jueves, 21 de noviembre de 2013

A la espera (2o capítulo)

Al día siguiente Osías despertó. Nuevamente madrugó con la intención de entregar sus diarios a los cien hogares. Haría cinco viajes, cada uno con veinte diarios en la canastilla de su bicicleta desvencijada. La pueden imaginar fácilmente: tenía llantas muy delgadas, rines oxidados, canguro de cuero raído y la bocina roja situada al lado izquierdo. Era una bicicleta anoréxica que le servía incondicionalmente, pocas veces se dañaba y era como esos modelos viejos, aplicable también a vehículos, en los cuales las latas son más feas pero más resistentes, un diseño aerodinámico es remplazado por uno obsoleto; pero aquí era su amiga, su confidente, su bicicleta.

Este nuevo día sí que fue diferente. Se podría esperar que luego de haber partido el bus hacia tierras lejanas, Osías quedaría con el bonito recuerdo de Laura y sus labores diarias seguirían acaeciendo normalmente. Nada más lejano de la realidad. La tormenta en el corazón apenas estaba empezando, apenas era un embrión nutriéndose de gotas de alimento, esa tormenta apenas comenzaba a formar su carácter.

Un parámetro de normalidad en un pueblo normal es que el corazón realice sus pulsaciones a una razón de ochenta por minuto. Cuando Osías se levantó de la cama sintió que estaba latiendo con más rapidez. Alcanzó a percibir noventa. Esto le pareció muy extraño. Se paró, fue a prepararse un desayuno pequeño, consistente en té negro con galletas, al igual que todos los días. Es común delimitar el sabor de un té como amargo. Este no era el caso, ese día el té sabía más rico, sabía más dulce, tenía más sustancia. Además olía a esencias mitad florales mitad herbales. Él, aterrado, comió su alimento y se vistió rápidamente, el asombro que causó percibir la extrañeza en estos sabores le hizo perder tiempo y ahora estaba un poco retrasado.

Mientras iba en su bicicleta en medio de un frío atroz, irradiaba otra energía. El rubicundo señor de la oficina de correos le preguntó lo siguiente: “le pasa algo? Está un poco agitado, lo veo mirando como para todos los lados, lo veo diferente”, a lo que Osías respondió sin mayor reparo: “no señor, no sabría decirle, discúlpeme”.

Cuando terminó su labor diaria aproximadamente a las diez de la mañana, se sentó Osías en el parque a ver caminar transeúntes, a ver qué podría cambiar un día tan convencional. Sentado, tranquilo y con la mente despejada sintió la brisa, esa brisa que se siente con placidez en un sitio bucólico cuando no se piensa en nada. El viento le silbaba con suavidad, el viento le acariciaba. El sol, aunque exangüe, le brilló con una intensidad indescriptible. El viento era Laura y el sol era el intermediario, el compositor subrepticio que escribía la historia de los dos.

El día de él era diferente, y al pensar en el momento en el que la vio por primera vez no pudo dejar de suspirar; la semiología de aquel día era innegable. La vida de él cambiaría desde esta mañana, desde este té más dulce, desde ese viento hablador. Imaginaba él qué podría estar pensando ella y aquí surge la pregunta de siempre, qué impresión se habrá llevado ella de mí? Me pensará? El bus va alejándose cada vez más, cuándo me podré yo acercar cada vez más? La vida es corta y hay que actuar.

El bus iba empinando una cuesta en medio del paisaje andino. Los tipos de vegetación, el aire y la atmósfera iban cambiando a medida que subía en la topografía. Sentada al costado derecho trasero del bus, típico bus de viaje con cortina desplegable, forro de plástico y cobija en las faldas, Laura miraba el paisaje; mientras miraba el entorno sondeaba su interior, recordaba el momento en el que se intercambiaron direcciones, el momento en el que vio el traje cruzado marrón de Osías. Hubo un toque de manos en el cual se transmitió energía de una manera indescriptible mientras las miradas se cruzaban haciendo un chasquido. El recuerdo estaba ahí, y también la creencia en que el viaje podría seguir igual y que la excursión podría volver a tomar el curso de la normalidad.

Cuán equivocada estaba ella. Sintió un zarandeo leve en el brazo, era su mejor amiga diciéndole “Laura, Laura!”. Llevaba hablándole diez minutos y no recibía respuesta alguna. “Qué te pasa?” le dijo. “Estás en otra dimensión”. Ella le respondió que no sabía porqué estaba así, aunque era obvio.

Los días siguieron transcurriendo mientras cada quien llevaba sus labores. Las señales inequívocas del amor se manifestaron y la distancia en kilómetros se fue ensanchando. Habiendo incorporado a la realidad de cada uno de los dos la aceptación del hecho del enamoramiento, al concientizarse cada uno de que habían sido infectados por el virus del amor, ahí, no más que ahí, la perspectiva al futuro cambió. Las realidades se distorsionan al saber que hay alguien que palpita por uno; la habitualidad tan aparentemente gris se torna de colores al sentir uno el suspiro, el imaginarse qué podría estar haciendo ese otro ser en otras latitudes.

Qué está haciendo Laura? Qué está haciendo Osías? Qué estamos haciendo los dos? Preguntas con infinitas respuestas, pero con un solo norte. Ese norte de volverse a ver. Ese objetivo de volver a sentirse mutuamente los surcos de la dermis de las manos, de mirarse los ojos y las cejas con un silencio de fondo, y las ganas de compenetrarse, de conocerse. Pero hay que actuar. Las cosas no son fáciles y la infraestructura del reencuentro implica esfuerzos. Él reparte periódicos, ella es una niña todavía que va de excursión al Perú. El amor no es fácil, aunque es sencillo. La vida tampoco lo es.


En todas estas divagaciones transcurrió ya un mes. Cuando el agua va llegando hasta el tope hay que hacer algo, hay que moverse. Osías tenía unos ahorros. Laura ya estaba de vuelta a su ciudad natal y la excursión había sido un éxito. Se acercó él a la oficina del señor rubicundo, el señor de la oficina de correos tan bonachón y previamente mencionado. Le pidió unos días de permiso para ir en bus a otro país. Iba en busca de la consolidación del amor, a lo que el jefe de mejillas rojas solo pudo reaccionar abrazándolo y felicitándole. Iría en busca del amor! Iría a ver a Laura. Estarían kilómetros cada vez más cerca.

4 comentarios:

  1. Me acuerdo cuando me toco viajar con un ramo de rosas en mis piernas, para mi tia Laura de Cali a Popayan y con Osias, en mi carro.

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  2. Admiro y extrano esos enamoramientos, no es que en ellos no crea, no es que envidia me de, No no no
    Es que si en mi vida
    eso paso! mal termino! Y como es natural algo de irreal
    ronda mi alma.......

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  3. Aqui te dejo algo muy serio
    Y triste a la vez.

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  4. me tienes que contar bien la historia!!! he estado ocupado porque estoy dando clases,,,,,,estoy muy contento por eso, transmitirle a la gente algo es lo más especial que hay......abrazosssss

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