Hace un tiempo llegó una
tarjeta en la cual cordialmente se hacía una invitación a un mundo cercano pero
lejano, a un mundo adornado de múltiples maneras. La tarjeta consistía en un
rectángulo de cartulina blanca plastificada llegando incluso a tener
similitud con el papel bond, de letras cursivas y sencillas de color azul
oscuro. Decía “Bienvenido sea Usted”. El sobre estaba cerrado y como pegatina
para hacerlo estaba un pequeño broche de zafiro, de ese zafiro que escasea en
el mercado de las piedras preciosas, y que sólo se usa para ocasiones
especiales como esta.
El cartero que andaba repartiendo
las invitaciones cumplió su labor a carta cabal. Muy juicioso fue de casa en
casa, haciendo dos toques sutiles al maderamen del pórtico y acto seguido,
independientemente de que abrieran o no, echaba la invitación por debajo de la
puerta, con poca fuerza pero con la mínima necesaria para que el sobre
recorriera unos cuantos centímetros de arrastre, cosa que cuando el
destinatario se dispusiera a abrir se topara con él.
Mientras tanto estaba en su
sillón reclinable un señor pomposo y rebosante en boato; mientras degustaba un
plato rico en sabor y en calorías, daba órdenes a mansalva a sus súbditos, ya
que siempre estaba exigiéndoles más de lo que podían dar. Llevaba un traje de
precio alto pero de glamour bajo, muy acorde con su personalidad. El vestido
tiene la forma del cuerpo, y a veces refleja el alma. A medida que se quejaba,
ahíto de preocupaciones, llegó el mensajero y le entregó el sobre sin
argumentar nada, ya que en realidad no sabía cómo había llegado a la recepción.
Permaneció unos segundos dudando y antes de echar dicho papel a la basura, y al
darse cuenta que la caneca estaba llena, decidió abrirlo. Así mismo hizo mucha
gente también.
La inmensa cantidad de sobres fue abierta en múltiples lugares, en
diferentes partes del mundo, al unísono. Al hacer lo anterior, se dejaba
entrever la invitación en papel reciclable, un poco rústico y de color beige.
Con el mismo tipo de fuente usada en el sobre, estaba una inscripción que decía
“déjate llevar por el olor de tu bebida de la mañana”.
Gran parte de los lectores leían
tal frase e inmediatamente miraban al reverso, para ver si ahí estaba la
continuación. Pero no había más letras.
En otro sitio, en la misma
ciudad, caminaba discutiendo una pareja, ya cansada de sus múltiples
desavenencias, considerando la idea de separarse. Separaciones que se planean
cuando hay nortes disímiles, cuando el desamor les circunda. Mientras andaban
en un alegato de razones fútiles, un niño que vendía globos inflados con helio
le entregó un sobre a cada uno; la
simple mención de la bienvenida plasmada en las letras les hizo callar la boca,
leyeron, y se detuvieron.
Entretanto, el señor pomposo se
paró, miró hacia la ventana, atisbó los altos edificios vecinos y pensó en la
frase. Su bebida de la mañana era un café excelso. Al sentir su aroma, un aroma
que todo el mundo percibe pero en realidad pocos se detienen a admirar, su
rostro cambió, se acordó de sus familiares a quienes tan abandonados tenía, ya
que ese olor le recordó un paseo en carro que había hecho hace unos años. El
aroma de remembranzas lo hizo llamar por teléfono a su mamá, a preguntarle cómo
estaba, a preguntarle por su vida, una vida que él desperdiciaba trabajando y
mandando.
El resto del día estuvo muy
contento, a cada rato acercaba la taza a su boca, tomaba su café y olía su
aroma, y pensó en porqué desperdiciar tanto tiempo haciendo llamadas, trazando
cronogramas y motivando outsourcings, siendo que su familia, que es lo más
importante, estaba cada vez más distante; ni siquiera él sabía en qué
vicisitudes estaban sus hijas. Miró a los demás, miró todo claro. La vida
consiste en nacer, ver nacer, ver morir y morir. Eso era todo, eso es todo, y
canceló todas sus citas. Dos horas después estaba en el parque jugando pelota
con ellas, con sus hijas, sudoroso, con su traje de precio alto y ahora sí con
algo más de glamour.
La pareja que altercaba mientras
desayunaba afanosamente en la calle hizo caso al aviso: él bajó su mirada hacia
el té de frutos rojos, ella hacia su café latte. Olores ancestrales, mordiscón
ancestral del subconsciente que lleva a parajes lejanos; y ahí fueron
transportados a su primera cita, tomando lo mismo, con el olor de paz y
relajación que emana de estos ingredientes. Eran las mismas almas, un poco más
jóvenes, construyendo un futuro que se estaba destruyendo en el presente. A
veces el mero recuerdo de algo cambia la perspectiva y hace que lo que estaba
ocurriendo segundos antes sea visto de manera diferente.
Ella, con su pelo rubio, lo miró
y vio una base sólida, un amor sólido; porqué enmascarar ese amor con problemas
diarios e inanes de convivencia? Ahí estaban, estaban sus cuerpos, la sonrisa
fluye y el beso que hace tiempo estaba tan esquivo volvió a convertirse en el
protagonista y cómplice de su historia. Nada en la vida es demasiado grave,
estaban juntos de nuevo, los suspiros volvieron. Larga libación a ese té y a
ese café latte.
Los cambios en el mundo se
producen de a cucharaditas. Que se tenga conocimiento, una pareja retomó su
rumbo ese día y un padre mejoró ostensiblemente la relación con su familia; seguro
que otras mejoras en la carretera de la vida hubo ese día causadas por lo
mismo, sin embargo plasmo dos casos vívidos; algo que está ahí todas las
mañanas y que permanece imperceptible desencadena profusión de sentimientos y
así el optimismo gana la partida.
Ese día también se produjo otro
cambio: En el autor de esas tarjetas se pintó una leve pero sustanciosa sonrisa
de satisfacción, un inflamiento de pecho por haber sido artífice de un
movimiento que curó un par de familias y otro tanto de corazones. La
invitación, llena de color e inocencia, había surtido efecto. Estaba
contribuyendo a cambiar nuestro mundo.
Cada semana se ve la madurez que tus letras van ganando old friend. De las más agradables entradas que he tenido la oportunidad de leerte.
ResponderEliminarSin embargo, debo discrepar en cuanto al color de la invitación Georgie Boy; el blanco es la ausencia de todo color.
Jaja my friend...gracias, un abrazo!!!
ResponderEliminarAdemás boy, el zafiro no es un metal sino una piedra. Pillado jajajaja
ResponderEliminarel que acepta las pilladas tendrá cada vez menos posibilidades de que lo pillen.....estás pillao pillao pilláaaaa.......corregiré todo, mi papá también me recomendó otra cosita....abrazos y graciassss
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