Al día siguiente Osías despertó.
Nuevamente madrugó con la intención de entregar sus diarios a los cien hogares.
Haría cinco viajes, cada uno con veinte diarios en la canastilla de su
bicicleta desvencijada. La pueden imaginar fácilmente: tenía llantas muy
delgadas, rines oxidados, canguro de cuero raído y la bocina roja situada al
lado izquierdo. Era una bicicleta anoréxica que le servía incondicionalmente,
pocas veces se dañaba y era como esos modelos viejos, aplicable también a
vehículos, en los cuales las latas son más feas pero más resistentes, un diseño
aerodinámico es remplazado por uno obsoleto; pero aquí era su amiga, su
confidente, su bicicleta.
Este nuevo día sí que fue
diferente. Se podría esperar que luego de haber partido el bus hacia tierras
lejanas, Osías quedaría con el bonito recuerdo de Laura y sus labores diarias
seguirían acaeciendo normalmente. Nada más lejano de la realidad. La tormenta
en el corazón apenas estaba empezando, apenas era un embrión nutriéndose de
gotas de alimento, esa tormenta apenas comenzaba a formar su carácter.
Un parámetro de normalidad en un
pueblo normal es que el corazón realice sus pulsaciones a una razón de ochenta
por minuto. Cuando Osías se levantó de la cama sintió que estaba latiendo con
más rapidez. Alcanzó a percibir noventa. Esto le pareció muy extraño. Se paró,
fue a prepararse un desayuno pequeño, consistente en té negro con galletas, al
igual que todos los días. Es común delimitar el sabor de un té como amargo.
Este no era el caso, ese día el té sabía más rico, sabía más dulce, tenía más
sustancia. Además olía a esencias mitad florales mitad herbales. Él, aterrado,
comió su alimento y se vistió rápidamente, el asombro que causó percibir la
extrañeza en estos sabores le hizo perder tiempo y ahora estaba un poco
retrasado.
Mientras iba en su bicicleta en
medio de un frío atroz, irradiaba otra energía. El rubicundo señor de la
oficina de correos le preguntó lo siguiente: “le pasa algo? Está un poco
agitado, lo veo mirando como para todos los lados, lo veo diferente”, a lo que
Osías respondió sin mayor reparo: “no señor, no sabría decirle, discúlpeme”.
Cuando terminó su labor diaria
aproximadamente a las diez de la mañana, se sentó Osías en el parque a ver
caminar transeúntes, a ver qué podría cambiar un día tan convencional. Sentado,
tranquilo y con la mente despejada sintió la brisa, esa brisa que se siente con
placidez en un sitio bucólico cuando no se piensa en nada. El viento le silbaba
con suavidad, el viento le acariciaba. El sol, aunque exangüe, le brilló con
una intensidad indescriptible. El viento era Laura y el sol era el
intermediario, el compositor subrepticio que escribía la historia de los dos.
El día de él era diferente, y al
pensar en el momento en el que la vio por primera vez no pudo dejar de
suspirar; la semiología de aquel día era innegable. La vida de él cambiaría
desde esta mañana, desde este té más dulce, desde ese viento hablador. Imaginaba
él qué podría estar pensando ella y aquí surge la pregunta de siempre, qué
impresión se habrá llevado ella de mí? Me pensará? El bus va alejándose cada
vez más, cuándo me podré yo acercar cada vez más? La vida es corta y hay que
actuar.
El bus iba empinando una cuesta
en medio del paisaje andino. Los tipos de vegetación, el aire y la atmósfera
iban cambiando a medida que subía en la topografía. Sentada al costado derecho
trasero del bus, típico bus de viaje con cortina desplegable, forro de plástico
y cobija en las faldas, Laura miraba el paisaje; mientras miraba el entorno
sondeaba su interior, recordaba el momento en el que se intercambiaron
direcciones, el momento en el que vio el traje cruzado marrón de Osías. Hubo un
toque de manos en el cual se transmitió energía de una manera indescriptible
mientras las miradas se cruzaban haciendo un chasquido. El recuerdo estaba ahí,
y también la creencia en que el viaje podría seguir igual y que la excursión
podría volver a tomar el curso de la normalidad.
Cuán equivocada estaba ella. Sintió
un zarandeo leve en el brazo, era su mejor amiga diciéndole “Laura, Laura!”.
Llevaba hablándole diez minutos y no recibía respuesta alguna. “Qué te pasa?”
le dijo. “Estás en otra dimensión”. Ella le respondió que no sabía porqué
estaba así, aunque era obvio.
Los días siguieron transcurriendo
mientras cada quien llevaba sus labores. Las señales inequívocas del amor se
manifestaron y la distancia en kilómetros se fue ensanchando. Habiendo
incorporado a la realidad de cada uno de los dos la aceptación del hecho del
enamoramiento, al concientizarse cada uno de que habían sido infectados por el
virus del amor, ahí, no más que ahí, la perspectiva al futuro cambió. Las
realidades se distorsionan al saber que hay alguien que palpita por uno; la
habitualidad tan aparentemente gris se torna de colores al sentir uno el
suspiro, el imaginarse qué podría estar haciendo ese otro ser en otras
latitudes.
Qué está haciendo Laura? Qué está
haciendo Osías? Qué estamos haciendo los dos? Preguntas con infinitas
respuestas, pero con un solo norte. Ese norte de volverse a ver. Ese objetivo
de volver a sentirse mutuamente los surcos de la dermis de las manos, de
mirarse los ojos y las cejas con un silencio de fondo, y las ganas de
compenetrarse, de conocerse. Pero hay que actuar. Las cosas no son fáciles y la
infraestructura del reencuentro implica esfuerzos. Él reparte periódicos, ella
es una niña todavía que va de excursión al Perú. El amor no es fácil, aunque es
sencillo. La vida tampoco lo es.
En todas estas divagaciones
transcurrió ya un mes. Cuando el agua va llegando hasta el tope hay que hacer
algo, hay que moverse. Osías tenía unos ahorros. Laura ya estaba de vuelta a su
ciudad natal y la excursión había sido un éxito. Se acercó él a la oficina del
señor rubicundo, el señor de la oficina de correos tan bonachón y previamente
mencionado. Le pidió unos días de permiso para ir en bus a otro país. Iba en
busca de la consolidación del amor, a lo que el jefe de mejillas rojas solo
pudo reaccionar abrazándolo y felicitándole. Iría en busca del amor! Iría a ver
a Laura. Estarían kilómetros cada vez más cerca.
Me acuerdo cuando me toco viajar con un ramo de rosas en mis piernas, para mi tia Laura de Cali a Popayan y con Osias, en mi carro.
ResponderEliminarAdmiro y extrano esos enamoramientos, no es que en ellos no crea, no es que envidia me de, No no no
ResponderEliminarEs que si en mi vida
eso paso! mal termino! Y como es natural algo de irreal
ronda mi alma.......
Aqui te dejo algo muy serio
ResponderEliminarY triste a la vez.
me tienes que contar bien la historia!!! he estado ocupado porque estoy dando clases,,,,,,estoy muy contento por eso, transmitirle a la gente algo es lo más especial que hay......abrazosssss
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