jueves, 14 de noviembre de 2013

Osías y su bicicleta (1er capítulo)

Osías recorría el pueblo en su bicicleta desvencijada. Madrugaba, en un territorio rural muy arriba en la montaña, de clima bastante frío, se dirigía religiosamente a la oficina de correo todos los días y saludaba al director de entregas, un viejo bonachón pletórico y rubicundo; esta persona le entregaba un paquete grande forrado en plástico y bien amarrado con cabuya. En dicho paquete había cerca de cien periódicos.

La función de Osías era repartirlos; este muchacho tenía treinta años, andaba en búsqueda del amor y tenía fuerza en el corazón, esa fuerza que motiva a despegarse de las cobijas diariamente e impulsa las piernas a moverse, a salir, a ir en búsqueda de la felicidad. Llevar cien diarios era empresa ardua, así que debía hacer cinco viajes, volviendo cada cuarenta minutos a la oficina de correos, donde nuevamente el director de rostro colorado le entregaba los paquetes hasta ya quedar sin nada. En el ínterin Osías recibía algo de tomar y de comer; era un pueblo alto, había presión, había cuestas empinadas, pero él siempre entregaba el periódico a sus cien destinatarios.

La mayoría de veces él llegaba a alguna casa determinada y tocaba su bocina, que estaba al lado izquierdo del manubrio. Se emitía un sonido característico, un sonido que ya tenía su propia personalidad luego de cinco años de estar sonando todos los días a la misma hora. El destinatario abría, podría ser un niño o un adulto, y recibía el periódico antes de agradecerle. Y así todos los días.

Todos eran amigos de Osías, desde los niños de seis años, las adolescentes de diecisiete y los señores de cincuenta. Eso era bueno, pero también era malo, ya que una cosa es la amistad, y otra muy diferente es la chispa que produce ver a la mujer moviéndose mientras comía helado en la plaza, el nerviosismo de hablarle, el temblor en las manos al pedirle la dirección y así poderla visitar en el alféizar, y la satisfacción de, una vez haber sido aceptado, poder invitarla a tomar algo a la fuente de soda del pueblo. Ese cosquilleo, el amor, el deseo y su proceso de enamoramiento no existía para él, y no era por nada en especial, ya que él era poeta en sus ratos libres y era bien plantado; solamente que Dios no le había puesto a la persona aun.

Año de 1940. Las faldas de holanes  en su punto exacto, hasta debajo de la rodilla, florecían por doquier, al igual que florecían las azaleas e inundaban de un hermoso tinte fucsia las mañanas y las tardes del pequeño pueblo, siempre con la complicidad y ayuda del sol que, aunque casi siempre exangüe por la altura, ayudaba a iluminar los caminos. Abundaban los sombreros, los trajes marrones cruzados de seis botones, la elegancia, el tabaco, el bolero y los encendedores oxidados. Los bucles y tirabuzones de pelo negro y estilizado en pieles blancas cubiertas de alabastro, entintadas con labial rojo, eran la tendencia creciente en el arnés femenino, atavíos que desarman a un batallón con solo una fragancia. Coco Chanel ya daba muestras de su influencia al producir vestidos negros, simples, concretos y femeninos. Con este contexto ya descrito, hay que decir que de otro país venía un bus a paso lento, transportando a treinta jovencitas.

Jovencitas colegialas de faldas largas, de experiencias cortas, con ganas de lanzarse a volar, no habría ahora nada que las detuviera, sus almas están ahí, frescas como esos aromas innovadores, su almas estaban marchosas y desenfadadas.

Mientras iba Osías en su bicicleta con su conjunto elegante vistiéndole y momentos antes de entregar su periódico número cien, pudo ver en la única calle principal cuesta abajo al bus amarillo que se acercaba. Se oían risas en la distancia, risas agudas, risas de niñas florecientes. La curiosidad era infinita y mientras alelado atisbaba al medio de transporte atestado con las niñas, éste se detuvo en plena plaza.

-“muy buenos días, bienvenido señor conductor y bienvenidas sean ustedes, féminas atractivas de otras tierras. Aquí estoy a la orden, yo reparto periódicos, llevo letras e ideas todos los días por las mañanas a la gente. En este pueblo hay droguería, plaza, hospital, fuente de soda, posada, comidas, lo que necesiten. Estoy a su disposición”.

Qué más quisiera él ver a ese grupo de mujeres alegrarle la vida, una vida que era satisfactoria y plácida pero que no tenía amor. Sin embargo, la estancia de esta turbamulta sería temporal; un par de horas estaría ahí solamente, ya que el destino final distaba varios kilómetros de ahí. No obstante debían hacer una parada técnica, conseguir un mecánico que revisara frenos y echar en sus viandas algo de bebida y comida, que por cierto era abundante, barata y deliciosa.

-“Muchas gracias, muchacho. Osías te llamas no? La verdad es que venimos de paso y haremos solo un par de cosas. Gracias”. Acto seguido se bajaron, tomaron aire, compraron agua, panes, bizcochos y salchichas listas para comer. Eran treinta niñas en su transición, cada una con un estilo diferente pero promediando tendencias, tal y como ocurre en estos días. Aparentemente todas son iguales pero no, cada universo femenino es insondablemente profundo, profundamente maravilloso.

Y en medio de mocasines, faldas largas amplias y rosadas, cuellos de Peter Pan y estoperoles, Osías la conoció. Treinta centímetros más baja que él, pelo corto que daba para rizos pero no para bucles y cara redonda. La mochila amarilla dio un giro. Era amarilla, por supuesto. El giro se dio cuando él le preguntó: “y tú, cómo te llamas?”. “Me llamo Laura”, contestaría ella. Esta respuesta suscitó sensaciones diferentes, no era amistad, era otro sentimiento, eran los años 40s y no importaba nada más. Después de una mínima llovizna salió un arcoíris.


El bus se marchó del pueblo y siguió su camino hacia tierras lejanas. Osías quedó enamorado de Laura, prometió escribirle muchas veces, prometió plasmarle letras, con fragancias y dibujo incluidos, pero más valioso que cualquier otra promesa, dijo que le guardaría ahí el corazón, que lo mantendría latiendo hasta que la vida le diera la oportunidad de viajar y de poder irla a visitar a su país natal. La esperanza motiva todo, motiva las mayores ilusiones, y eso era precisamente lo que ellos tenían: la ilusión y el suspiro de volverse a ver, el recuerdo de la fragancia del cuello de Laura, el recuerdo del flequillo en el pelo de Osías. El recuerdo del amor a primera vista. Una historia de amor que apenas comienza.

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