jueves, 31 de octubre de 2013

La reina en lontananza

Eran las seis de la mañana y el sonido predeterminado del despertador del celular hizo su aparición, inundando de ruido la mañana tan calmada. Luego de renegar un rato, del arrepentimiento surgido a esa hora gracias a haberse dormido tarde la noche anterior y haberse visto esa película que pudo haber disfrutado después, luego de prometer solemnemente no dormirse tarde nunca más, él se levantó y se bañó. El agua caliente se fundió con la espuma, los bálsamos y demás mejunjes elaborados para proporcionar limpieza y remoción de células muertas en el ser humano. Diez minutos de placidez, cambio de estado y recarga de energía. Luego vendría, como con todas las personas, el proceso de escoger la vestimenta, el aplicarse algo de crema, lociones, más y más inventos para oler bien, nutrirse y lucir formidablemente ante los demás.

Existían ciertos rituales en su vida, tales como mirar el diario, mirar las noticias, ver unos cuantos titulares sobre lo más importante que había acaecido, despedirse amablemente y tratar de siempre hacerlo amablemente, por encima de todo. Marcharse de su hogar con la frente en alto le llenaba de satisfacción; unos días habría más afán que otros, otros días más frío que otros, pero en esencia la habitualidad se tiñe del mismo color siempre, un color agradable a la vista, un color que está en los ojos del que lo vive. El color de ese día tendría un matiz más claro, más limpio a la vista, más optimista. Ese día pasaría algo diferente.

Llegó a su trabajo, empezó a elaborar sus informes, a hacer llamadas, a ver los mails, a diseñar las maquetas de los proyectos que requerían inmediatez y a interactuar. Fue a interactuar, esa era su razón de ser. Y claro, a veces surgían problemas e inconvenientes pero siempre, con voluntad y la ayuda de los demás, se podía lograr algún avance.

Durante todo este proceso, un proceso habitual, iba ya pasando la mañana. Se acercaba la hora, pero faltaba que la sucesión de acontecimientos se siguiera presentando hasta llegar al punto deseado. Vendrían más llamadas y procedimientos. El clima estaba muy atractivo, el sol refulgía y se reflejaba en la ventana de su oficina.

Fue al baño, se miró al espejo con el objetivo de ajustar su peinado, cepillar sus dientes y echarse un poco de agua para revitalizar la fragancia de su perfume. Se iba acercando el momento y mientras estaba en esas llegó un compañero con quien se quedó hablando un rato sobre la cotidianidad y sobre los planes que vendrían y deben trazarse hacia el futuro. Luego de haber pasado todo esto bajó un momento a comprar algo de comer.

Poco tiempo después mandó lustrar sus zapatos de cuero negro. La persona a quien el destino había encomendado esta misión se puso en la labor de que quedaran perfectos, dentro del rango obvio y permisible que conlleva la palabra perfección. Él le compartió de su comida y bebida, mientras el lustrabotas comentaba hechos de actualidad.

Se iba acercando el medio día, una hora donde la mente exige un descanso y el cuerpo un alimento, donde el número de transeúntes se incrementa, donde la camaradería se exacerba y se acuerdan citas laborales y no laborales. Con el ímpetu de un niño se paró él de su asiento y, tras acabar su última llamada de la mañana, miró el reloj, cogió unas monedas, miró el correo y se marchó lentamente. Fue llegando a la ventana, un marco extenso con abertura vertical angosta y lanzó su mirada, la que minutos antes estaba inmiscuida en cifras, la que ahora estaría inmiscuida en la curiosidad.

La ventana daba hacia un parque pequeño, hacia una pequeña zona verde dentro de un ambiente muy gris, muy de concreto; al frente del alto edificio donde él laboraba estaba uno aun más alto, un edificio con muchas ventanas, parco e impávido. Ahí él empezó a contar los pisos. Debía ser el piso número veintiséis donde él debía concentrarse.

Uno, dos, tres, veintiséis. La ventana que daba hacia él, por cuestiones físicas y de distancia tenía un tamaño nimio, pero de ahí se podía avizorar algo de esa atmósfera que se estaba respirando. Muy concentrado siguió mirando, sin ver efecto o cambio alguno. Había ruido alrededor y un viento helado le acompañaba. La paciencia en estos casos es menester, es la mejor amiga.

Cuando el reloj dio las doce y media del día, el sol brilló un poco más. Se produjo ese cambio de color en el cielo que llama la atención de todos los sentidos. Las nubes disminuían, aumentaban y adoptaban formas innumerables e indescriptibles. De un momento a otro el pequeño recuadro incólume, esa ventana a la distancia que parecía tan quieta, empezó a ser habitada por una persona. Una pequeña persona a quien solo él veía.  

La lozanía que se reflejó en el rostro de él era tal que inmediatamente sonrió y musitó un saludo que naturalmente no sería escuchado por nadie. Tal vez solo sería escuchado por ella, la que acababa de asomarse al otro lado. Era una cita inusual, ella por coincidencias del destino tenía una actividad laboral en el edificio contiguo. Hechos que casi nunca ocurren tan fácilmente. A esa hora los dos tenían un receso, un descanso del alma y a su vez un agite para los corazones.


Ella agitó un pañuelo, señal inequívoca que exigía respuesta similar; él también lo hizo, y los dos sonrieron. Ella lo escuchaba, él le dijo Te amo y al cabo de unos segundos cerró la ventana y siguió con sus labores que puntualmente ese día les impedían encontrarse para almorzar. Ella estaba a muchos metros de distancia, pero estaba tan cerca para él que se podía percibir su olor. Ella era su reina. La reina en lontananza. 

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