jueves, 8 de agosto de 2013

Lorelei

Lorelei era una musa que siempre estaba sentada sobre una piedra al final de una curva en el inmenso transcurso de un río largo, el Rin, en Alemania. Ahí está sentada, impasible como algunos amores imposibles, y como algunas personas frente a las vicisitudes de la vida.

Ahí espera ella, es una ondina, un ser mitológico absolutamente hermoso, de rasgos profundamente marcados, cejas gruesas, pelo largo rubio un poco ondulado, con hombros sensuales, suaves y nacarados, torso parcialmente descubierto que se deja entrever a través del lino semitransparente de su túnica, esa túnica que coquetamente muestra y esconde al unísono los dotes y placeres femeninos. Ahí toca su flauta con tonalidades celestiales, sensuales y musita una voz aguda y entonada.

En ese risco en el que ella se encuentra, al final de la curva en el valle superior del Rin, en su parte romántica tal y como dicen los atlas, espera el amor. Un amor que venga en forma de marinero, de turista, de incauto, como todos los amores que van por ahí. Esos son los amores que se asemejan a una flor, cuyo olor no se sabe si existe o no existe solo cuando hay un ser que lo perciba.

En esta zona muchos hombres han muerto; esta ondina, cuya belleza sólo es equiparable a la de Simonetta, misteriosa y melancólica mujer que posó para Sandro Botticelli y que aparece en El Nacimiento de Venus, ha distraído, engalanado y desarmado a muchos navegantes, quienes al ver su cuerpo y sus senos turgentes dejan olvidado el timón del barco, de la nao, o incluso de su vida, con tal de probar ese néctar prohibido.

Así es la mujer, un ser inmensamente indescriptible y hermoso. Y así es la vida, así se asemeja al curso del río alemán del que les hablo: un cauce que corre y transcurre a lo largo del tiempo, con piedras, curvas, subidas, bajadas, nacimientos, vertientes y desembocaduras, algunas desembocaduras plácidas como las rías de la costa atlántica y algunas fuertes como los fiordos noruegos.

En medio de estas curvas de la vida, del río, aparece Lorelei, la ondina que hace que el navegante o se desvíe sucumbiendo a sus placeres con final estrepitoso o, al revés, se encauce en la corriente y llegue a feliz desembocadura con ella. Depende del navegante, ese hombre que tenga la fortuna o la desgracia de encontrársela, como en toda mitología, como en toda realidad.

Este río ha inspirado a mucha gente, incluso al gran Wagner, maestro que bautizó El Oro del Rin al preludio de la trilogía El Anillo del Nibelungo, convirtiéndola prácticamente en una tetralogía. El Rin, escenario de valkirias, diosas de la juventud y locura. Ahí en ese río estaba el oro, en esa vida estaba Lorelei tácitamente, esperando a ser encontrada, bajo óperas sublimes que dejaron boquiabiertos a muchos, incluyéndome.

Cada ser humano navega en su río, algunos con más corriente que otros, o con más piedras, o con agua salada en vez de dulce, nadándolo o navegándolo, con o sin tripulación. Y cada quien en cierta curva, de manera lenta o rápida, ve a una Lorelei que le observa y lo detendrá o lo dejará seguir de acuerdo a los designios que estén marcados.


Yo la encontré una vez y la miré. El barco se encauzó y la incorporé a la tripulación, sin naufragar en el intento. Ahora ella está cerca a otros riscos, los de la Sierra Nevada de Santa Marta, mojando su cuerpo en playas y estuarios; la pienso bastante.

1 comentario:

  1. MAR-avilloso, como siempre.
    (en Colombia, además de tu musa, tenemos a la Magdalena, que no deja de llorar aunque sus aguas se contaminen con las mugres humanas).

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