Al final de la avenida, yendo
hacia el norte, había que cruzar a la derecha para entrar a una calle más
angosta; transitando por esta calle
había una curva, una bajada, y desde ese punto el terreno de asfalto pasaba a
ser de piedras pequeñas, una mezcla perfecta entre carretera y trocha. Si
alguien transitaba en carro debía bajar su velocidad un poco, si iba en
bicicleta debía sortear alguna que otra piedra, de esas que se posan a veces en
el camino y que truncan el proseguir corriente, pero digamos que no era tan
necesario ir más despacio; con un poco de cuidado se podía llegar al destino.
Es más, era recomendable llegar
en bicicleta; siempre lo es. De esta forma al ir cuesta abajo se podía sentir
el viento fuerte en el rostro, las mejillas se podrían llenar de un fulgurante
rosado y la sensación de actividad en las piernas, de frenar un poco la llanta
delantera, otro tanto la trasera y el incesante devaneo entre los surcos hacía
la llegada más amena. Y esto suponiendo que no hubiera paisaje alrededor para
admirar. Sin embargo, había un sembrado de azucenas blancas y amarillas al
costado derecho, de seis pétalos oblongos y un poco puntiagudos, un sembrado
que hacía inevitable detenerse en el vehículo, sea cual fuere, y arrancar siquiera
una de estas maravillas de la vida y olerla por unos segundos. La única
condición que tenía impuesta el dueño del sembrado era que toda flor que fuera
arrancada debía ser regalada a alguien.
Al ser regalada, bien fuera al
cónyuge, al hijo o a la madre, por citar unos pocos ejemplos, esta flor
cumpliría la función para la cual fue creada: brindar alimento al espíritu con
su color y fragancia.
Dejando atrás el campo de
azucenas y rodando unos veinte metros más quedaba la cabaña. Una cabaña de
madera, café oscuro, con puerta gruesa, un par de vitrinas y una ventana grande
con su alféizar ancho para recibir visitas; de esos donde se recitaban poemas, de
esos que ya casi no existen. Al tocar el aldabón salía el dueño, al cabo de
unos treinta segundos.
En la cabaña siempre estaba él;
era conocido en todas las villas cercanas como el tendero. Una persona de
mediana edad a la que los vecinos y coterráneos acudían, bien fuera por las
bebidas tan refrescantes que brindaba, por las golosinas que vendía en una de
las vitrinas que mencioné antes o por los consejos que daba a toda alma
necesitada.
Estar con el oído atento y el
corazón abierto era una labor que el tendero siempre tenía como lema. La
dinámica era la siguiente: sonaba el portazo, él se trasladaba del balcón hacia
la puerta, no sin antes bajarle un poco al volumen de la música que siempre
estaba ahí ubicua en todo el recinto, miraba por el ojo mágico a la persona que
estaba al otro lado y la recibía con una sonrisa. Muchas amistades hizo porque
gracias a la cadena del voz a voz, la gente que tocaba la puerta ya sabía
expresamente a qué se dirigía.
Hace pocos meses golpearon el
aldabón. Sin aspavientos sonó y el tendero lentamente fue a abrir, con la
habitualidad de hacer una labor común, con una mirada convencional; miró por el
ojo mágico y ahí esperaban dos amigos de la infancia. Sabemos que previamente
le había bajado el volumen a ese jazz tan ecléctico que infundía ceremonias
melómanas en medio de sofás y leña.
Con gran abrazo fueron saludados
por él y pasaron a la sala. Cada quien cogió un vaso de bebida refrescante, un
jugo mixto de frutas cuyos ingredientes y proporciones eran un verdadero
secreto, y se sentaron, uno en una silla de mimbre clásica, otro en el sofá de
terciopelo morado y el tendero quedó de pie, por el momento. Les preguntó si
querían algo más y uno de los presentes respondió que quería comprar unas
cuantas galguerías para su novia; golosinas que además de saber rico eran
bonitas y envueltas en papeles plastificados. Claro que sí, él le empacó unas
cuantas en una caja junto con un dibujo hecho a lápiz, con colores básicos y
hojas bond; ahí venía plasmado un mensaje de amor, de ese coqueteo constante
que debe haber entre el novio y la novia, ese que produce cosquilleos.
Muy agradecido quedo el amigo con
él; no se veían aproximadamente hace dos años; aquí no hablaremos de amistades
antiguas congeladas en el tiempo por múltiples ocupaciones, sino solamente de
un trío de amigos un poco ingratos que se veían a veces.
El otro muchacho, mayor un par de
años que el tendero, quería darle un pequeño detalle a su hijo pero no quería
caer en los típicos presentes que tanto promulgaban los medios de comunicación,
así que le pidió algo que de pronto pudiera alegrarle el corazón floreciente e
imberbe. Después de unos minutos, dibujó en una hoja sencilla un carrusel
inmerso en una ciudad de hierro, con mucha gente, y sobresalía la figura de un
niño sonriendo. Atado a éste, venía un barquillo de chocolate, una almendra
recubierta y un mensaje corto, pedagógico e infantil.
Los dos amigos tenían listos sus
encargos. Lo que vendría después sería la tertulia en la que se ponen al día,
se comparten palabras acerca de los sueños, las expectativas y los desamores
para unos contrastando con los amores para otros. En este caso quedó plasmada
la amistad entre ellos y la prueba irrefutable de la misma: la confianza.
Quedaron los tres departiendo con soltura, sin la incomodidad del momento de
silencio, con la comodidad de decir lo que les gusta y lo que no. Con la
placidez de ser personas libres.
Siendo las diez de la noche,
después de comer bizcochos de agrás y amapola, los amigos se despidieron; se
fueron con el estómago lleno, con el corazón
contento y con la satisfacción de la visita. Llevaban además los
productos del tendero, los que él diariamente cultivaba y comercializaba, unos
productos muy bien empacados: dulzura y palabras.
No ocurrió nada más. La gran
mayoría de los días son así: ordinarios, mas no aburridores. El periodismo y
los noticieros deben ocuparse de lo extraordinario. La sencillez de la vida se
hizo notar y el tendero fue a descansar con su abrigo, sus medias gruesas y su
corazón sereno. Al día siguiente la vida continuaría y alguien más tocaría a su
puerta, ya sabiendo de antemano las delicias que había adentro de esa acogedora
cabaña.
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