jueves, 30 de mayo de 2013

Mi generación versión 2.0 : El claustro

He oído siempre en las radionovelas, en las tan interesantes rancheras y en los noticieros del Senado que segundas partes no son buenas. Pero bueno, hay películas de malandrines y carros estrafalarios que llevan más de cinco entregas siendo muy exitosas; también hay otra película sádica que lleva más de seis ladrillos agobiantes, y tiene su público; no sé dónde, pero lo tiene. Por lo tanto, permítanme traerles la segunda entrega de esta, mi generación, una generación que pasó una hermosa etapa de su vida viendo el paisaje de la Umbría, unos cuantos grados menos caliente que la urbe, un poco más hacia la montaña, más cerca al cielo; tal vez por eso es que había tantos ángeles.

Estos ángeles se ataviaban con hilos provocativos, primordialmente los viernes por la mañana; todos los días era jean’s day: classic 501 para nosotros y slight curve para ellas. Vaya desfiles los viernes, vaya belleza. Gossip girls en carreras financieras y Muzungu sisters en carreras de diseño; estilos diferentes, pero cuerpos iguales. Flujos financieros de alto calibre.

Y para continuar mi descripción sobre tales eventos, debo evitar caer en las especificaciones, aunque es difícil. Hay que ser general y unificador, y en dónde más podría uno unificarse, o desdoblarse, que en el bar universitario de la época: el despenke. Era un sitio a donde llegaban, a las 4 de la tarde del viernes máximo sudoroso, un sinnúmero de naves espaciales, de buses, de motos, de carrozas con sus caballos y también un jeep destartalado café, todos repletos de sardinas, algunas enlatadas y algunas con picante, dispuestas a departir con los galanes, al son de canciones despencadoras; no existía Pitbull, pero todos querían morder como tal. Y repito: Qué tenía de especial? Nada, sólo que era nuestra época, era nuestra gente. Amoríos, sarcasmos y apodos llovían por doquier, entre canciones de Sergio Vargas. Mi Demi Lovato hermosa estaba en esta época casi en pañales, cantando en el show de Barney.

Este sitio sería un buen caldo de cultivo de ganado para engorde; cualquier ganado, incluso Ayrshire. Muchas anécdotas hubo en ese sitio, que tenía otros sitios hermanos aledaños y una que otra pizzería. Todo estaba dado para gozar, y para sudar la camiseta.  Y para la noche, para algo más sofisticado, existió Alelusis; ese es el sitio donde más densidad de mujeres hermosas he visto; fue el inicio de la cultura, las chicas vampiro con sus labios plateados, ropa destinada a la música, Eleusis, seven days and one week. Qué buenos recuerdos, después vendría Virtua, del cual no tengo ni palabras para expresarlo; fue mi locura.

Les cuento que en uno de esos días se me acercó un jayán de plazuela y me confesó que meses atrás había querido propinarme una golpiza, al ver mi cabeza de color verde, creyendo que yo quería ser agresivo o neonazi o qué sé yo; yo le dije que sólo quería vivir y ser kemistry, con lo cual lo dejé sin armas; de ahí en adelante seríamos amigos de farra. También recuerdo a otro mucharejo al cual le compré aleatoriamente un CD que estaba vendiendo, de un DJ con aparente nombre de mujer; no sabía lo que estaba comprando; era un tal Sasha. Gracias a este muchacho, de apellido Reveiz, por presentarme al mejor, hoy y siempre.

En el hermoso claustro ocurrieron muchos eventos: aprendí de parte de un profesor que en Colombia no hay racismo pero sí discriminación racial; y que en Estados Unidos no hay discriminación racial pero sí racismo; también vi curvas macroeconómicas que (sí, señor) sí se aplican en la realidad; vi también ecuaciones que ya no recuerdo y que no aplico. Muchos temas, muchos textos. Cosas que creía que no me iban a servir, pero en la vida todo sirve, todo lo que estudies o leas sirve. Lo tengo clarísimo.

Pero volvamos a las vivencias: en medio de patos en el lago, en medio de El Samán, con la cima enhiesta de gloria sin par (como rezaba el himno de allá), conocí un plato puramente criollo, un manjar que saciaba el hambre casi que inmediatamente: gracias a un compañero (sí, ese, el que es ambientalista y molestaba al pequeño) conocí El Ruso, una mezcla gourmet consistente en introducir una rica empanada rica en lípidos en medio de un pan, resultando un sánduche de empanada; tal cual, El Ruso, majestuso, con mayúscula.

Una tienda que había dentro de la universidad era atendida por un señor, no sé si hindú o puramente valluno, que siempre se me pareció al maestro Longaniza, pero nunca le dije a nadie; ahora no tengo cómo comprobarlo, pero era idéntico. O tal vez era él. Qué mano de vivencias. Tenís y ping pong fueron mis deportes. Además, asistí a Teatro, dentro de las actividades extracurriculares, con un profesor bastante extrovertido e histriónico, al cual me asombró mucho ver en uno de estos programas buscadores de talento de la televisión: ahí estaba, mi profesor de teatro, imitando a un indígena del Cauca, a un guambiano, y payaseando frente a tres jurados. Yo grité “ese fue profesor mío….de teatro”. Mi profe de teatro, ese sí era un personaje. De paso, le deseo muchos éxitos, él también está buscando su felicidad.

Qué alegría recordar, e insisto en lo de siempre: si lo veo objetivamente éramos unos pelagatos estudiando, rumbeando y hablando cháchara; pero un buen hombre me hizo caer en cuenta que la realidad es como uno la vivió, como en el Gran Pez, y se debe recordar con imaginación y magia. Así la recuerdo yo. No éramos cualquiera, éramos nosotros.


Y entre paseos a La Cumbre, idas a la casa famosa de San Fernando, estudiadas hasta tarde con dañada de cafetera incluida, viajes a mi tierra, nostalgia, y alquileres de casas rumberas en los suburbios, transcurre esto. Muchos lo llaman periodo académico de Educación Superior. Yo lo llamo Alma, Corazón y Vida.

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