Existe una tribu que nos pisa los
talones todos los días, es una legión secreta de gente normal y convencional,
como todos. Es una secta que cohabita con nosotros sin ni siquiera poder percibirlo. Puede ser
su vecino, su esposa, o su mejor amigo. No existen registros en ninguna página
de internet ni buscador. Al poner el nombre del club, un nombre que pude oír
por ahí confidencialmente, no sale nada en los motores de búsqueda. El
resultado es cero. Toda esta imposibilidad en la búsqueda de información hace
las cosas incluso más engorrosas y más insondables de averiguar.
Tal y como la sociedad Juliette: ésta
es una sociedad en la que personas de las más altas esferas satisfacen sus gustos
sicalípticos y libidinosos entre sí, a unos niveles elevadísimos de pasión,
música y desenfreno. Es una sociedad secreta, no sé si en la ficción o en la
realidad, ya que si uno no la conoce en últimas da lo mismo, y se llegaba a
ella por medio de alguna invitación, por medio de laberintos infestados de
música gabber a niveles insoportablemente trepidantes y galopantes. Cueros,
arneses, máquinas, techno. Así es esa sociedad que pongo de ejemplo. Sin
embargo, este club anónimo del que les escribo no tiene esos fines tan instintivos
y marchosos. No. El objetivo de este club es otro.
El objetivo de este club es
cuadrar minuciosamente las cifras en sus sistemas. Es lograr que ese presente
tan efímero, pero a la vez tan eterno, quede congelado en las pantallas
táctiles de estos nuevos artefactos inteligentes que nos ofrece hoy en día la
tecnología. Que tanto acercan y facilitan, pero que tanto alejan.
Es posible pensar no en un club;
más bien se podría decir que es una subcultura urbana. Sus integrantes no
tienen cláusula de permanencia, en oposición a sus aparatos celulares que sí la
tienen. Un hombre y una mujer pueden ser miembros de dicha asociación y pueden
estar haciendo cualquier actividad. Pueden estar dando clase, pueden estar
corriendo, pueden estar durmiendo, o incluso pueden estar en la fila del banco,
fila que suscita toda clase de complicidades y temas vacuos. En las filas, las
esperas y las hordas de gente, ahí mismo puede llegar el momento esperado.
El momento esperado por esta
subcultura llega pocas veces en el día. Se vive al día. Se vive por el día.
Cuando llega la noche todo ha terminado, el día siguiente estará enfrascado de
múltiples y nuevas vicisitudes. Cuando llega ese momento, no importa qué esté
haciendo el integrante, no importa que haya problemas, el tiempo se detiene. Y
es este momento en el reloj el que provoca las más inmaculadas celebraciones,
el elevamiento máximo al ver, por ejemplo, las 2:22 pm, ó las 3:33pm. Son los
capicúas, números que se leen igual al derecho o al revés. Por ejemplo las
10:01am, las 13:31, así sucesivamente. Es el equivalente numérico de las
palíndromas. Es la razón de ser, es el motor del club del mismo nombre: capicúa.
Segundos antes de producirse esa
elevación máxima de cifras alineándose en la pantalla, tal y como se acomodan
los astros en un eclipse, momentos antes de producirse la perfecta
sincronización hay nerviosismo, hay afán y angustia de que las perfecciones no
queden suspendidas en el tiempo, hay horror al pensar acaso que por un problema
mayor, una llamada de última hora o una distracción menester de sopesar
manejando vehículos, se lleguen a pasar de la hora y que no se logre el
objetivo.
Incluso existe en el club capicúa
un ala fundamentalista. Como en todos los grupos sociales, bien sea familias,
colegios y religiones, hay miembros que son ortodoxos, cerrados y extremistas.
Estos fundamentalistas, no contentos con detener el tiempo en horas y minutos y
hacerle la captura de pantalla que es debida, buscan hacer la perfecta
sincronía agregándole segundos. Habrá por lo tanto hombres que se dejan crecer
la barba y las patillas, cual judíos ashkenazi, y buscan cerrar sus
aplicaciones de celulares, ya no a las 2:22pm, sino a las 2:22:22pm. Los amigos
en línea de estas personas verán que su última conexión se hizo a esa hora. Así
sonreirán y darán fe del cumplimiento de la meta.
Son más eruditos en la materia,
se visten diferente incluso. Todo su transcurrir diario gira en torno a hallar
números capicúas como si fueran detectives de lo numérico, como si fueran la
Gestapo de los algoritmos. Al igual que la sociedad Juliette, se transpira
placer al lograr los objetivos, y en últimas hay complicidad. Vi la otra vez
una niña que pudo percibir a las 4:43pm que su compañera de puesto estaba
sudando, muy nerviosa y le colgó al novio porque tenía una urgencia. Un minuto
después estaría dejando constancia de que congeló sus aplicaciones a las
4:44pm. La observadora hacía lo mismo, ambas estaban pendientes de esto. Luego
de unas semanas se volvieron a encontrar y tan grande sería la emoción que
motivó a saludarse entre sí, pero no con un abrazo. Esto es secreto, la ceja de
una de ellas se enarcó y se conectó en la distancia con la otra ceja. Eran
complicidades subrepticias, todas bajo una misma pasión capicúa. Sincronías de
números que motivan sincronías en almas.
Pero sigue sin haber registros de
ellos. Los clubes y las sociedades secretas siguen existiendo. En esta ciudad
se reúnen secretamente, cada quien muestra en su celular las veces que logró
desconectarse de las redes sociales a horas capicúas; se crean foros, se
discute, se intercambian suvenires, se crea cultura. Y lo más importante, se
crean satisfacciones, que son el alimento diario del ser humano. Son sincronías
de números que ayudan a vivir más alegremente. Para eso se reúnen; ¿sino para
qué?
Así siguen transcurriendo las
cosas. Cuando aparentemente se ve alguna damisela pelear con su muchacho en
plena calle, se pone nerviosa y corre despavorida, no es exactamente por eso;
es porque debe ir a algún sitio íntimo, donde podrá dar alimento a su obsesión
numérica trascendente en su vida, donde podrá detener el tiempo. Sólo ahí
logrará respirar tranquila. Ocurre bastante, ocurre más veces de lo imaginable.
Ellos deben irse, tienen una obligación, discúlpenlos, deben detener el tiempo.
Son las 10:01pm.