Lorelei era una musa que siempre estaba sentada sobre una piedra al final
de una curva en el inmenso transcurso de un río largo, el Rin, en Alemania. Ahí
está sentada, impasible como algunos amores imposibles, y como algunas personas
frente a las vicisitudes de la vida.
Ahí espera ella, es una ondina, un ser mitológico absolutamente hermoso, de
rasgos profundamente marcados, cejas gruesas, pelo largo rubio un poco
ondulado, con hombros sensuales, suaves y nacarados, torso parcialmente
descubierto que se deja entrever a través del lino semitransparente de su
túnica, esa túnica que coquetamente muestra y esconde al unísono los dotes y
placeres femeninos. Ahí toca su flauta con tonalidades celestiales, sensuales y
musita una voz aguda y entonada.
En ese risco en el que ella se encuentra, al final de la curva en el valle
superior del Rin, en su parte romántica tal y como dicen los atlas, espera el
amor. Un amor que venga en forma de marinero, de turista, de incauto, como
todos los amores que van por ahí. Esos son los amores que se asemejan
a una flor, cuyo olor no se sabe si existe o no existe solo cuando hay un ser
que lo perciba.
En esta zona muchos hombres han muerto; esta ondina, cuya belleza sólo es
equiparable a la de Simonetta, misteriosa y melancólica mujer que posó para
Sandro Botticelli y que aparece en El Nacimiento de Venus, ha distraído,
engalanado y desarmado a muchos navegantes, quienes al ver su cuerpo y sus
senos turgentes dejan olvidado el timón del barco, de la nao, o incluso de su
vida, con tal de probar ese néctar prohibido.
Así es la mujer, un ser inmensamente indescriptible y hermoso. Y así es la
vida, así se asemeja al curso del río alemán del que les hablo: un cauce que
corre y transcurre a lo largo del tiempo, con piedras, curvas, subidas,
bajadas, nacimientos, vertientes y desembocaduras, algunas desembocaduras
plácidas como las rías de la costa atlántica y algunas fuertes como los fiordos
noruegos.
En medio de estas curvas de la vida, del río, aparece Lorelei, la ondina
que hace que el navegante o se desvíe sucumbiendo a sus placeres con final
estrepitoso o, al revés, se encauce en la corriente y llegue a feliz
desembocadura con ella. Depende del navegante, ese hombre que tenga la fortuna
o la desgracia de encontrársela, como en toda mitología, como en toda realidad.
Este río ha inspirado a mucha gente, incluso al gran Wagner, maestro que
bautizó El Oro del Rin al preludio de la trilogía El Anillo del Nibelungo,
convirtiéndola prácticamente en una tetralogía. El Rin, escenario de valkirias,
diosas de la juventud y locura. Ahí en ese río estaba el oro, en esa vida
estaba Lorelei tácitamente, esperando a ser encontrada, bajo óperas sublimes
que dejaron boquiabiertos a muchos, incluyéndome.
Cada ser humano navega en su río, algunos con más corriente que otros, o
con más piedras, o con agua salada en vez de dulce, nadándolo o navegándolo,
con o sin tripulación. Y cada quien en cierta curva, de manera lenta o rápida, ve
a una Lorelei que le observa y lo detendrá o lo dejará seguir de acuerdo a los
designios que estén marcados.
Yo la encontré una vez y la miré. El barco se encauzó y la incorporé a la
tripulación, sin naufragar en el intento. Ahora ella está cerca a otros riscos,
los de la Sierra Nevada de Santa Marta, mojando su cuerpo en playas y
estuarios; la pienso bastante.
MAR-avilloso, como siempre.
ResponderEliminar(en Colombia, además de tu musa, tenemos a la Magdalena, que no deja de llorar aunque sus aguas se contaminen con las mugres humanas).