jueves, 1 de agosto de 2013

El aeropuerto

A este lugar llega mucha gente en diferentes medios de transporte, bien sea carro, bus articulado, bus corriente o motocicletas; unos llegan para de ahí irse a otro paraje, otros llegan para devolverse a los pocos minutos, otros llegan solamente a trabajar y así ganarse su sustento diario, y otros llegan para así mismo desvanecerse en el viento.

Este es un carrusel donde salen y entran personas; es el aeropuerto, un sitio que me encanta por la atmósfera que emana. Se puede ver de todo, al entrar llegan con sus dos maletas, una de ruedas de pasta negra y la otra un morral que cierra con velcro en la mitad, también negro, con los implementos básicos para sobrevivir intelectual y lúdicamente 6 horas: algún aparato para oír música, un par de revistas, una crema hidratante, una loción, muchos lapiceros, un diario, una bufanda y una chocolatina.

Me encantan los aeropuertos; en la entrada consigo regalos, café delicioso, CDs (todavía se consiguen, hurra!), recuerdos de mi país, recuerdos de mi ciudad y un trago de whisky si se me antojase servido en un grifo gota a gota, vendido como un elixir para la eterna juventud y el eterno enamoramiento; pero es inadmisible comprar un suvenir guajiro en alguna tienda de estas: en ningún lado se nota más la inflación que ahí.

Me tranquilizo porque no es mi caso: no debo llevar nada de regalos. No hay destino. El destino de ese momento no es viajar, sino realizar un trámite necesario en las instalaciones de dicho terminal: un trámite de esos que se inventan los adultos. Compro un tinto amargo y caliente en vaso de plástico blanco y asidero del mismo material, pero marrón. Cojo asiento.

Cada grupo de personas, o incluso cada persona, tendrá su historia en particular; difícil saberlo pero fácil imaginarlo. Qué podría pasar entre esa pareja que acaba de entrar, muy elegantes por cierto, con tan solo dos maletas de mano, acercándose al muelle nacional; o qué historia estará entrecruzada en la vida de esa niña que va con la azafata, con un rótulo de recomendada en su camiseta; mil historias, como les digo. Gran afluencia de gente, y por ahí la vi a ella. Todo el universo empezó a andar en cámara lenta, en claroscuro; quedé mesmerizado.

Ella pasó caminando. Segundos antes yo estaba sentado, con mi café y una dona de chocolate, tranquilo, sin mucha efervescencia; pero cuando la noté, sentí que era de noche y que lanzaban juegos artificiales en el cielo, sonaban explosiones y todo era de color, empezó a sonar hard trance alemán en mi mente y ella caminaba frente a mí, era una musa caminante, llevaba un abrigo negro de cuatro bolsillos, medias veladas negras también y zapatos rojos escarlata brillantes.

La boca es muy difícil de describir. Lo único que se puede equiparar al mundo de los humanos es decir que llevaba un labial Le rouge absolu de Lancome; así le llaman los seres humanos. Era una mujer muy misteriosa, podría yo creer que tanta belleza no es posible, que posiblemente era una villana que en esos labios traía veneno; independientemente de que fuera o no veneno, el caso es que era asfixiante.

Lo único que no pude ver de su rostro fueron los ojos, porque estaban cubiertos y matizados por unos lentes Wayfarer verdes plegables que agregaban a la atmósfera  un olor absolutamente a años ochenta, un olor a new wave; sonó en esos momentos un track de Friendly Fires y el aeropuerto se convirtió en una mezcla absurdamente deliciosa de ropa y música, mientras ella me caminaba.

Cuando sacudí mi cabeza tratando de llegar al planeta tierra de nuevo, vi que tal sílfide iba hacia una horda de gente que estaba saltando, gritando y meneando unas pancartas, cual si estuvieran en manifestación. Qué será la bulla? Me fui tras ella, manteniendo una distancia de tres metros, a medida que me acercaba al grupo de gente. Averigüé y una niña de doce años me dijo que toda esta gente estaba esperando la llegada de un grupo muy famoso de k-pop, término asociado al pop coreano. Resulta que el grupo se llamaba Supernova, y se presentaba por esos días aquí en la ciudad. La multitud estaba expectante, los niños y niñas gritaban, la expectativa por su llegada era total.

Cientos de personas, entre adultos de bigote y adolescentes de patillas, estaban en la sala de llegada de vuelos; entre ese ruido y mar de gente ella empezó a hacerse más lejana, cada segundo que volvía a mirar hacia adelante ella se veía más ausente, más gaseosa, así como Wilson, muñeco imaginario del náufrago, que cada vez, a medida que el desespero aumentaba, a medida que la agonía asfixiaba, él se iba alejando.

De un momento a otro la dejé de ver en la distancia. Qué angustia, me quedé sin saber dónde podría estar, la manada de gente me impedía mover siquiera un dedo; a los tres minutos salieron cuatro agentes de seguridad diciendo que los coreanos se disponían a salir, y todo lo que vendría pasó muy rápido: saludaron y firmaron autógrafos, los más que pudieron, y al cabo de cinco minutos estaban montados en una van que los llevaría al hotel, lugar en el que serían recibidos también por un grupo similar de muchachos con frenesí.

La multitud empezó a disiparse, igual a como se disipa el humo después de una explosión. Dónde está ella? Pregunté a un par de vigilantes si habían visto a tal mujer acorde a mis características citadas, y nadie me dio razón. Incluso uno de ellos alzó levemente la ceja, sonrió, y me dijo que era imposible que alguien así fuera ignorada por el ojo humano. Quedé en el limbo, los aviones partían y llegaban, junto con sus tripulaciones, y así mismo se esfumaba su recuerdo, mi recuerdo.

Percibí un olor femenino, uno de esos que vienen en empaque fino y pequeño, y suspiré. Sentí que mis botas pisaron algo, eran unas gafas Wayfarer verdes, plegadas a la mitad y ochenteras. Las recogí. Nadie me miraba. Ya había acabado mi trámite adulto y decidí marcharme.


Antes de abandonar la puerta, de ver por última vez la gente fascinante de un aeropuerto, con sus afanes, alegrías y tristezas, metí las gafas en mi bolsillo derecho a manera de recuerdo, alcé mi mirada y me sorprendí gratamente al ver en la pared de un costado una publicidad tamaño 4 x 4 metros, calidad perfecta de fotografía, en la que posaba ella, con sus labios indescriptibles, esos que a los humanos no les queda más opción que intentar ponerle nombre. Ella había desfilado para mí, solo para mí.

2 comentarios:

  1. qué buen relato; una imagen que como bien lo escribes, se desvaneció en el viento...

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  2. Gracias, lizita!!! ahí hay más historias para que leas....gracias por tu comentario, un abrazo..

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