Cuando el ruido se apaga y llega
la melodía –la armonía incesante de la buena música o del silencio- se abre una
puerta y se cierra otra. La vida cambia de color, en el juego de la vida
saltamos desde un pedestal de ladrillo, bajamos la bandera, recibimos unos
cuantos puntos y pasamos a otro mundo de otro color, con otra música y con
otros personajes, o más bien con los mismos pero actuando diferente, moviéndose
diferente.
El silencio es un lujo que el ser
humano se debe permitir. Es poder oír los pasos de la gente, el viento, el
crepitar de la teja de acrílico al ser castigada y a la vez bendecida por el
sol, es oír el agua, el sonido del humo y también el sonido del ruido. Al estar
en silencio, con los oídos abiertos a las experiencias, se puede oír ese ruido a
la distancia, una fuerte aceleración de una moto a cuadras varias, un grito y
una niña llorando.
En este silencio que siento,
huelo y veo, se me ocurren ideas. Lo busco siempre: el silencio en el ruido, y
paradójicamente también en el mismo silencio, ya que éste, en su estado más extremo
y prístino, produce desconcentración.
Es probable que lograr esto no
sea tan fácil; el silencio se escabulle, es un niño que está detrás de un árbol
sonriendo y tirando pequeñas piedras con el fin de pegarle al transeúnte en sus
zapatos y de emitir algún sonido que haga aflorar la curiosidad y motive a
empezar el viaje: tal y como el conejo blanco que Alicia siguió, previa
instancia antes de llegar a un mundo donde su estatura fluctuaba y se
volatilizaba.
Suena the Walkmen y el ruido exterior
se esconde. El momento es mágico. El silencio interior se ha apoderado de mí, el
silencio a todo volumen; es el receso, es el respiro, es lo hermoso de leer
labios, imaginar diálogos y recrear conversaciones; es ver a una turista
mostrar su abdomen y sincronizar su contoneo con la guitarra raída y
acompasada; es oír una tos acompañada de su respectivo eco y del sonido de un
par de tacones; es ver por varios segundos la espuma del jugo, de ver los
surcos de la mesa de madera, unos rayones un poco más claros que el color
original.
Detalles imperceptibles a primera
vista, olores a torta y a humo de bus viejo, hordas de gente que me sobrepasa
en velocidad, taquicardias de emoción y sonrisas.
Todo esto me recuerda una actividad
grupal a la que asistí. El moderador del grupo nos regaló la oportunidad de
irnos veinte minutos a campo abierto a disfrutar del silencio, de la manera en
la que cada quien pudiera y quisiera interiorizar; consistía en irnos a caminar
y ver qué podemos encontrar al estar con nosotros mismos, viendo el tronco del
árbol que nos miraba imponente, viendo las gotas de rocío sobre el pasto y
oyendo todo a distancia.
Este ejercicio representó para unos
cuantos una experiencia extraña, al estar en ese silencio natural y ver que en
últimas la comunicación más difícil es con su propio ser, al existir siempre en
la rutina tanto ruido externo e interno: las preocupaciones, el preguntarse qué
estará pasando en ese día hábil, la mente jugando sus cartas para mostrarle al
dueño que necesita un descanso, la necesidad de evaluar aspectos de la vida
importantes pero inviablemente poco urgentes.
Para otros resultó sinónimo de
plenitud, de goce, de hacer un checklist mental sobre todos los ítems de su
existencia. Surgieron inquietudes sobre qué están haciendo mal, qué están
haciendo bien, a qué amigos no han llamado en los últimos meses y qué quieren
en la vida. Catarsis salpicada de existencialismo, y catarsis a la par con el
afán de la vida. Ambas percepciones -la extrañeza para unos y la plenitud para
otros- son válidas.
En esta actividad el silencio me
saludó, ese gran amigo me abrazó esos veinte minutos, me guiñó un ojo y me
acogió; reviví incontables experiencias en las que lo busco diariamente por mi
propia voluntad. Pero esta vez era diferente, ya que él me buscó a mí. Y me
encontró. Fue un momento de reminiscencias y alegría, de la valoración del
momento y del grupo con el que me encontraba, un grupo de personas en búsqueda
de la felicidad.
Después vendría el intercambio de
ideas, los diálogos, oír las experiencias cuyas conclusiones están ya
plasmadas. Todo vuelve a su normalidad, el momento queda en nuestro corazón y
la única forma de exteriorizarlo es con un suspiro.
El silencio exterior se convierte
en mi cómplice, y la música interior en mi amiga; ambos inseparables. Son un
tiquete de ida y vuelta a la imaginación. Así la tinta empieza a desplegarse de
a gotas sobre este papel y como coadyuvante pretende plasmarles una fracción
mínima de ellos. Una fracción mínima de la musicalidad del silencio.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarRecuerdo a Pitágoras en un letrero de la biblioteca de mi universidad,
ResponderEliminargritándonos a todos: "Calla, o di algo mejor que el silencio"
Mi querido Joge en silencio
ResponderEliminarMe dejas .Nos recuerdas el pasar de la vida con su
Taconeo insensante e imparable......curiosamente insensible pero inexorable.
Mil saludos Lo felicito Jorge!!!
Gracias!!
ResponderEliminarEl unico silencio total lo tienes en medio de tus ojos
ResponderEliminarY mirando hacia adentro .
(Enseñansas de sabios hindues)
Cada ves que lo leo
ResponderEliminarTe admiro mas
Que genial
Escribes