A las siete de la mañana de un
lunes, luego de caminar aproximadamente treinta minutos por la acera, llegó la
maestra al colegio. Era un colegio humilde, con presupuesto mitad oficial y
mitad privado, que consistía en cinco aulas, una oficina de profesores, un
patio de cemento, dos baños y una tienda de comestibles; en esta última se
podía acceder a algunos bocados típicos. Era una educación brindada con poco
tecnicismo y con bastante rigor, un rigor que rayaba en el maltrato, con un
volumen alto en voces que genera un aminoramiento de las personalidades de los
educandos.
La educación tradicional y a la
antigua, más aun al aplicarse a una población adolescente, difícil y de escasos
recursos, se hacía con gritos, con amenazas y aplicando la escala vertical del
poder; dogmatismos ancestrales en los que la voz del profesor ahoga y suprime
la opinión del rebelde muchacho. Existían unas guías, unos preceptos y salirse
de esos límites en un recinto con también bastantes límites era impensable. Las
formalizaciones impuestas hacían que todo fuera gris y plano, cumplir una
teoría era el único norte, en un claustro inundado de almas que buscaban
mejorar pero no lo estaban haciendo.
La maestra llevaba poco tiempo
trabajando ahí; llegó con su delantal, su cartera y una libreta para apuntar
cualquier idea. Ya en días anteriores había empezado a tratar dos cursos con
sus teorías sobre la convivencia, la autoestima y la orientación profesional,
con resultados de a pulso y muy meritorios. Se acercó al salón de profesores y
habló con la directora; ella le dio un material fotocopiado de veinte hojas
donde se plasmaba el tema que sería estudiado y discutido en las horas
posteriores. La diferencia radicaba en que el curso al cual iba a entrar era
desconocido para ella, y por lo tanto ella era desconocida para los alumnos.
Era la primera vez con ellos, sentimientos encontrados acerca de no saber qué
iría a ocurrir.
Personalidades disímiles
convivían en el recinto; treinta alumnos adolescentes de afecto estaban ahí,
algunos enfundados en sus chaquetas, algunos con sus audífonos escondidos y
otros tantos conversando a altos volúmenes; no importaba de qué estuvieran
hablando, la idea era generar una turbamulta que hacía el normal cumplimiento
del programa una tarea imposible. Cuando la maestra se presentó y empezó, nadie
se callaba y las miradas amenazadoras hacia ella eran indecibles.
Tal desazón ocurrió allí que la
docente no tuvo más opción que tratar de callarlos; al ver que no pasaba nada,
decidió esperar a que terminara la clase. Sonó el timbre, todos los muchachos
alevosos empezaron a retirarse, sin despedirse. Cuando el último se hubo
marchado y quedó sola, muchas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, unas
lágrimas grandes, amargas y transparentes de impotencia. Cuando el desahogo
cesó, limpió su cara, retocó su maquillaje y volvió a la sala de profesores a
buscar a la directora. La pregunta inicial era porqué ellos habían tenido ese
comportamiento. La respuesta inicial era porque ellos eran así.
Habiéndole dicho esto, la
naturalidad de un comportamiento que no puede ser cambiado, la directora le
aconsejó, de manera adusta y laboral, que la única forma de haber sentado un
indicio de autoridad momento atrás era por medio de un grito estentóreo y una
amenaza. Decir que si no elaboraban el taller de 10 preguntas su estancia se
vería comprometida y podrían ser expulsados era un arma que nunca fallaba.
Señalar con el dedo, subir la voz, mirar con las cejas arcadas y amenazar era
la opción. La maestra pensaba en las vidas de todos y cada uno de los
estudiantes; eran unas vidas extracurriculares entintadas de maltrato,
abandono, soledad y abusos por decir lo menos. El educando promedio tenía
relaciones álgidas en su núcleo familiar, aquí el problema no eran solamente los
medios económicos, sino los formativos; de estos problemas ella ya había tenido
algo de conocimiento por conversaciones escuetas que tenía al inicio y al final
de la jornada. Acá están viniendo a estudiar y reciben el mismo trato que en su
hogar, pensaba la maestra. Bolas de nieve alimentadas de miradas y malos tratos
que imploraban ser detenidas.
Eran las siete de la mañana del
día siguiente, martes. La maestra vio en su cronograma que tenía clase con el
mismo grupo. Entró al salón, un aula que estaba embebida en rechiflas y bulla.
Escribió una nota en el tablero con letra cursiva legible y se marchó.
“El ejercicio de hoy es el
siguiente: el compañero le debe decir al de al lado algo que le guste, que le
parezca agradable de él. Vuelvo en cinco minutos”. Las rechiflas y falsos
orgullos, que no denotaban nada más que inseguridad y baja autoestima, fueron
remplazados por risas nerviosas, castañear de dientes, mordisqueo de uñas, miradas
cómplices y rubor natural en mejillas multiétnicas.
A los cinco minutos efectivamente
volvió la profesora, saludó cordialmente con una sonrisa muy bella y
refrescante, de esas que lo ponen a uno a suspirar; tónico esencial para
empezar de manera alegre una mañana. Los que antes miraban mal y gritaban,
ahora esperaban con un poco de incredulidad el desarrollo del taller. La
maestra, con su voz pausada, llamó a dos alumnos, los más distantes en el salón
y en el trato. Se paró uno al frente de la otra. No eran capaces de mirarse a
los ojos.
En estas almas, tan necesitadas
de ser esculpidas, almas como todas, la invitación para hablar de algún aspecto
positivo parecía poco menos que un exabrupto, nunca lo habían hecho. El tiempo transcurrido entre la unión de dos miradas
y su separación empezó a pasar de instantes mínimos a varios segundos. Ver lo
positivo era ver los ojos del compañero, su brillo, sentir el nerviosismo,
mirar una sonrisa. Fue algo bueno, por primera vez había unión y se estaba
logrando un objetivo.
Él respondió que lo más bonito de
ella eran sus trenzas, después de divagar y casi llorar, porque le costaba
mucho hablar de lo positivo; ella a su vez dijo que lo que más le gustaba era la
risa. Seguirían así quince parejas más hasta lograr las treinta personas, los
treinta corazones que hoy por primera vez habían conocido la cordialidad. Las
barreras autoimpuestas empezaron a ser derribadas.
La maestra logró lo improbable. La
directora, sorprendida por lo que había ocurrido, fue a felicitarla, ya que
luego del taller pudo capturar la atención de sus alumnos, empezó a llamarlos
por su nombre, pudo hablarles sin necesidad de subir la voz y motivó a forjar
amistades, incluso algunos romances. Cuando el rigor es cambiado por el corazón
empiezan a producirse explosiones.
Era ella, la maestra. La que con
corazón y ejemplo logró mostrarles a ellos que todo en la vida, con buena
actitud, es posible. Este ejercicio fue aplicado por todos y cada uno, tiempo
después, en sus hogares, con excelentes resultados. Gracias a ella el colegio se
convirtió en un catalizador de emociones y valores, en un ente verdaderamente
educativo; sus ojos lograron desentrañar en el alumnado una gran verdad: que lo
positivo está latente en cada rincón de la existencia, solo hay que saber de
qué forma sacarlo a la luz. De ahí en adelante, sin necesidad de recurrir al ejercicio
formal, cada quien enaltecía al otro, adornándole su vida problemática con
flores; incluso a la maestra también le exaltaron su ser; lo que en algún
momento dio, empezaba a ser retribuido.
Y todo el proceso de educación
continuó. Lo ortodoxo siguió de la mano con lo heterodoxo, los formalismos y
teorías se mezclaron con la camaradería y el cariño, la explosión de sentimientos
y conocimiento seguiría produciendo chispas. Ahí empezaron a sentir que vivían,
así empezó una verdadera vida para los alumnos.
Felicitaciones a ti, que lo plasmaste tan bien... a la maestra que te inspiró con su paciencia e inteligencia... y a los muchachos que rompieron sus corazas para darse la oportunidad de vivir con plenitud.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo... lzia.
Gracias lizita por tu comentario......la gente inspira muchas cosas bonitas, este es un caso vívido de ello......gracias por leerlo
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