jueves, 19 de diciembre de 2013

Tránsito hacia la familia

El aeropuerto es un sitio donde se juntan varias historias siempre, y con más ahínco ahora en el ocaso, en el ocaso de este año que cierra su existencia sacando su último cartucho que le queda: la navidad. Es imposible no mencionarla, quedarse indiferente ante la movilización de tropas de niños, de jóvenes y de adultos hacia sus tierras, hacia sus orígenes. Es esta época necesaria y vital para el regocijo.

Todo en la vida tiene su función. Los cumpleaños motivan a felicitar al agasajado, a proporcionarle una corta visita, a regalarle un pendiente o una torta, cosa que no ocurriría si tal fecha en la que Dios lo trajo al mundo no fuera celebrada. Por muy breve que sea el trino o el abrazo, queda un sentimiento de gratificación. Estas efemérides sirven. Y esta otra efemérides, la Navidad, bien sea que alguien la vea desde el punto de vista religioso o que la vean desde el punto de vista familiar, o simplemente desde la óptica del descanso merecido y las fiestas, desde cualquier punto de vista es válida su celebración. Es una oda a la familia y a los amigos. Es libar una copa por ver a los padres, a los abuelos, a los amigos. Es partir una torta por los que ya no están. Es dejar que un niño lea la novena con términos ininteligibles. Pero para esto se necesita infraestructura.

En qué epicentro ocurre ésta? En un aeropuerto. Recuerdo la película Love Actually, que de hecho cumplió diez años hace poco. Ellas, como seres que son, celebran también su existencia. En esta película inglesa a más no poder, como les digo, muestran diversas parejas despidiéndose, riendo, saludándose, llorando, angustiadas, ansiosas, felices, mirando el reloj, esperando la vida, esperando el amor, a cámaras rápidas y a cámaras lentas. Y todo lo filman en Heathrow, aeropuerto de Londres.

Pero en cualquier parte lo podemos palpar. Ver al joven con un morral gigantesco en sus espaldas despedirse de sus padres, en búsqueda de la educación internacional con miles de sueños en sus bolsillos mientras ellos se quedan aquí, añorándolo pero sabiendo que es lo mejor para su futuro. El tercer llamado de una voz distante exhorta a su separación y a que pase a la siguiente sala. Adiós, queda el momento, las lágrimas en los ojos, quedó congelado el presente para ir a buscar algo más.

Quedan los padres abrazados, tristes y con el esplín a flor de piel, mientras que a dos metros una pareja espera a su niña, seis años menor que el que acaba de marcharse. Es su niña que llega de intercambio. Están las alegrías, la semiología colombiana, el recibimiento, alguna muestra de folklore, de esa idiosincrasia tan propia que sale por nuestros poros. La alegría del reencuentro convive con la amargura de la separación.

Sueños frustrados y sueños nacientes. La juventud y la vejez. Uno que otro crimen estará siendo detectado en este instante en tal recinto. Alguien también con sueños pero con contextos diferentes de engaño, ignorancia y ambición. Todo ocurre allí.

Vienen las filas del chequeo rutinario, la sala de espera, a veces atestada y a veces vacía, el cómodo salón VIP, el tinto, los dulces, a unos metros un hombre vocifera vituperios al enterarse que perdió el vuelo por alguna razón de índole citadina, un niño llora cansado por un retraso, una mujer cuenta las horas para ir a ver a su amado príncipe gallardo en otro país, otro muchacho de gafas oscuras y traje elegante espera con una maleta de mano abordar para asistir a una reunión fugaz de trabajo.

Cada humano cuenta y transmite su historia, mientras unos almuerzan y otros consultan información, a veces profunda y a veces banal en sus dispositivos portátiles.

La vida transcurre así, en la espera a ser trasladados, en la espera de ir a otra ciudad que, por cosas del destino y arbitrariamente, no es propia o sí lo es, es la de otros o es la de todos. Con todas las afugias, los estruendos, los afanes y lo inefablemente rutinario, se forjan las actividades, se cierran negocios, se cierran romances y se abren amistades.

Nuestra sociedad es de núcleos y de colmenas: terminales, centros comerciales, estaciones terrestres, colegios, buses y estaciones aéreas. Aquí estamos y el tercer llamado obliga a ingresar al avión. Unos volverán, otros no, es el símil con la vida misma, esa vida que transcurre entre encuentros, besos, peleas y satisfacciones. No podría ser de otra manera.

Bien lo dice una canción: Life’s a journey, not a destination. La vida es un viaje, no un destino. El mismo proceso de ir es la muestra de que vivimos. Y más ahora en Navidad, donde siempre habrá alguien que nos espera y a quien esperamos. Regalos de efemérides manifestados en presencia y calor humano.


Buen viaje en la vida y Feliz Navidad para todos.

4 comentarios:

  1. Increible tu relato siempre
    Quiero leerlo dos o tes veces
    Como encierras en un aeropuerto en una navidad la vida de tan diferentes personas con tan diferentes
    Objetivos y finalidades

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  2. Ya de Kemistry
    Me voy!!! pero con la ayuda de Dios
    Mañana he de volver!!!

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  3. Gracias por leerlos, eres muy especial!!!

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