jueves, 30 de mayo de 2013

Mi generación versión 2.0 : El claustro

He oído siempre en las radionovelas, en las tan interesantes rancheras y en los noticieros del Senado que segundas partes no son buenas. Pero bueno, hay películas de malandrines y carros estrafalarios que llevan más de cinco entregas siendo muy exitosas; también hay otra película sádica que lleva más de seis ladrillos agobiantes, y tiene su público; no sé dónde, pero lo tiene. Por lo tanto, permítanme traerles la segunda entrega de esta, mi generación, una generación que pasó una hermosa etapa de su vida viendo el paisaje de la Umbría, unos cuantos grados menos caliente que la urbe, un poco más hacia la montaña, más cerca al cielo; tal vez por eso es que había tantos ángeles.

Estos ángeles se ataviaban con hilos provocativos, primordialmente los viernes por la mañana; todos los días era jean’s day: classic 501 para nosotros y slight curve para ellas. Vaya desfiles los viernes, vaya belleza. Gossip girls en carreras financieras y Muzungu sisters en carreras de diseño; estilos diferentes, pero cuerpos iguales. Flujos financieros de alto calibre.

Y para continuar mi descripción sobre tales eventos, debo evitar caer en las especificaciones, aunque es difícil. Hay que ser general y unificador, y en dónde más podría uno unificarse, o desdoblarse, que en el bar universitario de la época: el despenke. Era un sitio a donde llegaban, a las 4 de la tarde del viernes máximo sudoroso, un sinnúmero de naves espaciales, de buses, de motos, de carrozas con sus caballos y también un jeep destartalado café, todos repletos de sardinas, algunas enlatadas y algunas con picante, dispuestas a departir con los galanes, al son de canciones despencadoras; no existía Pitbull, pero todos querían morder como tal. Y repito: Qué tenía de especial? Nada, sólo que era nuestra época, era nuestra gente. Amoríos, sarcasmos y apodos llovían por doquier, entre canciones de Sergio Vargas. Mi Demi Lovato hermosa estaba en esta época casi en pañales, cantando en el show de Barney.

Este sitio sería un buen caldo de cultivo de ganado para engorde; cualquier ganado, incluso Ayrshire. Muchas anécdotas hubo en ese sitio, que tenía otros sitios hermanos aledaños y una que otra pizzería. Todo estaba dado para gozar, y para sudar la camiseta.  Y para la noche, para algo más sofisticado, existió Alelusis; ese es el sitio donde más densidad de mujeres hermosas he visto; fue el inicio de la cultura, las chicas vampiro con sus labios plateados, ropa destinada a la música, Eleusis, seven days and one week. Qué buenos recuerdos, después vendría Virtua, del cual no tengo ni palabras para expresarlo; fue mi locura.

Les cuento que en uno de esos días se me acercó un jayán de plazuela y me confesó que meses atrás había querido propinarme una golpiza, al ver mi cabeza de color verde, creyendo que yo quería ser agresivo o neonazi o qué sé yo; yo le dije que sólo quería vivir y ser kemistry, con lo cual lo dejé sin armas; de ahí en adelante seríamos amigos de farra. También recuerdo a otro mucharejo al cual le compré aleatoriamente un CD que estaba vendiendo, de un DJ con aparente nombre de mujer; no sabía lo que estaba comprando; era un tal Sasha. Gracias a este muchacho, de apellido Reveiz, por presentarme al mejor, hoy y siempre.

En el hermoso claustro ocurrieron muchos eventos: aprendí de parte de un profesor que en Colombia no hay racismo pero sí discriminación racial; y que en Estados Unidos no hay discriminación racial pero sí racismo; también vi curvas macroeconómicas que (sí, señor) sí se aplican en la realidad; vi también ecuaciones que ya no recuerdo y que no aplico. Muchos temas, muchos textos. Cosas que creía que no me iban a servir, pero en la vida todo sirve, todo lo que estudies o leas sirve. Lo tengo clarísimo.

Pero volvamos a las vivencias: en medio de patos en el lago, en medio de El Samán, con la cima enhiesta de gloria sin par (como rezaba el himno de allá), conocí un plato puramente criollo, un manjar que saciaba el hambre casi que inmediatamente: gracias a un compañero (sí, ese, el que es ambientalista y molestaba al pequeño) conocí El Ruso, una mezcla gourmet consistente en introducir una rica empanada rica en lípidos en medio de un pan, resultando un sánduche de empanada; tal cual, El Ruso, majestuso, con mayúscula.

Una tienda que había dentro de la universidad era atendida por un señor, no sé si hindú o puramente valluno, que siempre se me pareció al maestro Longaniza, pero nunca le dije a nadie; ahora no tengo cómo comprobarlo, pero era idéntico. O tal vez era él. Qué mano de vivencias. Tenís y ping pong fueron mis deportes. Además, asistí a Teatro, dentro de las actividades extracurriculares, con un profesor bastante extrovertido e histriónico, al cual me asombró mucho ver en uno de estos programas buscadores de talento de la televisión: ahí estaba, mi profesor de teatro, imitando a un indígena del Cauca, a un guambiano, y payaseando frente a tres jurados. Yo grité “ese fue profesor mío….de teatro”. Mi profe de teatro, ese sí era un personaje. De paso, le deseo muchos éxitos, él también está buscando su felicidad.

Qué alegría recordar, e insisto en lo de siempre: si lo veo objetivamente éramos unos pelagatos estudiando, rumbeando y hablando cháchara; pero un buen hombre me hizo caer en cuenta que la realidad es como uno la vivió, como en el Gran Pez, y se debe recordar con imaginación y magia. Así la recuerdo yo. No éramos cualquiera, éramos nosotros.


Y entre paseos a La Cumbre, idas a la casa famosa de San Fernando, estudiadas hasta tarde con dañada de cafetera incluida, viajes a mi tierra, nostalgia, y alquileres de casas rumberas en los suburbios, transcurre esto. Muchos lo llaman periodo académico de Educación Superior. Yo lo llamo Alma, Corazón y Vida.

jueves, 23 de mayo de 2013

Mi generación


Durante esos cinco años la atmósfera se tiñó de estudio, de cosas nuevas, de personas nuevas, de ropa nueva y de sánduches de ropa vieja.  No existía Paramore aun, pero el éxito del formato de disco compacto motivaba a este pecho a ir a muchos almacenes, en tardes desocupadas y calurosas, a buscar rarities y exclusividades, las cuales no se conseguían en mi planeta natal. Durante esta época conocí gente muy especial, personas, seres humanos valiosos, que lastimosamente veo poco.

Y es que encuentra uno al principio de la etapa, en el primer día, un grupo variopinto, de diferentes edades, diferentes colores, diferentes formas de hablar. Punto. Nos cargan asignaturas, nos cargan trabajos, y a medida que las conversaciones típicas se van dando, esas referentes a la ciudad de nacimiento, gustos en la vida y gente en común, sí, a medida que eso se va dando, vamos formando grupos y núcleos, los cuales se van depurando, los conocimientos y discrepancias se van decantando y aparece la amistad; así es siempre, se rompe el hielo y empieza la confianza. Muchachas de ciudades vecinas, nativos de la ciudad calurosa, gente como yo que viene del mismo planeta de Pepín, incluso gente de la capital; todos confluyen, todo pasa por algo, y surge la amistad a medida que memorizamos y aplicamos derivadas, teorías, asientos contables en los asientos, flujos y software.

Al cabo de varios meses surge la camaradería. Está el vivo, el bobo y el vivo bobo. Y se delimitan las personalidades; ya uno sabe a quién preguntarle una ecuación, ya uno sabe quién será el comercial, quién el matemático que no sabe leer, quién el comprometido con causas sociales, quién el inmiscuido en ambientalismos, quién el emprendedor y quién el matemático que aprendió a leer.

Había un muchacho de baja estatura, dedicado a su ganado de exportación Ayrshire; también estaba su compinche, de más estatura, que le propinaba bastantes bromas, y el cual estaba más dedicado al ganado femenino, de importación y posteriormente de engorde. Otro compañero ojiclaro, sobre el cual más que delimitarlo como galán, debido a la crueldad del estudiantado, lo mofaban de gañán, aclaro, no siéndolo; tenía una novia muy bonita y muy querida. Estaba otro amigo alto, de genes teutones, de amplios conocimientos literarios y filosóficos, de apellido extraño, en cuya casa se producían tertulias y divagaciones sobre la vida, con la compañía de unas cervezas, algo de rock  y comida deliciosa auspiciada por la mama de él: una señora divina, con una sazón digna de cocinera de cinco estrellas . Macarrones, dedos de queso, manjares. Otro personaje también muy buen lector, progresista, y de bastante labia. Todos discutiendo, todos creciendo.

Este grupo no era el único. Naturalmente es imposible nombrar a todos los personajes de la farándula que desfilaron en esta pasarela, pero hubo muchos, muchos momentos. Uno toma lo que quiere de esa ristra de conceptos y vivencias. Aquí las llevo.

Durante casi cuatro de esos cinco años me alojé en un sitio. El epílogo, el último año, fue en otro sitio. Esos primeros cuatro años viví donde una tía. Mi amada tía Belén. Ahí conocí a Seinfeld en mis noches eternas sudando y soñando, aprendiendo y desaprendiendo. Vendrían después tinturas verdes en la cabeza, conciertos, buenos profesores, malos decanos, profesores de canas, muchos sánduches cubanos, zapatos de astronauta, "un panqueso amiga", muerte del eurodance y nacimiento del Trance (esto lo digo de manera ilustrativa, por la ciudad, aunque sabemos que no es así), caminatas a la biblioteca, el mundo de Sofía, y muchos números.

Recuerdo una vez que nos reunimos en el apartamento del último año. Imaginen por un momento el calor estival propio, la música estridente, las risas, y la cada vez más alta afluencia de gente; imaginen ahora una picada en la mitad de la sala, imaginen después un vallenato, imaginen la gota de sudor empapando el mostacho, imaginen a uno de los altos molestando al bajo, imaginen la gritería, e imagínenme a mí imitando a la perfección el teclado de Under the influence de The chemical brothers; así es, no se están imaginando nada raro, pero quien lo vive es quien lo goza, y para allá voy: no fue nada especial si se compara con otras vivencias en otras latitudes. Pero fue especial porque eran ellos, eran ellas, y ahí yo. Nunca lo olvidaremos y nunca volverá. Si fuera recurrente no sería tan especial.

Dos conceptos importantes: el papawarrior y las papas dragón. Qué diablos es esto? El que entienda esbozará una leve sonrisa y, literalmente, un breve aliento. El papawarrior era una empresa de transporte, la famosa Papagayo, no sé si exista ahora, que debía su calificativo de warrior por su avidez al adelantar carros y al pasarse semáforos en rojo, con el único objetivo de llegar primeros a su destino final; si estabas de afán, era un método infalible para llegar a tiempo; y las papas dragón? Papas criollas redondas fritas amarillas que vendían a la salida del recinto, embebidas en un guacamole que dejaría incluso a Kate Middleton en un estado bucal al cual no darían ganas ni de acercársele  a pedirle la hora; un estado que sólo puede ser tratado con buenas dosis de Listerine. Ojo, conceptos muy importantes para el estudiantado que marcaron la habitualidad.

Luego de un momento acabó todo; el ganado engordó, los frutos maduraron, y vendrían nuevas cosas. Cada quién en la búsqueda de la felicidad, del motor de vida que le dé sentido a cada mañana, a cada café, o a cada infusión de té. Dónde están todos ahora? No lo sé, pero aquí en estas letras están. Yo soy el matemático que aprendió a leer, y que los recuerda, a todos y cada uno. A mis compañeros bonaventurianos. Los quiero.

jueves, 16 de mayo de 2013

La creatividad que mató a la creatividad


A menudo mis dudas y preguntas nacen de comentarios de la gente; de las cosas que oigo por ahí, en los cafés que frecuento a medida que me tomo un machiatto, en los restaurantes de perfil mediano donde degusto el segundo golpe del día, en los medios de transporte masivo cuya saturación se debe a su éxito, y en vitrinas de antojos y delicias de consumo. Ay antojos de cada día!!. A medida que voy oyendo música sofisticada, paro oreja a la gente, siempre hermosa, que va en las mismas afugias; la gente que también necesita transportarse, alimentarse y divertirse. En medio de todo eso, de toda esa caterva de hienas, entre comida, próximas paradas, esperas, vitrinas, farmacias, donuts y muchas revistas fashion, capta uno ciertas palabras o comentarios que hacen que en la mente uno quede en stop, como en la serie Héroes. Todos congelados, menos yo, ahí pienso en lo que dice el interlocutor y porqué lo dice. Luego el mundo continúa como si nada.

En medio de estas andanzas y caminatas, noté la otra vez a una dama con un vestido sartorial estándar hablando con su amiga o colega; hablaban y comentaban todo: los hijos, el metro cuadrado, el clima, la comida, los temas que unen a la gente. Y en esas una de ellas, señora brunette de traje sastre, dijo que ahora ya no había escritores ni djs ni fotógrafos ni traductores. Lo anterior lo dijo argumentando que ahora la tecnología ofrece un menú completo de funciones y avances, con los cuales es muy fácil tomar una buena foto, es muy fácil escribir, hay muchas fuentes, es muy fácil traducir, es muy fácil crear mixes. Ya todo está creado, ahora todo el mundo puede ser y hacer lo que quiera.

El mega bus rojo se detuvo. Ella quedó con la boca abierta y la mano alzada, el resto de gente quedó inmóvil con su actitud impasible, todos sentados en sus puestos. Yo me miré las manos, las moví, moví mis piernas y estaba todo absolutamente normal en mí. El mundo se había detenido y sólo yo estaba en movimiento. Me acerqué a la señora, con la total libertad de decirle lo que se me viniera en gana, sin esperar una incómoda respuesta, o peor aún, que se pusiera a armarme conversa sin yo quererlo. Me le acerqué al oído.

Entonces la creatividad del ser humano ha matado la creatividad del ser humano? No me parece, más bien ahora hay más herramientas y más medios para hacer las cosas; la creatividad al servicio de la creatividad.
Señora, entonces le parece que los djs de ahora no tienen mérito y los de antes sí? Ahora el aparato hace mil cosas, incluso le cuadra las velocidades, pero el talento y el buen gusto del dj hace la diferencia, no el tecnicismo. Me acuerdo hace 20 años aproximadamente que lo más común eran las mezclas en acetatos, y eran poco comunes los CDs; después ví un equipo reproductor profesional de estos últimos, al cual se le podía graduar la velocidad, y un sayayín muy famoso de mi tierra dijo lo siguiente: “ahh, no, cuadrando la velocidad cualquiera puede mezclar”. Claro, obvio. Ahora también dicen “ahh, no, con esos súper equipos cualquiera puede mezclar”. La amnesia en la historia también aplica en estas lides.

Con la fotografía pasa lo mismo. Antes uno iba a revelar el rollo al centro; a veces no salía ni una, y la gran mayoría de veces uno hubiera querido la foto de la abuelita con ojo abierto, no con ojo cerrado, y mucho menos con ojos rojos, pero así era el contexto. Y en los 80s hubo muy buenos fotógrafos. Después salieron unas cámaras digitales en las cuales uno podía ver cómo quedó, y borrarla. Borrarla!!. Y nuevamente incomodar a los asistentes al ágape y decirles “qué pena, otra vez foto!”. Claro, la gente decía que obvio, que con esas cámaras todo el mundo es fotógrafo porque sí las puede editar, sí puede ver cómo quedaron, qué chiste. Ahora con el instagram estamos repitiendo la historia. El instagram, con su efecto vintage en fiestas de cumpleaños de primos, es una herramienta; el ingenio estará en el fotógrafo. Me refiero a estos dos temas, pero usted puede replicar dicha analogía a los videojuegos, a las cámaras de video y demás artefactos que nos hacen la vida diferente, a veces más fácil para unos y a veces más difícil para otros. Mejor dicho, independientemente de la tecnología, siempre habrá gente con y sin talento.

Digo esto último porque, así como la tecnología a veces quita mérito al artista, al hacer parecer que no fue obra de él sino del software, también ocurre que al estar frente a aparatos sofisticadísimos la persona antes de hacer algo bien, hace todo lo contrario: se enreda, entorpece la situación, se vuelve todo un caos; reitero, lo bueno no puede ser culpa de la tecnología, lo malo tampoco. En últimas es culpa del humano. O sino fíjese en la señora ampulosa en Unicentro mientras parquea su carro inmenso, su camioneta llena de pitos y botones y latas gigantes, con la posibilidad de tenerlo todo pero abrumada por la imposibilidad de controlarlo todo. Así reacciona la gente con algo que aparentemente le hace la vida más fácil, pero que no lo sabe manejar.

Habiéndome desahogado con la señora de pinta laboral y tacones rojos, me devolví a mi sitio, volví a quedarme serio, hice un abrir y cerrar de ojos muy a lo Bewitched, y todo volvió a la normalidad. Ella se quedó mirando para todos los lados, me miró a mí con un dejo mezclado entre complicidad y desconfianza, y siguió conversando con su amiga; yo sonreí, le subí a la canción de Demi que estaba oyendo, hasta el nivel 9, y seguí mi viaje. No sin antes oírle mencionar a ella que no importaba la tecnología, que en últimas el ser humano, el malo y el bueno, el experto y el amateur, nivelaba las cosas, y que talento, rencauche e innovación siempre iba a haber.

Bienvenidos al futuro. Pero la vida, como tal, sigue igual. En 30 años seguiremos añorando el pasado y teniéndole desconfianza al futuro, diciendo que la creatividad ya no existe, que todo lo hacen los computadores y que el ingenio del humano acabó. Tal vez la señora tenga razón y esto lo escriba un robot  para ese entonces.

jueves, 9 de mayo de 2013

Ella me regaló el primer acetato


El disco era de Madonna Louise Veronica Ciccone, de la banda sonora de “Who’s that girl?”. Para ese entonces, esta artista de lunar era emergente, no creo que los medios la vieran tan prometedora, y ni creo que la dadora del regalo pensase que el receptor podría ir algún día a la ciudad de la eterna primavera a un concierto de ella. Yo nací en 1979, así que tenía 7 años cuando salió esa película. Cuando abrí el regalo, tal vez el día de mi cumpleaños o tal vez en navidad, para mí implicó sofisticación y bienvenida a la modernidad. Ya no tenía juguetes, tenía discos. Y ella sonrió. Siempre sonríe y la quiero.

Ver la portada, un cuadrado plano de cartón plastificado, blanco, con la foto gigante de madonna mirando hacia arriba; abrir la caja por un costado y sacar su contenido, escanciarlo, olerlo, degustarlo. Qué es el contenido? Para los lectores menores, les cuento que era un disco negro, una hermosa plasta negra y circular de acetato o de vinilo (en últimas es lo mismo para los no técnicos), limpio, mostrando sus surcos, envuelto en una bolsita transparente; sí, mostrando los surcos en donde, al igual que en las cintas del casette UX cromado, estaban las notas ochenteras de synth pop y new wave. Me erizo de sólo pensar en ese momento.

Majestuoso. Qué regalazo. Lo oí mucho, muchas veces. Además como regalo, y también para que ustedes jóvenes lectores aprendan, venía un disco de 45 revoluciones por minuto, y ya no de 12 pulgadas como los grandes, sino de 7. Un hijito del grande, en el cual estaba “la isla bonita”, en su versión normal por un lado, y en su versión instrumental por el otro. 

No importa qué fecha fue. No importa qué tenía puesto, si unos jeans oversized con unos redbook (sic) o si una sudadera de ballenas. No importa si me había bañado, o si estaba lloviendo. Es más, me es imposible acordarme. Pero sí me acuerdo de lo que sentí: el olor y el sonido al poner el disco en el Aiwa, manipular el brazo para que la aguja, con su diamante, empezara a buscar información a medida que giraba a 33 1/3 rpm.

No había nada igual. Y permítanme que sea repetitivo, pero es que ese placer fue inmenso. El placer de varias revoluciones por minuto, el placer, no de oír música, sino de consumirla, de tocar los sonidos. Después vendría Thriller y Bad, del dr Jackson, trabajos naturalmente muy importantes, pero nunca, nunca como el primero. Y ahí seguía ella. Le dí un abrazo y un beso que no está escrito. Bueno, ahora sí lo está.

Esos tres discos marcaron mucho, pero digámoslo así: no es que hayan marcado mi gusto musical estrictamente, ya que después vinieron muchos más ya elegidos por mí y para ese entonces tenía un primo de botas Adidas que me grababa unos casettes objetivamente más vanguardistas; pero marcó el inicio, o más bien la manifestación de una amistad con ella. Una cómplice que quiso darme gusto en lo que me gusta: la música. Y que todavía, salvo contadas excepciones extremadamente underground, disfruta lo que pongo, ya no en el tocadiscos, sino en los formatos inevitablemente modernos. Ya la música no se palpa mucho, y poca huele. La complicidad de esta señora popayaneja ha sido un bastón esencial en mi vida. Esa faceta fresca quiero resaltar, ya que es vívida, puntual, está ahí; y ahí estás tú.  Gracias mamá por ser mi amiga, por estar ahí siempre y por alimentar una relación tan hermosa con este pecho, una relación que va a más, a mucho más de 33 1/3 revoluciones por minuto. Feliz día!

jueves, 2 de mayo de 2013

Estudiar me hizo inculto..


Estaba pensando sobre cuál sería un buen tema para escribir, sobre el cual divagar y soltar una retahíla de letras o souvenirs lingüísticos que puedan lograr algún mensaje a usted señor lector; y siempre busco algún aspecto de la vida, alguna idea que me haya llamado la atención o algún aspecto destacable que de alguna manera haya afectado mi diario vivir.

El problema es que tenía la mente en blanco; mi cabeza de coronilla prominente y pelo echado para abajo era una oquedad total; mi cerebro estaba en ceros. Pero porqué pasa esto? Claro, caí en cuenta que durante los últimos días había estado inmiscuido en fórmulas, cálculos y lecturas eruditas, escritos que sólo pueden ser redactados por abogados; nadie más se complica tanto la vida.  Tenía que  estudiar y ganar un examen, por lo mismo también  específico; examen purista y especializado;  me metí tanto en el cuento que dejé de mirar frivolidades, dejé de hacer el crucigrama del doctor Rivas, no pude (lástima!) ver los noticieros, tan deliciosos y llenos de política, me puse más veces la mano en la cumbamba que lo habitual, dejé solitaria a Anna Arkadievna y plop!! Surgió una paradoja: estudiar me hizo inculto.

No quiero suscitar malentendidos fatuos donde no los hay. Pero en la vida hay dos aspectos paralelos y absolutamente complementarios: uno, el laboral y académico, y otro, el ocioso, el placer del diario vivir. La vida con sacoleva y la vida con camiseta. La vida con y sin mancornas. En el constante transcurrir de ambas, nos enfrentamos a retos, a pruebas de conocimiento, que delimitan lo que uno va haciendo; y son necesarias. Nada más necesario que el conocimiento, y nada más importante que compartirlo.

Durante estos días colgué la camiseta. La guardé en el armario. Cuando compraba una hamburguesa, pensaba que estaba comprando un contrato de futuros sobre el índice de la hamburguesa, y al cubrirme con la cobija, con el duvet de plumas de ganso, y sentir el calorcito acompañado de la señora, pensaba que estaba haciendo cobertura de riesgo de exposición al frío capitalino. Son tecnicisimos, palabras raras de gente empapada. Y al ver sitios de ropa veía materiales sintéticos de cobertura. Repito, tecnicismos. Para amateurs en este aspecto financiero, podemos decir que el diario devenir humano yo lo asociaba a términos crematísticos, numéricos y puntuales del tema del examen.

La excesiva erudición nos vuelve incultos. Ya que por andar muy focalizados en algo, nos olvidamos de la gran foto, nos olvidamos de la universidad de la vida.  Ojo muchachos, no puedo ser así, me dije a mí mismo. Conozco gente que sabe mucho, son los que más saben acerca de un tema específico pero por andar centrados sólo en eso, se olvidan de Iron Man o del nuevo libro de Angela Becerra, y se olvidan que la vida es un equilibrio, una mezcla entre lo superfluo y lo serio, entre lo banal y lo laboral, entre workaholic y shopaholics.

Debemos ser mesurados y tener presente que conocer todos los detalles de la clorofila, desde su composición química hasta sus propiedades físicas, no hace que conozcamos el árbol. Hay que saber tecnicismos, y en las fiestas de los niños hay que hablar con los adultos, y mirar serio y soltar un comentario de actualidad, muy ponderado,  fruncir el ceño y hablar de Uribe, pero también hay que ver cine, leer revistas light, ver qué está haciendo Máxima Zorreguieta en este momento, conocer al hijo de Miranda Kerr y pensar  cómo será el estreno de The Man of Steel. Eso es cultura también, tanto o más importante, en la medida en que produce tanto o más emoción.

La otra vez manifesté en un seminario, precisamente sobre el manejo del tiempo, que me gustaría ser vampiro: Empezaría mi día a las 6am, arreglaría a las niñas, iría al trabajo, almorzaría, volvería a la oficina, me iría a la casa, comeríamos, dormiría a las niñas, cumpliría mis labores maritales, y a las 12 de la noche tendría tiempo para ver cosas, estudiar, leer, ver películas, revistas, bajar música (legalmente, claro está), y a las 6 volvería a rodar la película de la cotidianidad, todo sin necesidad de dormir.

Pero debido a que esto no es posible, y que el tiempo es escaso y limitado,  hay que establecer prioridades, y eso lleva a establecer sacrificios. Mi juicio de valor entra ahí: debido a que quiero estudiar y aprender algo puntual, y debido a que debo presentar un examen, tendré que sacrificar algún tiempo de diversión. Equilibrio. Esos sacrificios generan retribuciones.

Lo que sí no quiero en mi vida es ser alguien híper especializado. Volviendo al árbol, quisiera saber cómo funciona ese cuento de la clorofila, cómo es el cuento de la madera, pero también quiero saber cómo pintarlo, cómo animarlo, cómo ponerle vida al árbol…creo yo que así el conocimiento sería mayor. Quiero ser un médico internista, no quiero saber sólo de párpados.

Claro está, mis queridos lectores, no estuve metido en un laboratorio un año entero, ni estuve en Siberia metido con unos tigres sin ningún contacto personal; no; tranquilos, sólo fueron siete días de estudio. Pero algo debía escribir, mejor forma de desahogarse no hay. Como bien dice Bernardo Soares, el heteronómino de Fernando Pessoa el portugués, la literatura es la forma más agradable de ignorar la vida. Y para mí es la forma más agradable de no ignorarme a mí mismo, de recordarme lo que soy y lo que quiero en la vida.