jueves, 28 de noviembre de 2013

La sociedad capicúa

Existe una tribu que nos pisa los talones todos los días, es una legión secreta de gente normal y convencional, como todos. Es una secta que cohabita con nosotros  sin ni siquiera poder percibirlo. Puede ser su vecino, su esposa, o su mejor amigo. No existen registros en ninguna página de internet ni buscador. Al poner el nombre del club, un nombre que pude oír por ahí confidencialmente, no sale nada en los motores de búsqueda. El resultado es cero. Toda esta imposibilidad en la búsqueda de información hace las cosas incluso más engorrosas y más insondables de averiguar.

Tal y como la sociedad Juliette: ésta es una sociedad en la que personas de las más altas esferas satisfacen sus gustos sicalípticos y libidinosos entre sí, a unos niveles elevadísimos de pasión, música y desenfreno. Es una sociedad secreta, no sé si en la ficción o en la realidad, ya que si uno no la conoce en últimas da lo mismo, y se llegaba a ella por medio de alguna invitación, por medio de laberintos infestados de música gabber a niveles insoportablemente trepidantes y galopantes. Cueros, arneses, máquinas, techno. Así es esa sociedad que pongo de ejemplo. Sin embargo, este club anónimo del que les escribo no tiene esos fines tan instintivos y marchosos. No. El objetivo de este club es otro.

El objetivo de este club es cuadrar minuciosamente las cifras en sus sistemas. Es lograr que ese presente tan efímero, pero a la vez tan eterno, quede congelado en las pantallas táctiles de estos nuevos artefactos inteligentes que nos ofrece hoy en día la tecnología. Que tanto acercan y facilitan, pero que tanto alejan.

Es posible pensar no en un club; más bien se podría decir que es una subcultura urbana. Sus integrantes no tienen cláusula de permanencia, en oposición a sus aparatos celulares que sí la tienen. Un hombre y una mujer pueden ser miembros de dicha asociación y pueden estar haciendo cualquier actividad. Pueden estar dando clase, pueden estar corriendo, pueden estar durmiendo, o incluso pueden estar en la fila del banco, fila que suscita toda clase de complicidades y temas vacuos. En las filas, las esperas y las hordas de gente, ahí mismo puede llegar el momento esperado.

El momento esperado por esta subcultura llega pocas veces en el día. Se vive al día. Se vive por el día. Cuando llega la noche todo ha terminado, el día siguiente estará enfrascado de múltiples y nuevas vicisitudes. Cuando llega ese momento, no importa qué esté haciendo el integrante, no importa que haya problemas, el tiempo se detiene. Y es este momento en el reloj el que provoca las más inmaculadas celebraciones, el elevamiento máximo al ver, por ejemplo, las 2:22 pm, ó las 3:33pm. Son los capicúas, números que se leen igual al derecho o al revés. Por ejemplo las 10:01am, las 13:31, así sucesivamente. Es el equivalente numérico de las palíndromas. Es la razón de ser, es el motor del club del mismo nombre: capicúa.

Segundos antes de producirse esa elevación máxima de cifras alineándose en la pantalla, tal y como se acomodan los astros en un eclipse, momentos antes de producirse la perfecta sincronización hay nerviosismo, hay afán y angustia de que las perfecciones no queden suspendidas en el tiempo, hay horror al pensar acaso que por un problema mayor, una llamada de última hora o una distracción menester de sopesar manejando vehículos, se lleguen a pasar de la hora y que no se logre el objetivo.

Incluso existe en el club capicúa un ala fundamentalista. Como en todos los grupos sociales, bien sea familias, colegios y religiones, hay miembros que son ortodoxos, cerrados y extremistas. Estos fundamentalistas, no contentos con detener el tiempo en horas y minutos y hacerle la captura de pantalla que es debida, buscan hacer la perfecta sincronía agregándole segundos. Habrá por lo tanto hombres que se dejan crecer la barba y las patillas, cual judíos ashkenazi, y buscan cerrar sus aplicaciones de celulares, ya no a las 2:22pm, sino a las 2:22:22pm. Los amigos en línea de estas personas verán que su última conexión se hizo a esa hora. Así sonreirán y darán fe del cumplimiento de la meta.

Son más eruditos en la materia, se visten diferente incluso. Todo su transcurrir diario gira en torno a hallar números capicúas como si fueran detectives de lo numérico, como si fueran la Gestapo de los algoritmos. Al igual que la sociedad Juliette, se transpira placer al lograr los objetivos, y en últimas hay complicidad. Vi la otra vez una niña que pudo percibir a las 4:43pm que su compañera de puesto estaba sudando, muy nerviosa y le colgó al novio porque tenía una urgencia. Un minuto después estaría dejando constancia de que congeló sus aplicaciones a las 4:44pm. La observadora hacía lo mismo, ambas estaban pendientes de esto. Luego de unas semanas se volvieron a encontrar y tan grande sería la emoción que motivó a saludarse entre sí, pero no con un abrazo. Esto es secreto, la ceja de una de ellas se enarcó y se conectó en la distancia con la otra ceja. Eran complicidades subrepticias, todas bajo una misma pasión capicúa. Sincronías de números que motivan sincronías en almas.

Pero sigue sin haber registros de ellos. Los clubes y las sociedades secretas siguen existiendo. En esta ciudad se reúnen secretamente, cada quien muestra en su celular las veces que logró desconectarse de las redes sociales a horas capicúas; se crean foros, se discute, se intercambian suvenires, se crea cultura. Y lo más importante, se crean satisfacciones, que son el alimento diario del ser humano. Son sincronías de números que ayudan a vivir más alegremente. Para eso se reúnen; ¿sino para qué?


Así siguen transcurriendo las cosas. Cuando aparentemente se ve alguna damisela pelear con su muchacho en plena calle, se pone nerviosa y corre despavorida, no es exactamente por eso; es porque debe ir a algún sitio íntimo, donde podrá dar alimento a su obsesión numérica trascendente en su vida, donde podrá detener el tiempo. Sólo ahí logrará respirar tranquila. Ocurre bastante, ocurre más veces de lo imaginable. Ellos deben irse, tienen una obligación, discúlpenlos, deben detener el tiempo. Son las 10:01pm. 

jueves, 21 de noviembre de 2013

A la espera (2o capítulo)

Al día siguiente Osías despertó. Nuevamente madrugó con la intención de entregar sus diarios a los cien hogares. Haría cinco viajes, cada uno con veinte diarios en la canastilla de su bicicleta desvencijada. La pueden imaginar fácilmente: tenía llantas muy delgadas, rines oxidados, canguro de cuero raído y la bocina roja situada al lado izquierdo. Era una bicicleta anoréxica que le servía incondicionalmente, pocas veces se dañaba y era como esos modelos viejos, aplicable también a vehículos, en los cuales las latas son más feas pero más resistentes, un diseño aerodinámico es remplazado por uno obsoleto; pero aquí era su amiga, su confidente, su bicicleta.

Este nuevo día sí que fue diferente. Se podría esperar que luego de haber partido el bus hacia tierras lejanas, Osías quedaría con el bonito recuerdo de Laura y sus labores diarias seguirían acaeciendo normalmente. Nada más lejano de la realidad. La tormenta en el corazón apenas estaba empezando, apenas era un embrión nutriéndose de gotas de alimento, esa tormenta apenas comenzaba a formar su carácter.

Un parámetro de normalidad en un pueblo normal es que el corazón realice sus pulsaciones a una razón de ochenta por minuto. Cuando Osías se levantó de la cama sintió que estaba latiendo con más rapidez. Alcanzó a percibir noventa. Esto le pareció muy extraño. Se paró, fue a prepararse un desayuno pequeño, consistente en té negro con galletas, al igual que todos los días. Es común delimitar el sabor de un té como amargo. Este no era el caso, ese día el té sabía más rico, sabía más dulce, tenía más sustancia. Además olía a esencias mitad florales mitad herbales. Él, aterrado, comió su alimento y se vistió rápidamente, el asombro que causó percibir la extrañeza en estos sabores le hizo perder tiempo y ahora estaba un poco retrasado.

Mientras iba en su bicicleta en medio de un frío atroz, irradiaba otra energía. El rubicundo señor de la oficina de correos le preguntó lo siguiente: “le pasa algo? Está un poco agitado, lo veo mirando como para todos los lados, lo veo diferente”, a lo que Osías respondió sin mayor reparo: “no señor, no sabría decirle, discúlpeme”.

Cuando terminó su labor diaria aproximadamente a las diez de la mañana, se sentó Osías en el parque a ver caminar transeúntes, a ver qué podría cambiar un día tan convencional. Sentado, tranquilo y con la mente despejada sintió la brisa, esa brisa que se siente con placidez en un sitio bucólico cuando no se piensa en nada. El viento le silbaba con suavidad, el viento le acariciaba. El sol, aunque exangüe, le brilló con una intensidad indescriptible. El viento era Laura y el sol era el intermediario, el compositor subrepticio que escribía la historia de los dos.

El día de él era diferente, y al pensar en el momento en el que la vio por primera vez no pudo dejar de suspirar; la semiología de aquel día era innegable. La vida de él cambiaría desde esta mañana, desde este té más dulce, desde ese viento hablador. Imaginaba él qué podría estar pensando ella y aquí surge la pregunta de siempre, qué impresión se habrá llevado ella de mí? Me pensará? El bus va alejándose cada vez más, cuándo me podré yo acercar cada vez más? La vida es corta y hay que actuar.

El bus iba empinando una cuesta en medio del paisaje andino. Los tipos de vegetación, el aire y la atmósfera iban cambiando a medida que subía en la topografía. Sentada al costado derecho trasero del bus, típico bus de viaje con cortina desplegable, forro de plástico y cobija en las faldas, Laura miraba el paisaje; mientras miraba el entorno sondeaba su interior, recordaba el momento en el que se intercambiaron direcciones, el momento en el que vio el traje cruzado marrón de Osías. Hubo un toque de manos en el cual se transmitió energía de una manera indescriptible mientras las miradas se cruzaban haciendo un chasquido. El recuerdo estaba ahí, y también la creencia en que el viaje podría seguir igual y que la excursión podría volver a tomar el curso de la normalidad.

Cuán equivocada estaba ella. Sintió un zarandeo leve en el brazo, era su mejor amiga diciéndole “Laura, Laura!”. Llevaba hablándole diez minutos y no recibía respuesta alguna. “Qué te pasa?” le dijo. “Estás en otra dimensión”. Ella le respondió que no sabía porqué estaba así, aunque era obvio.

Los días siguieron transcurriendo mientras cada quien llevaba sus labores. Las señales inequívocas del amor se manifestaron y la distancia en kilómetros se fue ensanchando. Habiendo incorporado a la realidad de cada uno de los dos la aceptación del hecho del enamoramiento, al concientizarse cada uno de que habían sido infectados por el virus del amor, ahí, no más que ahí, la perspectiva al futuro cambió. Las realidades se distorsionan al saber que hay alguien que palpita por uno; la habitualidad tan aparentemente gris se torna de colores al sentir uno el suspiro, el imaginarse qué podría estar haciendo ese otro ser en otras latitudes.

Qué está haciendo Laura? Qué está haciendo Osías? Qué estamos haciendo los dos? Preguntas con infinitas respuestas, pero con un solo norte. Ese norte de volverse a ver. Ese objetivo de volver a sentirse mutuamente los surcos de la dermis de las manos, de mirarse los ojos y las cejas con un silencio de fondo, y las ganas de compenetrarse, de conocerse. Pero hay que actuar. Las cosas no son fáciles y la infraestructura del reencuentro implica esfuerzos. Él reparte periódicos, ella es una niña todavía que va de excursión al Perú. El amor no es fácil, aunque es sencillo. La vida tampoco lo es.


En todas estas divagaciones transcurrió ya un mes. Cuando el agua va llegando hasta el tope hay que hacer algo, hay que moverse. Osías tenía unos ahorros. Laura ya estaba de vuelta a su ciudad natal y la excursión había sido un éxito. Se acercó él a la oficina del señor rubicundo, el señor de la oficina de correos tan bonachón y previamente mencionado. Le pidió unos días de permiso para ir en bus a otro país. Iba en busca de la consolidación del amor, a lo que el jefe de mejillas rojas solo pudo reaccionar abrazándolo y felicitándole. Iría en busca del amor! Iría a ver a Laura. Estarían kilómetros cada vez más cerca.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Osías y su bicicleta (1er capítulo)

Osías recorría el pueblo en su bicicleta desvencijada. Madrugaba, en un territorio rural muy arriba en la montaña, de clima bastante frío, se dirigía religiosamente a la oficina de correo todos los días y saludaba al director de entregas, un viejo bonachón pletórico y rubicundo; esta persona le entregaba un paquete grande forrado en plástico y bien amarrado con cabuya. En dicho paquete había cerca de cien periódicos.

La función de Osías era repartirlos; este muchacho tenía treinta años, andaba en búsqueda del amor y tenía fuerza en el corazón, esa fuerza que motiva a despegarse de las cobijas diariamente e impulsa las piernas a moverse, a salir, a ir en búsqueda de la felicidad. Llevar cien diarios era empresa ardua, así que debía hacer cinco viajes, volviendo cada cuarenta minutos a la oficina de correos, donde nuevamente el director de rostro colorado le entregaba los paquetes hasta ya quedar sin nada. En el ínterin Osías recibía algo de tomar y de comer; era un pueblo alto, había presión, había cuestas empinadas, pero él siempre entregaba el periódico a sus cien destinatarios.

La mayoría de veces él llegaba a alguna casa determinada y tocaba su bocina, que estaba al lado izquierdo del manubrio. Se emitía un sonido característico, un sonido que ya tenía su propia personalidad luego de cinco años de estar sonando todos los días a la misma hora. El destinatario abría, podría ser un niño o un adulto, y recibía el periódico antes de agradecerle. Y así todos los días.

Todos eran amigos de Osías, desde los niños de seis años, las adolescentes de diecisiete y los señores de cincuenta. Eso era bueno, pero también era malo, ya que una cosa es la amistad, y otra muy diferente es la chispa que produce ver a la mujer moviéndose mientras comía helado en la plaza, el nerviosismo de hablarle, el temblor en las manos al pedirle la dirección y así poderla visitar en el alféizar, y la satisfacción de, una vez haber sido aceptado, poder invitarla a tomar algo a la fuente de soda del pueblo. Ese cosquilleo, el amor, el deseo y su proceso de enamoramiento no existía para él, y no era por nada en especial, ya que él era poeta en sus ratos libres y era bien plantado; solamente que Dios no le había puesto a la persona aun.

Año de 1940. Las faldas de holanes  en su punto exacto, hasta debajo de la rodilla, florecían por doquier, al igual que florecían las azaleas e inundaban de un hermoso tinte fucsia las mañanas y las tardes del pequeño pueblo, siempre con la complicidad y ayuda del sol que, aunque casi siempre exangüe por la altura, ayudaba a iluminar los caminos. Abundaban los sombreros, los trajes marrones cruzados de seis botones, la elegancia, el tabaco, el bolero y los encendedores oxidados. Los bucles y tirabuzones de pelo negro y estilizado en pieles blancas cubiertas de alabastro, entintadas con labial rojo, eran la tendencia creciente en el arnés femenino, atavíos que desarman a un batallón con solo una fragancia. Coco Chanel ya daba muestras de su influencia al producir vestidos negros, simples, concretos y femeninos. Con este contexto ya descrito, hay que decir que de otro país venía un bus a paso lento, transportando a treinta jovencitas.

Jovencitas colegialas de faldas largas, de experiencias cortas, con ganas de lanzarse a volar, no habría ahora nada que las detuviera, sus almas están ahí, frescas como esos aromas innovadores, su almas estaban marchosas y desenfadadas.

Mientras iba Osías en su bicicleta con su conjunto elegante vistiéndole y momentos antes de entregar su periódico número cien, pudo ver en la única calle principal cuesta abajo al bus amarillo que se acercaba. Se oían risas en la distancia, risas agudas, risas de niñas florecientes. La curiosidad era infinita y mientras alelado atisbaba al medio de transporte atestado con las niñas, éste se detuvo en plena plaza.

-“muy buenos días, bienvenido señor conductor y bienvenidas sean ustedes, féminas atractivas de otras tierras. Aquí estoy a la orden, yo reparto periódicos, llevo letras e ideas todos los días por las mañanas a la gente. En este pueblo hay droguería, plaza, hospital, fuente de soda, posada, comidas, lo que necesiten. Estoy a su disposición”.

Qué más quisiera él ver a ese grupo de mujeres alegrarle la vida, una vida que era satisfactoria y plácida pero que no tenía amor. Sin embargo, la estancia de esta turbamulta sería temporal; un par de horas estaría ahí solamente, ya que el destino final distaba varios kilómetros de ahí. No obstante debían hacer una parada técnica, conseguir un mecánico que revisara frenos y echar en sus viandas algo de bebida y comida, que por cierto era abundante, barata y deliciosa.

-“Muchas gracias, muchacho. Osías te llamas no? La verdad es que venimos de paso y haremos solo un par de cosas. Gracias”. Acto seguido se bajaron, tomaron aire, compraron agua, panes, bizcochos y salchichas listas para comer. Eran treinta niñas en su transición, cada una con un estilo diferente pero promediando tendencias, tal y como ocurre en estos días. Aparentemente todas son iguales pero no, cada universo femenino es insondablemente profundo, profundamente maravilloso.

Y en medio de mocasines, faldas largas amplias y rosadas, cuellos de Peter Pan y estoperoles, Osías la conoció. Treinta centímetros más baja que él, pelo corto que daba para rizos pero no para bucles y cara redonda. La mochila amarilla dio un giro. Era amarilla, por supuesto. El giro se dio cuando él le preguntó: “y tú, cómo te llamas?”. “Me llamo Laura”, contestaría ella. Esta respuesta suscitó sensaciones diferentes, no era amistad, era otro sentimiento, eran los años 40s y no importaba nada más. Después de una mínima llovizna salió un arcoíris.


El bus se marchó del pueblo y siguió su camino hacia tierras lejanas. Osías quedó enamorado de Laura, prometió escribirle muchas veces, prometió plasmarle letras, con fragancias y dibujo incluidos, pero más valioso que cualquier otra promesa, dijo que le guardaría ahí el corazón, que lo mantendría latiendo hasta que la vida le diera la oportunidad de viajar y de poder irla a visitar a su país natal. La esperanza motiva todo, motiva las mayores ilusiones, y eso era precisamente lo que ellos tenían: la ilusión y el suspiro de volverse a ver, el recuerdo de la fragancia del cuello de Laura, el recuerdo del flequillo en el pelo de Osías. El recuerdo del amor a primera vista. Una historia de amor que apenas comienza.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Gilgamesh queda en evidencia

Eran unas civilizaciones antiguas, eran los años antiguos, incluso es poco decir antiguos, más bien digamos anteriores al nacimiento de Cristo, muy de lejos anteriores al Anno Domini, el año del Señor. Puede que la mente tenga problemas en imaginar la época anterior a Cristo, pero hay que hacer el ejercicio. Tres mil años antes de su nacimiento estaban ahí.

Solamente tres milenios faltarían para que apareciera Jesús. Estaba este grupo de personas, luego de haber experimentado la revolución agrícola, una revolución donde ya no hay que estar cazando y recolectando lo del día. Están plácidos porque existen las siembras, la posibilidad de saber que lo que hay en el suelo será para su subsistencia, y puede ser guardado. Como gran innovación nace el concepto del largo plazo, y al ver que está la cuestión del alimento saciada pueden empezar a ver qué más se puede pensar, de qué otra manera se pueden organizar.

Eran los sumerios. Tribu de personas de años ha. Precursores de civilizaciones que vendrían, grandes adalides de nuevas teorías y nuevos modos de vivir. Agrupaciones de personas, ya no de forma primitiva, sino en ciudades-estado, bajo esquemas de libro de historia de estudiante modélica; temas obligados en la niñez que como una chispa afloran en épocas tardías para llenar de curiosidad la mente.

Trabajaban y se reunían en los zigurats, que para efectos prácticos eran como unas pirámides. Podemos suponer que ya en sus edificaciones, con sus sistemas de agricultura, nacientes estratificaciones de personas y de poder, división del trabajo, religiones con varios dioses, e incertidumbres de varias índoles, podrían estar un poco más tranquilos. El hecho es que estaban jugando y hablando, como hacen los humanos sofisticados, con sus sotanas y sandalias tal y como hemos visto en los libros. Allá en Asia, todo con mucha arena y calor.

Un personaje observador ve en su realidad a un gigante. Entender la diferencia entre lo que se ve y lo que se imagina, en términos históricos, no importa. Nada se puede comprobar. Gigantes no existen, pero de que los hay los hay. La necesidad de plasmar lo que se siente en el momento, de hacerle sentir a alguien la más mínima sensación de lo que el testigo vive, el querer compartir una sola fracción si fuera posible del miedo que se produjo, era latente.

Y qué más queda? Correr. Surcar los valles, los desiertos tan áridos, los climas tan álgidos y jadeando el acto que debe seguir es transmitirlo vía oral a su familia o a la primera persona que viera a su alrededor.

-“Sí, lo acabo de ver, era un gigante y poseía cierto aire animal y cierto aire humano, era extraño, tenía un olor fuerte, corría hacia mí, nunca pude darme cuenta qué necesitaba”. La gente naturalmente se aterraría ante una descripción así, pero el narrador tenía un sinsabor. Desconocía qué tanto su familia podría tergiversar su historia, podrían agregarle más tamaño, un cuerno, volverlo caritativo, volverlo asesino, y así su esencia cambiaría.

-“Puedo morir hoy, qué hago para que mi idea, lo que quiero plasmar, sea fiel? Qué me da la naturaleza?” se debió preguntar ese humilde sumerio narrador en parte de su realidad y en parte de la fantasía. En últimas no hay diferencia. La idea del teléfono roto, si bien este artefacto no estaba ni siquiera en proyectos, no le sonaba mucho.

El ser humano quiere compartir su vida. Busca compartir su corazón con su amada, busca compartir el pan con su familia, busca compartir su vestido con el necesitado y busca compartir sus historias con sus semejantes: habrá una porción de ellas que no querrá ventilar y las guardará para sí, pero dar a conocer sus abstracciones y vivencias le hace latir con más premura pero con más vitalidad su corazón. El proceso de plasmar ya de por sí es vigorizante, y el proceso de ver digerido su producto por el otro lo es más.

Los sumerios. Maestros experimentales de matemáticas, de arquitectura e inquietos sobre la existencia de las almas y de su paradero. Artefactos para arar tierras atados a bueyes fueron los tatarabuelos de los hoy modernos tractores. Todo gracias a ellos.

-“Qué hago!? Será muy absurdo en esa piedra que veo ahí, ponerme a dibujar esta historia que tengo viva en mi mente? Con este palo cuneiforme lo haré, contaré la historia de este ser. Lo llamaré Gilgamesh y narraré su epopeya”.

Y nació así el primer libro del que se tiene conocimiento. Nació la literatura en tablas, que pasó luego al papel y ahora a las tabletas. Le doy gracias a ese narrador inquieto, que no se conformó y que no quiso que todo quedara en teléfono roto. El primer escribano, tres mil años antes de Él.