domingo, 15 de febrero de 2015

Canciones para dedicar...

http://www.pulzo.com/opinion/290501-canciones-para-dedicar-en-san-valentin

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En el anterior link está mi artículo de pulso....que lo disfruten


martes, 10 de febrero de 2015

De los noticieros y la paranoia



Imagínense estar sentados o acostados en su cama viendo televisión. Mientras cambian de canales, entre los de niños, los de música y los de películas, es probable que si son las 7 de la noche piensen en esta frase que hemos oído durante todos nuestros años que llevamos de vida: “pongamos el noticiero”. Los niños pequeños hacen cara agria naturalmente, puesto que así son y deben ser los noticieros: se ocupan de las cosas serias y agrias. Bueno, pero de eso no vamos a hablar, ni tampoco hablaré de la queja eterna de los adultos que dicen que los noticieros aquí son pésimos, que las noticias son malas y que algunos son muy amarillistas. Punto, si no les gusta algo pues no lo pongan, hay cincuenta opciones más en la galería de canales. No me referiré a eso ni rajaré de Tarantino. Hablaré de lo que ocurre cuando, en las noticias financieras, el presentador o presentadora, con su vestido elegante de la cintura para arriba, y con jeans o pantaloneta de la cintura para abajo (esa parte que no se ve y no sale al aire) anuncia que el dólar se subió de 2.300 a 2.400.




Pero el dólar no se sube solo, más bien lo suben. Así como los periodistas suben o hunden a una celebridad, a veces sin razones y solamente por pequeños errores, así mismo los operadores del mercado, de acuerdo a sus percepciones y a algo extra llamado competitividad, venden o compran cantidades del activo, generando los cambios en el precio.



No digo que sea malo sino que es así. El operador del mercado tiene unas percepciones y puede ser optimista o pesimista, pero también está metido en una competencia, y en esa competencia, así como las gaseosas negras se tiran entre sí, o las marcas de hamburguesas se devoran y se pegan mordiscos por escribirlo de alguna forma, pues los competidores financieros, bien sea bancos, fondos de pensiones y fiduciarias, también deben darse codo. Quien compra un título espera venderlo luego más arriba; y para que ocurra eso pues debe haber estrategias y competencia. No hay misterio con eso.



Todo esto me recuerda una historia. Resulta que en un almuerzo hace varios meses estaban los integrantes de una entidad financiera; al mismo restaurante llegó la competencia. Viene el infaltable golpe en la espalda y la pregunta referente a cómo ven el mercado, cuál es su perspectiva. No sin antes hablar de películas de acción como Francotirador o Rápido y Furioso, de revistas de automóviles, de lo cara que está la ciudad o de lo arduo que está el tráfico.En esos momentos de tensión, como si Superman se encontrara con Lex Luthor, o si los vampiros Cullen se encontraran a los Vulturi, cualquier cosa puede ser usada en contra, pero también cualquier cosa debe ser tomada como mentira. Así debe ser en todos los sectores, me imagino que si se encuentra el presidente de Apple con el de Samsung comiendo sancocho pasaría lo mismo.



No hay que ser tan paranoico tampoco. He visto expertos que creen interpretar cualquier alzada de ceja o rascada de oreja en la competencia, para así discernir cómo va a proceder en el futuro. Eso ya es paranoia, hasta allá no debemos llegar. Vivamos tranquilos. Por ahora solo pensemos en que si deciden verse el noticiero en vez de unos buenos videos y oyen que un activo subió o bajó, imaginen en su mente a un operador achispado, comiéndose las uñas, vendiendo o comprando, paranoico y pensando en ese almuerzo en el que tal vez se excedió en discursos (y en calorías), en ese sitio de carnes en donde estaba la competencia.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Palabras Importadas

Les comparto aquí mi columna en Pulzo, llamada "palabras importadas".....

http://www.pulzo.com/opinion/204311-palabras-importadas

Si no les abre, igual aquí la pongo:








Palabras importadas

Hace unos cuantos meses me inscribí en un concurso de ortografía, junto a algunos colegas y compañeros.

Pintura original de Francisco Cano
La dinámica consistía en pararse frente a un tablero con un marcador, y un experto en la materia leía la definición de una palabra para posteriormente dictarla, con una excelente pronunciación. Debíamos escribirla como debe ser y quien dicta estos límites es la Real Academia de la Lengua.

Es un condicional inicial que quien concursa debe sentir cierta afinidad y gusto por la buena escritura de las palabras, y lo que uno lea en algún momento, si bien no todo se graba, deja algún conocimiento en la cabeza.

Había palabras más o menos conocidas y otras no tanto. Había clásicos de la ortografía, como “quehacer”, “vitualla”, “procesión” y palabras que pueden de alguna manera causar problemas al ser escritas. Es fácil cambiar la C por la S en el último ejemplo que puse: procesión. Se pueden colar letras H o Z donde no las han llamado, es normal. Está claro que estamos en una competencia, y saber escribir este tipo de palabras generará cierta ventaja frente al competidor. 
Son palabras del español y existen hace bastante tiempo, además que los nervios al estar parado indefenso frente a un grupo de personas incrementan un poco la dificultad.

Luego el moderador erudito, quien estaba a cargo del concurso, pronunció con bastante vehemencia lo siguiente: “Pan en forma de cuerno cuyo origen es francés”. No me acuerdo exactamente pero la definición era así, o tal vez en forma de media luna. Estábamos en un concurso de ortografía del idioma español, recordemos, y precisamente días atrás había leído la correcta escritura de lo que vendría a continuación. El señor, luego de la definición, pronunció la palabra “cruasán”. Claro, el famoso pan cacho, yo había leído un día casualmente que su correcta escritura era “cruasán”, tal y como suena, qué afortunado yo, y así lo escribí en el tablero. Cruasán. Punto a favor mío.

El concurso siguió y luego de su terminación, me quedé pensando en el caso anterior. Cruasán. A mí me suena más bonito y más original croissant, así sea con letra cursiva o letra normal, pero bueno, eso es algo personal. Este es un ejemplo de galicismo, o palabras que vienen del idioma francés. También están los anglicismos, que vienen del idioma inglés. De cada idioma que hay en el mundo podemos traer lo que queramos e incorporarlo en nuestro castellano. En nuestro castellano tan hermoso, con tantas posibilidades y tan prolífico.

Me quedé pensando en algunas sugerencias de la Real Academia. Es cierto, debe haber reglas para la buena escritura del español pero estamos en un mundo cada vez más interrelacionado e hispanizar todas las palabras que vienen de otras lenguas con el objetivo de cuidar a nuestro romántico y delicioso idioma me parece tal vez innecesario. La importación de palabras de otros lares es un hecho, y no sé hasta qué punto deba importarnos.

Me parece que mi castellano se cuida solito y tiene la suficiente fuerza para no dejarse morir ni amedrentar. Seguí averiguando y cito algunos ejemplos: al famoso tenis de mesa, con su tablero verde que exuda diversión y camaradería entre alumnos y docentes en ciertas universidades, si vamos a hispanizar su nombre original, debemos decirle “pimpón” en vez de “ping-pong”.

Existe un plato práctico a la hora de hacerle frente al almuerzo y cortar de plano el hambre tan apremiante de la 1 de la tarde; para eso ponemos entre dos panes varias tajadas de jamón, queso, lechuga, tomate y, ya dependerá de nuestra dieta, mayonesa o ají. Es el sandwich, palabra que al hispanizarla quedó como sándwich, con tilde, o sánduche.

Como tercer ejemplo, existe un término médico. No sé bien los detalles, pero hace alusión a un conducto alternativo por el que se desvía la sangre en una operación; yo siempre había visto que era “bypass” o incluso “by-pass”. Ahora para ser fiel al español, en el que prácticamente todo se pronuncia como se escribe, la Real Academia recomienda escribirlo “baipás”. Y así hay más casos.

Estamos hablando de recomendaciones solamente. Todo radica en la necesidad de cuidar el idioma, en evitar mezclas que atenten contra la individualidad, y eso me parece muy bien. Pero sí, produce algo de extrañeza leer en versión hispanizada las palabras que antes leíamos en su idioma original. Es posible que, en un futuro cercano, deba escribirse “feisbuq” en vez de su original Facebook.

Será con “q”, supongo, siguiendo la línea de que es correcto “Iraq” y no “Irak”. Lo bueno es que la única forma en que podrán ser sancionados o evaluados, queridos lectores y escritores –en masculino y en femenino-, es si van a algún concurso de ortografía. Tranquilos. Ahí, solamente ahí, el moderador experto será implacable al castigarles su mala escritura. En el resto de sitios, bien sea físicos o virtuales, se permite todavía escribir croissants y donuts, en vez de cruasanes y donas. Y sí, en cada argot y campo específico del conocimiento, seguirán existiendo palabras extranjerizadas. En el etéreo tema de la moda y los fashionistas, en las ciencias exactas, en la vida en finanzas y en el mundo del entretenimiento.

Palabras importadas que importan. Ya dependerá del criterio de cada quien esforzarse en escribirlo bien o mal. Original o hispanizado.
Good bye, o más bien, gudbai.


sábado, 16 de agosto de 2014

Buscando a Luis Donoso

http://www.pulzo.com/opinion/193526-buscando-luis-donoso


si no les abre aquí va:



Buscando a Luis Donoso

Me fui a Caldas a buscarlo.

www.metrocuadrado.com


Agarré mi maleta de cuero y metí tres mudas de ropa cómoda, con sus correspondientes pantalones, camiseta, zapatos y una tricota por si el frío empezaba a apremiar con su viento conocido en terrenos desconocidos.
La cerré muy bien para estar seguro que los componentes, previamente amarrados con la útil y pequeña correa, quedaran firmes y no fueran a formar un galimatías al ser abierta nuevamente. Allá a Caldas me fui a buscarlo. Debía solucionar algunas dudas.
Llegué a la terminal de transportes y pregunté por el próximo bus que partiera para Manizales. Entre los aproximadamente cuatrocientos mil habitantes seguro debería haber alguien, alguna señora o algún señor, que me pudiera dar datos sobre él. Mi plan consistía en llegar y coger un taxi a la plaza principal, lugar donde confluyen el empresario, el embolador de zapatos, el muchacho que vende mangos y la lotera. Ahí alguien me podría dar razón. Estaba seguro de ello.
Quería llegar ya, y en el trayecto durante el que surqué la cordillera, con un clima que me huele a ancestros y que es apacible al vivirlo, pensaba qué sería de la vida de este señor. Al pensar en una palabra para describirlo, caigo en cuenta de que cualquiera se queda corta. Él no era solamente algo, él podía ser lo que quisiera: cronista, periodista, escritor de prosa y humorista. Claro, también su condición de poeta debía ser agregada en su hoja de vida.
A medida que iba llegando al destino final, a la Ciudad de las puertas abiertas, saqué un libro de un maletín de mano que llevaba en mi regazo. Esculcando entre audífonos, revistas, lapiceros y otros libros, lo hallé al cabo de unos segundos. El libro que saqué de mi maletín me fue enviado vía correo aéreo por una amiga, María Luz: un volumen inédito de “Charlas tomo II”, escrito por un señor llamado Roberto Londoño Villegas, popularmente conocido como Luis Donoso. Era a él a quien iba a buscar. Debía lograr mi cometido.
Curvas en terrenos empinados era lo que había, era el escenario que el bus me estaba mostrando en ese momento. A veces miraba la ventana y a veces leía apartes del libro.
En especial lo abrí en la página dedicada a un personaje que habita estas tierras: el escrito tenía por nombre “La apología del paisa”. Lo volví a leer y fue inevitable que, en medio de este contexto de curvas y algo de mareo y cansancio, se dibujara en mí rostro una leve sonrisa. 
“Dentro de una terrígena ufanía no hay racial atributo que no quepa o que pugne a su recia anatomía, pues en el paisa de sonora cepa se confunden en plena trilogía,la mazamorra, el fríjol y la arepa”.
Al leer esto, aparte de la inevitabilidad en la risa, fue sumada la inevitabilidad en el antojo de degustar así fuera uno de los manjares descritos en la trilogía. Veía venir un suculento plato para saciar mi hambre. Ojalá. En algún momento debería llegar.
Todo viaje por tortuoso y eterno llega siempre a su fin. Abrí mis ojos luego de un fugaz estado de duermevela y por fin vi la ciudad, claro que sí, con sus puertas abiertas.
Me acomodé, verifiqué que estuviera todo en su lugar, el dinero, el teléfono celular y demás artículos necesarios, esperé que todos se fueran bajando, y en unos cuantos minutos estaba finalmente abajo, ya no en el bus sino percibiendo el aroma de Manizales con toda su quietud.
Efectivamente cogí un taxi y llegué a la plaza central. Es importante recalcar que sacié mis antojos no solo con un miembro de esa trilogía gastronómica, sino con los tres. Quería averiguar sobre él, sobre el talentoso Luis Donoso, hacedor de versos locuaces, como el que transcribí anteriormente; hacedor de escritos sobre la vida diaria, sobre las sonsacadoras de sirvientas, sobre los que se ufanan sin razón tendiendo a ser ya charlatanes, sobre las señoras chismosas, sobre los amantes de agraria anatomía, sobre las esquelas y sobre los mostachos, por poner tan solo unos cuantos ejemplos.
Luego de varios intentos fallidos en la consecución de la información, di con alguien que se acordaba de él. Esta persona a quien me encontré en medio de la plaza me suministró muchos datos sobre su vida, sus hábitos, sus estudios, muchas fechas y muchos elementos biográficos. Quería conocer más de él y me di cuenta que no era necesario.
Luis Donoso murió hace poco más de cincuenta años y es considerado una pluma mágica con un ingenio desbordante. Existen algunos libros escritos por él, por ahí se pueden encontrar si bien se hace la labor de preguntar. Al ella decirme tanta cifra y especificación, se me vino a la mente la conclusión de lo que venía a hacer a esta ciudad, lo que pude concluir luego de la reflexión en el viaje.
Pude darme cuenta que ya no hacía falta datos, no me importa dónde haya estudiado.
En sus versos y poemas está todo lo necesario para conocerlo, para conocer a alguien, ahí es donde se plasman sus pesares, sus goces, sus ganas de expresar, mis ganas de expresar. Sentí que ya lo conocía, que el viaje fue algo hermoso turísticamente hablando pero el propósito de buscarle a él ya había sido cumplido. A él ya lo conocía hace rato, para mí sigue vivo. Que siga descansando en paz y que nos siga molestando a nosotros con sus letras y su ingenio.
Luego me devolví, muy tranquilo. Lo había saludado, dejaba una ciudad pequeña a mis espaldas. Me fui quedando dormido lentamente mientras leía otro pequeño verso.
Había saludado a don Luis Donoso. Sonreí.

lunes, 28 de julio de 2014

Haciendo fila

Llegué hace pocos días a un almacén en búsqueda de un producto; al pararme ahí y analizar, vi un grupo de gente que se aglutinaba, algunos tranquilos y otros impacientes. Siendo así me hice al final. A los pocos segundos veo a alguien detrás de mí, y caigo en cuenta de que soy partícipe de un fenómeno de la modernidad, soy miembro de un grupo efímero que espera un servicio o un producto: es decir, estoy en una fila.

Miré en retrospectiva lo vivido y pensaba en cuántas filas ha hecho uno en toda su existencia. Pero antes de recordarlo oigo a la persona de atrás que me comenta, a manera de complicidad y de crítica, sobre qué tan malo es este servicio, cómo es que uno se presta para ello y cómo es posible rebajarse de tal manera; me dice también que ojalá no llueva y ojalá el sol, aquí en este clima impredecible, no vaya a estar tan bravo y que no nos vaya a quemar con sus rayos en estos minutos de espera. –Claro, señor, tiene toda la razón, ojalá no vaya a llover, sí, está complicado esto, claro, hay que tener paciencia-. El tiempo transcurría y hablar era inevitable. ¿Qué sería de las conversaciones en las filas si no existiera la posibilidad de hablar del clima?

Vuelvo a lo que pensaba, y rememoro las filas y su historia en mi vida. Llegué a la conclusión de que hay dos clases de filas: las obligatorias y las voluntarias, así como en los fondos de pensiones. Vamos con las obligatorias.

Cambiar un cheque en el banco de mi ciudad un fin de mes, pagar un servicio en la fila especial del supermercado un domingo por la noche, cambiar de plan de celular siendo yo el titular y sin posibilidad de delegar dicha labor a alguien más, pedir la visa pegándome la madrugada del siglo, matricularme en la universidad. Todas estas son obligatorias. Vueltas necesarias de la vida, con más demandantes que oferentes. Las filas están ahí y las define un sabio de los crucigramas como la medida más exacta de ineficiencia. Estas hacen parte de trámites adultos, de trámites contemporáneos y de trámites de adultos contemporáneos. La característica más importante de las obligatorias es que no generan polémica: nadie dirá que tan ridículos estos personajes haciendo fila para refrendar una cédula, o algo así.

Vamos ahora con las voluntarias. En este término y definición, si nos vamos al purismo, diríamos que todas lo son, nadie nos obliga a hacerlas; Pero con las obligatorias ocurre que, nada qué hacer, son vueltas y si no las hacemos no podemos acceder a los servicios del Estado y demás. Las voluntarias sí las hacemos porque queremos, porque queremos estar ahí de primeros, o de primeras, y porque tememos que alguien nos arrebate la experiencia primero.

Así que, entrando en este amplio conjunto, vemos que hay filas para entrar a un concierto, con toda la emoción que ello implica y para el que podrían ser hasta necesarias, ya que le agrega algo de expectativas y dificultad al objetivo final: ver al grupo musical que hace palpitar nuestros corazones.

Estas filas las vemos en todos los países, no solamente aquí en Colombia. El qué tan absurdo o innecesario sea hacerlas dependerá solamente del criterio de cada cuál. En otros países el día del estreno de alguna película muy exitosa, pongamos el ejemplo de Los Vengadores, hace que hasta el más clásico de los fans se anime a fabricarse un vestido para sí, relativo a los superhéroes en mención, que por lo menos lleve el martillo de Thor, y siendo así, con cascos y vestidos brillantes van y hacen fila por varias horas, algunos madrugan a su teatro de confianza y esperan. En otros países, repito, es algo normal. Hace pocos años intenté recrear el frenesí de estreno cinematográfico yendo a ver los Pitufos con mi hija y mi papá, pintados todos de azul. Los resultados fueron diferentes: acá, más que ímpetu, suscitamos carcajadas. Son formas de ver las cosas (o de ver las películas, más bien).

Otra fila memorable: la que se forma en la entrada de algunos restaurantes. Debo sacar de plano los días de la madre o del Amor y Amistad, fechas para las cuales no hay nada qué hacer, hay fila en todo lado, ahí sí no hay teoría que valga. En algunos restaurantes, cuya calidad no pongo en duda y que son deliciosos, la gente decide agolparse, esperar con la saliva saliendo poco a poco, con calor o con frío, con niños ya altivos y padres que ven en cualquier bobada el detonante de una guerra mundial. Lo paradójico es que puede haber sitios abiertos con no tanta gente a metros de distancia. Pero la gente decide ir al sitio lleno en comensales, en vez de ir al lado. Pasa siempre. Aquí nos vamos dando cuenta que las filas voluntarias generan polémicas, porque son subjetivas.

Una razón es la fanaticada por algún grupo musical o una película, otra es las ganas de comer rico. Pero va otra razón para hacer el aglutinamiento, una que no logro comprender del todo, y es la referente a los lanzamientos de adminículos portátiles. Supongamos que van a lanzar un nuevo teléfono celular, versión 13.1.3, que viene con actualizaciones y mejoras, es un poco más pequeño que el 13.1.2 y gasta menos pila que el 13.1.1. Es el acabose, la gente llega como si el mundo fuera a explotar al otro día (bueno, ahí entrarían los Vengadores, no me preocupo) y quieren comprarlo a primera hora, es imprescindible, no da espera. Como digo, son filas, todas respetables, a veces inentendibles. Inentendibles para mí, entendibles para otros.

Siempre preferiré las filas de personas a las de carros, y para aplacarlas siempre hay métodos: un dispositivo con buena música (para el que no es necesario madrugar para tenerlo de primero, tranquilos), un buen libro o una buena revista. Lo visual y lo audible, armas que morigeran todo sentimiento negativo.

Lo polémico que sea ver gente haciendo fila para comprar un café espresso o un capuchino, habiendo otras opciones nacionales, no va más allá de la curiosidad y el gusto del ser humano por algo.  En todo caso ese producto o servicio tan esperado, bien sea una hamburguesa, un crepe, una sopa o un café ristretto, generará algún tipo de placer, y eso está bien.


Así como dicen que lo peor de la rosca es no estar en ella, también lo peor de una fila es estar en ella. Por lo tanto, si no están ahí y ven el toro desde la barrera, es entonces aconsejable permitir, y más que eso tolerar, que cada quien haga la fila que quiera hacer. Disfrazados de pitufos, o como sea.

jueves, 2 de enero de 2014

Blue Veronica

Era un momento en el que ya no importaban los lujos, ya toda la pomposidad vivida en otras épocas pasaba a un segundo plano. En ese momento quedaban solamente los recuerdos, de una fama que fue enorme, de un reconocimiento en la calle que crecientemente es satisfactorio hasta que en cierto punto, como en las gráficas matemáticas, se logra el máximo y de ahí en adelante va decayendo. Una fama excesiva que hizo que lo otrora construido empezara a ser derrumbado. En ese momento murió, ya nada importaba.

Nació en 1922 y murió en 1973. Fue una actriz famosa. Veronica Lake. Conocerla en un filme viejo y en recortes de revistas fue mi placer. Y precisamente esa fama que se desvanece, y ahora no es tan palpable, debido a que no es tan ícono del glamur como otras, precisamente por no haber sido un ejemplo de vida y haber vivido una ruleta rusa, me motivó a investigar más. A ver qué enigma guarda ella en sus ojos. Las pesquisas siguieron, el computador y el acceso a redes sin duda sirve como ayudante incondicional. Veo fotos de ella. Me embebo en su belleza y me compadezco por su tristeza.

Mujer neoyorquina que tuvo un pasado triste y, como la mayoría de eventos en la existencia, recibió un toque en la espalda de parte de la Suerte, un toque que se pudo aprovechar, o también se pudo desaprovechar, no sé. Pero el hecho es que se pudo vivir.

No hay una cabellera más perfecta que la que ella tuvo la oportunidad de lucir frente a fotógrafos, frente a ese lente que dejó inmutable esa expresión. Actuó en más de veinte películas, personificando varias facetas. Y si miramos la superficie podemos creer al verla en revistas de moda, que su talante daba para aparentar perfección. Nada más falso. Le diagnosticaron esquizofrenia. Esa hermosa cabellera, absolutamente rubia, con sus bucles, sus tirabuzones y su peinado de lado cubriendo un ojo (expresión capilar que sería emulada años después) colindaba con un cerebro que, angustioso, clamaba paz y sufría.

Mientras la fama desfilaba en la alfombra roja, el cerebro estaba encerrado en un cuarto, sin ganas de salir, sin ganas de ver a nadie. Esas son las cosas. Este equilibrio no podría permanecer por siempre, esta dualidad, este esquema bitono cuerpo-alma algún día tendría que halar para algún extremo, para la oscuridad o para la luz.

Como se puede prever, la historia se encarga de darnos la respuesta. Murió alcoholizada. No hubo un cabello más perfecto, no hubo mejor mezcla de rudeza, ternura y femineidad. Y no la hay.

Esta dualidad entre el día y la noche, entre el infierno y el cielo, entre la fama y el desprestigio lo palpé también en una historia de cine cuya protagonista, Jasmine, vivió como una reina y terminó como una cenicienta.

Blue Jasmine, juego de palabras basado en una hermosa canción de jazz, blue moon, y la protagonista, Jasmine. Ella vivió un esplendor de vida entre la más exigente élite de Estados Unidos, viajando por las mejores costas, vistiendo los mejores trajes. Zapatos Jimmy Choo usaba para asistir a un sinnúmero de eventos. No tenía necesidad de pensar en nada, la vida le sonreía, puesto que tenía un esposo aparentemente honesto que impulsaba ardides y estafas y que luego terminó dando fin a su vida de manera voluntaria.

Al ver ella derrumbarse y reconstruirse todo su mundo, y al ver aparecer los estragos, las cuentas de cobro y la vida que se presentaba con muchos amigos y que terminó teniendo solo una hermana como apoyo, ahí aterrizó, ahí la curva que iba en ascendente tuvo su punto de inflexión y cambió su pendiente hacia la baja. Como Veronica, actriz del séptimo arte, como Jasmine, personaje del  séptimo arte. Todo dio un vuelco y cambió, esta vez para mal.

Es increíble haberla conocido y con poca diferencia de días haber también visto la película, con contextos diferentes pero con características similares. Todo lo que uno capta es una ficha de un rompecabezas que de uno dependerá cómo quiere armar. Ahí quedaron estas dos vivencias. En su declive, cuentan las anécdotas que andaba Veronica trabajando de mesera en un restaurante, puesto que no tenía de otra y necesitaba el dinero; se le acercó alguien que la conocía, la saludó, e inmediatamente ella dijo que no trabajaba ahí, que era una cliente y se sentó en una mesa aleatoriamente, con su ropa astrosa y su alma pordebajeada. Supongo yo que fue despedida.

También en la película Blue Jasmine, hay una escena conmovedora en la que ella conoce al hombre de sus sueños, ya habiendo enviudado, ya habiendo dejado todo atrás. Al él preguntarle qué era de su vida, armó una historia en cuestión de segundos, y a medida que más mentiras echaba al caldo de su ficción, más se enaltecía, más se emocionaba. Pero ya sabemos que esto no puede durar, todo se devela en algún momento.


Son estas dos personas, una real y la otra virtual, ambas aferradas al pasado pero peleando con él, no dejándolo ir. Su collar drapeado de rubíes reposa en la estantería, presto a ser usado y a seguir recreando algo que no existe. A Jasmine le tocó bajar la cabeza y aceptar la realidad. A Veronica el rostro le cambió muy rápidamente; ya no era la musa de aquella época dorada. Todos cambiamos, eso es cierto e inexorable, pero ella lo hizo a una mayor velocidad. Se la llevó el viento, ese mismo viento que le derrumbó el castillo de naipes a Jasmine. La realidad.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Ella adaptándose

Esta señora está totalmente conectada con el mundo. En cincuenta años ocurren muchas cosas que, si bien representan bastante tiempo, mirándolo como un todo tiene mayor relevancia en esta actualidad, en esta modernidad relativa, en la que todo es más rápido y donde los avances se ven más latentes.

Ella era una niña en el año 1960, fue criada con música de Gigliola Cinquetti, vivía en una ciudad pequeña, no existía la televisión, o más bien apenas hacía su entrada en el mundo del entretenimiento personal y familiar. Eran tiempos de calma, para algunos los mejores, para otros los peores, pero no hay modo de comparar.

Antes había más sosiego pero menos analgésicos, más expectativas de ver paisajes pero menos expectativa de vida, menos tecnología pero menos viajes. Viajar a Europa era solo para algunos, las trochas hacia las fincas significaban humo y mareos, pero las flores de los parques circundantes expedían olores y fragancias incitadores a la sensualidad. Humanidad de contrastes.

En todo este entorno, en el pasado, ella creció. A veces en su colegio femenino se escapaban a ver la novela de moda, en esa televisión traída a su ciudad pocos meses atrás, y abrumada por la tecnología se disponía, junto con sus hermanas, a ver tal historia de amor, engaños y traiciones. Como todas las telenovelas, como siempre ha sido. Al acabarse el segmento de entretenimiento volvían al colegio, a veces siendo descubiertas, a veces no, y continuaba sus labores escolares, en una academia marcada por el rigor, la disciplina y el miedo.

El tiempo va pasando y tal niña ya no es una niña. Sigue el teléfono fijo, adalid de amores e ilusiones juveniles, la espera eterna a que el hombre de sus sueños la llame y la invite a salir, claro está, con la aceptación de la familia, para evitar hacerlo a escondidas. Están las fiestas, el rock and roll, está Jeanette en su máximo apogeo y están las ilusiones sobre qué vendrá y cuántos hijos tendrá, si el amor tocará a su puerta o si simplemente dará una vuelta cercana y se devolverá.

Son ilusiones que existen siempre. La televisión ya deja de ser una retahíla de imágenes, unas novelescas y otras educativas básicas, para convertirse en un ente a color, un aparato que traería conciertos, películas, información de otro mundo, para empezar a abrir los horizontes y darse cuenta que no estamos viendo solamente algo irreal: allá afuera, cruzando el mar, ocurren cosas, hay otras culturas, hay otros pensamientos y otras tendencias. La actualización la hace el ser humano, ya sería impensable volver a ver algo a blanco y negro. El color habría llegado para quedarse.

En su ciudad, pequeña y a veces monótona, los cambios se dan a flor de piel en vestuarios, peinados y zapatos. Vienen los setentas, los ochentas, músicas cambiantes, revolución sexual, píldoras, Beatles, Stones, San Remo y el alma define los perfiles. Le gusta esto, le disgusta aquello, así como su hermana puede preferir lo contrario, sus otras hermanas pueden aparentar indiferencia y así sucesivamente con amigas, compañeras y vecinas. El alma vuela junto con el cuerpo, nacen hijos, el paso es más lento, cambian las prioridades, hay que trabajar, hay que inmiscuirse en un horario para tener salud y en los ratos libres puede pintar, dejando flotar su imaginación en un campo de nubes.

Mientras todo esto pasa la tecnología avanza. Aparecen los teléfonos en los carros -gran lujo e innovación- y aparecen los celulares. Gigantes con juegos básicos, con la posibilidad de hablarle a alguien estando de compras en un supermercado y con la posibilidad de mandar un mensaje de texto desde la fila de un banco. Llaman, es la modernidad. Sería impensable ahora depender solamente de un teléfono fijo habiendo un grupo de creativos diseñado algo tan práctico.

Esta señora de quien les hablo mira su dispositivo ahora. Sigue siendo portátil pero ahora es a color, es liviano, tiene fotos instantáneas, con flash o sin flash, con efectos especiales de filtros o planas en efectos. O incluso en blanco y negro. Lo antes impensable vuelve a ser pensable, incluso añora las fotos con estas características aduciendo un mayor romanticismo y nostalgia evocadora.

La foto podrá ser compartida, mientras bajo un sistema de mensajería instantánea manda una cara de insatisfacción por algún hecho desagradable a alguna amiga suya que está pasando ese océano, en un lugar que la  televisión mostraba lejano hace varios años. La adaptación se hace y a veces no se percata de ello. A veces en reuniones familiares sí lo hace e insta a sus allegados a recordar los momentos en los que no había nada de estas facilidades instantáneas, tecnológicas y comunicativas.

Así pasan los años, y ella se adapta. Pone un like a alguna foto de su cantante favorito, trina sobre lo que no le gusta del político de moda, pone una foto de su postre, con filtros claro está, en otra de las tantas redes sociales. Su mente está clara, su aprendizaje va de la mano con el floreciente desarrollo. Así vamos todos, corriendo detrás o al lado de tantas posibilidades que tenemos de comunicarnos.


Incluso esta señora, en momentos de máxima erudición con las redes sociales, en momentos máximos de elaboración de multitareas, teniendo a sus espaldas todas las herramientas, le pone like a un video de los años 60 de Gigliola Cinquetti en blanco y negro, extraído pocas semanas antes de la televisión que ella vio nacer en su ciudad natal. Junto a su nieta que ahora la mira.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Tránsito hacia la familia

El aeropuerto es un sitio donde se juntan varias historias siempre, y con más ahínco ahora en el ocaso, en el ocaso de este año que cierra su existencia sacando su último cartucho que le queda: la navidad. Es imposible no mencionarla, quedarse indiferente ante la movilización de tropas de niños, de jóvenes y de adultos hacia sus tierras, hacia sus orígenes. Es esta época necesaria y vital para el regocijo.

Todo en la vida tiene su función. Los cumpleaños motivan a felicitar al agasajado, a proporcionarle una corta visita, a regalarle un pendiente o una torta, cosa que no ocurriría si tal fecha en la que Dios lo trajo al mundo no fuera celebrada. Por muy breve que sea el trino o el abrazo, queda un sentimiento de gratificación. Estas efemérides sirven. Y esta otra efemérides, la Navidad, bien sea que alguien la vea desde el punto de vista religioso o que la vean desde el punto de vista familiar, o simplemente desde la óptica del descanso merecido y las fiestas, desde cualquier punto de vista es válida su celebración. Es una oda a la familia y a los amigos. Es libar una copa por ver a los padres, a los abuelos, a los amigos. Es partir una torta por los que ya no están. Es dejar que un niño lea la novena con términos ininteligibles. Pero para esto se necesita infraestructura.

En qué epicentro ocurre ésta? En un aeropuerto. Recuerdo la película Love Actually, que de hecho cumplió diez años hace poco. Ellas, como seres que son, celebran también su existencia. En esta película inglesa a más no poder, como les digo, muestran diversas parejas despidiéndose, riendo, saludándose, llorando, angustiadas, ansiosas, felices, mirando el reloj, esperando la vida, esperando el amor, a cámaras rápidas y a cámaras lentas. Y todo lo filman en Heathrow, aeropuerto de Londres.

Pero en cualquier parte lo podemos palpar. Ver al joven con un morral gigantesco en sus espaldas despedirse de sus padres, en búsqueda de la educación internacional con miles de sueños en sus bolsillos mientras ellos se quedan aquí, añorándolo pero sabiendo que es lo mejor para su futuro. El tercer llamado de una voz distante exhorta a su separación y a que pase a la siguiente sala. Adiós, queda el momento, las lágrimas en los ojos, quedó congelado el presente para ir a buscar algo más.

Quedan los padres abrazados, tristes y con el esplín a flor de piel, mientras que a dos metros una pareja espera a su niña, seis años menor que el que acaba de marcharse. Es su niña que llega de intercambio. Están las alegrías, la semiología colombiana, el recibimiento, alguna muestra de folklore, de esa idiosincrasia tan propia que sale por nuestros poros. La alegría del reencuentro convive con la amargura de la separación.

Sueños frustrados y sueños nacientes. La juventud y la vejez. Uno que otro crimen estará siendo detectado en este instante en tal recinto. Alguien también con sueños pero con contextos diferentes de engaño, ignorancia y ambición. Todo ocurre allí.

Vienen las filas del chequeo rutinario, la sala de espera, a veces atestada y a veces vacía, el cómodo salón VIP, el tinto, los dulces, a unos metros un hombre vocifera vituperios al enterarse que perdió el vuelo por alguna razón de índole citadina, un niño llora cansado por un retraso, una mujer cuenta las horas para ir a ver a su amado príncipe gallardo en otro país, otro muchacho de gafas oscuras y traje elegante espera con una maleta de mano abordar para asistir a una reunión fugaz de trabajo.

Cada humano cuenta y transmite su historia, mientras unos almuerzan y otros consultan información, a veces profunda y a veces banal en sus dispositivos portátiles.

La vida transcurre así, en la espera a ser trasladados, en la espera de ir a otra ciudad que, por cosas del destino y arbitrariamente, no es propia o sí lo es, es la de otros o es la de todos. Con todas las afugias, los estruendos, los afanes y lo inefablemente rutinario, se forjan las actividades, se cierran negocios, se cierran romances y se abren amistades.

Nuestra sociedad es de núcleos y de colmenas: terminales, centros comerciales, estaciones terrestres, colegios, buses y estaciones aéreas. Aquí estamos y el tercer llamado obliga a ingresar al avión. Unos volverán, otros no, es el símil con la vida misma, esa vida que transcurre entre encuentros, besos, peleas y satisfacciones. No podría ser de otra manera.

Bien lo dice una canción: Life’s a journey, not a destination. La vida es un viaje, no un destino. El mismo proceso de ir es la muestra de que vivimos. Y más ahora en Navidad, donde siempre habrá alguien que nos espera y a quien esperamos. Regalos de efemérides manifestados en presencia y calor humano.


Buen viaje en la vida y Feliz Navidad para todos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Las pegas

Existe en el ser humano siempre una completa añoranza hacia los hechos, modas, artefactos y usanzas de épocas pasadas. Estamos en una época en la que todo ocurre rápido, hacemos cada vez más actividades y podemos comunicarnos más fácilmente con todos. Pero no quiero escribir sobre eso, ni sobre qué tan bueno o malo era el pasado, o sobre qué tan bueno o malo será el futuro. De hecho el pilar fundamental de estas divagaciones no se centrará en aspectos generales de tiempos y nostalgias.

No. Si acaso les haré emitir un suspiro o una sonrisa hacia una actividad que es imposible de hacer en el presente. Ya no existe Studio 54 ni Alelusis, no hay casi vinilos, o lo que es lo mismo, no hay casi acetatos, no hay casetes y el teléfono fijo es cada vez más avanzado aun existiendo el celular, incorpora timbres digitales, mayor alcance en ondas y mayor calidad en sonido. Aparte de estas características tecnológicas que nos llevan cogidos de la mano hacia la modernidad relativa, término tan usado en escrituras actuales, existe una función que mató toda clase de posibilidad de reírnos, mató toda clase de imaginación en historias inimaginables, mató la imitación de voces entre usuarios. Es el identificador de llamadas. Muchacho antipático, función moderna que decodifica la onda y nos sopla en el oído –y también en la pantalla- de qué código de números proviene la voz del prójimo que se digna a hablarnos.

Mató una fuente de risotadas estentóreas, unas inofensivas y otras no tanto. El identificador de llamadas acabó con las pegas. O bromas en su acepción más general.

En las épocas universitarias, saliendo del alma máter, en las que se gestaban reuniones donde amigos de la infancia o también donde amigos emergentes propios de dicha época, luego de cierta elevación y ataques de cordura –y también de locura- surgía una idea luego de ya haber departido un rato, luego de haber oído canciones espectaculares de moda y luego de haber comido algunos snacks. Alguien en medio de la nada, con el calor propio de la ciudad en la que se gestaban dichos encuentros y tales estudios, de un momento a otro tendría la iluminación en su  cerebro y transmitiría dicho arranque a sus coetáneos: Hagamos una pega!!

Luego de un silencio corto, no quedaba nada más que imaginarse la actitud y la incomodidad de la otra contraparte al recibir a altas horas de la madrugada una llamada fría, antipática o incluso risueña. No se sabría dilucidar qué era peor. Luego del silencio que les cuento, vendría una risa, vendría la adrenalina secretada –y también secreta- al tomar una decisión sublime y esencial para ese entonces. La decisión de quién sería el soldado, quién sería el gallardo príncipe que sería capaz de portar la bandera, de conducir el ejército y de tomar la vocería. Quién sería el duro que tendría la capacidad de hablar, de prestar su voz para tal peligrosa y divertida empresa.

Después vendría otra pregunta. A quién llamamos? Debería ser a alguien no tan común, no tan familiar, que no los conociese tanto. Sigue la adrenalina. Surge una lista de innumerables candidatos, entre machos y féminas, entre familiares y vecinos, entre profesores y conocidos. El cónclave empieza a deliberar y surge un elegido. Después de miradas nerviosas y expectantes, a las tres de la mañana, ambiente tenso, silencio absoluto, tal vez a la distancia suena una moto acelerada a varias revoluciones, tal vez suene un eurodance a muy bajo volumen, tal vez suene un estornudo. Tal vez la persona responda el repiquete del teléfono.

Ring……..ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. Después de unos cuantos repiquetes la voz perezosa, un tanto cansada y un tanto angustiada, contesta. Un poco aterrada, es madrugada, quién puede estar necesitando algún favor, algún recado, algunas palabras a esa hora? Esto es extraño, ojalá no sea una calamidad, qué puede ser?

Al cabo de unos segundos existen dos opciones.  Primero, las ofensivas, que consistían en groserías, ajo y picante, claro está, enfundados en una voz distorsionada por la manga de un saco; y segundo, las jocosas, que simplemente implicaban la imitación de alguna voz de un personaje famoso, de un exnovio de la afectada o de algún compañero peculiar que incitara burlas. Todo esto se daba con una mano que tapa la bocina, mientras todos morían de la risa y mostraban rostros rubicundos.

Sigue el jaleo, sigue la faena, y el interpelado se empezará a dar cuenta que esa voz, esa risa, ese acento, o hasta alguna interferencia característica del teléfono solo puede corresponder a………Cuelgan el teléfono.

Vienen las risas después de colgar. Viene la celebración, en la que se ha logrado el objetivo propuesto, y todo es un mar de satisfacciones. Pero el mayor placer podría llegar al otro día, o dentro de dos meses, o incluso al cabo de un par de años. Si tal vez se encuentran en un evento de reunión de amigos del colegio, o por casualidad se toparan con alguien, podría ser que la otra persona dijera: -no, yo recuerdo la otra vez que alguien llamo a mi teléfono a las tres de la mañana a insultarme, no podía creer, quedé desvelada, es el colmo que me falten de esta forma al respeto-. –Tienes toda la razón, es el colmo- fue la respuesta que el interpelado aducía.

Y siguieron las bromas. Las pegas. Hay otras, que hacen parte del género de los clásicos, como llamar a preguntar si alguien lava ahí su ropa. Este, debido a su simplicidad, se da para que sea realizado por niños pequeños. Hay otros delatores, en los que se da un mensaje clave respecto a algún evento, por ejemplo alguna fiesta sorpresa o alguna serenata de perdón sin ser anunciada.


Son las pegas. Son como la juventud y como la niñez: quedaron en el pasado, en los recuerdos y en la certeza de lo imposible de su retorno. Pero también causarán risa siempre al recordarlas con los amigos, y seguro también causarán risa en víctimas y victimarios. Risa de satisfacción y alivio porque están seguros que nunca volverán a ser despertados, en pleno sueño delicioso, por algún cantaor anónimo de flamenco embebido en licor cantándole la tabla, o por algún payaso trasnochado con voz opaca gritando a los cuatro vientos un sinnúmero de sandeces y denuestos. Puedo descansar, y puede descansar Usted. Felices sueños, el identificador nos protege.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Llegando ( 3er capítulo )

En su maleta, Osías alistó ropa para cinco días. Sin saber qué clima podría haber en el paraje final, o sea la residencia de Laura, él fue precavido y llevó una tricota de lana de vicuña, perfecto escampadero para algún posible frío atroz. Sin embargo, llevó camisetas y pantalones cortos por si hacía calor. Naturalmente, llevaría su traje marrón cruzado, el traje que fue testigo del primer encuentro, ese encuentro que produjo chispas mesmerizantes de un enamoramiento inevitable e inatajable. Todo quedó empacado en una maleta pequeña de cuero.

La ansiedad y el imaginar a su amada producen palpitaciones rápidas; debe ser por eso que siempre al hablar de amor se habla del corazón. En ese órgano se metaboliza el sentimiento. Cada vez menos tiempo, cada vez menos distancia.

La década de los cuarenta. Él viviendo su modernidad relativa. Era su contexto, era su juventud. Ella allá en su tierra natal, sin imaginar siquiera la posibilidad de un reencuentro; y el destino nada más sonriendo al ver a estos dos seres. El bus Kenworth modelo 1933 surcaba las carreteras, algunas a medio pavimentar, otras empedradas, a veces bajo un sol refulgente y enceguecedor y  a veces bajo una lluvia pulsante. Pero todo es ganancia, cada minuto es un avance, a cada hora de estos tres días de viaje lo sublime se iba volviendo aterrizado, lo virtual se iba haciendo real.

Qué más queda yendo de pasajero en un bus lento, sin ninguna distracción, sin radio y sin la posibilidad de leer algún pasquín debido a la vibración incesante en el asiento?. Era imposible entretener la vista ya que el mareo sería insoportable, la retina inmediatamente se desprendería. Cuando no hay posibilidad de entretener la vista, hay que entretener la mente; divagar es la opción y qué mejor forma de hacerlo que pensando en el futuro, haciendo planes y elaborando conceptos.

Mientras llovía a cántaros en una recta de clima tropical húmedo, Osías empezó a imaginarse el futuro con ella, de una manera fugaz, tan fugaz como él quería. En ese futuro virtual él la besaba: juntaba su boca con la de ella, cerraba los ojos pero no del todo, cosa que levemente pudiera ver el rostro de Laura acercándosele, abriendo la boca poco a poco, girándose 45 grados para lograr la perfecta sincronía entre los labios; y al producirse el primer toque vendrían los cómplices: el paladar, los dientes y la lengua, transmitiendo endorfinas y demás sustancias que producen tanto placer.

Era ese beso virtual el objetivo, era oler su fragancia a Chanel número cinco. Era ver sus bucles, probablemente ahora igual de rubios pero más largos. Había un hijo en los planes, había madurez, había una hamaca, siempre un futuro forjado en pareja, ni más del lado masculino ni más del lado femenino. Ahí se plasmaba algo típico: el hijo hombre que él siempre había querido tener; un niño con rostro oval, cejas pobladas, con similar nombre al ficticio padre, merodeaba esas divagaciones con un pantalón corto, una camiseta de rayas y unas botas de cuero negras.

Ella, Laura, ahí estaba en ese universo, estarían tomándose fotos en la piscina municipal, ella con trajes de baño conservadores, enteros y sin ninguna curvatura sinuosa e insinuante, adornando su cabello y protegiendo su dermis con una pava azul tenue aguamarina.

Todo esto era el futuro. Con una aparición desordenada de diapositivas, pero cuando los componentes son agradables, ese desorden no existe, no es tal.  Más bien se vuelve variedad.

Entre juego y juego el bus se detuvo. Una patrulla de policías, compuesta de seis hombres fornidos y bastante imperturbables, estaba en pleno inicio del puente limítrofe entre el país de él y el país de ella. De manera amable solicitaron a la gente bajarse del vehículo, mientras preguntaban de dónde venían y hacia dónde iban. En plena exploración de los bártulos y de la ropa, saludaron a Osías. Él explicó que nunca había entrado al país, que era su primera vez, que el amor tocaba su puerta por primera vez y debía abrirle. El policía no podía decirle nada más. –Bienvenido, sea bienvenido el amor- le dijo.

Después de una hora, el bus arrancó. Son procedimientos habituales entre naciones. Si antes dicho encuentro estaba avalado por el destino y por Dios, ahora estaba legalizado y plenamente formalizado. Hay vía libre para ir a visitar a Laura. Cuando los eventos dejan de estar en lontananza y pasan a ser contados regresivamente, es como cuando se va a entrar en la ducha y se siente el salpicar de las gotas a unos centímetros. Prácticamente está inmerso en el evento. Faltarían cuatro horas, aparentemente de más lluvias incesantes y andinas.

Pudo dormir durante ese lapso. Al llegar toda la gente al destino final, una ciudad pequeña donde nunca pasa nada, con su gente aburguesada, si hubiera en ese instante un periodista él podría aducir que todos estaban demacrados, hambrientos y harapientos por el extenuante trayecto. Y de hecho así era, solo había un personaje que casi podría relucir entre todos, dibujando en sus labios delgados una sonrisa que muestra en sus ingredientes cincuenta por ciento satisfacción y cincuenta por ciento nerviosismo. Todos agradecidos con el chofer. Maletas en buen estado. Podían desocupar el vehículo. El viaje llegó a su fin.

Tres de la tarde en punto. La hora nona, dirían algunos. La hora en la que el sol muere y se larga la lluvia, dirían otros. Era la hora en la que, en esa pequeña ciudad, cambiaba el clima. Estaba Osías cogiendo un pequeño transporte que lo llevaría a la vivienda de la damisela en cuestión. Era una casa colonial, insertada en una pequeña cuesta, muy blanca y con un alféizar hermoso.

Hay que dejar el nerviosismo, hay que actuar. Al tocar el aldabón, a los treinta segundos, abrió una señora, aproximadamente cinco años mayor a Laura. Era la hermana. Al verlo con su atuendo recién puesto, de color marrón, sus zapatos usados con tesón pero con cuidado, su sombrero que ocultaba el flequillo y su maleta, no podía más que hacerle una venía y decirle que debía esperar unos minutos. Minutos que para él fueron eternidad, minutos de ahogo, sudor pero al final, minutos que serían recordados por siempre.


Al cabo de ese periodo de espera solicitado, abrió la puerta Laura.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La sociedad capicúa

Existe una tribu que nos pisa los talones todos los días, es una legión secreta de gente normal y convencional, como todos. Es una secta que cohabita con nosotros  sin ni siquiera poder percibirlo. Puede ser su vecino, su esposa, o su mejor amigo. No existen registros en ninguna página de internet ni buscador. Al poner el nombre del club, un nombre que pude oír por ahí confidencialmente, no sale nada en los motores de búsqueda. El resultado es cero. Toda esta imposibilidad en la búsqueda de información hace las cosas incluso más engorrosas y más insondables de averiguar.

Tal y como la sociedad Juliette: ésta es una sociedad en la que personas de las más altas esferas satisfacen sus gustos sicalípticos y libidinosos entre sí, a unos niveles elevadísimos de pasión, música y desenfreno. Es una sociedad secreta, no sé si en la ficción o en la realidad, ya que si uno no la conoce en últimas da lo mismo, y se llegaba a ella por medio de alguna invitación, por medio de laberintos infestados de música gabber a niveles insoportablemente trepidantes y galopantes. Cueros, arneses, máquinas, techno. Así es esa sociedad que pongo de ejemplo. Sin embargo, este club anónimo del que les escribo no tiene esos fines tan instintivos y marchosos. No. El objetivo de este club es otro.

El objetivo de este club es cuadrar minuciosamente las cifras en sus sistemas. Es lograr que ese presente tan efímero, pero a la vez tan eterno, quede congelado en las pantallas táctiles de estos nuevos artefactos inteligentes que nos ofrece hoy en día la tecnología. Que tanto acercan y facilitan, pero que tanto alejan.

Es posible pensar no en un club; más bien se podría decir que es una subcultura urbana. Sus integrantes no tienen cláusula de permanencia, en oposición a sus aparatos celulares que sí la tienen. Un hombre y una mujer pueden ser miembros de dicha asociación y pueden estar haciendo cualquier actividad. Pueden estar dando clase, pueden estar corriendo, pueden estar durmiendo, o incluso pueden estar en la fila del banco, fila que suscita toda clase de complicidades y temas vacuos. En las filas, las esperas y las hordas de gente, ahí mismo puede llegar el momento esperado.

El momento esperado por esta subcultura llega pocas veces en el día. Se vive al día. Se vive por el día. Cuando llega la noche todo ha terminado, el día siguiente estará enfrascado de múltiples y nuevas vicisitudes. Cuando llega ese momento, no importa qué esté haciendo el integrante, no importa que haya problemas, el tiempo se detiene. Y es este momento en el reloj el que provoca las más inmaculadas celebraciones, el elevamiento máximo al ver, por ejemplo, las 2:22 pm, ó las 3:33pm. Son los capicúas, números que se leen igual al derecho o al revés. Por ejemplo las 10:01am, las 13:31, así sucesivamente. Es el equivalente numérico de las palíndromas. Es la razón de ser, es el motor del club del mismo nombre: capicúa.

Segundos antes de producirse esa elevación máxima de cifras alineándose en la pantalla, tal y como se acomodan los astros en un eclipse, momentos antes de producirse la perfecta sincronización hay nerviosismo, hay afán y angustia de que las perfecciones no queden suspendidas en el tiempo, hay horror al pensar acaso que por un problema mayor, una llamada de última hora o una distracción menester de sopesar manejando vehículos, se lleguen a pasar de la hora y que no se logre el objetivo.

Incluso existe en el club capicúa un ala fundamentalista. Como en todos los grupos sociales, bien sea familias, colegios y religiones, hay miembros que son ortodoxos, cerrados y extremistas. Estos fundamentalistas, no contentos con detener el tiempo en horas y minutos y hacerle la captura de pantalla que es debida, buscan hacer la perfecta sincronía agregándole segundos. Habrá por lo tanto hombres que se dejan crecer la barba y las patillas, cual judíos ashkenazi, y buscan cerrar sus aplicaciones de celulares, ya no a las 2:22pm, sino a las 2:22:22pm. Los amigos en línea de estas personas verán que su última conexión se hizo a esa hora. Así sonreirán y darán fe del cumplimiento de la meta.

Son más eruditos en la materia, se visten diferente incluso. Todo su transcurrir diario gira en torno a hallar números capicúas como si fueran detectives de lo numérico, como si fueran la Gestapo de los algoritmos. Al igual que la sociedad Juliette, se transpira placer al lograr los objetivos, y en últimas hay complicidad. Vi la otra vez una niña que pudo percibir a las 4:43pm que su compañera de puesto estaba sudando, muy nerviosa y le colgó al novio porque tenía una urgencia. Un minuto después estaría dejando constancia de que congeló sus aplicaciones a las 4:44pm. La observadora hacía lo mismo, ambas estaban pendientes de esto. Luego de unas semanas se volvieron a encontrar y tan grande sería la emoción que motivó a saludarse entre sí, pero no con un abrazo. Esto es secreto, la ceja de una de ellas se enarcó y se conectó en la distancia con la otra ceja. Eran complicidades subrepticias, todas bajo una misma pasión capicúa. Sincronías de números que motivan sincronías en almas.

Pero sigue sin haber registros de ellos. Los clubes y las sociedades secretas siguen existiendo. En esta ciudad se reúnen secretamente, cada quien muestra en su celular las veces que logró desconectarse de las redes sociales a horas capicúas; se crean foros, se discute, se intercambian suvenires, se crea cultura. Y lo más importante, se crean satisfacciones, que son el alimento diario del ser humano. Son sincronías de números que ayudan a vivir más alegremente. Para eso se reúnen; ¿sino para qué?


Así siguen transcurriendo las cosas. Cuando aparentemente se ve alguna damisela pelear con su muchacho en plena calle, se pone nerviosa y corre despavorida, no es exactamente por eso; es porque debe ir a algún sitio íntimo, donde podrá dar alimento a su obsesión numérica trascendente en su vida, donde podrá detener el tiempo. Sólo ahí logrará respirar tranquila. Ocurre bastante, ocurre más veces de lo imaginable. Ellos deben irse, tienen una obligación, discúlpenlos, deben detener el tiempo. Son las 10:01pm.