jueves, 10 de octubre de 2013

Una maestra

A las siete de la mañana de un lunes, luego de caminar aproximadamente treinta minutos por la acera, llegó la maestra al colegio. Era un colegio humilde, con presupuesto mitad oficial y mitad privado, que consistía en cinco aulas, una oficina de profesores, un patio de cemento, dos baños y una tienda de comestibles; en esta última se podía acceder a algunos bocados típicos. Era una educación brindada con poco tecnicismo y con bastante rigor, un rigor que rayaba en el maltrato, con un volumen alto en voces que genera un aminoramiento de las personalidades de los educandos.

La educación tradicional y a la antigua, más aun al aplicarse a una población adolescente, difícil y de escasos recursos, se hacía con gritos, con amenazas y aplicando la escala vertical del poder; dogmatismos ancestrales en los que la voz del profesor ahoga y suprime la opinión del rebelde muchacho. Existían unas guías, unos preceptos y salirse de esos límites en un recinto con también bastantes límites era impensable. Las formalizaciones impuestas hacían que todo fuera gris y plano, cumplir una teoría era el único norte, en un claustro inundado de almas que buscaban mejorar pero no lo estaban haciendo.

La maestra llevaba poco tiempo trabajando ahí; llegó con su delantal, su cartera y una libreta para apuntar cualquier idea. Ya en días anteriores había empezado a tratar dos cursos con sus teorías sobre la convivencia, la autoestima y la orientación profesional, con resultados de a pulso y muy meritorios. Se acercó al salón de profesores y habló con la directora; ella le dio un material fotocopiado de veinte hojas donde se plasmaba el tema que sería estudiado y discutido en las horas posteriores. La diferencia radicaba en que el curso al cual iba a entrar era desconocido para ella, y por lo tanto ella era desconocida para los alumnos. Era la primera vez con ellos, sentimientos encontrados acerca de no saber qué iría a ocurrir.

Personalidades disímiles convivían en el recinto; treinta alumnos adolescentes de afecto estaban ahí, algunos enfundados en sus chaquetas, algunos con sus audífonos escondidos y otros tantos conversando a altos volúmenes; no importaba de qué estuvieran hablando, la idea era generar una turbamulta que hacía el normal cumplimiento del programa una tarea imposible. Cuando la maestra se presentó y empezó, nadie se callaba y las miradas amenazadoras hacia ella eran indecibles.

Tal desazón ocurrió allí que la docente no tuvo más opción que tratar de callarlos; al ver que no pasaba nada, decidió esperar a que terminara la clase. Sonó el timbre, todos los muchachos alevosos empezaron a retirarse, sin despedirse. Cuando el último se hubo marchado y quedó sola, muchas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, unas lágrimas grandes, amargas y transparentes de impotencia. Cuando el desahogo cesó, limpió su cara, retocó su maquillaje y volvió a la sala de profesores a buscar a la directora. La pregunta inicial era porqué ellos habían tenido ese comportamiento. La respuesta inicial era porque ellos eran así.

Habiéndole dicho esto, la naturalidad de un comportamiento que no puede ser cambiado, la directora le aconsejó, de manera adusta y laboral, que la única forma de haber sentado un indicio de autoridad momento atrás era por medio de un grito estentóreo y una amenaza. Decir que si no elaboraban el taller de 10 preguntas su estancia se vería comprometida y podrían ser expulsados era un arma que nunca fallaba. Señalar con el dedo, subir la voz, mirar con las cejas arcadas y amenazar era la opción. La maestra pensaba en las vidas de todos y cada uno de los estudiantes; eran unas vidas extracurriculares entintadas de maltrato, abandono, soledad y abusos por decir lo menos. El educando promedio tenía relaciones álgidas en su núcleo familiar, aquí el problema no eran solamente los medios económicos, sino los formativos; de estos problemas ella ya había tenido algo de conocimiento por conversaciones escuetas que tenía al inicio y al final de la jornada. Acá están viniendo a estudiar y reciben el mismo trato que en su hogar, pensaba la maestra. Bolas de nieve alimentadas de miradas y malos tratos que imploraban ser detenidas.

Eran las siete de la mañana del día siguiente, martes. La maestra vio en su cronograma que tenía clase con el mismo grupo. Entró al salón, un aula que estaba embebida en rechiflas y bulla. Escribió una nota en el tablero con letra cursiva legible y se marchó.

“El ejercicio de hoy es el siguiente: el compañero le debe decir al de al lado algo que le guste, que le parezca agradable de él. Vuelvo en cinco minutos”. Las rechiflas y falsos orgullos, que no denotaban nada más que inseguridad y baja autoestima, fueron remplazados por risas nerviosas, castañear de dientes, mordisqueo de uñas, miradas cómplices y rubor natural en mejillas multiétnicas.

A los cinco minutos efectivamente volvió la profesora, saludó cordialmente con una sonrisa muy bella y refrescante, de esas que lo ponen a uno a suspirar; tónico esencial para empezar de manera alegre una mañana. Los que antes miraban mal y gritaban, ahora esperaban con un poco de incredulidad el desarrollo del taller. La maestra, con su voz pausada, llamó a dos alumnos, los más distantes en el salón y en el trato. Se paró uno al frente de la otra. No eran capaces de mirarse a los ojos.

En estas almas, tan necesitadas de ser esculpidas, almas como todas, la invitación para hablar de algún aspecto positivo parecía poco menos que un exabrupto, nunca lo habían hecho.  El tiempo transcurrido entre la unión de dos miradas y su separación empezó a pasar de instantes mínimos a varios segundos. Ver lo positivo era ver los ojos del compañero, su brillo, sentir el nerviosismo, mirar una sonrisa. Fue algo bueno, por primera vez había unión y se estaba logrando un objetivo.

Él respondió que lo más bonito de ella eran sus trenzas, después de divagar y casi llorar, porque le costaba mucho hablar de lo positivo; ella a su vez dijo que lo que más le gustaba era la risa. Seguirían así quince parejas más hasta lograr las treinta personas, los treinta corazones que hoy por primera vez habían conocido la cordialidad. Las barreras autoimpuestas empezaron a ser derribadas.

La maestra logró lo improbable. La directora, sorprendida por lo que había ocurrido, fue a felicitarla, ya que luego del taller pudo capturar la atención de sus alumnos, empezó a llamarlos por su nombre, pudo hablarles sin necesidad de subir la voz y motivó a forjar amistades, incluso algunos romances. Cuando el rigor es cambiado por el corazón empiezan a producirse explosiones.

Era ella, la maestra. La que con corazón y ejemplo logró mostrarles a ellos que todo en la vida, con buena actitud, es posible. Este ejercicio fue aplicado por todos y cada uno, tiempo después, en sus hogares, con excelentes resultados. Gracias a ella el colegio se convirtió en un catalizador de emociones y valores, en un ente verdaderamente educativo; sus ojos lograron desentrañar en el alumnado una gran verdad: que lo positivo está latente en cada rincón de la existencia, solo hay que saber de qué forma sacarlo a la luz. De ahí en adelante, sin necesidad de recurrir al ejercicio formal, cada quien enaltecía al otro, adornándole su vida problemática con flores; incluso a la maestra también le exaltaron su ser; lo que en algún momento dio, empezaba a ser retribuido.


Y todo el proceso de educación continuó. Lo ortodoxo siguió de la mano con lo heterodoxo, los formalismos y teorías se mezclaron con la camaradería y el cariño, la explosión de sentimientos y conocimiento seguiría produciendo chispas. Ahí empezaron a sentir que vivían, así empezó una verdadera vida para los alumnos.

2 comentarios:

  1. Felicitaciones a ti, que lo plasmaste tan bien... a la maestra que te inspiró con su paciencia e inteligencia... y a los muchachos que rompieron sus corazas para darse la oportunidad de vivir con plenitud.
    Un fuerte abrazo... lzia.

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  2. Gracias lizita por tu comentario......la gente inspira muchas cosas bonitas, este es un caso vívido de ello......gracias por leerlo

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