Osías recorría el pueblo en su
bicicleta desvencijada. Madrugaba, en un territorio rural muy arriba en la
montaña, de clima bastante frío, se dirigía religiosamente a la oficina de
correo todos los días y saludaba al director de entregas, un viejo bonachón
pletórico y rubicundo; esta persona le entregaba un paquete grande forrado en
plástico y bien amarrado con cabuya. En dicho paquete había cerca de cien periódicos.
La función de Osías era
repartirlos; este muchacho tenía treinta años, andaba en búsqueda del amor y
tenía fuerza en el corazón, esa fuerza que motiva a despegarse de las cobijas
diariamente e impulsa las piernas a moverse, a salir, a ir en búsqueda de la
felicidad. Llevar cien diarios era empresa ardua, así que debía hacer cinco
viajes, volviendo cada cuarenta minutos a la oficina de correos, donde
nuevamente el director de rostro colorado le entregaba los paquetes hasta ya
quedar sin nada. En el ínterin Osías recibía algo de tomar y de comer; era un
pueblo alto, había presión, había cuestas empinadas, pero él siempre entregaba
el periódico a sus cien destinatarios.
La mayoría de veces él llegaba a
alguna casa determinada y tocaba su bocina, que estaba al lado izquierdo del
manubrio. Se emitía un sonido característico, un sonido que ya tenía su propia
personalidad luego de cinco años de estar sonando todos los días a la misma
hora. El destinatario abría, podría ser un niño o un adulto, y recibía el
periódico antes de agradecerle. Y así todos los días.
Todos eran amigos de Osías, desde
los niños de seis años, las adolescentes de diecisiete y los señores de
cincuenta. Eso era bueno, pero también era malo, ya que una cosa es la amistad,
y otra muy diferente es la chispa que produce ver a la mujer moviéndose
mientras comía helado en la plaza, el nerviosismo de hablarle, el temblor en
las manos al pedirle la dirección y así poderla visitar en el alféizar, y la
satisfacción de, una vez haber sido aceptado, poder invitarla a tomar algo a la
fuente de soda del pueblo. Ese cosquilleo, el amor, el deseo y su proceso de
enamoramiento no existía para él, y no era por nada en especial, ya que él era
poeta en sus ratos libres y era bien plantado; solamente que Dios no le había
puesto a la persona aun.
Año de 1940. Las faldas de holanes
en su punto exacto, hasta debajo de la
rodilla, florecían por doquier, al igual que florecían las azaleas e inundaban
de un hermoso tinte fucsia las mañanas y las tardes del pequeño pueblo, siempre
con la complicidad y ayuda del sol que, aunque casi siempre exangüe por la
altura, ayudaba a iluminar los caminos. Abundaban los sombreros, los trajes
marrones cruzados de seis botones, la elegancia, el tabaco, el bolero y los
encendedores oxidados. Los bucles y tirabuzones de pelo negro y estilizado en
pieles blancas cubiertas de alabastro, entintadas con labial rojo, eran la
tendencia creciente en el arnés femenino, atavíos que desarman a un batallón
con solo una fragancia. Coco Chanel ya daba muestras de su influencia al
producir vestidos negros, simples, concretos y femeninos. Con este contexto ya
descrito, hay que decir que de otro país venía un bus a paso lento,
transportando a treinta jovencitas.
Jovencitas colegialas de faldas
largas, de experiencias cortas, con ganas de lanzarse a volar, no habría ahora
nada que las detuviera, sus almas están ahí, frescas como esos aromas
innovadores, su almas estaban marchosas y desenfadadas.
Mientras iba Osías en su
bicicleta con su conjunto elegante vistiéndole y momentos antes de entregar su
periódico número cien, pudo ver en la única calle principal cuesta abajo al bus
amarillo que se acercaba. Se oían risas en la distancia, risas agudas, risas de
niñas florecientes. La curiosidad era infinita y mientras alelado atisbaba al
medio de transporte atestado con las niñas, éste se detuvo en plena plaza.
-“muy buenos días, bienvenido
señor conductor y bienvenidas sean ustedes, féminas atractivas de otras
tierras. Aquí estoy a la orden, yo reparto periódicos, llevo letras e ideas
todos los días por las mañanas a la gente. En este pueblo hay droguería, plaza,
hospital, fuente de soda, posada, comidas, lo que necesiten. Estoy a su
disposición”.
Qué más quisiera él ver a ese
grupo de mujeres alegrarle la vida, una vida que era satisfactoria y plácida
pero que no tenía amor. Sin embargo, la estancia de esta turbamulta sería
temporal; un par de horas estaría ahí solamente, ya que el destino final
distaba varios kilómetros de ahí. No obstante debían hacer una parada técnica,
conseguir un mecánico que revisara frenos y echar en sus viandas algo de bebida
y comida, que por cierto era abundante, barata y deliciosa.
-“Muchas gracias, muchacho. Osías
te llamas no? La verdad es que venimos de paso y haremos solo un par de cosas.
Gracias”. Acto seguido se bajaron, tomaron aire, compraron agua, panes,
bizcochos y salchichas listas para comer. Eran treinta niñas en su transición,
cada una con un estilo diferente pero promediando tendencias, tal y como ocurre
en estos días. Aparentemente todas son iguales pero no, cada universo femenino
es insondablemente profundo, profundamente maravilloso.
Y en medio de mocasines, faldas
largas amplias y rosadas, cuellos de Peter Pan y estoperoles, Osías la conoció.
Treinta centímetros más baja que él, pelo corto que daba para rizos pero no
para bucles y cara redonda. La mochila amarilla dio un giro. Era amarilla, por
supuesto. El giro se dio cuando él le preguntó: “y tú, cómo te llamas?”. “Me
llamo Laura”, contestaría ella. Esta respuesta suscitó sensaciones diferentes,
no era amistad, era otro sentimiento, eran los años 40s y no importaba nada
más. Después de una mínima llovizna salió un arcoíris.
El bus se marchó del pueblo y
siguió su camino hacia tierras lejanas. Osías quedó enamorado de Laura,
prometió escribirle muchas veces, prometió plasmarle letras, con fragancias y
dibujo incluidos, pero más valioso que cualquier otra promesa, dijo que le
guardaría ahí el corazón, que lo mantendría latiendo hasta que la vida le diera
la oportunidad de viajar y de poder irla a visitar a su país natal. La
esperanza motiva todo, motiva las mayores ilusiones, y eso era precisamente lo
que ellos tenían: la ilusión y el suspiro de volverse a ver, el recuerdo de la
fragancia del cuello de Laura, el recuerdo del flequillo en el pelo de Osías.
El recuerdo del amor a primera vista. Una historia de amor que apenas comienza.
Divinoooo, me morii Osias y Laura. Que buen recuerdo.
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