mano a la barbilla, y le dice que no, que los cuadros también eran a blanco y negro y en el mismo momento en que salió la televisión a color, se tiñeron. Una vez dicha la mentira, entre más se metía en el lodo ante las preguntas corchadoras, más debía luchar para defenderse. Metida la mano, metido el brazo. El padre nervioso miraba para todos los lados hasta que Calvin se marchó, con su tigre Hobbes, que para unos era de peluche y para él era real.

Imagino la confusión, pero la palabra del padre es ley, y en su cerebro quedó la imagen de un mundo ancestral aburridor de color blanco y negro, remplazado por uno de colores, de matices, tal y como lo vemos hoy. Nada más triste, nada más fuera de la realidad. Si así hubiera sido muchas cosas, como el enamoramiento y el placer, no existirían.

Los colores han estado siempre con nosotros, y el ser humano, además de tener la sensibilidad de captarlos y disfrutarlos, bien sea en un atardecer de cielo naranja o en un arcoíris después de una tormenta, también ha tenido la precaución, la majestuosa idea de reproducirlos en medio verificable. Agradezco aquí, en un medio verificable también, en nombre de toda la humanidad, al primero que quiso pintar su realidad: al primero que mezcló arena y múltiples elementos que veía en la naturaleza para producir algún polvillo con el cual sobre alguna piedra pudiera pintar lo que veía, por ejemplo el sol, ese astro tan inexplicable que nos calienta, o los animales que convivían con él, o su familia.

Al haber plasmado eso, modificando la realidad al ponerle su sello personal, con o sin habilidades técnicas para hacerlo, el primer pintor plasmó sentimiento; y así vendría de ahí en adelante. Es la pintura, los dibujos, los colores, todos estos mutando en el tiempo al igual que el mismo ser humano.

500 años antes de Cristo los griegos pintaron en vasijas de barro toda su mitología y todos sus rituales: los matrimonios que duraban tres días, la entrega de regalos, los entierros, la hermosa y despampanante Artemisa, los niños, los viejos, la vida. Y sin saberlo, al pintar en vasijas pesadas y sin valor intrínseco –eran solo barro, no eran de oro ni de plata- quedaron indemnes al paso de las guerras, al paso del revoltoso ser humano. Sentimientos y vida diaria en medio verificable.

Luego un muchacho pletórico en hormonas y juventud ve que el arte le emana a borbotones por la piel, y quiere plasmar para siempre a su amada; tal vez no sea muy práctico, ya que hay un poco más de progreso, el hecho de pintar en una piedra y con el dedo a su curvilínea amante; procede, a continuación, a mezclar otras sustancias y aparecen los pinceles, la acuarela, los lienzos, las telas, y los suspiros al escribir lo anterior.

Llega la mujer a la casa del pintor, se acomoda, se sienta, se desnuda y posa. El que posa se enamora. Sesiones de tres horas diarias, en las cuales mientras ella sonríe y muestra su cuerpo hermoso, el pintor va esbozando su sonrisa, a veces hierática, a veces fulgurante, o pinta su melancolía, esa felicidad de estar triste, como la definió Víctor Hugo. Apareció ahí el Renacimiento, la exaltación del ser humano, de poner en el lienzo la realidad lo más parecida posible.

Decía Botticelli que él esperaba no haber pintado para los sabios, sino para los locos, porque creía que solo ellos serían capaces de desplegar la trama que permite que sus personajes se relacionen entre sí; El nacimiento de Venus, La primavera. Cuadros que son un mundo entero, una psicología entera.

Vendrían después muchos movimientos pictóricos que, con alguna u otra técnica, con fantasías o realidades, buscaban poner en colores, líneas y trazos una serie de sentimientos, así como la literatura busca lo mismo pero por medio de caracteres. Llega el impresionismo con su realidad difusa y el manejo de la luz, con miles de ejemplos de belleza colorida; solo pondré uno en cuestión: Hermanas,de Mary Cassat, dos niñas abrazadas vestidas con manto blanco y con una expresión en sus miradas indescifrable, cariño, ternura y lozanía.

Algunos un poco más atrevidos, no contentos con ver que la realidad se podría pintar, intentaron hacer lo mismo con el paraíso onírico, los sueños, universo con más abstracciones y más vericuetos; llega Dalí con su tiempo pluscuamperfecto y Escher con sus laberintos infinitos, su juego con terceras o incluso cuartas dimensiones, dignas del más avanzado software de diseño. Me quedo corto con todo; viene lo moderno, los cómics, el abstraccionismo y el tren sigue a velocidades inimaginables. Somos pasajeros de él, de todo lo que el arte nos ofrece.


Cuán equivocada percepción del mundo se llevó Calvin; naturalmente cuando sea adulto y maduro se reirá con su padre recordando el incidente, se develará la verdad; pero tal vez no, ya que ahora que lo pienso, la pintura representa el sentimiento del autor, y puesto que Calvin también es pintura, es una caricatura tan respetable y tan representadora de sensaciones como un cuadro de Andrés de Santa María, probablemente su edad y su entorno siempre sea el mismo. Calvin nunca comentará su pasado porque siempre existirá tal y como es ahora, al igual que todas las pinturas. Nunca envejecen, nunca mueren.

jueves, 22 de agosto de 2013

La modernidad relativa

Siempre el ser humano ha tenido la curiosidad por saber cómo será el mundo en el futuro. Premisa inicial de la que se desprenden infinidad de teorías y angustias; Nada más interesante que lo desconocido, y nada más aburridor que el saber que todo está dado y que no hay incertidumbre.

Esa curiosidad motivó a un vikingo a explorar qué podría haber al oeste -antes sólo exploraba el este- y así llegar a las costas de Inglaterra; citando a  Eca de Queirós, este sentimiento oscila entre lo grosero y lo sublime: sirve para fisgonear a la vecina cambiándose su ropaje o para descubrir continentes como América. La curiosidad es un importante combustible, a veces con mugre y a veces con alto octanaje.

Las pruebas de las ganas de saber qué pasará están en los libros -cuando éstos empezaron a existir- pero mucho antes ya estaba la tradición oral, el voz a voz legendario que obligaba a aprender de memoria (con todos los errores que ese teléfono roto implicó) las percepciones sobre la vida, las poesías y las profecías. Antes las historias se contaban y se memorizaban.

Imagino a Lucy, la primera humana que la paleontología menciona, en Etiopía hace millones de años, pensando y angustiándose por saber qué vendría después, cómo cambiaría esa llanura calurosa en la que cazaba su alimento, dormía y desarrollaba sus funciones corporales; la imagino comunicando de alguna manera, no sé cómo, sus perspectivas a su núcleo familiar -no había lenguaje-, viendo la imposibilidad de que hubiera algo diferente; ya todo está creado, ya están los animales, la comida, qué más puede existir? Vivía en su modernidad relativa.

Posteriormente vendría lo que conocemos como Historia, y continuaron imaginándose el futuro. A la par de esto empezaron a vaticinar el fin de todo; al oír un trueno una noche de invierno, salen a relucir los miedos y fantasmas y alguien da un paso al frente, se apersona, se pega en el pecho tomando el liderazgo y dice que el mundo, sí señor, se está acabando y dejará de existir tal y como lo conocemos. Expectativa y miedo al fin, otra característica más del adulto contemporáneo.

Surgen los profetas motivados por el temor. Existieron también los zahoríes, que veían lo oculto; luego los arúspices, que examinaban las entrañas de los animales para profetizar el futuro (no más imagínense el reguero de sangre y tripas para concluir que habrá una guerra con los mismos ingredientes escatológicos), y así sucesivamente.

En Italia existió un profeta llamado Savonarola, que luego fue quemado en la Inquisición; construyó una red social de muchos seguidores, aun sin existir el computador, y acabó con la estabilidad del sistema de poder de Florencia, tan concentrado en la familia Médicis; todo con el patrocinio de la incertidumbre.

Otros instrumentos para especular con el fin son los números per se, esas cifras inventadas por tribus ancestrales e impuestas por emperadores. Al ver que llegaban al año 1200, por ejemplo, los profetas decían que el mundo acabaría. Cómo? No sé, pero todo acabaría. Y así con el año 1300, 1400, etc. En el mercado financiero los niveles cerrados (1900 ó 1800 ó 7,00) implican la ruptura o comienzo de alguna tendencia; así es con la vida. Cada nuevo milenio, década o año trae nueva energía, e involucra rituales. No más acuérdense del año 2000, la gran celebración que hubo, el Y2K y demás.

Miles de casos así, hasta que llegamos a la modernidad, nuestra modernidad relativa. La gente se sigue matando para no morir; el locuaz Nicolás Gómez Dávila a principio del siglo XX dijo que la sociedad del futuro sería una esclavitud sin amos. Algo tiene de razón. Incluso mi padre, una vez que le pregunté sobre cómo seríamos dentro de 100 años, dijo que todo sería igual, sólo con más pobreza y más problemas, con los mismos humanos, sus angustias y su alegría, que siempre al inicio de cada año habría profetas que vaticinan un atentado contra el Papa y un terremoto; el mundo siempre será igual, sólo con más gente y más tecnología. Las cosas cambian, lo que antes eran monarcas déspotas ahora son corruptos, también déspotas; sólo hay cambios en las apariencias, no en la esencia.

Creemos que esa modernidad es exclusiva de nosotros, pero no es así. Nuestro entorno era algo impensable hace 100 años pero causará gracia dentro del mismo tiempo, pronto esta modernidad será una época primitiva en los libros de historia. Hoy puede haber un taumaturgo diciendo que el fin se aproxima, siempre con el mismo cuento; seguirán saliendo películas y libros con temas futuristas, en ese territorio en el que todo es permitido; el miedo y la incertidumbre continúan, echando carbones a la hoguera de la humanidad.

Por mi lado encuentro fascinante imaginar el futuro, y cree uno que ahora está todo inventado, así como creyó un indígena paez hace 200 años, o así como creyó Lucy. Pero nada está escrito, o más bien todo está escrito, sino que no sabemos dónde. Cómo será la música? No tengo la menor idea, me hice esta pregunta hace 20 años sobre cómo sería cuando fuera adulto, y nunca imaginé todo lo que hay ahora: el espectro es gigante.


El mundo siempre será triste y feliz, justo e injusto, primitivo y sofisticado; ahí navegamos, depende qué lado de la balanza quiera agarrar uno. Me encanta estar viviendo y estar expectante, no del  presente continuo, sino del futuro progresivo. Esa es mi modernidad relativa.

jueves, 15 de agosto de 2013

Todo de todo

Corría el año 1993 y estaba viendo televisión con mis papás y mi hermana, haciendo zapping entre tantos canales que existían en ese momento, todo esto gracias a un concepto novedoso: la antena parabólica. Esta consistía en un plato pandeado inmensamente grande, a veces incluso más grande que la misma casa, instalado en un lote de 4x4 metros, que miraba hacia arriba como los girasoles y captaba señal  de los satélites de cadenas de televisión del otro lado del charco y del otro lado de la luna. Por su tamaño, este tipo de antena fue un gran invasor de espacio en la floreciente terminología de zonas comunes y propiedad horizontal.

Empecé a ver canales diferentes, comerciales de cereales y de GI Joe que me dejaban absorto, noticias en inglés, y también canales peruanos, argentinos y mexicanos. Nos volvimos multimedia e internacionales.

Iba cambiando canales, como les digo, y me detuve en un espacio de humor en un canal mexicano. Teniendo como derrotero y bases teóricas la Carabina de Ambrosio y Qué nos pasa noté cierto parecido entre los actores de estos clásicos  y el que aparecía en ese momento en la pantalla.

Todo de Todo se llamaba el programa, un collage de sketches que colmaba media hora semanal. Yo lo esperaba ansiosamente cada jueves con palomitas de maíz y gaseosa y posteriormente caí en cuenta de que podía empezar a grabarlo en el Betamax.

Ahí salían muchos personajes, entre ellos un español gordo y peludísimo haciendo monerías, conocido como el Trompetero, volviendo la lengua un ocho mientras era insultado y humillado por su amigo buen mozo y malgeniado, el Tabaquete, a raíz de sus comentarios estúpidos, fuera de tono y absolutamente hilarantes. Uno era gallego y el otro andaluz.

Qué bien que la pasaba. Además del par de españoles tontos, existió un profesor, apodado Hugo del Metate, que en un papelógrafo explicaba múltiples términos a sus alumnos y mientras preguntaba si le entendían, movía la cabeza hacia adelante, el peluquín se le despegaba a medias y le cubría la cara. Muy chistoso además otro personaje, un científico alemán, naturalmente basado en Einstein: el doctor Von-Va. Imagínenlo con su acento alemán, el pelo parado y la espuma desbordando las pipetas y beakers de su laboratorio.

Hasta aquí la primera parte del fenómeno: el asombro y la risa.

Luego empieza la difusión, segunda parte natural del mismo. Empecé a gesticular igual al trompetero, les conté a mis primos, a mis amigos, a mi hermana, a mis papás, ellos también empezaron a gesticular y hacer el ocho con la lengua al terminar un chiste, empecé a sacarle parecidos a la gente con algunos personajes del programa e incluso me aprendí diálogos de memoria, que aún recuerdo sin falla. Están en mi memoria, y me río todavía.

Todo de Todo se convirtió en una institución para mí, en un estilo de vida, así como el transmisor gigante e incómodo para sintonizarlo por medio de las ondas, la parabólica, se convertía en el estilo de vida de los demás. Contábamos con múltiples opciones, el panorama se iba atiborrando de estas antenas: nunca antes los Supersónicos estarían más acertados en su visión del futuro.

Primos y primas de otras latitudes y disímiles edades hacían la mueca del Trompetero en señal de complicidad conmigo, e incluso recitaban algunas oraciones repetidas insaciablemente por este pecho, había rebobinadas de casete casi a diario y ese rodillo de cinta se convirtió un poco menos que una joya, un trofeo. El clímax de toda esta situación llegó en un capítulo puntual en el que uno de los personajes -el profesor- al cerrar su papelógrafo y marcharse del recinto se machuca tres dedos de las manos, pega un aullido máximo de dolor y se va absolutamente adolorido, mientras todo el público casi se parte de la risa. Podrían ustedes imaginarse cuántas veces vi la escena, la devolví, la volví a ver, proceso que casi daña los cabezotes del reproductor.

Como en todo fenómeno, después del clímax y el movimiento, llega la calma. Así como todas las dinastías y gobiernos poderosos declinan, también empezó a mermar la calidad del espacio humorístico; empezaron a repetir ediciones viejas, ya los personajes no eran tan genuinos sino más bien aburridores; así mismo la programación de canales de la parabólica empezó a menguar, veíamos canales en inglés que transmitían los pronósticos del clima las veinticuatro horas del día, incluso hubo un canal árabe, o iraní, no importa: era incomprensible y de letras raras.

El fin llega, tarde o temprano pero llega. Alguna ley de algún señor triple A (abogado, adulto y aburrido) se coló en el Senado, supongo, y bueno, palabra va palabra viene, las parabólicas pasaron a ser ilegales; los dinosaurios eran gigantes, aparentemente invencibles y longevos pero aun así se extinguieron; eso mismo pasó con la parabólica. Desmontaron todas las estructuras, y nunca más volvería a saber nada de estos amados personajes, de estos dinosaurios; pero poseía un fósil: el casete en el que grabé todo, la prueba reina.

El tiempo siguió avanzando a la par de la tecnología, llegó internet, los planes de televisión por cable y demás comodidades; y resulta que así como la corriente del mar o algún terremoto sepulta los fósiles mandándolos a parajes lejanos y escondidos, me pasó que en un trasteo (nada más parecido a un terremoto) el afán de salir de bártulos le dio un adiós para siempre a la única prueba que quedaba de la existencia del trompetero: el casete se perdió.

Ahora corre el 2013 y mencioné que llegó internet porque gracias a ella pude ponerme en la labor, desde hace algunos años, de buscar algo relacionado a estos personajes, a ese programa, con resultados muy exiguos. A duras penas hay un par de extractos de un minuto en youtube; la parabólica se extinguió y con ella Todo de Todo; por más que busco en todos lados, apenas salen menciones o comentarios alusivos a algo que existió en el 93. Ahora cómo pruebo que existieron?


Tal vez después de la cuarta guerra mundial, esa que dicen será con palos y piedras, surja una nueva sociedad, con dinosaurios y parabólicas; seguro que ahí reaparecerá el Trompetero, Tabaquete y demás, dándose golpes entre sí. Seguro estaré ahí para ese entonces; de momento, estoy seguro que alguna familia está en este momento dañando los cabezotes del reproductor de Betamax destornillada de la risa viendo, devolviendo y viendo otra vez las genialidades de este humorista en algún recodo del mundo. Habrá encontrado la prueba reina en la basura, en un mercado de las pulgas o en alguna subasta en internet.

jueves, 8 de agosto de 2013

Lorelei

Lorelei era una musa que siempre estaba sentada sobre una piedra al final de una curva en el inmenso transcurso de un río largo, el Rin, en Alemania. Ahí está sentada, impasible como algunos amores imposibles, y como algunas personas frente a las vicisitudes de la vida.

Ahí espera ella, es una ondina, un ser mitológico absolutamente hermoso, de rasgos profundamente marcados, cejas gruesas, pelo largo rubio un poco ondulado, con hombros sensuales, suaves y nacarados, torso parcialmente descubierto que se deja entrever a través del lino semitransparente de su túnica, esa túnica que coquetamente muestra y esconde al unísono los dotes y placeres femeninos. Ahí toca su flauta con tonalidades celestiales, sensuales y musita una voz aguda y entonada.

En ese risco en el que ella se encuentra, al final de la curva en el valle superior del Rin, en su parte romántica tal y como dicen los atlas, espera el amor. Un amor que venga en forma de marinero, de turista, de incauto, como todos los amores que van por ahí. Esos son los amores que se asemejan a una flor, cuyo olor no se sabe si existe o no existe solo cuando hay un ser que lo perciba.

En esta zona muchos hombres han muerto; esta ondina, cuya belleza sólo es equiparable a la de Simonetta, misteriosa y melancólica mujer que posó para Sandro Botticelli y que aparece en El Nacimiento de Venus, ha distraído, engalanado y desarmado a muchos navegantes, quienes al ver su cuerpo y sus senos turgentes dejan olvidado el timón del barco, de la nao, o incluso de su vida, con tal de probar ese néctar prohibido.

Así es la mujer, un ser inmensamente indescriptible y hermoso. Y así es la vida, así se asemeja al curso del río alemán del que les hablo: un cauce que corre y transcurre a lo largo del tiempo, con piedras, curvas, subidas, bajadas, nacimientos, vertientes y desembocaduras, algunas desembocaduras plácidas como las rías de la costa atlántica y algunas fuertes como los fiordos noruegos.

En medio de estas curvas de la vida, del río, aparece Lorelei, la ondina que hace que el navegante o se desvíe sucumbiendo a sus placeres con final estrepitoso o, al revés, se encauce en la corriente y llegue a feliz desembocadura con ella. Depende del navegante, ese hombre que tenga la fortuna o la desgracia de encontrársela, como en toda mitología, como en toda realidad.

Este río ha inspirado a mucha gente, incluso al gran Wagner, maestro que bautizó El Oro del Rin al preludio de la trilogía El Anillo del Nibelungo, convirtiéndola prácticamente en una tetralogía. El Rin, escenario de valkirias, diosas de la juventud y locura. Ahí en ese río estaba el oro, en esa vida estaba Lorelei tácitamente, esperando a ser encontrada, bajo óperas sublimes que dejaron boquiabiertos a muchos, incluyéndome.

Cada ser humano navega en su río, algunos con más corriente que otros, o con más piedras, o con agua salada en vez de dulce, nadándolo o navegándolo, con o sin tripulación. Y cada quien en cierta curva, de manera lenta o rápida, ve a una Lorelei que le observa y lo detendrá o lo dejará seguir de acuerdo a los designios que estén marcados.


Yo la encontré una vez y la miré. El barco se encauzó y la incorporé a la tripulación, sin naufragar en el intento. Ahora ella está cerca a otros riscos, los de la Sierra Nevada de Santa Marta, mojando su cuerpo en playas y estuarios; la pienso bastante.

jueves, 1 de agosto de 2013

El aeropuerto

A este lugar llega mucha gente en diferentes medios de transporte, bien sea carro, bus articulado, bus corriente o motocicletas; unos llegan para de ahí irse a otro paraje, otros llegan para devolverse a los pocos minutos, otros llegan solamente a trabajar y así ganarse su sustento diario, y otros llegan para así mismo desvanecerse en el viento.

Este es un carrusel donde salen y entran personas; es el aeropuerto, un sitio que me encanta por la atmósfera que emana. Se puede ver de todo, al entrar llegan con sus dos maletas, una de ruedas de pasta negra y la otra un morral que cierra con velcro en la mitad, también negro, con los implementos básicos para sobrevivir intelectual y lúdicamente 6 horas: algún aparato para oír música, un par de revistas, una crema hidratante, una loción, muchos lapiceros, un diario, una bufanda y una chocolatina.

Me encantan los aeropuertos; en la entrada consigo regalos, café delicioso, CDs (todavía se consiguen, hurra!), recuerdos de mi país, recuerdos de mi ciudad y un trago de whisky si se me antojase servido en un grifo gota a gota, vendido como un elixir para la eterna juventud y el eterno enamoramiento; pero es inadmisible comprar un suvenir guajiro en alguna tienda de estas: en ningún lado se nota más la inflación que ahí.

Me tranquilizo porque no es mi caso: no debo llevar nada de regalos. No hay destino. El destino de ese momento no es viajar, sino realizar un trámite necesario en las instalaciones de dicho terminal: un trámite de esos que se inventan los adultos. Compro un tinto amargo y caliente en vaso de plástico blanco y asidero del mismo material, pero marrón. Cojo asiento.

Cada grupo de personas, o incluso cada persona, tendrá su historia en particular; difícil saberlo pero fácil imaginarlo. Qué podría pasar entre esa pareja que acaba de entrar, muy elegantes por cierto, con tan solo dos maletas de mano, acercándose al muelle nacional; o qué historia estará entrecruzada en la vida de esa niña que va con la azafata, con un rótulo de recomendada en su camiseta; mil historias, como les digo. Gran afluencia de gente, y por ahí la vi a ella. Todo el universo empezó a andar en cámara lenta, en claroscuro; quedé mesmerizado.

Ella pasó caminando. Segundos antes yo estaba sentado, con mi café y una dona de chocolate, tranquilo, sin mucha efervescencia; pero cuando la noté, sentí que era de noche y que lanzaban juegos artificiales en el cielo, sonaban explosiones y todo era de color, empezó a sonar hard trance alemán en mi mente y ella caminaba frente a mí, era una musa caminante, llevaba un abrigo negro de cuatro bolsillos, medias veladas negras también y zapatos rojos escarlata brillantes.

La boca es muy difícil de describir. Lo único que se puede equiparar al mundo de los humanos es decir que llevaba un labial Le rouge absolu de Lancome; así le llaman los seres humanos. Era una mujer muy misteriosa, podría yo creer que tanta belleza no es posible, que posiblemente era una villana que en esos labios traía veneno; independientemente de que fuera o no veneno, el caso es que era asfixiante.

Lo único que no pude ver de su rostro fueron los ojos, porque estaban cubiertos y matizados por unos lentes Wayfarer verdes plegables que agregaban a la atmósfera  un olor absolutamente a años ochenta, un olor a new wave; sonó en esos momentos un track de Friendly Fires y el aeropuerto se convirtió en una mezcla absurdamente deliciosa de ropa y música, mientras ella me caminaba.

Cuando sacudí mi cabeza tratando de llegar al planeta tierra de nuevo, vi que tal sílfide iba hacia una horda de gente que estaba saltando, gritando y meneando unas pancartas, cual si estuvieran en manifestación. Qué será la bulla? Me fui tras ella, manteniendo una distancia de tres metros, a medida que me acercaba al grupo de gente. Averigüé y una niña de doce años me dijo que toda esta gente estaba esperando la llegada de un grupo muy famoso de k-pop, término asociado al pop coreano. Resulta que el grupo se llamaba Supernova, y se presentaba por esos días aquí en la ciudad. La multitud estaba expectante, los niños y niñas gritaban, la expectativa por su llegada era total.

Cientos de personas, entre adultos de bigote y adolescentes de patillas, estaban en la sala de llegada de vuelos; entre ese ruido y mar de gente ella empezó a hacerse más lejana, cada segundo que volvía a mirar hacia adelante ella se veía más ausente, más gaseosa, así como Wilson, muñeco imaginario del náufrago, que cada vez, a medida que el desespero aumentaba, a medida que la agonía asfixiaba, él se iba alejando.

De un momento a otro la dejé de ver en la distancia. Qué angustia, me quedé sin saber dónde podría estar, la manada de gente me impedía mover siquiera un dedo; a los tres minutos salieron cuatro agentes de seguridad diciendo que los coreanos se disponían a salir, y todo lo que vendría pasó muy rápido: saludaron y firmaron autógrafos, los más que pudieron, y al cabo de cinco minutos estaban montados en una van que los llevaría al hotel, lugar en el que serían recibidos también por un grupo similar de muchachos con frenesí.

La multitud empezó a disiparse, igual a como se disipa el humo después de una explosión. Dónde está ella? Pregunté a un par de vigilantes si habían visto a tal mujer acorde a mis características citadas, y nadie me dio razón. Incluso uno de ellos alzó levemente la ceja, sonrió, y me dijo que era imposible que alguien así fuera ignorada por el ojo humano. Quedé en el limbo, los aviones partían y llegaban, junto con sus tripulaciones, y así mismo se esfumaba su recuerdo, mi recuerdo.

Percibí un olor femenino, uno de esos que vienen en empaque fino y pequeño, y suspiré. Sentí que mis botas pisaron algo, eran unas gafas Wayfarer verdes, plegadas a la mitad y ochenteras. Las recogí. Nadie me miraba. Ya había acabado mi trámite adulto y decidí marcharme.


Antes de abandonar la puerta, de ver por última vez la gente fascinante de un aeropuerto, con sus afanes, alegrías y tristezas, metí las gafas en mi bolsillo derecho a manera de recuerdo, alcé mi mirada y me sorprendí gratamente al ver en la pared de un costado una publicidad tamaño 4 x 4 metros, calidad perfecta de fotografía, en la que posaba ella, con sus labios indescriptibles, esos que a los humanos no les queda más opción que intentar ponerle nombre. Ella había desfilado para mí, solo para mí.