jueves, 2 de enero de 2014

Blue Veronica

Era un momento en el que ya no importaban los lujos, ya toda la pomposidad vivida en otras épocas pasaba a un segundo plano. En ese momento quedaban solamente los recuerdos, de una fama que fue enorme, de un reconocimiento en la calle que crecientemente es satisfactorio hasta que en cierto punto, como en las gráficas matemáticas, se logra el máximo y de ahí en adelante va decayendo. Una fama excesiva que hizo que lo otrora construido empezara a ser derrumbado. En ese momento murió, ya nada importaba.

Nació en 1922 y murió en 1973. Fue una actriz famosa. Veronica Lake. Conocerla en un filme viejo y en recortes de revistas fue mi placer. Y precisamente esa fama que se desvanece, y ahora no es tan palpable, debido a que no es tan ícono del glamur como otras, precisamente por no haber sido un ejemplo de vida y haber vivido una ruleta rusa, me motivó a investigar más. A ver qué enigma guarda ella en sus ojos. Las pesquisas siguieron, el computador y el acceso a redes sin duda sirve como ayudante incondicional. Veo fotos de ella. Me embebo en su belleza y me compadezco por su tristeza.

Mujer neoyorquina que tuvo un pasado triste y, como la mayoría de eventos en la existencia, recibió un toque en la espalda de parte de la Suerte, un toque que se pudo aprovechar, o también se pudo desaprovechar, no sé. Pero el hecho es que se pudo vivir.

No hay una cabellera más perfecta que la que ella tuvo la oportunidad de lucir frente a fotógrafos, frente a ese lente que dejó inmutable esa expresión. Actuó en más de veinte películas, personificando varias facetas. Y si miramos la superficie podemos creer al verla en revistas de moda, que su talante daba para aparentar perfección. Nada más falso. Le diagnosticaron esquizofrenia. Esa hermosa cabellera, absolutamente rubia, con sus bucles, sus tirabuzones y su peinado de lado cubriendo un ojo (expresión capilar que sería emulada años después) colindaba con un cerebro que, angustioso, clamaba paz y sufría.

Mientras la fama desfilaba en la alfombra roja, el cerebro estaba encerrado en un cuarto, sin ganas de salir, sin ganas de ver a nadie. Esas son las cosas. Este equilibrio no podría permanecer por siempre, esta dualidad, este esquema bitono cuerpo-alma algún día tendría que halar para algún extremo, para la oscuridad o para la luz.

Como se puede prever, la historia se encarga de darnos la respuesta. Murió alcoholizada. No hubo un cabello más perfecto, no hubo mejor mezcla de rudeza, ternura y femineidad. Y no la hay.

Esta dualidad entre el día y la noche, entre el infierno y el cielo, entre la fama y el desprestigio lo palpé también en una historia de cine cuya protagonista, Jasmine, vivió como una reina y terminó como una cenicienta.

Blue Jasmine, juego de palabras basado en una hermosa canción de jazz, blue moon, y la protagonista, Jasmine. Ella vivió un esplendor de vida entre la más exigente élite de Estados Unidos, viajando por las mejores costas, vistiendo los mejores trajes. Zapatos Jimmy Choo usaba para asistir a un sinnúmero de eventos. No tenía necesidad de pensar en nada, la vida le sonreía, puesto que tenía un esposo aparentemente honesto que impulsaba ardides y estafas y que luego terminó dando fin a su vida de manera voluntaria.

Al ver ella derrumbarse y reconstruirse todo su mundo, y al ver aparecer los estragos, las cuentas de cobro y la vida que se presentaba con muchos amigos y que terminó teniendo solo una hermana como apoyo, ahí aterrizó, ahí la curva que iba en ascendente tuvo su punto de inflexión y cambió su pendiente hacia la baja. Como Veronica, actriz del séptimo arte, como Jasmine, personaje del  séptimo arte. Todo dio un vuelco y cambió, esta vez para mal.

Es increíble haberla conocido y con poca diferencia de días haber también visto la película, con contextos diferentes pero con características similares. Todo lo que uno capta es una ficha de un rompecabezas que de uno dependerá cómo quiere armar. Ahí quedaron estas dos vivencias. En su declive, cuentan las anécdotas que andaba Veronica trabajando de mesera en un restaurante, puesto que no tenía de otra y necesitaba el dinero; se le acercó alguien que la conocía, la saludó, e inmediatamente ella dijo que no trabajaba ahí, que era una cliente y se sentó en una mesa aleatoriamente, con su ropa astrosa y su alma pordebajeada. Supongo yo que fue despedida.

También en la película Blue Jasmine, hay una escena conmovedora en la que ella conoce al hombre de sus sueños, ya habiendo enviudado, ya habiendo dejado todo atrás. Al él preguntarle qué era de su vida, armó una historia en cuestión de segundos, y a medida que más mentiras echaba al caldo de su ficción, más se enaltecía, más se emocionaba. Pero ya sabemos que esto no puede durar, todo se devela en algún momento.


Son estas dos personas, una real y la otra virtual, ambas aferradas al pasado pero peleando con él, no dejándolo ir. Su collar drapeado de rubíes reposa en la estantería, presto a ser usado y a seguir recreando algo que no existe. A Jasmine le tocó bajar la cabeza y aceptar la realidad. A Veronica el rostro le cambió muy rápidamente; ya no era la musa de aquella época dorada. Todos cambiamos, eso es cierto e inexorable, pero ella lo hizo a una mayor velocidad. Se la llevó el viento, ese mismo viento que le derrumbó el castillo de naipes a Jasmine. La realidad.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Ella adaptándose

Esta señora está totalmente conectada con el mundo. En cincuenta años ocurren muchas cosas que, si bien representan bastante tiempo, mirándolo como un todo tiene mayor relevancia en esta actualidad, en esta modernidad relativa, en la que todo es más rápido y donde los avances se ven más latentes.

Ella era una niña en el año 1960, fue criada con música de Gigliola Cinquetti, vivía en una ciudad pequeña, no existía la televisión, o más bien apenas hacía su entrada en el mundo del entretenimiento personal y familiar. Eran tiempos de calma, para algunos los mejores, para otros los peores, pero no hay modo de comparar.

Antes había más sosiego pero menos analgésicos, más expectativas de ver paisajes pero menos expectativa de vida, menos tecnología pero menos viajes. Viajar a Europa era solo para algunos, las trochas hacia las fincas significaban humo y mareos, pero las flores de los parques circundantes expedían olores y fragancias incitadores a la sensualidad. Humanidad de contrastes.

En todo este entorno, en el pasado, ella creció. A veces en su colegio femenino se escapaban a ver la novela de moda, en esa televisión traída a su ciudad pocos meses atrás, y abrumada por la tecnología se disponía, junto con sus hermanas, a ver tal historia de amor, engaños y traiciones. Como todas las telenovelas, como siempre ha sido. Al acabarse el segmento de entretenimiento volvían al colegio, a veces siendo descubiertas, a veces no, y continuaba sus labores escolares, en una academia marcada por el rigor, la disciplina y el miedo.

El tiempo va pasando y tal niña ya no es una niña. Sigue el teléfono fijo, adalid de amores e ilusiones juveniles, la espera eterna a que el hombre de sus sueños la llame y la invite a salir, claro está, con la aceptación de la familia, para evitar hacerlo a escondidas. Están las fiestas, el rock and roll, está Jeanette en su máximo apogeo y están las ilusiones sobre qué vendrá y cuántos hijos tendrá, si el amor tocará a su puerta o si simplemente dará una vuelta cercana y se devolverá.

Son ilusiones que existen siempre. La televisión ya deja de ser una retahíla de imágenes, unas novelescas y otras educativas básicas, para convertirse en un ente a color, un aparato que traería conciertos, películas, información de otro mundo, para empezar a abrir los horizontes y darse cuenta que no estamos viendo solamente algo irreal: allá afuera, cruzando el mar, ocurren cosas, hay otras culturas, hay otros pensamientos y otras tendencias. La actualización la hace el ser humano, ya sería impensable volver a ver algo a blanco y negro. El color habría llegado para quedarse.

En su ciudad, pequeña y a veces monótona, los cambios se dan a flor de piel en vestuarios, peinados y zapatos. Vienen los setentas, los ochentas, músicas cambiantes, revolución sexual, píldoras, Beatles, Stones, San Remo y el alma define los perfiles. Le gusta esto, le disgusta aquello, así como su hermana puede preferir lo contrario, sus otras hermanas pueden aparentar indiferencia y así sucesivamente con amigas, compañeras y vecinas. El alma vuela junto con el cuerpo, nacen hijos, el paso es más lento, cambian las prioridades, hay que trabajar, hay que inmiscuirse en un horario para tener salud y en los ratos libres puede pintar, dejando flotar su imaginación en un campo de nubes.

Mientras todo esto pasa la tecnología avanza. Aparecen los teléfonos en los carros -gran lujo e innovación- y aparecen los celulares. Gigantes con juegos básicos, con la posibilidad de hablarle a alguien estando de compras en un supermercado y con la posibilidad de mandar un mensaje de texto desde la fila de un banco. Llaman, es la modernidad. Sería impensable ahora depender solamente de un teléfono fijo habiendo un grupo de creativos diseñado algo tan práctico.

Esta señora de quien les hablo mira su dispositivo ahora. Sigue siendo portátil pero ahora es a color, es liviano, tiene fotos instantáneas, con flash o sin flash, con efectos especiales de filtros o planas en efectos. O incluso en blanco y negro. Lo antes impensable vuelve a ser pensable, incluso añora las fotos con estas características aduciendo un mayor romanticismo y nostalgia evocadora.

La foto podrá ser compartida, mientras bajo un sistema de mensajería instantánea manda una cara de insatisfacción por algún hecho desagradable a alguna amiga suya que está pasando ese océano, en un lugar que la  televisión mostraba lejano hace varios años. La adaptación se hace y a veces no se percata de ello. A veces en reuniones familiares sí lo hace e insta a sus allegados a recordar los momentos en los que no había nada de estas facilidades instantáneas, tecnológicas y comunicativas.

Así pasan los años, y ella se adapta. Pone un like a alguna foto de su cantante favorito, trina sobre lo que no le gusta del político de moda, pone una foto de su postre, con filtros claro está, en otra de las tantas redes sociales. Su mente está clara, su aprendizaje va de la mano con el floreciente desarrollo. Así vamos todos, corriendo detrás o al lado de tantas posibilidades que tenemos de comunicarnos.


Incluso esta señora, en momentos de máxima erudición con las redes sociales, en momentos máximos de elaboración de multitareas, teniendo a sus espaldas todas las herramientas, le pone like a un video de los años 60 de Gigliola Cinquetti en blanco y negro, extraído pocas semanas antes de la televisión que ella vio nacer en su ciudad natal. Junto a su nieta que ahora la mira.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Tránsito hacia la familia

El aeropuerto es un sitio donde se juntan varias historias siempre, y con más ahínco ahora en el ocaso, en el ocaso de este año que cierra su existencia sacando su último cartucho que le queda: la navidad. Es imposible no mencionarla, quedarse indiferente ante la movilización de tropas de niños, de jóvenes y de adultos hacia sus tierras, hacia sus orígenes. Es esta época necesaria y vital para el regocijo.

Todo en la vida tiene su función. Los cumpleaños motivan a felicitar al agasajado, a proporcionarle una corta visita, a regalarle un pendiente o una torta, cosa que no ocurriría si tal fecha en la que Dios lo trajo al mundo no fuera celebrada. Por muy breve que sea el trino o el abrazo, queda un sentimiento de gratificación. Estas efemérides sirven. Y esta otra efemérides, la Navidad, bien sea que alguien la vea desde el punto de vista religioso o que la vean desde el punto de vista familiar, o simplemente desde la óptica del descanso merecido y las fiestas, desde cualquier punto de vista es válida su celebración. Es una oda a la familia y a los amigos. Es libar una copa por ver a los padres, a los abuelos, a los amigos. Es partir una torta por los que ya no están. Es dejar que un niño lea la novena con términos ininteligibles. Pero para esto se necesita infraestructura.

En qué epicentro ocurre ésta? En un aeropuerto. Recuerdo la película Love Actually, que de hecho cumplió diez años hace poco. Ellas, como seres que son, celebran también su existencia. En esta película inglesa a más no poder, como les digo, muestran diversas parejas despidiéndose, riendo, saludándose, llorando, angustiadas, ansiosas, felices, mirando el reloj, esperando la vida, esperando el amor, a cámaras rápidas y a cámaras lentas. Y todo lo filman en Heathrow, aeropuerto de Londres.

Pero en cualquier parte lo podemos palpar. Ver al joven con un morral gigantesco en sus espaldas despedirse de sus padres, en búsqueda de la educación internacional con miles de sueños en sus bolsillos mientras ellos se quedan aquí, añorándolo pero sabiendo que es lo mejor para su futuro. El tercer llamado de una voz distante exhorta a su separación y a que pase a la siguiente sala. Adiós, queda el momento, las lágrimas en los ojos, quedó congelado el presente para ir a buscar algo más.

Quedan los padres abrazados, tristes y con el esplín a flor de piel, mientras que a dos metros una pareja espera a su niña, seis años menor que el que acaba de marcharse. Es su niña que llega de intercambio. Están las alegrías, la semiología colombiana, el recibimiento, alguna muestra de folklore, de esa idiosincrasia tan propia que sale por nuestros poros. La alegría del reencuentro convive con la amargura de la separación.

Sueños frustrados y sueños nacientes. La juventud y la vejez. Uno que otro crimen estará siendo detectado en este instante en tal recinto. Alguien también con sueños pero con contextos diferentes de engaño, ignorancia y ambición. Todo ocurre allí.

Vienen las filas del chequeo rutinario, la sala de espera, a veces atestada y a veces vacía, el cómodo salón VIP, el tinto, los dulces, a unos metros un hombre vocifera vituperios al enterarse que perdió el vuelo por alguna razón de índole citadina, un niño llora cansado por un retraso, una mujer cuenta las horas para ir a ver a su amado príncipe gallardo en otro país, otro muchacho de gafas oscuras y traje elegante espera con una maleta de mano abordar para asistir a una reunión fugaz de trabajo.

Cada humano cuenta y transmite su historia, mientras unos almuerzan y otros consultan información, a veces profunda y a veces banal en sus dispositivos portátiles.

La vida transcurre así, en la espera a ser trasladados, en la espera de ir a otra ciudad que, por cosas del destino y arbitrariamente, no es propia o sí lo es, es la de otros o es la de todos. Con todas las afugias, los estruendos, los afanes y lo inefablemente rutinario, se forjan las actividades, se cierran negocios, se cierran romances y se abren amistades.

Nuestra sociedad es de núcleos y de colmenas: terminales, centros comerciales, estaciones terrestres, colegios, buses y estaciones aéreas. Aquí estamos y el tercer llamado obliga a ingresar al avión. Unos volverán, otros no, es el símil con la vida misma, esa vida que transcurre entre encuentros, besos, peleas y satisfacciones. No podría ser de otra manera.

Bien lo dice una canción: Life’s a journey, not a destination. La vida es un viaje, no un destino. El mismo proceso de ir es la muestra de que vivimos. Y más ahora en Navidad, donde siempre habrá alguien que nos espera y a quien esperamos. Regalos de efemérides manifestados en presencia y calor humano.


Buen viaje en la vida y Feliz Navidad para todos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Las pegas

Existe en el ser humano siempre una completa añoranza hacia los hechos, modas, artefactos y usanzas de épocas pasadas. Estamos en una época en la que todo ocurre rápido, hacemos cada vez más actividades y podemos comunicarnos más fácilmente con todos. Pero no quiero escribir sobre eso, ni sobre qué tan bueno o malo era el pasado, o sobre qué tan bueno o malo será el futuro. De hecho el pilar fundamental de estas divagaciones no se centrará en aspectos generales de tiempos y nostalgias.

No. Si acaso les haré emitir un suspiro o una sonrisa hacia una actividad que es imposible de hacer en el presente. Ya no existe Studio 54 ni Alelusis, no hay casi vinilos, o lo que es lo mismo, no hay casi acetatos, no hay casetes y el teléfono fijo es cada vez más avanzado aun existiendo el celular, incorpora timbres digitales, mayor alcance en ondas y mayor calidad en sonido. Aparte de estas características tecnológicas que nos llevan cogidos de la mano hacia la modernidad relativa, término tan usado en escrituras actuales, existe una función que mató toda clase de posibilidad de reírnos, mató toda clase de imaginación en historias inimaginables, mató la imitación de voces entre usuarios. Es el identificador de llamadas. Muchacho antipático, función moderna que decodifica la onda y nos sopla en el oído –y también en la pantalla- de qué código de números proviene la voz del prójimo que se digna a hablarnos.

Mató una fuente de risotadas estentóreas, unas inofensivas y otras no tanto. El identificador de llamadas acabó con las pegas. O bromas en su acepción más general.

En las épocas universitarias, saliendo del alma máter, en las que se gestaban reuniones donde amigos de la infancia o también donde amigos emergentes propios de dicha época, luego de cierta elevación y ataques de cordura –y también de locura- surgía una idea luego de ya haber departido un rato, luego de haber oído canciones espectaculares de moda y luego de haber comido algunos snacks. Alguien en medio de la nada, con el calor propio de la ciudad en la que se gestaban dichos encuentros y tales estudios, de un momento a otro tendría la iluminación en su  cerebro y transmitiría dicho arranque a sus coetáneos: Hagamos una pega!!

Luego de un silencio corto, no quedaba nada más que imaginarse la actitud y la incomodidad de la otra contraparte al recibir a altas horas de la madrugada una llamada fría, antipática o incluso risueña. No se sabría dilucidar qué era peor. Luego del silencio que les cuento, vendría una risa, vendría la adrenalina secretada –y también secreta- al tomar una decisión sublime y esencial para ese entonces. La decisión de quién sería el soldado, quién sería el gallardo príncipe que sería capaz de portar la bandera, de conducir el ejército y de tomar la vocería. Quién sería el duro que tendría la capacidad de hablar, de prestar su voz para tal peligrosa y divertida empresa.

Después vendría otra pregunta. A quién llamamos? Debería ser a alguien no tan común, no tan familiar, que no los conociese tanto. Sigue la adrenalina. Surge una lista de innumerables candidatos, entre machos y féminas, entre familiares y vecinos, entre profesores y conocidos. El cónclave empieza a deliberar y surge un elegido. Después de miradas nerviosas y expectantes, a las tres de la mañana, ambiente tenso, silencio absoluto, tal vez a la distancia suena una moto acelerada a varias revoluciones, tal vez suene un eurodance a muy bajo volumen, tal vez suene un estornudo. Tal vez la persona responda el repiquete del teléfono.

Ring……..ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. ring……. Después de unos cuantos repiquetes la voz perezosa, un tanto cansada y un tanto angustiada, contesta. Un poco aterrada, es madrugada, quién puede estar necesitando algún favor, algún recado, algunas palabras a esa hora? Esto es extraño, ojalá no sea una calamidad, qué puede ser?

Al cabo de unos segundos existen dos opciones.  Primero, las ofensivas, que consistían en groserías, ajo y picante, claro está, enfundados en una voz distorsionada por la manga de un saco; y segundo, las jocosas, que simplemente implicaban la imitación de alguna voz de un personaje famoso, de un exnovio de la afectada o de algún compañero peculiar que incitara burlas. Todo esto se daba con una mano que tapa la bocina, mientras todos morían de la risa y mostraban rostros rubicundos.

Sigue el jaleo, sigue la faena, y el interpelado se empezará a dar cuenta que esa voz, esa risa, ese acento, o hasta alguna interferencia característica del teléfono solo puede corresponder a………Cuelgan el teléfono.

Vienen las risas después de colgar. Viene la celebración, en la que se ha logrado el objetivo propuesto, y todo es un mar de satisfacciones. Pero el mayor placer podría llegar al otro día, o dentro de dos meses, o incluso al cabo de un par de años. Si tal vez se encuentran en un evento de reunión de amigos del colegio, o por casualidad se toparan con alguien, podría ser que la otra persona dijera: -no, yo recuerdo la otra vez que alguien llamo a mi teléfono a las tres de la mañana a insultarme, no podía creer, quedé desvelada, es el colmo que me falten de esta forma al respeto-. –Tienes toda la razón, es el colmo- fue la respuesta que el interpelado aducía.

Y siguieron las bromas. Las pegas. Hay otras, que hacen parte del género de los clásicos, como llamar a preguntar si alguien lava ahí su ropa. Este, debido a su simplicidad, se da para que sea realizado por niños pequeños. Hay otros delatores, en los que se da un mensaje clave respecto a algún evento, por ejemplo alguna fiesta sorpresa o alguna serenata de perdón sin ser anunciada.


Son las pegas. Son como la juventud y como la niñez: quedaron en el pasado, en los recuerdos y en la certeza de lo imposible de su retorno. Pero también causarán risa siempre al recordarlas con los amigos, y seguro también causarán risa en víctimas y victimarios. Risa de satisfacción y alivio porque están seguros que nunca volverán a ser despertados, en pleno sueño delicioso, por algún cantaor anónimo de flamenco embebido en licor cantándole la tabla, o por algún payaso trasnochado con voz opaca gritando a los cuatro vientos un sinnúmero de sandeces y denuestos. Puedo descansar, y puede descansar Usted. Felices sueños, el identificador nos protege.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Llegando ( 3er capítulo )

En su maleta, Osías alistó ropa para cinco días. Sin saber qué clima podría haber en el paraje final, o sea la residencia de Laura, él fue precavido y llevó una tricota de lana de vicuña, perfecto escampadero para algún posible frío atroz. Sin embargo, llevó camisetas y pantalones cortos por si hacía calor. Naturalmente, llevaría su traje marrón cruzado, el traje que fue testigo del primer encuentro, ese encuentro que produjo chispas mesmerizantes de un enamoramiento inevitable e inatajable. Todo quedó empacado en una maleta pequeña de cuero.

La ansiedad y el imaginar a su amada producen palpitaciones rápidas; debe ser por eso que siempre al hablar de amor se habla del corazón. En ese órgano se metaboliza el sentimiento. Cada vez menos tiempo, cada vez menos distancia.

La década de los cuarenta. Él viviendo su modernidad relativa. Era su contexto, era su juventud. Ella allá en su tierra natal, sin imaginar siquiera la posibilidad de un reencuentro; y el destino nada más sonriendo al ver a estos dos seres. El bus Kenworth modelo 1933 surcaba las carreteras, algunas a medio pavimentar, otras empedradas, a veces bajo un sol refulgente y enceguecedor y  a veces bajo una lluvia pulsante. Pero todo es ganancia, cada minuto es un avance, a cada hora de estos tres días de viaje lo sublime se iba volviendo aterrizado, lo virtual se iba haciendo real.

Qué más queda yendo de pasajero en un bus lento, sin ninguna distracción, sin radio y sin la posibilidad de leer algún pasquín debido a la vibración incesante en el asiento?. Era imposible entretener la vista ya que el mareo sería insoportable, la retina inmediatamente se desprendería. Cuando no hay posibilidad de entretener la vista, hay que entretener la mente; divagar es la opción y qué mejor forma de hacerlo que pensando en el futuro, haciendo planes y elaborando conceptos.

Mientras llovía a cántaros en una recta de clima tropical húmedo, Osías empezó a imaginarse el futuro con ella, de una manera fugaz, tan fugaz como él quería. En ese futuro virtual él la besaba: juntaba su boca con la de ella, cerraba los ojos pero no del todo, cosa que levemente pudiera ver el rostro de Laura acercándosele, abriendo la boca poco a poco, girándose 45 grados para lograr la perfecta sincronía entre los labios; y al producirse el primer toque vendrían los cómplices: el paladar, los dientes y la lengua, transmitiendo endorfinas y demás sustancias que producen tanto placer.

Era ese beso virtual el objetivo, era oler su fragancia a Chanel número cinco. Era ver sus bucles, probablemente ahora igual de rubios pero más largos. Había un hijo en los planes, había madurez, había una hamaca, siempre un futuro forjado en pareja, ni más del lado masculino ni más del lado femenino. Ahí se plasmaba algo típico: el hijo hombre que él siempre había querido tener; un niño con rostro oval, cejas pobladas, con similar nombre al ficticio padre, merodeaba esas divagaciones con un pantalón corto, una camiseta de rayas y unas botas de cuero negras.

Ella, Laura, ahí estaba en ese universo, estarían tomándose fotos en la piscina municipal, ella con trajes de baño conservadores, enteros y sin ninguna curvatura sinuosa e insinuante, adornando su cabello y protegiendo su dermis con una pava azul tenue aguamarina.

Todo esto era el futuro. Con una aparición desordenada de diapositivas, pero cuando los componentes son agradables, ese desorden no existe, no es tal.  Más bien se vuelve variedad.

Entre juego y juego el bus se detuvo. Una patrulla de policías, compuesta de seis hombres fornidos y bastante imperturbables, estaba en pleno inicio del puente limítrofe entre el país de él y el país de ella. De manera amable solicitaron a la gente bajarse del vehículo, mientras preguntaban de dónde venían y hacia dónde iban. En plena exploración de los bártulos y de la ropa, saludaron a Osías. Él explicó que nunca había entrado al país, que era su primera vez, que el amor tocaba su puerta por primera vez y debía abrirle. El policía no podía decirle nada más. –Bienvenido, sea bienvenido el amor- le dijo.

Después de una hora, el bus arrancó. Son procedimientos habituales entre naciones. Si antes dicho encuentro estaba avalado por el destino y por Dios, ahora estaba legalizado y plenamente formalizado. Hay vía libre para ir a visitar a Laura. Cuando los eventos dejan de estar en lontananza y pasan a ser contados regresivamente, es como cuando se va a entrar en la ducha y se siente el salpicar de las gotas a unos centímetros. Prácticamente está inmerso en el evento. Faltarían cuatro horas, aparentemente de más lluvias incesantes y andinas.

Pudo dormir durante ese lapso. Al llegar toda la gente al destino final, una ciudad pequeña donde nunca pasa nada, con su gente aburguesada, si hubiera en ese instante un periodista él podría aducir que todos estaban demacrados, hambrientos y harapientos por el extenuante trayecto. Y de hecho así era, solo había un personaje que casi podría relucir entre todos, dibujando en sus labios delgados una sonrisa que muestra en sus ingredientes cincuenta por ciento satisfacción y cincuenta por ciento nerviosismo. Todos agradecidos con el chofer. Maletas en buen estado. Podían desocupar el vehículo. El viaje llegó a su fin.

Tres de la tarde en punto. La hora nona, dirían algunos. La hora en la que el sol muere y se larga la lluvia, dirían otros. Era la hora en la que, en esa pequeña ciudad, cambiaba el clima. Estaba Osías cogiendo un pequeño transporte que lo llevaría a la vivienda de la damisela en cuestión. Era una casa colonial, insertada en una pequeña cuesta, muy blanca y con un alféizar hermoso.

Hay que dejar el nerviosismo, hay que actuar. Al tocar el aldabón, a los treinta segundos, abrió una señora, aproximadamente cinco años mayor a Laura. Era la hermana. Al verlo con su atuendo recién puesto, de color marrón, sus zapatos usados con tesón pero con cuidado, su sombrero que ocultaba el flequillo y su maleta, no podía más que hacerle una venía y decirle que debía esperar unos minutos. Minutos que para él fueron eternidad, minutos de ahogo, sudor pero al final, minutos que serían recordados por siempre.


Al cabo de ese periodo de espera solicitado, abrió la puerta Laura.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La sociedad capicúa

Existe una tribu que nos pisa los talones todos los días, es una legión secreta de gente normal y convencional, como todos. Es una secta que cohabita con nosotros  sin ni siquiera poder percibirlo. Puede ser su vecino, su esposa, o su mejor amigo. No existen registros en ninguna página de internet ni buscador. Al poner el nombre del club, un nombre que pude oír por ahí confidencialmente, no sale nada en los motores de búsqueda. El resultado es cero. Toda esta imposibilidad en la búsqueda de información hace las cosas incluso más engorrosas y más insondables de averiguar.

Tal y como la sociedad Juliette: ésta es una sociedad en la que personas de las más altas esferas satisfacen sus gustos sicalípticos y libidinosos entre sí, a unos niveles elevadísimos de pasión, música y desenfreno. Es una sociedad secreta, no sé si en la ficción o en la realidad, ya que si uno no la conoce en últimas da lo mismo, y se llegaba a ella por medio de alguna invitación, por medio de laberintos infestados de música gabber a niveles insoportablemente trepidantes y galopantes. Cueros, arneses, máquinas, techno. Así es esa sociedad que pongo de ejemplo. Sin embargo, este club anónimo del que les escribo no tiene esos fines tan instintivos y marchosos. No. El objetivo de este club es otro.

El objetivo de este club es cuadrar minuciosamente las cifras en sus sistemas. Es lograr que ese presente tan efímero, pero a la vez tan eterno, quede congelado en las pantallas táctiles de estos nuevos artefactos inteligentes que nos ofrece hoy en día la tecnología. Que tanto acercan y facilitan, pero que tanto alejan.

Es posible pensar no en un club; más bien se podría decir que es una subcultura urbana. Sus integrantes no tienen cláusula de permanencia, en oposición a sus aparatos celulares que sí la tienen. Un hombre y una mujer pueden ser miembros de dicha asociación y pueden estar haciendo cualquier actividad. Pueden estar dando clase, pueden estar corriendo, pueden estar durmiendo, o incluso pueden estar en la fila del banco, fila que suscita toda clase de complicidades y temas vacuos. En las filas, las esperas y las hordas de gente, ahí mismo puede llegar el momento esperado.

El momento esperado por esta subcultura llega pocas veces en el día. Se vive al día. Se vive por el día. Cuando llega la noche todo ha terminado, el día siguiente estará enfrascado de múltiples y nuevas vicisitudes. Cuando llega ese momento, no importa qué esté haciendo el integrante, no importa que haya problemas, el tiempo se detiene. Y es este momento en el reloj el que provoca las más inmaculadas celebraciones, el elevamiento máximo al ver, por ejemplo, las 2:22 pm, ó las 3:33pm. Son los capicúas, números que se leen igual al derecho o al revés. Por ejemplo las 10:01am, las 13:31, así sucesivamente. Es el equivalente numérico de las palíndromas. Es la razón de ser, es el motor del club del mismo nombre: capicúa.

Segundos antes de producirse esa elevación máxima de cifras alineándose en la pantalla, tal y como se acomodan los astros en un eclipse, momentos antes de producirse la perfecta sincronización hay nerviosismo, hay afán y angustia de que las perfecciones no queden suspendidas en el tiempo, hay horror al pensar acaso que por un problema mayor, una llamada de última hora o una distracción menester de sopesar manejando vehículos, se lleguen a pasar de la hora y que no se logre el objetivo.

Incluso existe en el club capicúa un ala fundamentalista. Como en todos los grupos sociales, bien sea familias, colegios y religiones, hay miembros que son ortodoxos, cerrados y extremistas. Estos fundamentalistas, no contentos con detener el tiempo en horas y minutos y hacerle la captura de pantalla que es debida, buscan hacer la perfecta sincronía agregándole segundos. Habrá por lo tanto hombres que se dejan crecer la barba y las patillas, cual judíos ashkenazi, y buscan cerrar sus aplicaciones de celulares, ya no a las 2:22pm, sino a las 2:22:22pm. Los amigos en línea de estas personas verán que su última conexión se hizo a esa hora. Así sonreirán y darán fe del cumplimiento de la meta.

Son más eruditos en la materia, se visten diferente incluso. Todo su transcurrir diario gira en torno a hallar números capicúas como si fueran detectives de lo numérico, como si fueran la Gestapo de los algoritmos. Al igual que la sociedad Juliette, se transpira placer al lograr los objetivos, y en últimas hay complicidad. Vi la otra vez una niña que pudo percibir a las 4:43pm que su compañera de puesto estaba sudando, muy nerviosa y le colgó al novio porque tenía una urgencia. Un minuto después estaría dejando constancia de que congeló sus aplicaciones a las 4:44pm. La observadora hacía lo mismo, ambas estaban pendientes de esto. Luego de unas semanas se volvieron a encontrar y tan grande sería la emoción que motivó a saludarse entre sí, pero no con un abrazo. Esto es secreto, la ceja de una de ellas se enarcó y se conectó en la distancia con la otra ceja. Eran complicidades subrepticias, todas bajo una misma pasión capicúa. Sincronías de números que motivan sincronías en almas.

Pero sigue sin haber registros de ellos. Los clubes y las sociedades secretas siguen existiendo. En esta ciudad se reúnen secretamente, cada quien muestra en su celular las veces que logró desconectarse de las redes sociales a horas capicúas; se crean foros, se discute, se intercambian suvenires, se crea cultura. Y lo más importante, se crean satisfacciones, que son el alimento diario del ser humano. Son sincronías de números que ayudan a vivir más alegremente. Para eso se reúnen; ¿sino para qué?


Así siguen transcurriendo las cosas. Cuando aparentemente se ve alguna damisela pelear con su muchacho en plena calle, se pone nerviosa y corre despavorida, no es exactamente por eso; es porque debe ir a algún sitio íntimo, donde podrá dar alimento a su obsesión numérica trascendente en su vida, donde podrá detener el tiempo. Sólo ahí logrará respirar tranquila. Ocurre bastante, ocurre más veces de lo imaginable. Ellos deben irse, tienen una obligación, discúlpenlos, deben detener el tiempo. Son las 10:01pm. 

jueves, 21 de noviembre de 2013

A la espera (2o capítulo)

Al día siguiente Osías despertó. Nuevamente madrugó con la intención de entregar sus diarios a los cien hogares. Haría cinco viajes, cada uno con veinte diarios en la canastilla de su bicicleta desvencijada. La pueden imaginar fácilmente: tenía llantas muy delgadas, rines oxidados, canguro de cuero raído y la bocina roja situada al lado izquierdo. Era una bicicleta anoréxica que le servía incondicionalmente, pocas veces se dañaba y era como esos modelos viejos, aplicable también a vehículos, en los cuales las latas son más feas pero más resistentes, un diseño aerodinámico es remplazado por uno obsoleto; pero aquí era su amiga, su confidente, su bicicleta.

Este nuevo día sí que fue diferente. Se podría esperar que luego de haber partido el bus hacia tierras lejanas, Osías quedaría con el bonito recuerdo de Laura y sus labores diarias seguirían acaeciendo normalmente. Nada más lejano de la realidad. La tormenta en el corazón apenas estaba empezando, apenas era un embrión nutriéndose de gotas de alimento, esa tormenta apenas comenzaba a formar su carácter.

Un parámetro de normalidad en un pueblo normal es que el corazón realice sus pulsaciones a una razón de ochenta por minuto. Cuando Osías se levantó de la cama sintió que estaba latiendo con más rapidez. Alcanzó a percibir noventa. Esto le pareció muy extraño. Se paró, fue a prepararse un desayuno pequeño, consistente en té negro con galletas, al igual que todos los días. Es común delimitar el sabor de un té como amargo. Este no era el caso, ese día el té sabía más rico, sabía más dulce, tenía más sustancia. Además olía a esencias mitad florales mitad herbales. Él, aterrado, comió su alimento y se vistió rápidamente, el asombro que causó percibir la extrañeza en estos sabores le hizo perder tiempo y ahora estaba un poco retrasado.

Mientras iba en su bicicleta en medio de un frío atroz, irradiaba otra energía. El rubicundo señor de la oficina de correos le preguntó lo siguiente: “le pasa algo? Está un poco agitado, lo veo mirando como para todos los lados, lo veo diferente”, a lo que Osías respondió sin mayor reparo: “no señor, no sabría decirle, discúlpeme”.

Cuando terminó su labor diaria aproximadamente a las diez de la mañana, se sentó Osías en el parque a ver caminar transeúntes, a ver qué podría cambiar un día tan convencional. Sentado, tranquilo y con la mente despejada sintió la brisa, esa brisa que se siente con placidez en un sitio bucólico cuando no se piensa en nada. El viento le silbaba con suavidad, el viento le acariciaba. El sol, aunque exangüe, le brilló con una intensidad indescriptible. El viento era Laura y el sol era el intermediario, el compositor subrepticio que escribía la historia de los dos.

El día de él era diferente, y al pensar en el momento en el que la vio por primera vez no pudo dejar de suspirar; la semiología de aquel día era innegable. La vida de él cambiaría desde esta mañana, desde este té más dulce, desde ese viento hablador. Imaginaba él qué podría estar pensando ella y aquí surge la pregunta de siempre, qué impresión se habrá llevado ella de mí? Me pensará? El bus va alejándose cada vez más, cuándo me podré yo acercar cada vez más? La vida es corta y hay que actuar.

El bus iba empinando una cuesta en medio del paisaje andino. Los tipos de vegetación, el aire y la atmósfera iban cambiando a medida que subía en la topografía. Sentada al costado derecho trasero del bus, típico bus de viaje con cortina desplegable, forro de plástico y cobija en las faldas, Laura miraba el paisaje; mientras miraba el entorno sondeaba su interior, recordaba el momento en el que se intercambiaron direcciones, el momento en el que vio el traje cruzado marrón de Osías. Hubo un toque de manos en el cual se transmitió energía de una manera indescriptible mientras las miradas se cruzaban haciendo un chasquido. El recuerdo estaba ahí, y también la creencia en que el viaje podría seguir igual y que la excursión podría volver a tomar el curso de la normalidad.

Cuán equivocada estaba ella. Sintió un zarandeo leve en el brazo, era su mejor amiga diciéndole “Laura, Laura!”. Llevaba hablándole diez minutos y no recibía respuesta alguna. “Qué te pasa?” le dijo. “Estás en otra dimensión”. Ella le respondió que no sabía porqué estaba así, aunque era obvio.

Los días siguieron transcurriendo mientras cada quien llevaba sus labores. Las señales inequívocas del amor se manifestaron y la distancia en kilómetros se fue ensanchando. Habiendo incorporado a la realidad de cada uno de los dos la aceptación del hecho del enamoramiento, al concientizarse cada uno de que habían sido infectados por el virus del amor, ahí, no más que ahí, la perspectiva al futuro cambió. Las realidades se distorsionan al saber que hay alguien que palpita por uno; la habitualidad tan aparentemente gris se torna de colores al sentir uno el suspiro, el imaginarse qué podría estar haciendo ese otro ser en otras latitudes.

Qué está haciendo Laura? Qué está haciendo Osías? Qué estamos haciendo los dos? Preguntas con infinitas respuestas, pero con un solo norte. Ese norte de volverse a ver. Ese objetivo de volver a sentirse mutuamente los surcos de la dermis de las manos, de mirarse los ojos y las cejas con un silencio de fondo, y las ganas de compenetrarse, de conocerse. Pero hay que actuar. Las cosas no son fáciles y la infraestructura del reencuentro implica esfuerzos. Él reparte periódicos, ella es una niña todavía que va de excursión al Perú. El amor no es fácil, aunque es sencillo. La vida tampoco lo es.


En todas estas divagaciones transcurrió ya un mes. Cuando el agua va llegando hasta el tope hay que hacer algo, hay que moverse. Osías tenía unos ahorros. Laura ya estaba de vuelta a su ciudad natal y la excursión había sido un éxito. Se acercó él a la oficina del señor rubicundo, el señor de la oficina de correos tan bonachón y previamente mencionado. Le pidió unos días de permiso para ir en bus a otro país. Iba en busca de la consolidación del amor, a lo que el jefe de mejillas rojas solo pudo reaccionar abrazándolo y felicitándole. Iría en busca del amor! Iría a ver a Laura. Estarían kilómetros cada vez más cerca.