El aeropuerto es un sitio donde se juntan varias historias siempre, y con
más ahínco ahora en el ocaso, en el ocaso de este año que cierra su existencia
sacando su último cartucho que le queda: la navidad. Es imposible no
mencionarla, quedarse indiferente ante la movilización de tropas de niños, de
jóvenes y de adultos hacia sus tierras, hacia sus orígenes. Es esta época
necesaria y vital para el regocijo.
Todo en la vida tiene su función. Los cumpleaños motivan a felicitar al
agasajado, a proporcionarle una corta visita, a regalarle un pendiente o una
torta, cosa que no ocurriría si tal fecha en la que Dios lo trajo al mundo no fuera
celebrada. Por muy breve que sea el trino o el abrazo, queda un sentimiento de
gratificación. Estas efemérides sirven. Y esta otra efemérides, la Navidad,
bien sea que alguien la vea desde el punto de vista religioso o que la vean
desde el punto de vista familiar, o simplemente desde la óptica del descanso
merecido y las fiestas, desde cualquier punto de vista es válida su
celebración. Es una oda a la familia y a los amigos. Es libar una copa por ver
a los padres, a los abuelos, a los amigos. Es partir una torta por los que ya
no están. Es dejar que un niño lea la novena con términos ininteligibles. Pero
para esto se necesita infraestructura.
En qué epicentro ocurre ésta? En un aeropuerto. Recuerdo la película Love
Actually, que de hecho cumplió diez años hace poco. Ellas, como seres que son,
celebran también su existencia. En esta película inglesa a más no poder, como
les digo, muestran diversas parejas despidiéndose, riendo, saludándose,
llorando, angustiadas, ansiosas, felices, mirando el reloj, esperando la vida,
esperando el amor, a cámaras rápidas y a cámaras lentas. Y todo lo filman en
Heathrow, aeropuerto de Londres.
Pero en cualquier parte lo podemos palpar. Ver al joven con un morral
gigantesco en sus espaldas despedirse de sus padres, en búsqueda de la
educación internacional con miles de sueños en sus bolsillos mientras ellos se
quedan aquí, añorándolo pero sabiendo que es lo mejor para su futuro. El tercer
llamado de una voz distante exhorta a su separación y a que pase a la siguiente
sala. Adiós, queda el momento, las lágrimas en los ojos, quedó congelado el
presente para ir a buscar algo más.
Quedan los padres abrazados, tristes y con el esplín a flor de piel,
mientras que a dos metros una pareja espera a su niña, seis años menor que el
que acaba de marcharse. Es su niña que llega de intercambio. Están las
alegrías, la semiología colombiana, el recibimiento, alguna muestra de
folklore, de esa idiosincrasia tan propia que sale por nuestros poros. La
alegría del reencuentro convive con la amargura de la separación.
Sueños frustrados y sueños nacientes. La juventud y la vejez. Uno que otro
crimen estará siendo detectado en este instante en tal recinto. Alguien también
con sueños pero con contextos diferentes de engaño, ignorancia y ambición. Todo
ocurre allí.
Vienen las filas del chequeo rutinario, la sala de espera, a veces atestada
y a veces vacía, el cómodo salón VIP, el tinto, los dulces, a unos metros un
hombre vocifera vituperios al enterarse que perdió el vuelo por alguna razón de
índole citadina, un niño llora cansado por un retraso, una mujer cuenta las
horas para ir a ver a su amado príncipe gallardo en otro país, otro muchacho de
gafas oscuras y traje elegante espera con una maleta de mano abordar para
asistir a una reunión fugaz de trabajo.
Cada humano cuenta y transmite su historia, mientras unos almuerzan y otros
consultan información, a veces profunda y a veces banal en sus dispositivos
portátiles.
La vida transcurre así, en la espera a ser trasladados, en la espera de ir
a otra ciudad que, por cosas del destino y arbitrariamente, no es propia o sí
lo es, es la de otros o es la de todos. Con todas las afugias, los estruendos,
los afanes y lo inefablemente rutinario, se forjan las actividades, se cierran
negocios, se cierran romances y se abren amistades.
Nuestra sociedad es de núcleos y de colmenas: terminales, centros
comerciales, estaciones terrestres, colegios, buses y estaciones aéreas. Aquí
estamos y el tercer llamado obliga a ingresar al avión. Unos volverán, otros
no, es el símil con la vida misma, esa vida que transcurre entre encuentros,
besos, peleas y satisfacciones. No podría ser de otra manera.
Bien lo dice una canción: Life’s a journey, not a destination. La vida es
un viaje, no un destino. El mismo proceso de ir es la muestra de que vivimos. Y
más ahora en Navidad, donde siempre habrá alguien que nos espera y a quien
esperamos. Regalos de efemérides manifestados en presencia y calor humano.
Buen viaje en la vida y Feliz Navidad para todos.
Increible tu relato siempre
ResponderEliminarQuiero leerlo dos o tes veces
Como encierras en un aeropuerto en una navidad la vida de tan diferentes personas con tan diferentes
Objetivos y finalidades
Ya de Kemistry
ResponderEliminarMe voy!!! pero con la ayuda de Dios
Mañana he de volver!!!
Mil abrazos
ResponderEliminarGracias por leerlos, eres muy especial!!!
ResponderEliminar