Eran unas civilizaciones
antiguas, eran los años antiguos, incluso es poco decir antiguos, más bien
digamos anteriores al nacimiento de Cristo, muy de lejos anteriores al Anno
Domini, el año del Señor. Puede que la mente tenga problemas en imaginar la
época anterior a Cristo, pero hay que hacer el ejercicio. Tres mil años antes
de su nacimiento estaban ahí.
Solamente tres milenios faltarían
para que apareciera Jesús. Estaba este grupo de personas, luego de haber
experimentado la revolución agrícola, una revolución donde ya no hay que estar
cazando y recolectando lo del día. Están plácidos porque existen las siembras,
la posibilidad de saber que lo que hay en el suelo será para su subsistencia, y
puede ser guardado. Como gran innovación nace el concepto del largo plazo, y al
ver que está la cuestión del alimento saciada pueden empezar a ver qué más se
puede pensar, de qué otra manera se pueden organizar.
Eran los sumerios. Tribu de
personas de años ha. Precursores de civilizaciones que vendrían, grandes
adalides de nuevas teorías y nuevos modos de vivir. Agrupaciones de personas,
ya no de forma primitiva, sino en ciudades-estado, bajo esquemas de libro de
historia de estudiante modélica; temas obligados en la niñez que como una
chispa afloran en épocas tardías para llenar de curiosidad la mente.
Trabajaban y se reunían en los zigurats,
que para efectos prácticos eran como unas pirámides. Podemos suponer que ya en
sus edificaciones, con sus sistemas de agricultura, nacientes estratificaciones
de personas y de poder, división del trabajo, religiones con varios dioses, e
incertidumbres de varias índoles, podrían estar un poco más tranquilos. El
hecho es que estaban jugando y hablando, como hacen los humanos sofisticados,
con sus sotanas y sandalias tal y como hemos visto en los libros. Allá en Asia,
todo con mucha arena y calor.
Un personaje observador ve en su
realidad a un gigante. Entender la diferencia entre lo que se ve y lo que se
imagina, en términos históricos, no importa. Nada se puede comprobar. Gigantes
no existen, pero de que los hay los hay. La necesidad de plasmar lo que se
siente en el momento, de hacerle sentir a alguien la más mínima sensación de lo
que el testigo vive, el querer compartir una sola fracción si fuera posible del
miedo que se produjo, era latente.
Y qué más queda? Correr. Surcar
los valles, los desiertos tan áridos, los climas tan álgidos y jadeando el acto
que debe seguir es transmitirlo vía oral a su familia o a la primera persona
que viera a su alrededor.
-“Sí, lo acabo de ver, era un
gigante y poseía cierto aire animal y cierto aire humano, era extraño, tenía un
olor fuerte, corría hacia mí, nunca pude darme cuenta qué necesitaba”. La gente
naturalmente se aterraría ante una descripción así, pero el narrador tenía un
sinsabor. Desconocía qué tanto su familia podría tergiversar su historia,
podrían agregarle más tamaño, un cuerno, volverlo caritativo, volverlo asesino,
y así su esencia cambiaría.
-“Puedo morir hoy, qué hago para
que mi idea, lo que quiero plasmar, sea fiel? Qué me da la naturaleza?” se
debió preguntar ese humilde sumerio narrador en parte de su realidad y en parte
de la fantasía. En últimas no hay diferencia. La idea del teléfono roto, si
bien este artefacto no estaba ni siquiera en proyectos, no le sonaba mucho.
El ser humano quiere compartir su
vida. Busca compartir su corazón con su amada, busca compartir el pan con su
familia, busca compartir su vestido con el necesitado y busca compartir sus
historias con sus semejantes: habrá una porción de ellas que no querrá ventilar
y las guardará para sí, pero dar a conocer sus abstracciones y vivencias le
hace latir con más premura pero con más vitalidad su corazón. El proceso de
plasmar ya de por sí es vigorizante, y el proceso de ver digerido su producto
por el otro lo es más.
Los sumerios. Maestros
experimentales de matemáticas, de arquitectura e inquietos sobre la existencia
de las almas y de su paradero. Artefactos para arar tierras atados a bueyes
fueron los tatarabuelos de los hoy modernos tractores. Todo gracias a ellos.
-“Qué hago!? Será muy absurdo en
esa piedra que veo ahí, ponerme a dibujar esta historia que tengo viva en mi
mente? Con este palo cuneiforme lo haré, contaré la historia de este ser. Lo
llamaré Gilgamesh y narraré su epopeya”.
Y nació así el primer libro del
que se tiene conocimiento. Nació la literatura en tablas, que pasó luego al
papel y ahora a las tabletas. Le doy gracias a ese narrador inquieto, que no se
conformó y que no quiso que todo quedara en teléfono roto. El primer escribano,
tres mil años antes de Él.
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