jueves, 12 de septiembre de 2013

Los sonidos del silencio

Cuando el ruido se apaga y llega la melodía –la armonía incesante de la buena música o del silencio- se abre una puerta y se cierra otra. La vida cambia de color, en el juego de la vida saltamos desde un pedestal de ladrillo, bajamos la bandera, recibimos unos cuantos puntos y pasamos a otro mundo de otro color, con otra música y con otros personajes, o más bien con los mismos pero actuando diferente, moviéndose diferente.

El silencio es un lujo que el ser humano se debe permitir. Es poder oír los pasos de la gente, el viento, el crepitar de la teja de acrílico al ser castigada y a la vez bendecida por el sol, es oír el agua, el sonido del humo y también el sonido del ruido. Al estar en silencio, con los oídos abiertos a las experiencias, se puede oír ese ruido a la distancia, una fuerte aceleración de una moto a cuadras varias, un grito y una niña llorando.

En este silencio que siento, huelo y veo, se me ocurren ideas. Lo busco siempre: el silencio en el ruido, y paradójicamente también en el mismo silencio, ya que éste, en su estado más extremo y prístino,  produce desconcentración.

Es probable que lograr esto no sea tan fácil; el silencio se escabulle, es un niño que está detrás de un árbol sonriendo y tirando pequeñas piedras con el fin de pegarle al transeúnte en sus zapatos y de emitir algún sonido que haga aflorar la curiosidad y motive a empezar el viaje: tal y como el conejo blanco que Alicia siguió, previa instancia antes de llegar a un mundo donde su estatura fluctuaba y se volatilizaba.

Suena the Walkmen y el ruido exterior se esconde. El momento es mágico. El silencio interior se ha apoderado de mí, el silencio a todo volumen; es el receso, es el respiro, es lo hermoso de leer labios, imaginar diálogos y recrear conversaciones; es ver a una turista mostrar su abdomen y sincronizar su contoneo con la guitarra raída y acompasada; es oír una tos acompañada de su respectivo eco y del sonido de un par de tacones; es ver por varios segundos la espuma del jugo, de ver los surcos de la mesa de madera, unos rayones un poco más claros que el color original.

Detalles imperceptibles a primera vista, olores a torta y a humo de bus viejo, hordas de gente que me sobrepasa en velocidad, taquicardias de emoción y sonrisas.

Todo esto me recuerda una actividad grupal a la que asistí. El moderador del grupo nos regaló la oportunidad de irnos veinte minutos a campo abierto a disfrutar del silencio, de la manera en la que cada quien pudiera y quisiera interiorizar; consistía en irnos a caminar y ver qué podemos encontrar al estar con nosotros mismos, viendo el tronco del árbol que nos miraba imponente, viendo las gotas de rocío sobre el pasto y oyendo todo a distancia.

Este ejercicio representó para unos cuantos una experiencia extraña, al estar en ese silencio natural y ver que en últimas la comunicación más difícil es con su propio ser, al existir siempre en la rutina tanto ruido externo e interno: las preocupaciones, el preguntarse qué estará pasando en ese día hábil, la mente jugando sus cartas para mostrarle al dueño que necesita un descanso, la necesidad de evaluar aspectos de la vida importantes pero inviablemente poco urgentes.

Para otros resultó sinónimo de plenitud, de goce, de hacer un checklist mental sobre todos los ítems de su existencia. Surgieron inquietudes sobre qué están haciendo mal, qué están haciendo bien, a qué amigos no han llamado en los últimos meses y qué quieren en la vida. Catarsis salpicada de existencialismo, y catarsis a la par con el afán de la vida. Ambas percepciones -la extrañeza para unos y la plenitud para otros- son válidas.

En esta actividad el silencio me saludó, ese gran amigo me abrazó esos veinte minutos, me guiñó un ojo y me acogió; reviví incontables experiencias en las que lo busco diariamente por mi propia voluntad. Pero esta vez era diferente, ya que él me buscó a mí. Y me encontró. Fue un momento de reminiscencias y alegría, de la valoración del momento y del grupo con el que me encontraba, un grupo de personas en búsqueda de la felicidad.

Después vendría el intercambio de ideas, los diálogos, oír las experiencias cuyas conclusiones están ya plasmadas. Todo vuelve a su normalidad, el momento queda en nuestro corazón y la única forma de exteriorizarlo es con un suspiro.


El silencio exterior se convierte en mi cómplice, y la música interior en mi amiga; ambos inseparables. Son un tiquete de ida y vuelta a la imaginación. Así la tinta empieza a desplegarse de a gotas sobre este papel y como coadyuvante pretende plasmarles una fracción mínima de ellos. Una fracción mínima de la musicalidad del silencio.

6 comentarios:

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  2. Recuerdo a Pitágoras en un letrero de la biblioteca de mi universidad,
    gritándonos a todos: "Calla, o di algo mejor que el silencio"

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  3. Mi querido Joge en silencio
    Me dejas .Nos recuerdas el pasar de la vida con su
    Taconeo insensante e imparable......curiosamente insensible pero inexorable.
    Mil saludos Lo felicito Jorge!!!

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  4. El unico silencio total lo tienes en medio de tus ojos
    Y mirando hacia adentro .
    (Enseñansas de sabios hindues)

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  5. Cada ves que lo leo
    Te admiro mas
    Que genial
    Escribes

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