Eran las seis de la mañana y el
sonido predeterminado del despertador del celular hizo su aparición, inundando
de ruido la mañana tan calmada. Luego de renegar un rato, del arrepentimiento
surgido a esa hora gracias a haberse dormido tarde la noche anterior y haberse
visto esa película que pudo haber disfrutado después, luego de prometer
solemnemente no dormirse tarde nunca más, él se levantó y se bañó. El agua
caliente se fundió con la espuma, los bálsamos y demás mejunjes elaborados para
proporcionar limpieza y remoción de células muertas en el ser humano. Diez
minutos de placidez, cambio de estado y recarga de energía. Luego vendría, como
con todas las personas, el proceso de escoger la vestimenta, el aplicarse algo
de crema, lociones, más y más inventos para oler bien, nutrirse y lucir
formidablemente ante los demás.
Existían ciertos rituales en su
vida, tales como mirar el diario, mirar las noticias, ver unos cuantos
titulares sobre lo más importante que había acaecido, despedirse amablemente y
tratar de siempre hacerlo amablemente, por encima de todo. Marcharse de su
hogar con la frente en alto le llenaba de satisfacción; unos días habría más
afán que otros, otros días más frío que otros, pero en esencia la habitualidad
se tiñe del mismo color siempre, un color agradable a la vista, un color que
está en los ojos del que lo vive. El color de ese día tendría un matiz más
claro, más limpio a la vista, más optimista. Ese día pasaría algo diferente.
Llegó a su trabajo, empezó a
elaborar sus informes, a hacer llamadas, a ver los mails, a diseñar las
maquetas de los proyectos que requerían inmediatez y a interactuar. Fue a
interactuar, esa era su razón de ser. Y claro, a veces surgían problemas e
inconvenientes pero siempre, con voluntad y la ayuda de los demás, se podía
lograr algún avance.
Durante todo este proceso, un
proceso habitual, iba ya pasando la mañana. Se acercaba la hora, pero faltaba
que la sucesión de acontecimientos se siguiera presentando hasta llegar al
punto deseado. Vendrían más llamadas y procedimientos. El clima estaba muy
atractivo, el sol refulgía y se reflejaba en la ventana de su oficina.
Fue al baño, se miró al espejo
con el objetivo de ajustar su peinado, cepillar sus dientes y echarse un poco
de agua para revitalizar la fragancia de su perfume. Se iba acercando el
momento y mientras estaba en esas llegó un compañero con quien se quedó
hablando un rato sobre la cotidianidad y sobre los planes que vendrían y deben
trazarse hacia el futuro. Luego de haber pasado todo esto bajó un momento a
comprar algo de comer.
Poco tiempo después mandó lustrar
sus zapatos de cuero negro. La persona a quien el destino había encomendado
esta misión se puso en la labor de que quedaran perfectos, dentro del rango
obvio y permisible que conlleva la palabra perfección. Él le compartió de su
comida y bebida, mientras el lustrabotas comentaba hechos de actualidad.
Se iba acercando el medio día,
una hora donde la mente exige un descanso y el cuerpo un alimento, donde el
número de transeúntes se incrementa, donde la camaradería se exacerba y se
acuerdan citas laborales y no laborales. Con el ímpetu de un niño se paró él de
su asiento y, tras acabar su última llamada de la mañana, miró el reloj, cogió
unas monedas, miró el correo y se marchó lentamente. Fue llegando a la ventana,
un marco extenso con abertura vertical angosta y lanzó su mirada, la que
minutos antes estaba inmiscuida en cifras, la que ahora estaría inmiscuida en
la curiosidad.
La ventana daba hacia un parque
pequeño, hacia una pequeña zona verde dentro de un ambiente muy gris, muy de concreto;
al frente del alto edificio donde él laboraba estaba uno aun más alto, un
edificio con muchas ventanas, parco e impávido. Ahí él empezó a contar los
pisos. Debía ser el piso número veintiséis donde él debía concentrarse.
Uno, dos, tres, veintiséis. La
ventana que daba hacia él, por cuestiones físicas y de distancia tenía un
tamaño nimio, pero de ahí se podía avizorar algo de esa atmósfera que se estaba
respirando. Muy concentrado siguió mirando, sin ver efecto o cambio alguno. Había
ruido alrededor y un viento helado le acompañaba. La paciencia en estos casos
es menester, es la mejor amiga.
Cuando el reloj dio las doce y
media del día, el sol brilló un poco más. Se produjo ese cambio de color en el
cielo que llama la atención de todos los sentidos. Las nubes disminuían,
aumentaban y adoptaban formas innumerables e indescriptibles. De un momento a
otro el pequeño recuadro incólume, esa ventana a la distancia que parecía tan
quieta, empezó a ser habitada por una persona. Una pequeña persona a quien solo
él veía.
La lozanía que se reflejó en el
rostro de él era tal que inmediatamente sonrió y musitó un saludo que
naturalmente no sería escuchado por nadie. Tal vez solo sería escuchado por
ella, la que acababa de asomarse al otro lado. Era una cita inusual, ella por
coincidencias del destino tenía una actividad laboral en el edificio contiguo. Hechos
que casi nunca ocurren tan fácilmente. A esa hora los dos tenían un receso, un
descanso del alma y a su vez un agite para los corazones.
Ella agitó un pañuelo, señal
inequívoca que exigía respuesta similar; él también lo hizo, y los dos
sonrieron. Ella lo escuchaba, él le dijo Te amo y al cabo de unos segundos
cerró la ventana y siguió con sus labores que puntualmente ese día les impedían
encontrarse para almorzar. Ella estaba a muchos metros de distancia, pero
estaba tan cerca para él que se podía percibir su olor. Ella era su reina. La
reina en lontananza.
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